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domingo, 22 de febrero de 2026

El cordobés Tito Withington bombardeó el refugio de Hitler y combatió en Malvinas

“Adolfo, cariños desde Argentina”. La historia de Tito Withington, el piloto cordobés que bombardeó la casa de retiro de Hitler y sirvió en Malvinas



Piloto en la guerra, el Sargento de vuelo en la RAF Tito Withington junto a su perro Peter. Observar en su hombro la insignia de Argentina. (Archivo Claudio Meunier. Coloreada por Jean Marie Gillet).



Allan Claudio Withington Gutiérrez (Tito) nació en Villa Huidobro, Provincia de Córdoba. Fue piloto de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial y de la Fuerza Aérea Argentina en la guerra de Malvinas

Claudio Meunier || Para LA NACION

El sargento de vuelo Withington cree que va a morir. Está convencido de que sus efímeros 22 años y su humanidad se esparcirán por el aire. Es copiloto, integra una fuerza de 359 cuatrimotores pesados Avro Lancaster que pertenecen a la temible Royal Air Force británica. ¿Su misión? Bombardear el hogar de retiro de Adolf Hitler en Berchtesgaden, en la zona montañosa de Baviera, sur de Alemania.

La historia es increíble. El calendario de guerra no registra la acción, secretísima, pero sí la fecha: 25 de abril de 1945. Withington está acostumbrado a volar de noche, al amparo de la oscuridad, pero esta vez se aproxima al blanco a plena luz del día y se siente indefenso. Volar sobre Berghof -tal es el nombre de la residencia de vacaciones del líder nazi- se presenta como una experiencia desagradable. El fuego antiaéreo oscurece el cielo y sacude su nave. Ve explosiones en el aire que arrojan esquirlas hirvientes y amenazan su bombardero, repleto de combustible y explosivos. Aparece lo que luego describirá como una alfombra negra que crece y se multiplica en segundos. “Quienes vuelen dentro de ella, no vivirán”, sentencia. Es cierto, serán olvidados, pasarán a formar parte de la fría estadística de máquinas perdidas en acción.

Un cuatrimotor pesado Avro Lancaster como el que voló Tito Withington cuando bombardeó la casa de vacaciones de Adolf HitlerShutterstock

Un tripulante de su bombardero acaba de ingresar en el mundo del pánico. Reza y llama a su madre. Withington -como todos a bordo- lo escucha por sus auriculares y le ruge a través de la radio interna del avión:

-¡Silencio en la frecuencia!

Observa su reloj. Las agujas marcan las nueve y media de la mañana. Está satisfecho: llegaron a destino a la hora planeada. Sin embargo, las construcciones elegidas para su destrucción desaparecieron bajo una cortina de niebla artificial que los alemanes lanzaron sobre el área para despistar a los invasores. Parte de la aviación aliada se adelanta para resolver el problema: a baja altura, 16 bombarderos Mosquito lanzan bengalas fumígenas sobre la fortaleza alpina, demarcando el blanco.

De inmediato, la lluvia de bombas se manifiesta. Una de ellas lleva una dedicatoria, en idioma español, escrita con tiza: ¨Adolfo, cariños desde Argentina¨. Su autor, es el Sargento de vuelo Withington.

El objetivo, Berghof, es alcanzado. Pero Hitler no se encuentra allí, permanece en Berlín. Sin embargo, comunicaciones interceptadas y decodificadas dan cuenta de una importante visita en el lugar: el recién llegado es nada menos que el ex Jefe de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, Hermann Göring, quien había sido destituido dos días atrás y puesto bajo arresto por orden de “el Führer”. Fue castigado por enviar un telegrama el 23 de abril de 1945 a la Cancillería del Reich solicitando permiso para asumir el liderazgo de Alemania.

Imagen de Berghof, nombre de la residencia de vacaciones del líder nazi, después del bombardeo

Queda por delante, el peor momento: escapar del área. El fuego antiaéreo, cierra el paso a la fuerza de ataque. Withington ve como, muy cerca suyo, los motores de un bombardero norteamericano explotan con los ocho tripulantes dentro. Observa tres paracaídas que se abren y flotan. Lo que queda del avión, desaparece en una bola de fuego arrastrando a sus desventurados miembros. Él piensa: “Hoy no voy a morir”. Y su Lancaster, por alguna especie de milagro, sobrepasa la mortífera trampa y deja atrás Bavaria.

Göring escapa con vida del bombardeo. Poco después es capturado y sentenciado en Núremberg. Se suicidará en su celda, el 15 de octubre de 1946: una píldora de cianuro lo ayuda a evadir la horca. Withington, sin embargo, vivirá seis décadas y hablará muy poco de aquella terrible experiencia.

