domingo, 22 de febrero de 2026

El cordobés Tito Withington bombardeó el refugio de Hitler y combatió en Malvinas

“Adolfo, cariños desde Argentina”. La historia de Tito Withington, el piloto cordobés que bombardeó la casa de retiro de Hitler y sirvió en Malvinas



Piloto en la guerra, el Sargento de vuelo en la RAF Tito Withington junto a su perro Peter. Observar en su hombro la insignia de Argentina. (Archivo Claudio Meunier. Coloreada por Jean Marie Gillet).



Allan Claudio Withington Gutiérrez (Tito) nació en Villa Huidobro, Provincia de Córdoba. Fue piloto de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial y de la Fuerza Aérea Argentina en la guerra de Malvinas

Claudio Meunier || Para LA NACION

El sargento de vuelo Withington cree que va a morir. Está convencido de que sus efímeros 22 años y su humanidad se esparcirán por el aire. Es copiloto, integra una fuerza de 359 cuatrimotores pesados Avro Lancaster que pertenecen a la temible Royal Air Force británica. ¿Su misión? Bombardear el hogar de retiro de Adolf Hitler en Berchtesgaden, en la zona montañosa de Baviera, sur de Alemania.

La historia es increíble. El calendario de guerra no registra la acción, secretísima, pero sí la fecha: 25 de abril de 1945. Withington está acostumbrado a volar de noche, al amparo de la oscuridad, pero esta vez se aproxima al blanco a plena luz del día y se siente indefenso. Volar sobre Berghof -tal es el nombre de la residencia de vacaciones del líder nazi- se presenta como una experiencia desagradable. El fuego antiaéreo oscurece el cielo y sacude su nave. Ve explosiones en el aire que arrojan esquirlas hirvientes y amenazan su bombardero, repleto de combustible y explosivos. Aparece lo que luego describirá como una alfombra negra que crece y se multiplica en segundos. “Quienes vuelen dentro de ella, no vivirán”, sentencia. Es cierto, serán olvidados, pasarán a formar parte de la fría estadística de máquinas perdidas en acción.

Un cuatrimotor pesado Avro Lancaster como el que voló Tito Withington cuando bombardeó la casa de vacaciones de Adolf HitlerShutterstock

Un tripulante de su bombardero acaba de ingresar en el mundo del pánico. Reza y llama a su madre. Withington -como todos a bordo- lo escucha por sus auriculares y le ruge a través de la radio interna del avión:

-¡Silencio en la frecuencia!

Observa su reloj. Las agujas marcan las nueve y media de la mañana. Está satisfecho: llegaron a destino a la hora planeada. Sin embargo, las construcciones elegidas para su destrucción desaparecieron bajo una cortina de niebla artificial que los alemanes lanzaron sobre el área para despistar a los invasores. Parte de la aviación aliada se adelanta para resolver el problema: a baja altura, 16 bombarderos Mosquito lanzan bengalas fumígenas sobre la fortaleza alpina, demarcando el blanco.

De inmediato, la lluvia de bombas se manifiesta. Una de ellas lleva una dedicatoria, en idioma español, escrita con tiza: ¨Adolfo, cariños desde Argentina¨. Su autor, es el Sargento de vuelo Withington.

El objetivo, Berghof, es alcanzado. Pero Hitler no se encuentra allí, permanece en Berlín. Sin embargo, comunicaciones interceptadas y decodificadas dan cuenta de una importante visita en el lugar: el recién llegado es nada menos que el ex Jefe de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, Hermann Göring, quien había sido destituido dos días atrás y puesto bajo arresto por orden de “el Führer”. Fue castigado por enviar un telegrama el 23 de abril de 1945 a la Cancillería del Reich solicitando permiso para asumir el liderazgo de Alemania.

Imagen de Berghof, nombre de la residencia de vacaciones del líder nazi, después del bombardeo

Queda por delante, el peor momento: escapar del área. El fuego antiaéreo, cierra el paso a la fuerza de ataque. Withington ve como, muy cerca suyo, los motores de un bombardero norteamericano explotan con los ocho tripulantes dentro. Observa tres paracaídas que se abren y flotan. Lo que queda del avión, desaparece en una bola de fuego arrastrando a sus desventurados miembros. Él piensa: “Hoy no voy a morir”. Y su Lancaster, por alguna especie de milagro, sobrepasa la mortífera trampa y deja atrás Bavaria.

Göring escapa con vida del bombardeo. Poco después es capturado y sentenciado en Núremberg. Se suicidará en su celda, el 15 de octubre de 1946: una píldora de cianuro lo ayuda a evadir la horca. Withington, sin embargo, vivirá seis décadas y hablará muy poco de aquella terrible experiencia.

