Los sobrevivientes del feroz combate de Top Malo House, reunidos por primera vez en 43 años. Como parte de las actividades previstas en las jornadas de la Semana de Malvinas, los Combatientes que participaron en Malvinas del Combate de Top Malo House, el 31 de mayo de 1982, fueron homenajeados y distinguidos por el Senado de la Nación. Los Veteranos de Malvinas integraron el panel temático "LOS GUERREROS DE TOP MALO HOUSE HABLAN DEL FEROZ COMBATE", llevado a cabo en el Salón Arturo Illia, del palacio legislativo, y transmitido en vivo por el canal SenadoTVArgentina. En la imagen, de pie y de izquierda a derecha : Medina, Martínez, Losito, Gatti, Brun, Carlos Gómez (artista escultor) Debajo: Vercesi y Delgadillo Foto: créditos a quien corresponda 🇦🇷POR SIEMPRE SERAN HEROES🇦🇷
Después de casi 42 años, un ex combatiente de Malvinas recuperó las fotos que dejó en las islas cuando fue herido
El subteniente Jorge Pérez Grandi llevó una pequeña cámara a Malvinas. Malherido en su repliegue desde el monte Dos Hermanas, dejó abandonadas sus pertenencias. Un efectivo inglés, antes de regresar de la guerra, se llevó el rollo de fotos con él. A través de Agustín Vázquez, un santafesino que busca reliquias del conflicto de 1982, los negativos fueron devueltos. La vida en combate y el duro destino del británico que hizo el hallazgo
Por Hugo Martin || Infobae
Una
de las fotos que recuperó el subteniente Jorge Pérez Grandi. Está en la
zona del hipódromo de Puerto Argentino con las botas de goma inglesas
que encontró y usó en gran parte del conflicto
El 1 de mayo de 1982, el ejército británico atacó por primera vez Puerto Argentino. Ese día, el subteniente Jorge Pérez Grandi tomó
las últimas fotos que le quedaban en el rollo que había comenzado en el
continente. Luego guardó su cámara, una vieja Kodak Fiesta, y regresó a
su puesto de combate en el hipódromo. Recién pudo ver las imágenes que
tomó casi 42 años después.
Jorge
es cordobés, nació en Río Cuarto, pero se crió en un pueblo, Coronel
Moldes. Su padre era comerciante, no había militares en su familia.
Desde chico quiso lucir el uniforme del Ejército. Después de cumplir con
la conscripción, en 1979 ingresó al Colegio Militar en El
Palomar. El 2 de abril de 1982, cuando era cadete de cuarto año, los
reunieron en el patio y les informaron que Argentina había recuperado
las islas Malvinas. Cinco días después, adelantaron el egreso de su
promoción. Como subteniente, fue destinado a reforzar el Regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros, en Corrientes. Muy pronto, lo que tanto deseaba se hizo realidad: fue enviado a Río Gallegos y, el 26 de abril, llegó a Malvinas.
Pérez Grandi, en el aeropuerto de Puerto Argentino, al llegar a las islas el 26 de abril de 1982
“Me
destinaron a la Compañía C y llegamos en avión a Puerto Argentino.
Recuerdo que viajamos sentados en el piso, como podíamos”, relata. Los
enviaron a Monte Wall, el punto más avanzado entre los cerros que rodean
Puerto Argentino y que fueron escenario de las batallas más cruentas de
la guerra. “Marchamos unos 15 kilómetros bajo la lluvia.
Llegamos mojados, casi de noche. Y nuestro jefe me ordenó que regresara a
Puerto Argentino, al mando de media sección, unos 15 soldados, para dar
seguridad en la zona del hipódromo, donde había un depósito de
proyectiles para los cañones Otto Melara. Nos instalamos en la
boletería. Estábamos ahí cuando nos agarró el ataque del 1 de mayo. Fue
una sorpresa, quedamos impactados al escuchar a los aviones y a nuestra
artillería antiaérea, que disparaba con todo”.
