lunes, 2 de marzo de 2026
sábado, 28 de febrero de 2026
jueves, 26 de febrero de 2026
La protesta de Estanislao López al ataque norteamericano de 1831
Estanislao López y el ataque de Estados Unidos sobre las islas Malvinas en 1831
Estanislao López y el ataque de Estados Unidos sobre las islas Malvinas en 1831
El 10 de junio de 1829, en medio de la crisis política derivada del fusilamiento de Manuel Dorrego (13 de diciembre de 1828), el gobierno de Buenos Aires, que tenía jurisdicción sobre todo el territorio del sur argentino, dispuso la creación de la Comandancia Militar de las Islas Malvinas. Allí vivían colonos dedicados a la pesca y a la cría de ovejas que reconocían la soberanía argentina sobre el archipiélago y comerciaban con los barcos balleneros, especialmente norteamericanos, que explotaban los recursos del Atlántico Sur.
El recorte contiene la protesta de Estanislao López sobre el ataque norteamericano a las Malvinas el 31 de diciembre de 1831.
Transcripción:
SANTA-FÉ.
Marzo 9 de 1832.Ha sido altamente mortificante al Gobernador que subscribre, la lectura del oficio de 14 del pasado (1) de S. E. del Sr. Gobernador delegado de Buenos Ayres, en que se explican todas las circunstancias ocurridas en el escandaloso atentado cometido el 31 de Diciembre en las Islas Malvinas por el comandante de la corbeta de guerra norte americana Lexintong. Este hecho tan contrario al derecho de las naciones, es tanto más desagradable, cuanto que él ha sido perpetrado por un súbdito de un Gobierno tan perfectamente identificado en principios políticos con los que profesa la República Argentina, y cuyas relaciones de amistad y buena inteligencia era de esperarse que nunca hubieran sufrido alteración alguna; pero a una agresión tan directa a los intereses de la República como no morada ó bien despoblada ha venido por desgracia a recaer, ha correspondido el Gobierno de Santa-Fé dirigiéndose al de Buenos Ayres, asegurándole que la impresión desagradable de un hecho tan inusitado y arbitrario ha sido en él tan profunda y dolorosa, como en los pueblos mismos que lo han experimentado; y que de una manera conforme a la dignidad, honor y decoro de pueblos libres, de costumbres cultas y civilizadas, y de Gobiernos que todos son justamente celosos de la República Argentina.
El Exmo. Gobierno es quien al adoptarlas ha de aceptar con resignación cualquiera de las providencias consoladoras que se hicieran en lo futuro.
Fue
esta actividad de balleneros y loberos la que dio lugar al conflicto
que derivaría en la pérdida del control argentino sobre el archipiélago.
El cumplimiento de las condiciones establecidas para su ejercicio legal
fue desconocido por los norteamericanos, por lo que el comandante Luis
Vernet hizo apresar algunos balleneros de esa nacionalidad. Se disparó
enseguida el conflicto diplomático en Buenos Aires abierto por los
reclamos del cónsul Jorge Slacum.
Con
desprecio del derecho argentino sobre el mar austral y sin esperar
respuesta, el cónsul envió a la corbeta de guerra Lexington a Malvinas,
rescató las naves secuestradas, sembró la destrucción en las
instalaciones de Puerto Soledad y capturó a los colonos que fueron
trasladados a Montevideo. Era 31 de diciembre de 1831 y el estatus
jurídico argentino se estaba apenas bosquejando.
Algunas de las provincias argentinas ya constituían la Confederación prevista en el Pacto Federal del 4 de enero, pero recién había finalizado la guerra entre las provincias federales y las que habían respondido al general Paz en el interior. Juan Manuel de Rosas gobernaba en Buenos Aires y Estanislao López alentaba desde Santa Fe a las otras provincias a confederarse, luego de ser derrotadas por Facundo Quiroga el 4 de noviembre en La Ciudadela.
Procuraba
también López sostener la Comisión Representativa que el mismo pacto
creaba (la que era cuestionada por Rosas), y no renunciaba al proyecto
de constituir el país en el corto plazo. El ataque norteamericano
llegaba en medio de este proceso de acomodamiento interno de fuerzas
entre las provincias. En el momento en que llega la noticia a Buenos
Aires el gobernador Rosas estaba enfermo, siendo reemplazado por Juan
Ramón Balcarce en forma interina, entre el 6 de febrero y el 7 de marzo.
Fue Balcarce, justamente, quien el 14 de febrero de 1832 libró un
oficio a los otros gobernadores informándolos sobre lo ocurrido en
Malvinas.
La condena de López al atropello norteamericano
El pasado 2 de abril, en medio de la conmemoración de la recuperación transitoria de Malvinas de 1982, el colega Julio Rodríguez me envió desde Rosario un documento digitalizado que yo desconocía. Se trata de la respuesta de Estanislao López al oficio de Balcarce, fechada el 9 de marzo de 1832 y publicada en la Gaceta Mercantil el jueves 22 del mismo mes y año.
El gobernador de Santa Fe expresa su más enérgica condena y dice: "Este hecho tan contrario al derecho de las naciones, es tanto más desagradable, cuanto que él ha sido perpetrado por un súbdito de un gobierno tan perfectamente identificado en principios políticos con los que profesa la República Argentina, y cuyas relaciones de amistad y buena inteligencia era de esperarse que nunca hubiera sufrido alteración alguna"
La realidad era otra. Aunque los Estados Unidos e Inglaterra habían reconocido la independencia argentina, el país no se afianzaba como Estado y daba ante el mundo una imagen de constante inestabilidad y desgobierno. El mismo año del ataque norteamericano sobre Malvinas las provincias se habían enfrentado divididas en dos bloques, y aunque López reclamó a su término el dictado de una Constitución Nacional no consiguió el acuerdo de Buenos Aires
También era ficticia la idea que López se representaba de los Estados Unidos de América. Si bien a fines de 1823 el entonces presidente James Monroe había expuesto los principios que parecían respaldar los derechos soberanos de los países del continente (la llamada Doctrina Monroe, redactada por el secretario de Estado, John Quincy Adams), al declarar la célebre fórmula "América para los americanos", la realidad era diametralmente otra, pues mostraba las apetencias expansionistas del país, que ya había adquirido Luisiana a los franceses en 1803 y La Florida a los españoles en 1819.