EL CORDOBÉS INDOMABLE

Allan Claudio Withington Gutiérrez (Tito) nació en Villa Huidobro, Provincia de Córdoba. El 11 de septiembre de 1923. Hijo de Allan Withington, administrador rural y Doña Julia Gutiérrez, ama de casa, fue criado junto a sus dos hermanas en el campo, donde aprendió a cabalgar, enlazar, ayudar a carnear, marcar, señalar y cuerear. Solía conducir un pequeño sulky y también aprendió a guiar la carreta que transportaba fardos. Lo bautizaron Firpo, en homenaje al pugilista argentino, pues de pequeño le gustaba el box. Desafiaba y combatía en desventaja de edad. Sus contendientes eran otros niños, en su mayoría mayores, hijos de los peones. No la pasaba nada bien.

Sus padres, cansados de su conducta, le aplicaban disciplina. Ante esa adversidad, desarrolló un fuerte instinto de supervivencia y auto conservación: emergió un ágil atleta que evadía con éxito, ‘casi siempre’, el cinto de su padre, corriendo dentro de la casa, a través de las habitaciones.

Vencidos, sus progenitores no dudaron en pedir ayuda para encauzar tanta energía. Entonces, la civilización intervino. Tito fue enviado a Buenos Aires bajo la tutela de sus abuelos y se convirtió en alumno del colegio Oates en Hurlingham. La institución dirigida por el severo director “Mr. Cuff” logró calmar los bríos del pequeño Withington. Allí le enseñaron primero modales y luego el idioma inglés.

“Mi deber, como argentino, era unirme a la causa aliada”

Al concluir su ciclo secundario, Withington revela a su progenitor cuál será su futuro: le dice que quiere ser aviador. Su padre se opone, le sugiere una carrera universitaria. Por primera vez abandona su país y se embarca rumbo a Europa para participar en la Segunda Guerra Mundial. Llega al puerto de Liverpool a bordo de un buque de carga. Quiere participar de la contienda por dos razones, como lo relató infinidad de veces: “Mi amigo Ian MacQueen me enviaba cartas sobre su vida que me entusiasmaron. Volaba bombarderos Avro Lancaster. Cuando me enrolé en Londres, el 9 de julio de 1942, me acompañó a la oficina de reclutamiento. Un mes tardé en comprender lo que era la guerra. Me golpeó de lleno: Ian desapareció junto a su tripulación, se esfumó durante una misión y no los volvió a ver nadie. El otro motivo por el que decidí alistarme era combatir al monstruo bruto de Hitler. Mi deber, al que consideré una obligación, como argentino, fue unirme a la causa aliada. Impedir que la lucha llegara mi país... como en 1982, cuando me uní a la Fuerza Aérea Argentina al enterarme que Gran Bretaña quería nuestras Islas Malvinas”, solía decir.

Junto a su bombardero Avro Lancaster en la base de RAF Kelstern durante su año de servicio (1945) en la fuerza de bombarderos británica. (Archivo Claudio Meunier).

Withington, que posee carácter y habilidad, es seleccionado para el curso de piloto que se dicta al otro lado del océano, en Oklahoma, Estados Unidos. Recibirá sus alas de piloto militar en la RAF en enero de 1944. Pero su aspiración de ser oficial es desechada. ¿El motivo? Problemas de disciplina. Durante su formación, Withington disputa un combate pugilístico contra un oficial de graduación que también es piloto. El demoledor castigo que le propina el argentino, deja a su contendiente fuera de lucha. Withington disfruta la victoria, pero sabe que todo tiene su costo. Poco después, el oficial toma represalias sobre su foja de servicio y Withington recibe el grado de “flight sergeant” (sargento de vuelo), el más bajo para un piloto.

Una vez terminado el curso, el jefe de la estación aérea le entrega sus alas (que lo convierten “oficialmente” en piloto), le estrecha la mano y le dedica unas pocas palabras:

-Sargento de vuelo Withington, felicitaciones. La guerra lo reclama. Hay órdenes para usted. Regresa a Europa.

Tras su adiestramiento en Estados Unidos, el cordobés Tito Withington recibe sus alas que lo convierten, oficialmente, en piloto

En Gran Bretaña, el cordobés se convierte en instructor de vuelo. El primer día, se presenta en la escuela con un sobrenombre que lo marcará el resto de su vida: “Tito”. A secas. Y ordena a todos lo que llamen así. Esto obedece a una razón precisa: se trata de una ocurrencia suya para alegrar a sus compañeros argentinos. Todos se divierten cuando sus alumnos, luego de cada práctica, se disculpan por sus maniobras realizadas con la torpeza de principiantes: “Sorry, Tito”, repiten. La frase, traducida al idioma español, por fonética, tiene un significado muy diferente al de un pedido de perdón...