Cuando
amaneció y cesó el bombardeo al aeropuerto, Pérez Grandi tomó un Unimog
y le pidió a un soldado que manejara hasta la escena de la batalla. Con
él llevó su cámara y agotó el rollo: “Era una Kodak, de esas
chiquitas, de plástico gris y negro, de las que se ponía y sacaba el
rollo por una puertita que tenían detrás. La tenía desde el Colegio
Militar, y la llevé. Ahí saqué fotos, se ve una pared amarilla con las
esquirlas... En el hipódromo tenía otras, estoy con casco, fusil y unas botas de goma que le saqué a unos ingleses. Eran
de pesca, así que las corté a la altura de la rodilla. Me fueron útiles
más adelante, en la posición que tenía me protegieron del barro. Recién
me las saqué dos días antes de que me hirieran porque ya me pasaba el
frío, de tan extremo, y me puse borceguíes”.
Una foto que tomó luego de la llegada y estaba en el rollo que dejó en las islas cuando se replegó herido del monte Dos Hermanas
Una
semana después, le ordenaron regresar al Monte Wall con su sección. La
posición exacta de Pérez Grandi estaba en la punta del Wall, desde donde
se dominaba un valle. “Nuestras posiciones miraban hacia la costa. Por
las noches, una fragata se acercaba y comenzaba el bombardeo. Estábamos a
unos ocho kilómetros y veíamos los fogonazos; y por la mañana, cuando
se levantaba la bruma, los barcos. Recuerdo que el 15 o 16 de mayo
aparecieron dos aviones nuestros que los atacaron, y uno de ellos explotó en el aire”.
Sin embargo, hasta ese momento, las bombas no eran un problema para él y
sus hombres, ya que pasaban por encima de sus cabezas.
En
los últimos días en el Monte Wall, el teniente Martella se hizo cargo de
la sección. Darwin había caído, y les ordenaron retirarse hacia el
monte Dos Hermanas. “Sabíamos que los ingleses ya estaban camino a Puerto Argentino”,
explica. Con los bolsos de armamento, llevaron una oveja que habían
carneado. “A pesar de la orden del generalato de no matar ovejas, si
aparecía una yo ordenaba matarla para alimentarnos mejor. La comida escaseaba y no teníamos las suficientes calorías para pasar todo el día. Y el frío cada vez era peor”, añade.
Cuando
llegaron a la cima del Dos Hermanas, un Sea Harrier los atacó, pero no
alcanzó a ninguno. A la mañana siguiente, una tormenta de nieve cubrió
la zona. Era el 1 de junio. Desde su posición, Pérez Grandi podía ver a los ingleses acercándose. “Éramos la vanguardia de la defensa de Puerto Argentino. A mí me habían ordenado que mi posición era de sacrificio… de sacrificio hasta las últimas consecuencias”,
recuerda. Sobre el monte Dos Hermanas se formaba una especie de
planicie, explica Pérez Grandi. Allí cavaron pozos de zorro y
dispusieron una ametralladora MAG apuntando hacia el llamado “río de
Piedra”, que separa al Dos Hermanas del Monte Kent. De repente,
aparecieron dos helicópteros ingleses. Querían colocar piezas de
artillería. “Hicimos fuego reunido y levantaron las piezas y se
instalaron detrás del monte. Como consecuencia de ese ataque, me trajeron una ametralladora Browning, la que se usaba en la Segunda Guerra Mundial. Fue muy útil y la manejaba yo”.
Una imagen que tomó en el aeropuerto luego del ataque inglés del 1 de mayo de 1982
Los
combates se intensificaron. Les empezaron a disparar con un mortero.