La protesta de López continuaba diciendo: "Espera confiadamente el gobierno de Santa Fe que Excmo. de Buenos Aires, a cuya hábil dirección está confiada la administración de los negocios extranjeros, obrará en el asunto a que da mérito esta contestación, de una manera conforme a los principios que establece el derecho de los pueblos cultos y decoro tan justamente debido a la República Argentina".
Estrictamente hablando, para marzo de 1832, la República Argentina no existía como un Estado Nacional. Se estaba conformando en cambio una Confederación, como un conjunto de estados soberanos unidos por el pacto de 1831 sin una autoridad superior que las gobernara a todas. En todo caso, el ataque norteamericano sobre Malvinas afectaba a la soberanía territorial de Buenos Aires, y como agresión extranjera a uno de los estados confederados podía poner en marcha los mecanismos solidarios de las otras provincias conforme al artículo segundo del tratado.
Cuando López escribía su protesta ya estaban confederadas Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos, firmantes del acuerdo original, y se habían sumado Santiago del Estero, Córdoba, Mendoza, Corrientes y La Rioja. Pero faltaban Tucumán, San Luis, Salta, Catamarca y San Juan, que lo fueron haciendo en el transcurso del año. A la adhesión de las provincias al Pacto Federal se sumaba la delegación de la representación ante el extranjero que se le confería al gobierno de Buenos Aires.
Importancia del documento
Desde que José Luis Busaniche publicó en 1927 su libro sobre Estanislao López, se conocía la carta que este había escrito al gobierno de Buenos Aires tras la usurpación británica de las islas Malvinas, firmada el 25 de febrero de 1833. Como es sabido fueron dos notas las enviadas por López en respuesta a la comunicación oficial del gobernador de Buenos Aires. Una dirigida al general Balcarce y otra al encargado de negocios de Santa Fe ante el gobierno porteño, Pedro Pablo Vidal.
Ambos escritos merecieron estudios de otros historiadores, como Leo Hillar y Liliana Montenegro. Y más recientemente, Victorio Marzocchi y Francisco Iturraspe actualizaron información sobre el tema e identificaron las protestas que otros gobernadores habían formulado ante el atropello británico. Así supimos que las cartas de López formaban parte de una reacción más amplia que incluía las de los gobiernos de Corrientes, Entre Ríos, Santiago del Estero, Salta, San Juan y Catamarca, y que se extendía al de Bolivia.
En su carta a Vidal, López señalaba, en consecuencia con su prédica a favor de la organización nacional, que: "(...) este y otros muchos vejámenes varias veces inferidos a la república tienen esencialmente su origen en la inconstitución en que se encuentra el país y la figura poco digna que por ello representa".
Esta tercera carta de López sobre Malvinas que ahora conocemos y que es en realidad la primera de las escritas entre marzo de 1832 y febrero de 1833, completa la secuencia condenatoria de dos alevosas violaciones de la soberanía nacional que están a su vez encadenadas. La invasión inglesa fue instigada por los Estados Unidos, con desprecio de la Doctrina Monroe de 1823, actitud que se reeditaría en 1982 violando nuevamente el principio que la sustentaba: "América para los americanos".
(*) Contenidos producidos para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos, en el año de su 90° Aniversario (1935-2025).
martes, 24 de febrero de 2026
domingo, 22 de febrero de 2026
El cordobés Tito Withington bombardeó el refugio de Hitler y combatió en Malvinas
“Adolfo, cariños desde Argentina”. La historia de Tito Withington, el piloto cordobés que bombardeó la casa de retiro de Hitler y sirvió en Malvinas

Piloto en la guerra, el Sargento de vuelo en la RAF Tito Withington junto a su perro Peter. Observar en su hombro la insignia de Argentina. (Archivo Claudio Meunier. Coloreada por Jean Marie Gillet).
Allan Claudio Withington Gutiérrez (Tito) nació en Villa Huidobro, Provincia de Córdoba. Fue piloto de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial y de la Fuerza Aérea Argentina en la guerra de Malvinas
El sargento de vuelo Withington cree que va a morir. Está convencido de que sus efímeros 22 años y su humanidad se esparcirán por el aire. Es copiloto, integra una fuerza de 359 cuatrimotores pesados Avro Lancaster que pertenecen a la temible Royal Air Force británica. ¿Su misión? Bombardear el hogar de retiro de Adolf Hitler en Berchtesgaden, en la zona montañosa de Baviera, sur de Alemania.
La
historia es increíble. El calendario de guerra no registra la acción,
secretísima, pero sí la fecha: 25 de abril de 1945. Withington está
acostumbrado a volar de noche, al amparo de la oscuridad, pero esta vez
se aproxima al blanco a plena luz del día y se siente indefenso. Volar
sobre Berghof -tal es el nombre de la residencia de vacaciones del líder
nazi- se presenta como una experiencia desagradable. El fuego antiaéreo
oscurece el cielo y sacude su nave. Ve explosiones en el aire que
arrojan esquirlas hirvientes y amenazan su bombardero, repleto de
combustible y explosivos. Aparece lo que luego describirá como una alfombra negra que crece y se multiplica en segundos. “Quienes vuelen dentro de ella, no vivirán”, sentencia. Es cierto, serán olvidados, pasarán a formar parte de la fría estadística de máquinas perdidas en acción.
Un tripulante de su bombardero acaba de ingresar en el mundo del pánico. Reza y llama a su madre. Withington -como todos a bordo- lo escucha por sus auriculares y le ruge a través de la radio interna del avión:
-¡Silencio en la frecuencia!