EL CORDOBÉS INDOMABLE

Allan Claudio Withington Gutiérrez (Tito) nació en Villa Huidobro, Provincia de Córdoba. El 11 de septiembre de 1923. Hijo de Allan Withington, administrador rural y Doña Julia Gutiérrez, ama de casa, fue criado junto a sus dos hermanas en el campo, donde aprendió a cabalgar, enlazar, ayudar a carnear, marcar, señalar y cuerear. Solía conducir un pequeño sulky y también aprendió a guiar la carreta que transportaba fardos. Lo bautizaron Firpo, en homenaje al pugilista argentino, pues de pequeño le gustaba el box. Desafiaba y combatía en desventaja de edad. Sus contendientes eran otros niños, en su mayoría mayores, hijos de los peones. No la pasaba nada bien.

Sus padres, cansados de su conducta, le aplicaban disciplina. Ante esa adversidad, desarrolló un fuerte instinto de supervivencia y auto conservación: emergió un ágil atleta que evadía con éxito, ‘casi siempre’, el cinto de su padre, corriendo dentro de la casa, a través de las habitaciones.

Vencidos, sus progenitores no dudaron en pedir ayuda para encauzar tanta energía. Entonces, la civilización intervino. Tito fue enviado a Buenos Aires bajo la tutela de sus abuelos y se convirtió en alumno del colegio Oates en Hurlingham. La institución dirigida por el severo director “Mr. Cuff” logró calmar los bríos del pequeño Withington. Allí le enseñaron primero modales y luego el idioma inglés.

“Mi deber, como argentino, era unirme a la causa aliada”

Al concluir su ciclo secundario, Withington revela a su progenitor cuál será su futuro: le dice que quiere ser aviador. Su padre se opone, le sugiere una carrera universitaria. Por primera vez abandona su país y se embarca rumbo a Europa para participar en la Segunda Guerra Mundial. Llega al puerto de Liverpool a bordo de un buque de carga. Quiere participar de la contienda por dos razones, como lo relató infinidad de veces: “Mi amigo Ian MacQueen me enviaba cartas sobre su vida que me entusiasmaron. Volaba bombarderos Avro Lancaster. Cuando me enrolé en Londres, el 9 de julio de 1942, me acompañó a la oficina de reclutamiento. Un mes tardé en comprender lo que era la guerra. Me golpeó de lleno: Ian desapareció junto a su tripulación, se esfumó durante una misión y no los volvió a ver nadie. El otro motivo por el que decidí alistarme era combatir al monstruo bruto de Hitler. Mi deber, al que consideré una obligación, como argentino, fue unirme a la causa aliada. Impedir que la lucha llegara mi país... como en 1982, cuando me uní a la Fuerza Aérea Argentina al enterarme que Gran Bretaña quería nuestras Islas Malvinas”, solía decir.

Junto a su bombardero Avro Lancaster en la base de RAF Kelstern durante su año de servicio (1945) en la fuerza de bombarderos británica. (Archivo Claudio Meunier).

Withington, que posee carácter y habilidad, es seleccionado para el curso de piloto que se dicta al otro lado del océano, en Oklahoma, Estados Unidos. Recibirá sus alas de piloto militar en la RAF en enero de 1944. Pero su aspiración de ser oficial es desechada. ¿El motivo? Problemas de disciplina. Durante su formación, Withington disputa un combate pugilístico contra un oficial de graduación que también es piloto. El demoledor castigo que le propina el argentino, deja a su contendiente fuera de lucha. Withington disfruta la victoria, pero sabe que todo tiene su costo. Poco después, el oficial toma represalias sobre su foja de servicio y Withington recibe el grado de “flight sergeant” (sargento de vuelo), el más bajo para un piloto.

Una vez terminado el curso, el jefe de la estación aérea le entrega sus alas (que lo convierten “oficialmente” en piloto), le estrecha la mano y le dedica unas pocas palabras:

-Sargento de vuelo Withington, felicitaciones. La guerra lo reclama. Hay órdenes para usted. Regresa a Europa.

Tras su adiestramiento en Estados Unidos, el cordobés Tito Withington recibe sus alas que lo convierten, oficialmente, en piloto

En Gran Bretaña, el cordobés se convierte en instructor de vuelo. El primer día, se presenta en la escuela con un sobrenombre que lo marcará el resto de su vida: “Tito”. A secas. Y ordena a todos lo que llamen así. Esto obedece a una razón precisa: se trata de una ocurrencia suya para alegrar a sus compañeros argentinos. Todos se divierten cuando sus alumnos, luego de cada práctica, se disculpan por sus maniobras realizadas con la torpeza de principiantes: “Sorry, Tito”, repiten. La frase, traducida al idioma español, por fonética, tiene un significado muy diferente al de un pedido de perdón...