“Justo un proyectil cayó dentro de la posición donde estaba la MAG. Pero
en ese momento yo había llamado a los soldados para repartirles
munición. Ellos se salvaron. A uno, al soldado Sosa, una esquirla lo
hirió cerca de la columna. Lo evacuaron a Puerto Argentino y lo mandaron
de vuelta. Pero la MAG quedó fuera de combate. Al principio, te
digo la verdad, quedé impactado. Fueron 10 o 15 segundos de quedar medio
inmovilizado y ahí nomás cambias el chip y te das cuenta de que estás
combatiendo. Y aparte, en mi caso, tenés que asumir la responsabilidad de ser jefe de una sección, que
tenés suboficiales y soldados a cargo tuyo. Y peleás. Pero nos quedó
solo la Browning, y ahí estuvimos hasta la noche, cuando nos atacó el
Batallón de Comandos 45 de la Marina Real”.
Ya
era el 11 de junio. Contrariamente a lo esperado por los ingleses, que
pensaron que encontrarían a los argentinos durmiendo, la sorpresa fue
para ellos. Pérez Grandi recuerda todo como si hubiera sucedido ayer:
“Me adelanté hacia una roca y arrojamos una bengala. Ellos se dieron
cuenta de que habíamos detectado su avance. Les disparamos con un
lanzacohetes y salieron corriendo como seis o siete ingleses. Habrán
sido media hora o 40 minutos de combate. Yo estaba cuerpo a tierra y las
municiones trazantes me pasaban a dos metros de la cabeza. Esa noche murió el cabo Gómez combatiendo,
era el jefe del tercer grupo de tiradores de mi sección. Y tuve que
dejar en el lugar al soldado herido en la espalda, era arriesgado
trasladarlo porque para eso necesitaba dos o tres soldados y podían
caer. Además, ya sabíamos que los británicos trataban bien a los heridos argentinos”.
Otra escena que captó con su pequeña cámara Kodak y es fiel reflejo de los destrozos del ataque inglés al aeropuerto
En
una guerra, el coraje es una condición necesaria, pero no suficiente.
La enorme superioridad de armamento de los ingleses se impuso a la
determinación de Pérez Grandi y sus soldados de defender el monte Dos
Hermanas. La Browning se trabó, ya no tenían municiones, y tomó la
decisión de replegarse. “Cuando estábamos reagrupándonos me encontré con
unl teniente y le dije que se llevara a mi gente, que me quedaba a
cubrir el repliegue, porque nos seguían bombardeando. En ese momento,
cuando estaba al pie del monte, explotó un proyectil de mortero a cinco
metros mío. Ordené cuerpo a tierra, y cuando caí, sentí un ardor en las
dos piernas, en la planta de los pies. Cuando pasó, ordené ‘carrera
marcha…’ de ahí, y al intentar ponerme de pie, el brazo no me ayudó, y
la pierna derecha se me fue para un costado. Sentí un dolor terrible. Tuve triple fractura expuesta en la pierna derecha, con pérdida de carne, fractura de peroné en la izquierda y en el brazo derecho quebradura expuesta de cúbito y pérdida ósea”.
Ensangrentado y “creyendo que mis horas estaban contadas”, Pérez Grandi ordenó el repliegue a Puerto Argentino de sus hombres. Pero uno de ellos, el soldado Barroso, se acercó y le dijo “no, mi subteniente, me quedo a morir con usted”.
Las palabras del veterano se cortan por la emoción: “Tuvimos un
intercambio de malas palabras, que no voy a pronunciar ahora. Pero se
quedó. Fue hasta un jeep Unimog que estaba destruido y rescató un bolsón
porta equipo. Desparramó ropa arriba mío, porque yo sentía frío,
lloviznaba, y me dio para tomar un poquito de whisky, porque el último
día habíamos recibido unas raciones, y como yo ni fumaba ni tomaba, al
whisky se lo daba a los soldados… Llegó un momento en que empecé a sentir como que ya me iba de este mundo”.
Una
foto que sacó en Malvinas a poco de llegar. De las islas eran apenas
cinco o seis fotos de un rollo del que fueron recuperadas 22 imágenes,
la mayoría de ellas tomadas en el continente antes de viajar
Pérez
Grandi, asistido por Barroso, estuvo una hora y media tirado en el
campo de batalla. Pero sus hombres regresaron por él. El entonces
subteniente cuenta que un cabo, Nicolás Urbieta, “regresó con otros
soldados. Con fusiles y una manta hicieron una especie de camilla y me subieron. Fue un parto, yo sentía unos dolores terribles y cada diez metros tenían que parar”.