Observa su reloj. Las agujas marcan las nueve y media de la mañana. Está satisfecho: llegaron a destino a la hora planeada. Sin embargo, las construcciones elegidas para su destrucción desaparecieron bajo una cortina de niebla artificial que los alemanes lanzaron sobre el área para despistar a los invasores. Parte de la aviación aliada se adelanta para resolver el problema: a baja altura, 16 bombarderos Mosquito lanzan bengalas fumígenas sobre la fortaleza alpina, demarcando el blanco.
De inmediato, la lluvia de bombas se manifiesta. Una de ellas lleva una dedicatoria, en idioma español, escrita con tiza: ¨Adolfo, cariños desde Argentina¨. Su autor, es el Sargento de vuelo Withington.
El
objetivo, Berghof, es alcanzado. Pero Hitler no se encuentra allí,
permanece en Berlín. Sin embargo, comunicaciones interceptadas y
decodificadas dan cuenta de una importante visita en el lugar: el recién
llegado es nada menos que el ex Jefe de la Luftwaffe, la fuerza aérea
alemana, Hermann Göring, quien había sido destituido dos días atrás y
puesto bajo arresto por orden de “el Führer”. Fue castigado por enviar
un telegrama el 23 de abril de 1945 a la Cancillería del Reich solicitando permiso para asumir el liderazgo de Alemania.
Queda por delante, el peor momento: escapar del área. El fuego antiaéreo, cierra el paso a la fuerza de ataque. Withington ve como, muy cerca suyo, los motores de un bombardero norteamericano explotan con los ocho tripulantes dentro. Observa tres paracaídas que se abren y flotan. Lo que queda del avión, desaparece en una bola de fuego arrastrando a sus desventurados miembros. Él piensa: “Hoy no voy a morir”. Y su Lancaster, por alguna especie de milagro, sobrepasa la mortífera trampa y deja atrás Bavaria.
Göring escapa con vida del bombardeo. Poco después es capturado y sentenciado en Núremberg. Se suicidará en su celda, el 15 de octubre de 1946: una píldora de cianuro lo ayuda a evadir la horca. Withington, sin embargo, vivirá seis décadas y hablará muy poco de aquella terrible experiencia.
EL CORDOBÉS INDOMABLE
Allan Claudio Withington Gutiérrez (Tito) nació en Villa Huidobro, Provincia de Córdoba. El 11 de septiembre de 1923. Hijo de Allan Withington, administrador rural y Doña Julia Gutiérrez, ama de casa, fue criado junto a sus dos hermanas en el campo, donde aprendió a cabalgar, enlazar, ayudar a carnear, marcar, señalar y cuerear. Solía conducir un pequeño sulky y también aprendió a guiar la carreta que transportaba fardos. Lo bautizaron Firpo, en homenaje al pugilista argentino, pues de pequeño le gustaba el box. Desafiaba y combatía en desventaja de edad. Sus contendientes eran otros niños, en su mayoría mayores, hijos de los peones. No la pasaba nada bien.
Sus padres, cansados de su conducta, le aplicaban disciplina. Ante esa adversidad, desarrolló un fuerte instinto de supervivencia y auto conservación: emergió un ágil atleta que evadía con éxito, ‘casi siempre’, el cinto de su padre, corriendo dentro de la casa, a través de las habitaciones.
Vencidos, sus progenitores no dudaron en pedir ayuda para encauzar tanta energía. Entonces, la civilización intervino. Tito fue enviado a Buenos Aires bajo la tutela de sus abuelos y se convirtió en alumno del colegio Oates en Hurlingham. La institución dirigida por el severo director “Mr. Cuff” logró calmar los bríos del pequeño Withington. Allí le enseñaron primero modales y luego el idioma inglés.
“Mi deber, como argentino, era unirme a la causa aliada”
Al
concluir su ciclo secundario, Withington revela a su progenitor cuál
será su futuro: le dice que quiere ser aviador. Su padre se opone, le
sugiere una carrera universitaria. Por primera vez abandona su país y se
embarca rumbo a Europa para participar en la Segunda Guerra Mundial.
Llega al puerto de Liverpool a bordo de un buque de carga. Quiere
participar de la contienda por dos razones, como lo relató infinidad de
veces: “Mi amigo Ian MacQueen me enviaba cartas sobre su vida que me
entusiasmaron. Volaba bombarderos Avro Lancaster. Cuando me enrolé en
Londres, el 9 de julio de 1942, me acompañó a la oficina de
reclutamiento. Un mes tardé en comprender lo que era la guerra. Me
golpeó de lleno: Ian desapareció junto a su tripulación, se esfumó
durante una misión y no los volvió a ver nadie. El otro motivo por el
que decidí alistarme era combatir al monstruo bruto de Hitler. Mi deber,
al que consideré una obligación, como argentino, fue unirme a la causa
aliada. Impedir que la lucha llegara mi país... como en 1982, cuando me
uní a la Fuerza Aérea Argentina al enterarme que Gran Bretaña quería
nuestras Islas Malvinas”, solía decir.
Withington, que posee carácter y habilidad, es seleccionado para el curso de piloto que se dicta al otro lado del océano, en Oklahoma, Estados Unidos. Recibirá sus alas de piloto militar en la RAF en enero de 1944. Pero su aspiración de ser oficial es desechada. ¿El motivo? Problemas de disciplina. Durante su formación, Withington disputa un combate pugilístico contra un oficial de graduación que también es piloto. El demoledor castigo que le propina el argentino, deja a su contendiente fuera de lucha. Withington disfruta la victoria, pero sabe que todo tiene su costo. Poco después, el oficial toma represalias sobre su foja de servicio y Withington recibe el grado de “flight sergeant” (sargento de vuelo), el más bajo para un piloto.
Una vez terminado el curso, el jefe de la estación aérea le entrega sus alas (que lo convierten “oficialmente” en piloto), le estrecha la mano y le dedica unas pocas palabras:
-Sargento de vuelo Withington, felicitaciones. La guerra lo reclama. Hay órdenes para usted. Regresa a Europa.