El curso de la guerra lo lleva hacia a la acción. Realiza el curso de Ingeniero de vuelo y copiloto en bombarderos pesados. Se une al escuadrón 625 que opera cuatrimotores Avro Lancaster. Realiza diversas misiones, transporta ex prisioneros de países liberados que son repatriados a Gran Bretaña. Realiza misiones nocturnas lanzando tiras de papel metalizado a granel que, lanzadas por varios aviones y al mismo tiempo, saturan las pantallas de los operadores de radar alemán. Su Lancaster evade fuego antiaéreo, reflectores de búsqueda, cazas nocturnos y también la mala suerte, aquello que azota a tantos y que es esencial para seguir con vida.

Al finalizar la contienda en Europa, Withington se ofrece para combatir a los japoneses en el Pacifico. Pero no alcanza a cumplir su deseo: la guerra termina antes, tras el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Entonces solicita su baja y repatriación. El 11 de septiembre de 1946 se embarca con destino a su patria, Argentina. Contra todo pronóstico, se vuelve un conductor de camiones. Detrás del volante recorre la Provincia de Buenos Aires y Santa Fe.

En junio de 1948, Aeroposta Argentina -la mítica empresa aérea patagónica- lo recibe. El jefe de la línea y organizador en la empresa, el mítico piloto Dirk Wessel Van Leyden entrevista a Withington. Realizan un vuelo de prueba, Van Leyden descubre que este joven de 25 años es un piloto autómata con mentalidad fría y calculadora. Piloto de carga a la Patagonia, será conocido por arrojar encomiendas desde el aire sobre estancias alejadas de la civilización, en las estepas de Santa Cruz.

Cdte Whitington, piloto civil comercial en Aeroposta Argentina S.A a su regreso de la Segunda Guerra Mundial. Withington fue elegido por Aerolíneas Argentinas, para realizar el curso de comandante en la primera promoción de la empresa estatal. (Archivo Claudio Meunier).

Pero no todo es aviación en la vida de Tito. En 1948 contrae matrimonio con Sheila María Hyland Archer, argentina, nacida en un campo de Ameghino, provincia de Buenos Aires. Ella es descendiente de irlandeses con dos hermanos voluntarios en la RAF: Harold, que sobrevivió a los vuelos en Avro Lancaster, y su hermano menor, Pedro, muerto sobre Orleans, Francia el 28 de julio de 1944 luego del desembarco en Normandía al ser derribado en su bombardero Lancaster por el as alemán Heinz Rokker. Tito y Sheila conforman una familia con siete hijos: cuatro varones y tres mujeres.

Claudio Alan Withington y Sheila Hyland, su esposa, junto a sus hijos. (Cortesía Cecilia Withington).

En 1950, cuando nace Aerolíneas Argentinas, Withington inscribe su nombre en la primera promoción de comandantes de línea. Continúa sus vuelos al sur y adquiere experiencia en bimotores DC-3 y cuatrimotores DC-4 y DC-6.

Una oferta prometedora lo aleja para siempre de Aerolíneas Argentinas. Se une a la planta fundacional de pilotos, en una nueva empresa. ¿Su nombre? Austral Líneas Aéreas. Volará el resto de su carrera en ella. Tito Withington registrará 30.000 horas de vuelo entre su trabajo como piloto comercial y sus tiempos en la RAF. Su carrera concluye el 25 de septiembre de 1978. La aviación comercial argentina pierde a uno de sus “millonarios del aire” (así se denomina a los pilotos que recorrieron, durante su carrera, un millón de kilómetros sin incidentes).

Como piloto de Austral, Tito Withington llevó a Nicolino Locche a Mendoza tras su consagración en Tokio. En la imagen, asoma por la ventanilla de la cabina de piloto.

Tito toma unas merecidas vacaciones, pero sólo mantiene los pies sobre la tierra unos pocos días. Se embarca como un simple pasajero a Estados Unidos. ¿El motivo? El Banco Italia adquirió un jet ejecutivo Learjet modelo 24D y lo contrató como su nuevo piloto.

VOLUNTARIO EN MALVINAS

El 2 de abril de 1982, sorprendido por la reconquista de las Islas Malvinas, se une a la causa. No entiende de política: Tito es solo un hombre de acción. Visita el edificio Cóndor de la Fuerza Aérea Argentina en Buenos Aires. Les dice que quiere volar con ellos. Le informan que será convocado y es consultado:

-Comandante Withington, ¿qué edad tiene y cuantas horas de vuelo registra?

Withington es categórico en su respuesta:

-59 años, 30.000 horas de vuelo y voluntad para el combate.

Tito, dos veces voluntario, marcha hacia una nueva guerra, pero esta vez en un avión sin armas. Realiza traslados de pilotos entre las bases repartidas en la Patagonia. Y, como integrante del escuadrón Fénix, realiza vuelos sobre el mar con otros Learjet simulando ser cazas de combate para confundir a los radares enemigos. Habla y grita en ingles en la frecuencia radial del enemigo.