Ya
era la madrugada del 12 de junio, y faltaban unas horas para que
saliera el sol. Llegaron hasta las proximidades de Puerto Argentino,
donde había un grupo de artillería, lo subieron a un Unimog y lo
llevaron al hospital. “Me pusieron en un salón grande, junto a varios
heridos. Me cortaron todo el uniforme y me sacaron los borceguíes.
Barroso seguía a mi lado. Le di mi documento y le dije ‘entregáselo a mi viejo y decile que lo quiero mucho’”.
Pérez Grandi junto a otro oficial en Malvinas
Media
hora después, lo llevaron a la sala de cirugía. Pasaron casi 42 años y
esa imagen sigue como un sello en su cabeza: “Había sangre por todos
lados. Me pusieron arriba de la mesa de operaciones y le dije al médico ‘por favor no me corte la pierna’.
Es lo último que recuerdo de Malvinas. Cuando me desperté, estaba en la
terapia intensiva de un hospital de Río Gallegos. Me dijeron que salí
con el último Hércules”.
En la capital de Santa Cruz estuvo dos días más y voló a Buenos Aires. El cuadro de Pérez Grandi era de gravedad. Lo
llevaron de inmediato a la terapia intensiva del Hospital Militar.
Tenía las dos piernas y el brazo derecho enyesados. “El coronel Moore,
el jefe de traumatología, me sacó una placa para ver todo. Y descubrió
que tenía gangrena en el muslo de la pierna izquierda. De
urgencia me llevaron a la sala de operaciones. Me limpiaron y sacaron
parte del muslo, con dos cortes un poquito arriba de la cadera para
impedir que la gangrena avanzara”.
Ian Kendrick, el inglés que encontró el rollo y lo tuvo en su poder 40 años
Lo
derivaron al Hospital Muñiz, que tenía una cámara hiperbárica. Su
memoria es vívida: “La máquina era inglesa y estaba fuera de servicio,
pero la reactivaron por mi caso. Después me enteré de que me ponían ahí
para combatir la gangrena con mucho oxígeno. Y por la mañana y la tarde
me hacían curaciones con azúcar en la zona. Lo peor era que las vendas
se pegaban. Fueron diez días espantosos. Pero fui saliendo… recuerdo a
todos los médicos y enfermeros del Muñiz. Con el tiempo me hicieron un injerto óseo en el cúbito del brazo derecho, que me quedó un poco más débil que el otro…”.
Hoy, Pérez Grandi, a los 64 años, tiene las secuelas de la guerra a flor de piel. En solo dos de los dedos de su mano derecha tiene sensibilidad,
en el resto, nada. Después de su recuperación, que demandó en total un
año, lo destinaron al Regimiento de Patricios. “Yo quería ser un oficial
de tropa, y veía que no iba a poder. Así que me puse a estudiar Derecho
y pedí el retiro como Teniente”. Se recibió de abogado y más adelante
hizo un máster de Derecho Intelectual en Chicago, Estados Unidos. Se
casó, se divorció, tuvo una hija en Estados Unidos y dice que,
aún hoy, Malvinas lo persigue: “Mi madre murió un 14 de junio, el día
que terminó la batalla. Y mi hija nació un 10 de junio, el día del
reclamo de nuestra soberanía en las islas. Eran las 11.58 y le pedí al
obstetra peruano si podía nacer antes del 11. Y dijo que sí. A mi hija le pusimos María Paz”.
Kendrick,
el primero desde la derecha, en Puerto Argentino con compañeros de
armas. La casa donde halló el rollo con las fotos de Pérez Grandi
aparece a sus espaldas
Lo que quedó en Malvinas
Cuando
Pérez Grandi se replegó del monte Dos Hermanas con su sección, dejó el
bolso con sus pertenencias. Entre ellas, la cámara de fotos. Años más
tarde, por medio de un oficial inglés, se enteró de que los gurkhas se
habían encargado de la limpieza del campo de batalla. “Todas nuestras cosas personales las dejaron en un galpón grande. Por supuesto, cada uno se llevó un souvenir”.