En Gran Bretaña, el cordobés se convierte en instructor de vuelo. El primer día, se presenta en la escuela con un sobrenombre que lo marcará el resto de su vida: “Tito”. A secas. Y ordena a todos lo que llamen así. Esto obedece a una razón precisa: se trata de una ocurrencia suya para alegrar a sus compañeros argentinos. Todos se divierten cuando sus alumnos, luego de cada práctica, se disculpan por sus maniobras realizadas con la torpeza de principiantes: “Sorry, Tito”, repiten. La frase, traducida al idioma español, por fonética, tiene un significado muy diferente al de un pedido de perdón...
El curso de la guerra lo lleva hacia a la acción. Realiza el curso de Ingeniero de vuelo y copiloto en bombarderos pesados. Se une al escuadrón 625 que opera cuatrimotores Avro Lancaster. Realiza diversas misiones, transporta ex prisioneros de países liberados que son repatriados a Gran Bretaña. Realiza misiones nocturnas lanzando tiras de papel metalizado a granel que, lanzadas por varios aviones y al mismo tiempo, saturan las pantallas de los operadores de radar alemán. Su Lancaster evade fuego antiaéreo, reflectores de búsqueda, cazas nocturnos y también la mala suerte, aquello que azota a tantos y que es esencial para seguir con vida.
Al finalizar la contienda en Europa, Withington se ofrece para combatir a los japoneses en el Pacifico. Pero no alcanza a cumplir su deseo: la guerra termina antes, tras el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Entonces solicita su baja y repatriación. El 11 de septiembre de 1946 se embarca con destino a su patria, Argentina. Contra todo pronóstico, se vuelve un conductor de camiones. Detrás del volante recorre la Provincia de Buenos Aires y Santa Fe.
En junio de 1948, Aeroposta Argentina -la mítica empresa aérea patagónica- lo recibe. El jefe de la línea y
organizador en la empresa, el mítico piloto Dirk Wessel Van Leyden
entrevista a Withington. Realizan un vuelo de prueba, Van Leyden
descubre que este joven de 25 años es un piloto autómata con mentalidad
fría y calculadora. Piloto de carga a la Patagonia, será conocido por
arrojar encomiendas desde el aire sobre estancias alejadas de la
civilización, en las estepas de Santa Cruz.
Pero
no todo es aviación en la vida de Tito. En 1948 contrae matrimonio con
Sheila María Hyland Archer, argentina, nacida en un campo de Ameghino,
provincia de Buenos Aires. Ella es descendiente de irlandeses con dos
hermanos voluntarios en la RAF: Harold, que sobrevivió a los vuelos en
Avro Lancaster, y su hermano menor, Pedro, muerto sobre Orleans, Francia
el 28 de julio de 1944 luego del desembarco en Normandía al ser
derribado en su bombardero Lancaster por el as alemán Heinz Rokker. Tito
y Sheila conforman una familia con siete hijos: cuatro varones y tres
mujeres.
En 1950, cuando nace Aerolíneas Argentinas, Withington inscribe su nombre en la primera promoción de comandantes de línea. Continúa sus vuelos al sur y adquiere experiencia en bimotores DC-3 y cuatrimotores DC-4 y DC-6.
Una oferta prometedora lo aleja para siempre de Aerolíneas Argentinas. Se une a la planta fundacional de pilotos, en una nueva empresa. ¿Su nombre? Austral Líneas Aéreas.
Volará el resto de su carrera en ella. Tito Withington registrará
30.000 horas de vuelo entre su trabajo como piloto comercial y sus
tiempos en la RAF. Su carrera concluye el 25 de septiembre de 1978. La
aviación comercial argentina pierde a uno de sus “millonarios del aire”
(así se denomina a los pilotos que recorrieron, durante su carrera, un
millón de kilómetros sin incidentes).
Tito toma unas merecidas vacaciones, pero sólo mantiene los pies sobre la tierra unos pocos días. Se embarca como un simple pasajero a Estados Unidos. ¿El motivo? El Banco Italia adquirió un jet ejecutivo Learjet modelo 24D y lo contrató como su nuevo piloto.
VOLUNTARIO EN MALVINAS
El 2 de abril de 1982, sorprendido por la reconquista de las Islas Malvinas, se une a la causa. No entiende de política: Tito es solo un hombre de acción. Visita el edificio Cóndor de la Fuerza Aérea Argentina en Buenos Aires. Les dice que quiere volar con ellos. Le informan que será convocado y es consultado:
-Comandante Withington, ¿qué edad tiene y cuantas horas de vuelo registra?
Withington es categórico en su respuesta:
-59 años, 30.000 horas de vuelo y voluntad para el combate.
Tito,
dos veces voluntario, marcha hacia una nueva guerra, pero esta vez en
un avión sin armas. Realiza traslados de pilotos entre las bases
repartidas en la Patagonia. Y, como integrante del escuadrón Fénix,
realiza vuelos sobre el mar con otros Learjet simulando ser cazas de
combate para confundir a los radares enemigos. Habla y grita en ingles
en la frecuencia radial del enemigo.
Al finalizar la guerra, Withington -que luego de la Segunda Guerra Mundial había sido incorporado como suboficial Auxiliar en la Fuerza Aérea Argentina- recibe la jerarquía de Alférez. Ya no vuelve a volar. Su mujer, Sheila, sus siete hijos y sus nietos lo ayudan a plegar sus alas. Le duele horrores saber que su vida como piloto terminó.
Arrastrado por su idealismo, se acerca a la política. Pero dura un suspiro: observa cómo se manejan en este nuevo escenario y se aleja. Se da cuenta que grita, más de lo que grita siempre. Que ya es demasiado.
Su
vida social es activa y, cada tanto, lo invitan a volar. Un silencioso
Alzheimer lo aleja de lo cotidiano. Muere el 19 de noviembre de 2009 en
San Isidro. Es su último vuelo, sin retorno.