El Lear Jet, propiedad del Banco de Italia, con el que Tito Withington operó en la guerra de Malvinas. ¿Su misión? Traslados y, sobre todo, tareas de distracción en radares enemigos.

Al finalizar la guerra, Withington -que luego de la Segunda Guerra Mundial había sido incorporado como suboficial Auxiliar en la Fuerza Aérea Argentina- recibe la jerarquía de Alférez. Ya no vuelve a volar. Su mujer, Sheila, sus siete hijos y sus nietos lo ayudan a plegar sus alas. Le duele horrores saber que su vida como piloto terminó.

Arrastrado por su idealismo, se acerca a la política. Pero dura un suspiro: observa cómo se manejan en este nuevo escenario y se aleja. Se da cuenta que grita, más de lo que grita siempre. Que ya es demasiado.

Su vida social es activa y, cada tanto, lo invitan a volar. Un silencioso Alzheimer lo aleja de lo cotidiano. Muere el 19 de noviembre de 2009 en San Isidro. Es su último vuelo, sin retorno.

Veterano de guerra de Malvinas, durante un desfile junto a sus compañeros del escuadrón Fénix, a su lado Restituto Olguin, con quien lo unió una amplia amistad. (Archivo Claudio Meunier).

Conocido por ser un hombre serio, también una persona de risa inconfundible, atrajo a los pilotos más jóvenes, ellos no dudaban en seguirlo aunque fuese hasta las últimas consecuencias. Aquellos aviadores que lo conocieron, aquellos que escucharon hablar de él. Aquellos que lo siguen recordando, aquellos que lo conocen desde ahora, siempre fue llamado y como el, siempre lo quiso, Tito Withington.

Tito Withington junto a Jimmy Harvey oriundo de Junín. Ambos pilotos en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial y luego pilotos comerciales en el país. Se convierten en los ultimos mohicanos de una conflagración antigua y otra moderna.

Fotografiado por su hija Cecilia en la localidad de Florida, Tito Withington junto a otras de sus aficiones, las motos. (Cortesía Cecilia Withington).





viernes, 2 de noviembre de 2018

Oscar Quinteros, el valiente cocinero voluntario del BIM 5

Historias de vida: El panadero del BIM5 que eligió ir a Malvinas

El Sureño




Caminando por el centro de Río Grande durante un franco. La foto está tomada en avenida San Martín casi Piedra Buena, donde había una concesionaria de Ford.
En Malvinas, donde integró la compañía de apoyo logístico
Oscar Quinteros es actualmente el presidente del Centro de Veteranos de Malvinas de Arroyo Seco, Santa Fe.

Oscar Quinteros es el presidente del Centro de Veteranos de Guerra de Malvinas de Arroyo Seco, Santa Fe. Estaba haciendo el servicio militar en el BIM 5 cuando se desató la guerra contra Inglaterra. Era uno de los panaderos del Batallón y no estaba obligado a ir a Malvinas, pero uno de sus compañeros, que no sabía leer ni escribir, insistió en que fuera para ayudarle con sus cartas. Y fue.

RIO GRANDE.- En agosto de 1981 Oscar Quinteros se subió al tren en la estación de Arroyo Seco donde nació, con destino a Buenos Aires, para incorporarse al servicio militar obligatorio en el Centro de Instrucción y Formación de Infantes de Marina (Cifim) que funcionaba en el Parque Pereyra Iraola. Allí conoció a Sergio Márquez, otro santafesino de Venado Tuerto. “Al poco tiempo de llegar nos dijeron que había que mandar cartas a nuestras familias y como Sergio no sabía leer ni escribir, me pidió que le escribiera a su mamá. Pero además me hizo escribirle a los tíos, a los primos, a las primas y a toda la familia”. Así fue como Oscar se convirtió en el redactor oficial de Sergio. “Lo ayudé durante los dos meses de instrucción y luego nos dieron destino. A mí me tocó Río Grande”.

Llegó al BIM 5 sin conocer el destino de su amigo y gracias a que tenía un oficio, se le asignó tarea en la panadería del establecimiento. “A los pocos días de estar ahí, me lo encuentro a Márquez, que estaba en la compañía mar y como era de esperarse, no zafé. Tenés que escribirme una carta, me dijo”.

Escribía sus cartas y las de Márquez tratando de ser optimista, buscando llevar alegría y tranquilidad a los padres, amigos y hermanos. “Cuando necesitaba que le escribiese, Márquez me mandaba los datos con algún compañero o se acercaba él. Yo escribía en papel de vía aérea, finito y suave. No sé cuántas habrán sido, pero fueron muchas”.

Oscar recuerda que con Sergio y otros compañeros salían a recorrer Río Grande durante los francos. No había mucho para hacer, casi siempre iban al Roca o al cine.