No
se llevaron todo. Hace diez años tuvo una sorpresa. “El cabo Urbieta y
otros soldados fueron a Malvinas y recorrieron nuestras posiciones. Y encontraron un cepillo de uñas que era mío.
¿Sabes cuál fue su importancia? En los últimos días estábamos todos
sucios, embarrados. Ni enmascaramiento necesitábamos. Ya habíamos
perdido los guantes… Entonces yo calentaba agua, agarraba una media mía y
pasaba, posición por posición, para que lavaran las manos y las uñas
con ese cepillo. Cuando me lo trajeron, sentí una gran emoción…”.
Kendrick hoy, en un hospital de Australia, donde le amputaron una pierna, con una camiseta de la selección Argentina
Pero las fotos tardaron más. Y en su recuperación tuvo mucho que ver Agustín Vázquez,
un santafesino que desde hace años investiga Malvinas y contacta a
veteranos o coleccionistas ingleses que poseen elementos que pertenecían
a argentinos. Es una tarea paciente y que da resultados de tanto en
tanto. Pero cuándo alguna sale bien, sabe que el esfuerzo paga en
emoción.
A través suyo, el soldado Oscar Bauchi recuperó una carta
que escribió desde las islas, que nunca envió y fue llevada a
Inglaterra, subastada y adquirida por un coleccionista británico. Y
otro, Jorge “Beto” Altieri,
que en 2019 se había reencontrado con su casco, pudo volver a tener en
sus manos el diario donde dejaba por escrito su día a día en la guerra.
Agustín
Vázquez, incansable buscador de tesoros de Malvinas, ya fue
intermediario de varios hallazgos que regresaron a sus dueños. Aquí, con
Jorge Pérez Grandi en diciembre de 2023, el día que le devolvió las
fotos y los negativos
Esta vez, cuenta Vázquez, “Jorge dejó su equipo en la montaña, lo llevaron y alguien tiró el rollo solo, sin la cámara. Ahí, en un pozo en una casa de la calle Philomel lo encontró un inglés, Ian Kendrick. Se lo llevó a Inglaterra, lo reveló y quedó 40 años en su poder”.
Kendrick
formaba parte del Ejército Británico, era Lance Corporal del Royal Corp
of Transport 52. Durante la guerra estuvo a bordo del buque Sir
Geraint. En total, estuvo en Malvinas cinco meses y medio, ya que
permaneció en forma voluntaria luego del 14 de junio, fecha en que cesó
el combate. Por su rol en el conflicto, recibió un diploma por parte de
la Reina Isabel, que enmarcó con orgullo. En las consideraciones señala
que “siempre se destacó por su alegría y su capacidad para animar a los
demás. Tenía un sentido del humor contagioso y a menudo era una fuente
de inspiración para los que le rodeaban durante los largos, agotadores y
a menudo aterradores días en las aguas del estrecho de San Carlos”.
Hoy Kendrick vive en Australia y tiene una enfermedad renal. Hace
diálisis y poco tiempo atrás le tuvieron que amputar una pierna. Desde
la cama de un hospital le envió una fotografía a Agustín luciendo la camiseta argentina de Messi que él le envió. Y con una sonrisa.
La
emoción de Jorge Pérez Grandi al ver por primera vez algunas imágenes
hace 20 días. Otras ya las había recuperado hace dos años
El
siguiente paso fue dado por otro veterano inglés que conocía a Vázquez,
y le comentó que Kendrick tenía esas imágenes en su poder. “Como estoy
en contacto con veteranos, lo contacté, hablamos y me envió unas pocas
fotos. Se las mostré a varios veteranos argentinos y Marcelo Llambías,
se reconoció en una y me dijo que podían ser de Jorge. Lo llamé y
efectivamente, eran suyas”. Esto sucedió hace un par de años. Ahora, en
diciembre de 2023, cuando Agustín tuvo la totalidad de los 22 negativos
que resistieron el paso del tiempo en su poder, se reunió con Pérez Grandi y su hermano Adrián en Santa Fe, y se los entregó. Una vez más, Vázquez ayudó a cerrar un círculo.