Conocido por ser un hombre serio, también una persona de risa inconfundible, atrajo a los pilotos más jóvenes, ellos no dudaban en seguirlo aunque fuese hasta las últimas consecuencias. Aquellos aviadores que lo conocieron, aquellos que escucharon hablar de él. Aquellos que lo siguen recordando, aquellos que lo conocen desde ahora, siempre fue llamado y como el, siempre lo quiso, Tito Withington.
Tito
Withington junto a Jimmy Harvey oriundo de Junín. Ambos pilotos en la
RAF durante la Segunda Guerra Mundial y luego pilotos comerciales en el
país. Se convierten en los ultimos mohicanos de una conflagración
antigua y otra moderna.
viernes, 20 de febrero de 2026
miércoles, 18 de febrero de 2026
14 de junio: La experiencia de los últimos héroes
Las últimas horas de la Guerra de Malvinas: la resistencia argentina y el caso del subteniente que murió aferrado a su fusil
Resulta imposible resumir en una nota todos los combates que se comprimieron en las últimas horas de resistencia en Malvinas. El recuerdo del testimonio del entonces subteniente Marcelo Llambías y la figura de su compañero Oscar Silva, quien cayó para cubrir el repliegue de sus soldadosPor Adrián Pignatelli || Infobae
Las últimas horas de la guerra, tanto argentinos como británicos vivieron un infierno. A partir de la noche del 11 de junio, los combates se generalizaron en las laderas de los montes que rodean a Puerto Argentino, la capital de las islas.
El común denominador, ante los ataques ingleses a las posiciones argentinas fue la proporción de fuerzas: por lo general, una compañía argentina de unos 120 hombres debía hacer frente a un batallón de 600 soldados. Infobae entrevistó al entonces subteniente Marcelo Llambías, uno de los tantos protagonistas de esas frenéticas horas finales.
Con dos meses de cuarto año en el Colegio Militar Llambías, de 21 años, estaba a cargo de la tercera sección de tiradores de la compañía C del Regimiento 4, unidad destinada originalmente en Monte Well. Luego del combate de Pradera del Ganso, este regimiento -que formaba parte de la III Brigada de Infantería- pasó a depender de la Agrupación Ejército Puerto Argentino. Su misión era la de defender la capital, distante unos 17 kilómetros.
En los días previos al 14 de junio, Llambías estaba con sus hombres en el pico sur del cerro Dos Hermanas.
Allí, durante tres horas, resistieron un ataque del 45 Comando de los Royal Marines, combatiendo a una distancia de unos cincuenta o setenta metros. Para Llambías no había sido su bautismo de fuego, sino que desde el 3 de junio ya había entrado en contacto con patrullas inglesas.
A raíz de la superioridad numérica, debieron replegarse a la base del cerro. Llambías fue el último en hacerlo a fin de cubrir a sus soldados. Cuando bajaron, permanecieron en un pozo natural del terreno, amparados en la oscuridad de la noche, mientras los británicos se hacían dueños de la cima.
El joven subteniente estuvo a nada de ordenar abrir fuego a un grupo de hombres que se aproximaba, pero un suboficial le advirtió que eran argentinos.
Lideraba el grupo el subteniente Oscar Augusto Silva, un sanjuanino a quien todos les decían “el sapo”, apodo que había heredado de su padre. El 11 de junio por la noche lo habían mandado a patrullar entre el Dos Hermanas sur y el Harriet. Estaba a cargo de una sección de tiradores de la Compañía A del Regimiento 4.
Llambías y Silva discutieron qué hacer. Podían dar un largo rodeo y atacar a los británicos por la retaguardia. Evaluaron que tendrían un éxito inicial, pero carecían de municiones para sostener un combate. Decidieron replegarse hacia Tumbledown.
Había que atravesar una llanura, donde no había nada para resguardarse y serían blanco seguro del enemigo. Algunos descansaban y otros rezaban el Rosario. La providencia actuó de su lado: de pronto, invadió la zona una espesa bruma y comenzó a nevar. Aprovecharon para iniciar la marcha.

Había otro obstáculo. Debían atravesar un campo minado. Llambías y Silva se turnaron para ir adelante, guiándose por los ríos de piedra. Advirtieron a sus soldados, unos treinta, que si alguno de ellos dos pisaban una mina, que no los rescatasen, porque corrían el riesgo de pisar ellos también una.
Aún amparados por la oscuridad y la nieve, soportaron un nutrido fuego de artillería enemiga.
En ese punto en Tumbledown estaba la cuarta sección de la compañía Nácar del BIM 5. Mientras sus hombres, agotados y hambrientos descansaban, Llambías aprovechó para conseguir un pantalón, ya que el suyo estaba roto.
El jefe de la compañía le ordenó ir en dirección donde se suponía estaba la sección del subteniente Lautaro Jiménez Corvalán, que había sido seriamente herido por una mina antipersonal. Cruzó con su radiooperador y cuando llegaron al punto en cuestión no encontraron a nadie.

En el momento en que se llegaba a la primera línea del BIM 5, los ingleses volvieron a atacar, pero fueron rechazados. Llambías recuerda que estaban exultantes, creyendo que no volverían. Cuando amaneció, tomaron conciencia del panorama que tenían frente a sus ojos: las posiciones argentinas ya habían caído.
Exhausto. Esa fue la impresión que tuvo el teniente de corbeta Carlos Vázquez, del Batallón de Infantería de Marina 5, cuando vio venir, desde su posición en Tumbledown, a Silva, acompañado por los pocos soldados de su sección que aún lo seguían. Maltrechos, agotados, se les notaba en sus uniformes las huellas del combate y bastaba un simple vistazo para darse cuenta que tampoco habían comido decentemente. La pregunta del subteniente lo descolocó:
-¿Necesitás una mano? ¿Querés que me quede? Podemos seguir peleando.
Ante la respuesta afirmativa del marino, con un puñado de soldados que se podían contar con los dedos de una mano, de los 45 originales de su sección, ocupó pozos de zorros vacíos que hasta hacía poco habían estado efectivos de la cuarta sección de Vázquez. Era el 12 de junio.