“Cuando llegó el momento de ir a Malvinas, Márquez estaba internado y me mandó a pedir que hablara con su jefe, porque su compañía se iba y él no se quería quedar. Conseguimos que le dieran el alta y entonces me preguntó si yo iba también “Le dije, Márquez, yo no tengo idea de nada. Siempre estuve acá en la panadería. Qué voy a hacer yo allá. Él me contestó: Y quién me va a escribir las cartas”.

Lo cierto es que Oscar sólo tenía los conocimientos y las prácticas del Cifim, pero así todo se decidió a ir. Le dijo a su jefe Juan Salvador Pellegrino, que no quería quedarse en el Batallón mientras sus compañeros se iban todos a la guerra e inmediatamente lo equiparon, preparó sus cosas y subió al avión con sus compañeros. Fue el 8 de abril.

“En Malvinas, con Márquez no nos cruzamos, pero él me ubicó y se las ingeniaba para mandar alguien para que le hiciera las cartas. Yo tenía un dedo quebrado de cavar piedras en el bunker, pero me arreglaba igual. Pertenecía a la compañía de apoyo logístico que se conocía como “Tacotaco” y mi grupo estaba con el Teniente Waldemar Aquino. Cerca nuestro estaban las 1270 del suboficial Enrique. Más atrás de nosotros estaba Galluci con los morteros”.

Como todos, no tenía mucha conciencia de lo que podía suceder, hasta que el 1° de mayo lo encontró fuera de su posición mientras el enemigo comenzó a desplegar toda su fuerza. “A Puerto Argentino volví una sola vez, que fuimos al apostadero naval a buscar carne. Caminando por los pasillos del muelle, escuchamos a los perros aullar y supimos que algo iba a pasar. Entonces escuchamos pasar los aviones ingleses. Después se escucharon las alarmas. Y entonces pasaron Harrier, baterías antiaéreas, defensas antiaéreas. Me dije, nunca más. Me quedo allá, en mi posición y comeré ovejas, acá al pueblo no vuelvo más. Solo regresé durante el repliegue”.

“Márquez estaba en la tercera sección de la compañía mar que estuvo muy complicada. Nosotros ya estábamos replegados en Sapper Hill y ellos seguían combatiendo. Le escribí mientras pude. Mi mamá me mostró una carta que yo le mandé los últimos días, donde le decía que esto no da para más, tal vez sea la última carta que reciban. Y esa parte estaba tachada con un fibrón negro porque nuestras cartas pasaban por una censura naval”.

No recuerda el día que volvió al continente, pero sí recuerda claramente lo que sentía. “Mi familia no sabía nada cuando me fui, se enteraron por carta, mientras estaba allá. Llegamos a Puerto Belgrano de madrugada, en medio de un clima desagradable, una tirantez en el trato como si fuéramos culpables de lo que pasó. Lo que yo escuché es que estábamos ahí para una revisación médica y que por la mañana volvíamos a Río Grande y así fue. No estaba Robacio, ni el segundo, ni algunos guardiamarinas que conocíamos mejor allá, que quedaron demorados. Nos dieron la baja, un pasaje y a casa, sin hablar. Llegamos a Buenos Aires, subimos a los trenes y en cada estación se bajaba alguno que nunca volvimos a ver”.

Entre las cosas que le devolvieron al regresar al BIM5, había infinidad de cartas, muchas de las cuales nunca leyó y hoy están guardadas en un tambor de plástico en el fondo de su casa. “Sólo conservo especialmente tres cartas encarpetadas que son de una escuela de Venado Tuerto de 7° grado”.

“Cuando llegué a mi casa, me impactó ver a mis padres tan avejentados y sufridos que sentí culpa por la decisión que había tomado de haberme ido, bancando a un amigo”.

Luego le cayó la ficha, se hizo miles de preguntas que no tenían respuesta. “En ese momento no había a quién recurrir, que te ayude a superar los males de la posguerra. Eso nos costó la pérdida de un montón de veteranos que se suicidaron. Supongo que se habrán hecho las mismas preguntas que yo. Nos hicieron a un lado, nos escondieron, nos hicieron responsables de algo que no hicimos. Yo lo superé con trabajo, tratando de mantener siempre la cabeza ocupada”.

Después de Malvinas trabajó en una acería y luego volvió a Tierra del Fuego buscando una oportunidad, aunque no tuvo suerte. Regresó a sus pagos y después de varios intentos en otros trabajos, consiguió el empleo que buscaba: desde 1993 a 2014 trabajó embarcado en buques pesqueros, actividad de la que se retiró por problemas de salud.

“Trabajábamos al norte o al este de Malvinas, siempre fuera de la zona común económica. Una vez tuvimos un accidente, pedimos ayuda y nos negaron la entrada a las islas. Tuvimos que acercarnos a las 200 y un helicóptero tuvo que buscar al marinero accidentado. “Se dio la oportunidad de ir alguna vez a Malvinas en una comitiva, pero no acepto ir con pasaporte”, afirma. En cuanto a la identificación de los soldados enterrados en Malvinas, opina que “eso ha dado un poco de paz a las familias. Me alegra por esos padres que pudieron arrodillarse en la tumba de sus hijos”.