Jorge
Pérez Grandi reconoce que no es demasiado demostrativo. Pero aunque
recién en los últimos tiempos pudo volver a hablar de su experiencia en
Malvinas, agradece el reencuentro con las fotos. “Yo no quería estar
todo el tiempo en 1982. Trato de guardarme las cosas adentro. Pero tengo
que volver siempre, porque cuando me levanto y me quiero abrochar el
pantalón tengo problemas para hacerlo o dolor en las piernas. Y es por
Malvinas, ¿entiendes? Estas imágenes son algo muy especial, porque cierran algunas cosas de mi vivencia en las islas. Pero más allá de eso, hoy lo que agradezco es estar vivo y ver el sol cada día”. Pero tiene un sueño: regresar alguna vez al monte Dos Hermanas.
A su posición. Llevar a su hija y a su hermano (“mi primer fan”,
aclara), y contarles, en el campo de batalla, lo que hizo en la guerra.
Cuando empieza la primavera europea, David Morgan sabe que volverán a asaltarlo recuerdos de la guerra. Regresó de las Islas Malvinas en julio de 1982, condecorado y reconocido por sus hazañas como piloto de los Sea Harriers,
los aviones más modernos de aquel tiempo. Participó en más de 50
misiones durante el conflicto, en las que derribó helicópteros y
aviones. Al regresar a casa, esas hazañas se transformaron en
pesadillas. “Estaba irritable, nervioso y muy reacio a tomar las
pequeñas decisiones de todos los días. Era como si me hubiera
acostumbrado a tomar decisiones de vida y muerte y había perdido la
habilidad de lidiar con lo mundano”, cuenta David Morgan en su libro de memorias, Cielos Hostiles, escrito hace 14 años y recientemente traducido al español y publicado en Argentina. Mucho tiempo después de la guerra fue diagnosticado con estrés postraumático y pudo hablar de lo que había vivido.
En una entrevista virtual desde Buenos Aires con EL PAIS, la
primera con una periodista argentina, David Morgan rememora aquellos
tiempos con mirada triste y pausas largas. A los 73 años, su vida es
ahora tranquila, rodeada de naturaleza en una hermosa casa rural en
Shaftersbury, a 150 km de Londres. Todos los fines de semana lo visitan
sus dos hijos y sus cinco nietos, a quienes lleva a volar en su avión
particular y les dedica el tiempo que quizás no tuvo como padre. Sus
hijos eran pequeños cuando él partió al Atlántico Sur. ¿A dónde iba?
¿Qué eran las Malvinas? Los niños lo entendieron tiempo después, cuando
algunos de sus amigos de la escuela contaban que habían perdido a sus
padres. Gracias a 12 años de ayuda terapéutica, David Morgan pudo
escribir sus memorias. Las dedicó a su familia y a su psicóloga, Sally, a
quien le agradeció “salvar su cordura”.
Con un prólogo especialmente dedicado a los argentinos, David Morgan aclara que temía que el libro “no fuera bien recibido” en el país sudamericano. “Pero mis buenos amigos allá me animaron a hacerlo”, dice. Sus párpados caen pesados sobre sus ojos claros y vidriosos mientras mira a través de la pantalla de su computadora. “La
guerra no es gloriosa, es como asomarse al infierno y lo vivimos igual
de ambos lados. No disfrutábamos las victorias porque sabíamos que los
pilotos argentinos eran como nosotros: sentían el mismo amor por volar y
también tenían familias que los esperaban”, aclara con el mismo tono humano que usa en su libro.