Mientras el grueso de la tropa continuó con la orden de aproximarse a Puerto Argentino, Silva y sus soldados, acoplados a los infantes de marina, esperarían el ataque inglés. Junto con un pelotón de cinco soldados le encomendaron cubrir el repliegue de la cuarta sección de la Compañía Nácar.
Venían sufriendo, hacía días, de un violento fuego de artillería, tanto de campaña como naval.

Sería imposible comprimir en un solo relato el combate de Tumbledown. En la noche del 13, en las trincheras junto a los infantes del BIM 5 de Vázquez, 44 hombres vivieron unn violenta arremetida desatada por la tercera brigada de los Royal Marines, el segundo batallón de la Guardia Escocesa y algunos gurkas.
Fueron encarnizados enfrentamientos con disparos de fusil, ametralladora, morteros, bayonetas y hasta lucha cuerpo a cuerpo.
A las 18 horas de ese día, según refiere el propio Vázquez en un informe que elaboró tres años después, tuvo una última reunión con sus oficiales, de la que participó Silva. Coordinaron los detalles finales ante el inminente ataque británico.
El 13 de junio, Silva decidió en un solo instante si vivir o morir luchando. Tuvo que repetir la orden a sus soldados para que se replegasen. No lo querían dejar. Sólo pidió una ametralladora y un FAL. Y los cubrió mientras los ingleses avanzaban.
Los argentinos veían cómo, luego de rechazar un ataque enemigo, otra oleada de soldados aparecía. Era una sucesión interminable, en el que eran superados 6 a 1, pero aún así se continuaba luchando.
Vázquez había pedido refuerzos, y en cada llamado le respondían que los mismos estaban por salir. A las 23 horas, el bombardeo provocó el corte de las líneas telefónicas.

Los británicos habían sobrepasado las posiciones argentinas, y soldados de ambos bandos se mezclaban, muchas veces sin distinguirse.
Cada tanto, Silva abandonaba su trinchera para saber cómo estaban sus soldados. “Nos alentaba para que no perdiéramos nuestro valor, coraje y la confianza en nosotros mismos, al recordarnos que Dios nos protegía para obtener nuestra noble meta”, reseñaría unos años más tarde en una carta el soldado Pablo Vicente Córdoba.
Además, el subteniente se ocupaba de conseguir relevos para el fusil FAP, dado que al menos tres soldados que lo operaban habían muerto.
Cuando quiso asistir a uno de ellos, que había sido gravemente herido, recibió un tiro en el hombro derecho.
Silva comprendió que nada podía hacerse. De lejos vieron cómo, sacando fuerzas de quién sabe dónde, se incorporó y comenzó a disparar hacia las posiciones enemigas, al grito de “¡viva la Patria, carajo!”. Fueron sus últimas palabras, antes de ser acribillado en el pecho por el fuego inglés.
Eran las 3 de la mañana del 14 de junio. Horas más tarde el general Mario Benjamín Menéndez firmaría la capitulación frente al general Jeremy Moore.
Cuando Vázquez fue tomado prisionero por tres ingleses, pidió llamar a sus hombres. Sólo seis se acercaron. El resto había muerto o había sido herido.
Mientras tanto, una vez que los ingleses se apoderaron de Tumbledown, lanzaron un ataque a Monte William con un batallón de gurkas. Llambías y la gente con la que combatía se dieron cuenta que habían quedado aislados del camino para llegar a Puerto Argentino, donde pensaban ir a reaprovisionarse de municiones. Porque querían regresar a pelear con su unidad.
En Supper Hill se enteró por el soldado Dos Santos que a Silva lo habían matado. Cuando comenzó un ataque helitransportado, les tiraron con lo que les quedaba. Llambías recuerda que a una de las máquinas le disparó sesenta tiros, que no le hicieron mella. Los helicópteros se alejaron, aterrizaron y bajaron tropas.
Se produjo un nuevo combate, donde los argentinos sufrieron bajas. Decidieron replegarse, combatiendo, llevando además a los heridos. En un momento Llambías se dio cuenta que al soldado que ayudaba estaba muerto.
De Supper Hill lograron llegar a Puerto Argentino. Les llamó la atención ver cascos tirados por todas partes. Fueron a la halconera, lugar donde paraban los comandos, porque estaban seguros que ellos no se habían rendido. No encontraron a nadie, pero como estaba lleno de municiones, llenaron sus cargadores y sus bolsillos con proyectiles, con la idea de regresar al campo de batalla.
Un suboficial mayor los vio sumamente exaltados y le dijo a Llambías: “No pibe, no pueden hacer la guerra por su cuenta”. Ese día 14 y el 15 permanecieron encerrados en una celda, para que no cometiesen locuras, cuando ya se había firmado el alto el fuego.
Es que a Llambías no le entraba en la cabeza rendirse.
En la requisa, le descubrieron una Kodak con un rollo para 24 fotos. Le faltaba tomar una. El inglés que se apropió de la cámara tomó la que faltaba, sacó el rollo y tiró la cámara.
De los seis oficiales que combatieron del 4, hubo dos muertos, el teniente Luis Carlos Martella y Silva y cuatro gravemente heridos: los subtenientes Jorge Pérez Grandi, Miguel Mosquera y Juan Nazer.
Al amanecer del 15, el propio Carlos Robacio –jefe del BIM 5 y quien tuvo a su cargo a 700 efectivos de la Marina y a 200 soldados del Ejército en Monte Tumledown, Sapper Hill y Monte William- y un oficial inglés, recorrieron el campo de batalla, donde horas antes se había peleado con coraje. Ya los cuerpos de los 9 británicos muertos y los 52 heridos habían sido retirados.
El teniente Osvaldo Papa, jefe de la sección apoyo de la Compañía C del Regimiento 3, quien afirmaba que Malvinas le había cambiado la vida, siempre contaba la siguiente historia: que había llamado la atención al jefe inglés el cuerpo de un argentino que, de cara al cielo con los ojos abiertos, aferraba obstinadamente su fusil, y su dedo aún presionaba el gatillo. Quisieron quitarle el arma, pero fue imposible por la rigidez cadavérica. El inglés ordenó que fuera sepultado así y le hizo la venia, en señal de respeto.