Al regresar de la guerra, Oscar conoció a otros dos excombatientes de Arroyo Seco que pertenecían al BIM5 como él, Juan Martínez y Víctor Giménez. Ambos también retornaron al pueblo y aunque hoy no participan de las actividades del centro de veteranos, son parte de él.

Sergio Márquez también volvió a su pueblo y hoy en día está participando en uno de los dos centros de veteranos que hay en Venado Tuerto. Con Oscar se encontraron después de muchos años y se mantienen comunicados permanentemente, al igual que con otros veteranos de diversos lugares del país a través de whatsapp y facebook. También después de muchos años logró conocer personalmente a la principal destinataria de sus cartas: la madre de Sergio.

En su provincia, hay un proyecto para crear el “Archivo Oral de las memorias de Malvinas de Santa Fe” en el cual se recopilarán, mediante el registro de entrevistas audiovisuales, las historias y experiencias de los involucrados antes, durante y después del conflicto bélico de Malvinas. Por ello, todos los centros se están organizado para recoger los testimonios en cada localidad.

La otra mujer que esperaba sus cartas con devoción, es su madre, con quien tiene planeado viajar el año próximo a Río Grande para que conozca y poder participar juntos de la vigilia. “Es un deseo de los dos que espero poder cumplir”, expresa Oscar con una sonrisa.


VETERANOS DE GUERRA DE ARROYO SECO
Romanini Oscar Raúl
Reynaldo Díaz Eduardo
De Bernardo Alfredo
Romero Néstor Omar
Pereyra Juan Carlos
Sanabria Víctor Hugo
Zingoni Jorge Alberto
Jorge Cerino
Martínez Juan Antonio
Giménez Víctor Hugo
Quinteros Oscar Alfredo

lunes, 11 de junio de 2018

Identifican al maestro más grande: Cao fue voluntario y murió en combate

Malvinas: identificaron los restos de un maestro de escuela que se hizo voluntario y murió en combate




Julio Cao era maestro del escuela Fuente: Archivo

La Nación



La Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación informó esta tarde que se logró identificar los restos de otro de los soldados caídos durante la guerra de Malvinas. Se trata de Julio Rubén Cao, un maestro de escuela que se había alistado como voluntario y que murió en combate el 10 de junio de 1982.

Julio Rubén Cao era de Ramos Mejía y sus 21 años se alistó voluntariamente para ir a combatir a Malvinas. En aquel entonces se desempeñaba como maestro en escuelas primarias del oeste del Gran Buenos Aires.
  La relación de Cao con sus alumnos era muy cercana, al punto que les escribió una carta desde las islas. El hombre falleció durante un combate en Monte Longdon, el 10 de junio de 1982.

"Con este caso, ya son 92 los soldados argentinos identificados en el Cementerio de Darwin. Una noticia que se enmarca en las tareas que continúa llevando adelante la Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación, junto a todas las partes intervinientes, para poder dar respuesta a las familias de nuestros héroes de Malvinas", informó el ministerio de Justicia y Derechos Humanos en un comunicado.

sábado, 9 de junio de 2018

Los 3 del patíbulo: Presos que quisieron zafar yendo a luchar a las islas

La historia jamás contada de los ladrones y asesinos que pidieron ir como voluntarios a la guerra de Malvinas

¿Patriotismo o fría especulación? De Robledo Puch a Valor, los presos que se anotaron para ir a las islas para combatir contra los ingleses

Por Rodolfo Palacios |  Infobae



Carlos Eduardo Robledo Puch (Gentileza Mondadori/Diego Sansdtede)

En la soledad de su celda, cuando casi todos dormían, Carlos Eduardo Robledo Puch escribió una carta de puño y letra. Estaba fechada en 1982 y el remitente decía: "Presidente Leopoldo Fortunato Galtieri".

"Me ofrezco como voluntario para combatir en Malvinas", escribió el asesino que en 1972 mató a once personas por la espalda o mientras dormían. Pero el dictador nunca le respondió esa carta.


La tapa del diario Clarín en abril de 1982

Su caso no fue el único: cientos de presos pidieron combatir como voluntarios en la guerra de Malvinas.

"Conozco a varios muchachos que se anotaron, yo no quise anotarme. Estaba preso en Devoto durante esa época. Muchos lo hacían por la Patria y otros para que les bajaran la condena. Lo que sí hice fue donar sangre para los heridos en la Guerra", dice Rubén Alberto de la Torre, ex ladrón de bancos y de blindados.


Luis Valor (Foto Maximiliano Vernazza)

El Gordo Luis Valor, ex líder de la superbanda que robaba bancos y blindados en los años ochenta y noventa, le dijo a Infobae que estuvo en una lista de voluntarios.