En Cielos Hostiles, Morgan hace descripciones minuciosas de
sus misiones, con detalles técnicos y datos precisos, junto con las
experiencias del momento. Se pueden leer cartas de amor, fragmentos de
su diario personal, citas de libros de Richard Bach (autor de Juan Salvador Gaviota e Ilusiones) o poemas de John Pudney (de
un libro regalo de su padre, también piloto de la RAF y veterano de la
Segunda Guerra Mundial) además de versos propios, escritos para su mujer
y sus amigos caídos en combate.
Morgan hoy, a los 73 años, cerca de Londres
“A alguna gente no le gustó que incluyera lo personal, pero mi idea
era escribir lo que viví, aunque me avergüence”, dice Morgan cuando
aclara que Inglaterra muchos colegas lo criticaron por eso. Durante sus
años de posguerra, Morgan fue instructor de escuadrones y al estallar la
Guerra del Golfo, en 1991, lo convocaron. Esa fue la alarma que disparó
su estrés postraumático. Habían pasado casi 10 años desde Malvinas,
pero sus recuerdos reaparecieron y pidió ayuda. Entonces se retiró y se
dedicó a la aviación comercial.
En ese mismo tiempo, una amigo que volaba con él, Maxi Gainza,
le propuso encontrarse con un veterano de guerra argentino que estaba
de paso por Londres. Al principio se resistió, pero luego aceptó conocer
a Héctor Sánchez, uno de los cuatro pilotos con los
que había tenido el combate aéreo más dramático de la guerra. Aquel 8 de
junio en Malvinas merece todo un capítulo en sus memorias, porque
Morgan y su compañero, David Smith, atacaron con
misiles cuatro Skyhawks (aviones de combate argentinos) tras ver cómo
habían bombardeado un buque inglés en la Bahía Agradable. Tres de los
pilotos argentinos murieron y Héctor Sánchez se salvó.
“Eso me afectó mucho. Recuerdo exactamente ese momento, cómo iban cambiando mis emociones en segundos: la ira cuando vi atacar a nuestra gente, la euforia cuando bajé al primer avión, la empatía cuando el segundo hombre que se eyectó pasó cerca de mi cabina y luego la ira de nuevo, cuando maté al tercer hombre. Creo que ese día fue el disparador de la mayoría de mis problemas después del final del conflicto”,
reflexiona Morgan, y se queda en un largo silencio. Durante los ocho
meses que tardó en escribir el libro, tuvo varios bloqueos y debió
trabajar mucho sobre eso.
Al hablar de Héctor Sánchez, vuelve a sonreír. En una ocasión, luego
de varios encuentros, recuerda que el argentino, notándolo distante y
pensativo, le dijo con empatía: “No te preocupes más, David, cada uno cumplía con su deber”. Se abrazaron. La amistad sigue intacta desde aquellos años. Ambos mantuvieron contacto por mail y luego por redes sociales. David nunca viajó a Buenos Aires, pero planea hacerlo en el futuro.
Morgan y el impactante recuerdo del combate del 8 de junio de 1982
En 2007, para el 25 aniversario de la guerra, David Morgan viajó por primera vez a las Islas Malvinas.
Recorrió en jeep aquellos lugares helados que recordaba regados de
cadáveres y restos de armamentos. Todo se veía diferente en esta visita.
“Encontré restos del fuselaje de mi avión y también de uno de los
aviones que yo había derribado. Su piloto, Daniel Bolzán,
fue uno de los que murió aquel 8 de junio y decidí enviárselos a su
hijo”, recuerda. Le escribió y le contó todo. Así inició su relación con
el hijo de uno de los 649 soldados argentinos que murieron en las
islas. “Sus pilotos realizaron ataques con habilidad y coraje, causando graves daños a muchos barcos británicos. Eran muy valientes”, añade Morgan.