Robacio le cerró los ojos y buscó la chapa identificatoria, porque el uniforme no se correspondía con el de un infante de marina. Era Oscar Silva.
Vázquez se lamentaría no haber podido identificar a otros soldados de Ejército que habían combatido junto a los infantes de marina en Tumbledown. Recomendó condecorar a Silva por “su heroico desempeño en combate”.
Afirmó que “la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio la cuarta sección no hubiera podido sostener la posición sino hubiera estado Silva”.
Silva, de 26 años, sería la única baja de la promoción 112. Su regimiento tuvo 22 muertos y 121 heridos. Recibiría la condecoración “La Nación Argentina al valor en combate (post mortem)”.
Años después Llambías vio las fotos que había tomado en Malvinas en el libro Pictures for far away, de Nick Taylor. Lo contactó por mail y cuando se cumplían 30 años de la guerra, Taylor le propuso encontrarse en las islas. Allí, donde habían peleado a muerte, el inglés se las devolvió.
Ambos recorrieron las posiciones que ocuparon, y la casualidad hizo que haya sido Taylor quien durante los combates fue quien le había disparado un cohete que le pasó por arriba de su cabeza.
Este veterano inglés le confesó que en un momento ellos estaban dominados por el fuego argentino y que su superior los pateaba para que salieran a pelear. Taylor le aseguró que, de todos los sitios en que le tocó luchar, el soldado argentino fue el que le había hecho sentir miedo. Es que en las últimas horas de la guerra, sin importar el uniforme, se había vivido un verdadero infierno.
lunes, 16 de febrero de 2026
sábado, 14 de febrero de 2026
CC 602: El rescate de Viltes
El adiós a Raimundo Viltes, el veterano de Malvinas que había sido rescatado en medio del fuego enemigo en Monte Kent
Fue a las islas con la Compañía Comando 602. En la primera incursión, fue herido de gravedad. Los detalles de esa acción y cómo salvaron su vida
Adrián Pignatelli || Infobae
Raimundo Viltes fue herido en el combate de Monte Kent y fue cargado por Lauría por 14 horas hasta alcanzar las líneas argentinas
“¡Ayúdeme, ayúdeme!”, escuchó el teniente primero Horacio Lauría, en medio de un feroz tiroteo. El oficial de la Compañía Comando 602, estaba con una sección en las inmediaciones de Monte Kent con la misión de establecer una base de patrulla y operar detrás de las líneas enemigas.
El que pedía ayuda era el sargento primero Raimundo Viltes. “Me hirieron, me hirieron”, repetía esa noche del sábado 29 de mayo de 1982.
Según confirmó el propio Lauría a Infobae, Viltes falleció el pasado 11 de junio, producto de una neumonía. Se había retirado como suboficial mayor y vivía en San Miguel de Tucumán. Con Lauría los unía un vínculo especial, a partir de un hecho dramático que ambos vivieron en la guerra de Malvinas. 
"Una de las pocas fotos que conservo de la época de la guerra", se lamenta Horacio Lauría, uno de los protagonistas de esta historia
La Compañía Comando 602, armada rápidamente para la guerra de 1982 con oficiales y suboficiales comandos, llegó a Malvinas el 27 de mayo, después de un intento frustrado de cruzar desde el continente.
El viaje fue accidentado. El piloto del Hércules estuvo por dar la vuelta por la pérdida de líquido hidráulico, pero el Mayor Aldo Rico, jefe de la compañía comando, se negó a regresar -ya se había frustrado un vuelo- y encomendó a los capitanes Mauricio Fernández Funes y Andrés Ferrero a turnarse para reponer el líquido y así llegaron a Puerto Argentino.
Las dos compañías se reunieron en un galpón en Puerto Argentino y se planificaron las operaciones. Para el 29 tuvieron la primera misión: ir a Monte Kent, establecer una base de patrulla y operar detrás de las líneas enemigas. El jefe de la sección de Lauría era el capitán Andrés Ferrero que con el capitán Mauricio Fernández Funes, y los tenientes primero Enrique Rivas y Francisco Maqueda eran grandes amigos.
Parado, el segundo desde la derecha, Viltes posa junto a los suboficiales de la Compañía Comando 602
La primera acción
Fueron llevados al lugar en helicópteros. Mientras Ferrero se adelantaba con el teniente primero Francisco Maqueda y el sargento primero Arturo Oviedo, le ordenó a Lauría que avanzase en cuanto viera la señal que le haría con su linterna. Luego de minutos interminables vieron la señal y comenzaron a subir la cuesta del monte.
Fueron sorprendidos por fuego de ametralladora de tres puntos distintos. Los británicos habían esperado que se fueran los helicópteros. Lauría recuerda que era una intensa e incesante lluvia de fuego que venía de todos lados. En un primer momento, creyó que se trataban de argentinos que los habían confundido, pero cuando escuchó órdenes en inglés, comprendió que estaba en su primer combate.
Recibieron fuego de frente y de los flancos. Viltes fue herido mientras disparaba rodilla en tierra. El proyectil entró justo abajo del talón. Solo había sentido un ardor pero cuando se quiso incorporar, se desplomó. Ahí tomó conciencia de su herida. “¿Puede arrastrarse a mi posición?”, le preguntó Lauría.
Cuando estuvieron juntos, dejaron sus fusiles y mochila. Y entre un fuego incesante fueron retrocediendo y tirándose cuerpo a tierra cuando los ingleses arrojaban una bengala.
Horacio Puchi Lauria-. comando. Monte Kent
Eran las 11 de la noche y Lauría no sabía dónde estaba. La brújula la había dejado en su mochila. De pronto el cielo, poblado de nubarrones se despejó y pudo fijar un punto de referencia, y así se orientó para llegar hasta Puerto Argentino.