-¿Se anotó por patriotismo o para que le bajaran la pena?

-Antes que ladrón soy patriota –dijo Valor. Por mi país soy capaz de dar mi vida. Cuando se cumple una fecha de Malvinas me emocionan las historias de los héroes. Porque está claro que hubo más héroes que cobardes. Cobarde fue el canalla de Astiz.

-No me respondió la pregunta…

-Iba a pelear por la Argentina, pero no soy tonto: si existía alguna posibilidad de que me bajaran los años de prisión, no hablar.

-¿A quién le pidió combatir?

-Con unos compañeros de Olmos armamos una lista que se proponía como escuadrón para ir a combatir. Fue justo cuando pidieron voluntarios para combatir, antes de la guerra. Nos anotamos más de 500: piratas, robabancos, secuestradores, asesinos. Expertos en armas y en asesinatos.

-¿Y qué pasó?

-Nada. El director del penal ni siquiera mandó el pedido a los milicos. "Más que a Malvinas, ustedes van a ir a Sierra Chica a picar piedras", nos dijo el botón. Sé que en otros penales hicieron algo parecido. Y mandamos cosas para los soldados que nunca les llegaron. No entiendo por qué no nos mandaron a la guerra.

-¿No cree que hubiese sido arriesgado alistar a ladrones y asesinos en un Ejército?

-Otros países llevan a criminales. Y otra cosa: yo nunca maté a nadie. Y no hablemos de asesinos porque no hubo peores asesinos que Galtieri y muchos de los militares que mandaron a los pibes. Capaz que los milicos tenían miedo de que se armara una revuelta.

-¿Recuerda que otros presos se anotaron en esa lista?

-Me acuerdo de algunos. Había ladrones con mucho códigos, tipos pesados. Pero no los puedo nombrar, usted me entiende.


Beto De la Torre

En su libro "2922 días: Memorias de un preso de la dictadura", Eduardo Jozami da cuenta de esta movida de los presos.

"La ocupación de Malvinas produjo conmoción en la cárceles. En parte porque la mayoría de los presos apoyó la reivindicación de las Islas, actitud entusiasta que se potenció ante la rápida comprensión de que la guerra introducía una coyuntura que podía ser favorable para la salida en libertad", escribe Jozami.


La tapa de Crónica el 2 de abril de 1982

"Sé que en la Unidad 9 de la Plata se ofrecieron varios internos para combatir. Había muchos presos políticos que tras el apoyo de Montoneros a la guerra quisieron ir a las islas", dice Jozami a Infobae.

El famoso asesino Robledo Puch, que lleva preso poco más de 46 años, le contó hace diez años al autor de esta nota que otros 10 compañeros del pabellón donde estaba alojado pidieron ir a la guerra.

"En 1982 yo tenía 29 años. Le mandé una carta al presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri. Me ofrecí para combatir. No fui el único. Estaba preparado para eso. Sabía usar armas y cómo combatir al enemigo. Hubiese dado la vida por el país. Mi madre habría estado orgullosa de su hijo patriota. Morir por la Patria debe ser incomparable. Hice lo imposible por participar en la guerra de Malvinas. Además quería evitar que murieran jóvenes con un futuro por delante. A cambio no iba a pedir nada. Iba a ir al frente por solidaridad, con mis compañeros de celda donamos la poca ropa que teníamos. Les escribimos cartas a los soldados. Pero no llegó nada. Hubo gente que donó mucho dinero y comida, pero a los pibes no les dieron nada. Los dejaron morir como ratas. Siempre me gustó ayudar".

martes, 18 de abril de 2017

Harvey y Withington, dos británicos en el lado correcto de la contienda

Cambio de frente: cuando dos ingleses pelearon por Argentina
Harvey y Withington, que habían combatido para Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, estuvieron en el bando opuesto en 1982
Teresa Sofía Buscaglia | LA NACION


"Si me encuentro con otro inglés, lo invito a tomar una copa", bromeaba Jimmy Harvey entre sus camaradas argentinos del Escuadrón Fénix, mientras estaban en la base San Julián, preparando el despegue de sus aviones para distraer a los radares ingleses.

La Guerra de Malvinas no sólo convocó a militares y conscriptos, sino también a muchos civiles que se ofrecieron como voluntarios. "El origen del escuadrón data de 1978, cuando un grupo de aviadores civiles fuimos convocados para recibir instrucciones por un posible conflicto con Chile", explica Aldo Pignato, presidente de la organización.


El piloto Jimmy Harvey combatió para la Argentina en la Guerra de Malvinas. Foto: Crédito

Jimmy Harvey y Allan Withington eran parte de ese escuadrón. Nacidos en la Argentina, pero con familia, cultura y educación británicas, los dos veteranos pilotos habían participado de la Segunda Guerra Mundial, como voluntarios en la Royal Air Force (RAF), en su juventud. "Jimmy no quería hablar de la Guerra Mundial. Había sido muy doloroso para él ver tanta destrucción y muerte", recuerda hoy Lillian Harvey, su viuda.