Las memorias de David Morgan llegan justo en un momento de revisión
histórica de la guerra de las Malvinas en Argentina. En el campo
académico se debate la simplificación que definió a esta guerra como “absurda y caprichosa” y a sus protagonistas como marionetas de la dictadura de entonces. Para la antropóloga Rosana Guber “este
marco redujo fuertemente las alternativas con que sus protagonistas
directos podrían darle sentido a su experiencia bélica y humana, y
también redujo el margen del reconocimiento de su acción en la esfera
pública”. En esta investigación, Guber concluye que los encuentros
de posguerra entre británicos y argentinos demuestran que la guerra
enfrenta a seres humanos que, muchas veces, necesitan encontrar razones
para una experiencia tan traumática.
David Morgan es parte de un importante grupo de veteranos de
guerra de ambos países que, décadas después, necesitaron entender por
qué estuvieron allí y darse la mano para manifestarse respeto. A
diferencia de otros encuentros entre veteranos de ambos países
promocionados en documentales y hasta obras de teatro, el encuentro
entre David Morgan y Héctor Sánchez se mantuvo en la intimidad. “Yo
siento que nuestra amistad es algo privado y muy fuerte. Nos une el
haber vivido la misma experiencia, aunque sea en bandos diferentes. No
necesitamos hacerlo público”. En 2019, Héctor Sánchez invitó a David
Morgan a visitar Malvinas junto a Pablo Bolzán, hijo del piloto
argentino muerto en combate, y Luis Cervera, veterano de guerra. Recorrieron juntos las islas y levantaron un monumento en memoria del padre de Pablo, Daniel Bolzán. Morgan pudo cerrar así el círculo de su historia
14 de junio, todo terminó, apenas unas horas antes habían combatido en Tumbledown. Dos rostros, uno la alegría de haber sobrevivido y otro el del Jefe con varios muertos y heridos. Duro combate. Sus vivencias recién acontecidas y expresiones capturadas por la imagen. A LOS BRAVOS DE MALVINAS. Imagen: Soldado Carlos Daniel Britos y Subteniente Esteban Vilgre Lamadrid - 3ra Sección - Compañia B - RI Mec 6 - EA.
En junio se inaugura el monumento al Soldado Argentino
Carlos Koopmann anunció qué día se inaugurará de manera oficial la obra en homenaje al Soldado Argentino. Por Corresponsal Cordillerano Neuquén Noticias Nqn
Zapala.- El intendente de esta localidad, Carlos Koopmann, anunció en redes sociales que " al cumplirse 42 años del hundimiento del Crucero “ARA General Belgrano”, anunciamos junto a nuestros Veteranos de Guerra de Malvinas, que el monumento más grande del país en homenaje al Soldado Argentino, vamos a inaugurarlo el próximo 9 de junio".
En una jornada marcada por las bajas temperaturas, el Jefe Comunal, en compañía de la Secretaria de Cultura María José Rodríguez y Veteranos de Malvinas, confirmó que la fecha señalada será el domingo 9 de junio.
El anuncio fue realizado en el predio donde se encuentra el imponente monumento, emplazado sobre Ruta 14 y Acceso Fortabat.
“Es un honor poder estar haciendo este anuncio. Este monumento reconoce y conmemora a todos los soldados de la Patria, en especial a los soldados y combatientes de Malvinas. Esperamos contar ese día con la presencia de autoridades nacionales, provinciales y de distintas localidades del país”, indicó Koopmann.
Recientemente la obra tomó color, adoptando el característico “verde militar”, siendo el próximo paso culminar las tareas de pintura con los otros colores: el celeste y blanco de la bandera argentina y la plaza que rodeará la escultura.
La obra, creación del escultor Aldo Beroisa, inició en el mes de junio de 2022 y se convertirá en el monumento al Soldado Argentino más grande del país, con 20 toneladas de peso y 17 metros de altura si se cuenta su pedestal.
El origen de semejante escultura surge de la premisa de homenajear a los soldados caídos en la Guerra de Malvinas, tanto a los héroes que quedaron en las Islas como a quienes regresaron una vez culminado el conflicto.
Vale recordar que Zapala, desde hace un par de años, fue declarada como “Ciudad Malvinera” en base a las diferentes actividades e iniciativas realizadas e impulsadas por la actual gestión de gobierno comandada por Koopmann.