Bajo una intensa nevada, Lauría cargaba a Viltes, un tucumano corpulento de 80 kilos. El próximo escollo fue un río de piedras, muchas de ellas filosas. Providencialmente se encontraron con el sargento primero José Núñez y entre los dos cruzaron al herido, mientras los ingleses les disparaban. Milagrosamente, ninguno fue alcanzado por las balas enemigas.
Viltes, que perdía sangre, nunca se quejó. “Si usted tiene fe, rece a todos y al Puchi Lauría, que de acá lo saco”, lo alentaba.
Lo cargaron durante 14 horas. Al llegar a un reparo, Lauría salió a recorrer la zona. Ignoraba donde se encontraba. Cuando volvieron a salir divisaron una patrulla de una docena de hombres. Y se prepararon para un enfrentamiento. El sería el primero en abrir fuego, sabía que eran hombres muertos. Antes de disparar gritó “¡Viva la Patria!” y le respondieron “¡Argentina!”. Era una sección de comandos.
Había sido una jornada trágica. Esa noche habían muerto el teniente primero Rubén Márquez y el sargento primero Oscar Blas, que estaban en otra patrulla. Y también había caído la patrulla completa del capitán José Vercesi en Top Malo House.
La Compañía Comando 602 que combatió en Malvinas en distintos puntos de las islas
En Monte Estancia, Lauría y otros comandos pasaron la noche, “mi peor noche”, confesó. No podía quitarse de la cabeza el haber sido emboscados. Compartió la bolsa de dormir con alguien que no recuerda.
A la mañana Ferrero ordenó continuar camino a Puerto Argentino. Viltes estaba muy débil, un enfermero le había hecho las primeras curaciones y quedaría al cuidado del sargento Aguirre. Lauría protestó: “No lo podés dejar, lo traje cargado 14 horas. Me quedo yo si es necesario”. Y así fue como el teniente primero Lauría vio alejarse a la patrulla. Prometieron volver por ellos. Además Ferrero debía cumplir el pedido de la esposa de Lauría: “Traemelo vivo”.
Lauría y Viltes emprendieron la marcha y encontraron refugio en una cueva. Nevaba y el sargento primero seguía perdiendo sangre. Lauría le ajustaba y aflojaba el torniquete. El herido consumió el agua de su cantimplora y la del oficial. Este, sin que los ingleses lo vieran porque estaban por todos lados, derretía la nieve en un jarro, y le daba de tomar. “Agüita, agüita…” pedía.
Pasó esa primera noche y no fueron a buscarlos. En la segunda noche, con sus anteojos de campaña ubicaba otro posible refugio y hasta allí iban. El único alimento que tenían, un arroz con leche, lo comió Viltes.
Luego de dos días sin probar bocado, Lauría ya no tenía fuerzas para cargarlo. Tendría que ir gateando a su lado. Con el forro de su chaquetilla improvisó rodilleras y le dio a Viltes sus guantes y le aplicó una dosis de morfina. Así ambos fueron desplazándose, mientras veían a helicópteros enemigos transportando armamento y municiones en redes. Desde Monte Kent los ingleses los observaban pero no les dispararon.
Una media hora después, cuando ya no e quedaban fuerzas, llegaron a rescatarlos. En una moto llevaron a Viltes a Puerto Argentino. El sargento pensó que lo curarían rápidamente y que volvería a la acción. Entró al hospital el 1 de junio por la tarde y al primero que vio fue a su hermano enfermero. Este, también herido por la onda expansiva de una bomba, se había negado a que lo evacuaran cuando se enteró de que había un comando herido.
Viltes estaba lleno de barro y su hermano no lo reconoció. Lo primero que le dijo fue “hola, hermano, vine para que me cures”. Lo enyesaron y lo mandaron al Bahía Paraíso.
Ahí esperó hasta el momento de la operación. El 3 de junio entró al quirófano y los médicos tuvieron mucho trabajo en poder quitarle los restos de munición que tenía incrustado en el hueso. De la fecha no se olvida, ya que el 4 su hija María Inés cumplía tres años.
Lauría participaría de otras acciones, como la emboscada que montaron en el Monte Dos Hermanas, donde se tomó revancha de lo ocurrido en Monte Kent. O cuando lograron hacer replegar a los ingleses, capturando sus equipos. Luego de una inexplicable orden de custodiar la casa del gobernador, tuvieron que cruzar la bahía en Puerto Argentino y evitar que un regimiento inglés tomase una altura.
Una vez en posición, vieron cómo los ingleses los envolvían y, si bien la artillería empezó a tirarles, sorpresivamente cambiaron de blanco y concentraron su fuego sobre Puerto Argentino. Fueron cinco minutos de un nutrido fuego terrestre y naval. Y luego el silencio.
En la noche del 14 de junio, ocuparon una casa vacía en Puerto Argentino y al día siguiente los mandaron prisioneros al aeropuerto. Debió desprenderse de su pistola que tenía desde que había egresado. La desarmó y tiró las piezas por cualquier lado. Los interrogaban y algunos eran enviados a San Carlos. Ya era de noche cuando lo embarcaron en el Canberra. Ahí consumió la primera ración de los últimos siete días: sopa de tomate servida en un vaso de plástico.
En la base naval de Punta Alta, a Viltes debieron amputarlo a la altura del tobillo, pero el muñón lo lastimaba y dolía. Con los años convenció a los médicos de que le efectuaran una nueva amputación de unos cincuenta centímetros. “Quiero caminar y si puedo correr, mejor”, les pidió.
Había sido internado por insuficiencia pulmonar y a la semana, cuando se había repuesto, se contagió de Gripe A, al parecer una enfermedad que tiene a maltraer a Tucumán. Lo trataron con antibióticos y se recuperó, al punto tal que un kinesiólogo le hacia ejercicios para rehabilitarlo y darle el alta. Sin embargo, contrajo un virus intrahospitalario. Sufrió un infarto y ya no pudo recuperarse. Tenía 82 años.
Viltes, a 43 años de haber sido herido, dio su último combate, aquel inexorable combate que la vida nos tiene preparados a todos.