Tito Withington tampoco hablaba de sus años en la RAF, donde tuvo misiones muy audaces. "Le tocó sobrevolar la casa de vacaciones de Hitler y distraer los radares alemanes con papelitos metálicos que los confundían y les hacían perder precisión", cuenta Claudio Meunier, investigador y autor de los libros Alas de trueno y Nacidos con honor, que documentan esta historia.

Nacidos en la década del 20, la formación de estos dos angloargentinos había sido similar, pero en lugares muy diferentes. Harvey pasó su escolaridad pupilo entre Londres y Buenos Aires, y Withington vivió su infancia en el campo. La Guerra Mundial los igualó y les dejó las mismas heridas. Ambos regresaron a la Argentina y comenzaron a trabajar como pilotos civiles. Formaron parte del nacimiento de Aerolíneas Argentinas y Austral, donde fueron maestros de pilotos hasta su jubilación. Al retirarse, en los años 70, se dedicaron a la aviación privada.

El año 1982 los volvió a reunir. Nuevamente una guerra. Aviadores veteranos y muy conocedores de la mentalidad británica, los dos acudieron al llamado de las Fuerzas Armadas, sabiendo que las chances de ganar eran utópicas.

"Ellos quisieron participar de Malvinas, aunque les ofrecí eximirlos de esa obligación. Recuerdo muy bien que al elegir el avión Lear Jet LR 24 que volaba Jimmy, lo llamé por teléfono y le sugerí que podía «bajarlo» de ese compromiso, pero pidió que me olvidara de eso y que lo convocara. Me dijo: «Yo soy argentino, Jorge, y las islas son argentinas. Esa vieja Thatcher está loca, y quiero participar»", recuerda Jorge Páez, capitán retirado de la Fuerza Aérea y fundador del Escuadrón Fénix.

Tarea de distracción

Este grupo de aviadores civiles recibía un grado militar y tenía varias tareas: retransmisión en vuelo, exploración y reconocimiento, búsqueda y salvamento, guiado de escuadrillas y, las más arriesgadas de todas, las "maniobras de diversión". En la jerga aeronáutica significaba que los aviones podían adquirir tanta velocidad que lograban semejarse a aeronaves de combate y confundir a los radares ingleses. Así los mantenían en alarma permanente y los desgastaban. Mientras tanto, las fuerzas argentinas aprovechaban a incursionar en el área de combate y derribar objetivos enemigos.

"Los Lear Jet no tenían armamentos ni asientos eyectables. En caso de ser detectados por los ingleses, los pilotos no podían hacer nada. Su salvación quedaba en manos de su destreza y las maniobras evasivas que pudieran realizar", agrega el autor Meunier.

Si bien se sentían argentinos, Tito y Jimmy no podían despegarse de su origen británico, y todos sabían que su heroísmo era doblemente valioso, porque lideraban misiones casi suicidas para enfrentar a un enemigo, por el cual habían arriesgado sus vidas cuatro décadas atrás. "No podemos ganar, pero tampoco podemos dejar que mueran todos tan impunemente, nos dijo a sus siete hijos antes de partir a Malvinas", recuerda Cecilia Withington, su hija.

Tanto Harvey como él sabían que esta guerra era una decisión alocada de una dictadura en decadencia, pero comenzado el conflicto sintieron que su obligación era acompañar y aportar su experiencia a todos esos hombres que habían ido a combatir por una causa que sentían en su corazón como justa y digna.

"Si los ingleses pisan las islas, perdemos la guerra", le dijo Jimmy a sus superiores. No lo escucharon, y llegó la derrota. Los dos la sufrieron mucho, pero aún más les dolió la indiferencia de una sociedad que no pudo separar a los que dieron su vida en Malvinas con los que formaron parte de la dictadura. "Cuando regresó, Jimmy no era el mismo. Estaba callado, muy cansado, nunca quiso hablar de Malvinas. No le gustaba ir a los homenajes ni a las reuniones. La derrota lo había entristecido", relata Lillian Harvey, su viuda. Su esposo murió en 2003.

Tito Withington, que murió en 2009, sí participaba activamente en las reuniones y los actos del Escuadrón Fénix, en cada aniversario de Malvinas. De parte del Estado argentino recibió sólo dos medallas conmemorativas por su participación. "Irónicamente, 20 años después de Malvinas, en Inglaterra fue condecorado por su voluntariosa participación en la Segunda Guerra Mundial. Se hizo una ceremonia muy emotiva y se rindió homenaje a los voluntarios argentinos que se habían alistado y habían participado en ella", revela Cecilia, al recordar a su padre.