El curso de la guerra lo lleva hacia a la acción. Realiza el curso de Ingeniero de vuelo y copiloto en bombarderos pesados. Se une al escuadrón 625 que opera cuatrimotores Avro Lancaster. Realiza diversas misiones, transporta ex prisioneros de países liberados que son repatriados a Gran Bretaña. Realiza misiones nocturnas lanzando tiras de papel metalizado a granel que, lanzadas por varios aviones y al mismo tiempo, saturan las pantallas de los operadores de radar alemán. Su Lancaster evade fuego antiaéreo, reflectores de búsqueda, cazas nocturnos y también la mala suerte, aquello que azota a tantos y que es esencial para seguir con vida.

Al finalizar la contienda en Europa, Withington se ofrece para combatir a los japoneses en el Pacifico. Pero no alcanza a cumplir su deseo: la guerra termina antes, tras el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Entonces solicita su baja y repatriación. El 11 de septiembre de 1946 se embarca con destino a su patria, Argentina. Contra todo pronóstico, se vuelve un conductor de camiones. Detrás del volante recorre la Provincia de Buenos Aires y Santa Fe.

En junio de 1948, Aeroposta Argentina -la mítica empresa aérea patagónica- lo recibe. El jefe de la línea y organizador en la empresa, el mítico piloto Dirk Wessel Van Leyden entrevista a Withington. Realizan un vuelo de prueba, Van Leyden descubre que este joven de 25 años es un piloto autómata con mentalidad fría y calculadora. Piloto de carga a la Patagonia, será conocido por arrojar encomiendas desde el aire sobre estancias alejadas de la civilización, en las estepas de Santa Cruz.

Cdte Whitington, piloto civil comercial en Aeroposta Argentina S.A a su regreso de la Segunda Guerra Mundial. Withington fue elegido por Aerolíneas Argentinas, para realizar el curso de comandante en la primera promoción de la empresa estatal. (Archivo Claudio Meunier).

Pero no todo es aviación en la vida de Tito. En 1948 contrae matrimonio con Sheila María Hyland Archer, argentina, nacida en un campo de Ameghino, provincia de Buenos Aires. Ella es descendiente de irlandeses con dos hermanos voluntarios en la RAF: Harold, que sobrevivió a los vuelos en Avro Lancaster, y su hermano menor, Pedro, muerto sobre Orleans, Francia el 28 de julio de 1944 luego del desembarco en Normandía al ser derribado en su bombardero Lancaster por el as alemán Heinz Rokker. Tito y Sheila conforman una familia con siete hijos: cuatro varones y tres mujeres.

Claudio Alan Withington y Sheila Hyland, su esposa, junto a sus hijos. (Cortesía Cecilia Withington).

En 1950, cuando nace Aerolíneas Argentinas, Withington inscribe su nombre en la primera promoción de comandantes de línea. Continúa sus vuelos al sur y adquiere experiencia en bimotores DC-3 y cuatrimotores DC-4 y DC-6.

Una oferta prometedora lo aleja para siempre de Aerolíneas Argentinas. Se une a la planta fundacional de pilotos, en una nueva empresa. ¿Su nombre? Austral Líneas Aéreas. Volará el resto de su carrera en ella. Tito Withington registrará 30.000 horas de vuelo entre su trabajo como piloto comercial y sus tiempos en la RAF. Su carrera concluye el 25 de septiembre de 1978. La aviación comercial argentina pierde a uno de sus “millonarios del aire” (así se denomina a los pilotos que recorrieron, durante su carrera, un millón de kilómetros sin incidentes).

Como piloto de Austral, Tito Withington llevó a Nicolino Locche a Mendoza tras su consagración en Tokio. En la imagen, asoma por la ventanilla de la cabina de piloto.

Tito toma unas merecidas vacaciones, pero sólo mantiene los pies sobre la tierra unos pocos días. Se embarca como un simple pasajero a Estados Unidos. ¿El motivo? El Banco Italia adquirió un jet ejecutivo Learjet modelo 24D y lo contrató como su nuevo piloto.

VOLUNTARIO EN MALVINAS

El 2 de abril de 1982, sorprendido por la reconquista de las Islas Malvinas, se une a la causa. No entiende de política: Tito es solo un hombre de acción. Visita el edificio Cóndor de la Fuerza Aérea Argentina en Buenos Aires. Les dice que quiere volar con ellos. Le informan que será convocado y es consultado:

-Comandante Withington, ¿qué edad tiene y cuantas horas de vuelo registra?

Withington es categórico en su respuesta:

-59 años, 30.000 horas de vuelo y voluntad para el combate.

Tito, dos veces voluntario, marcha hacia una nueva guerra, pero esta vez en un avión sin armas. Realiza traslados de pilotos entre las bases repartidas en la Patagonia. Y, como integrante del escuadrón Fénix, realiza vuelos sobre el mar con otros Learjet simulando ser cazas de combate para confundir a los radares enemigos. Habla y grita en ingles en la frecuencia radial del enemigo.

El Lear Jet, propiedad del Banco de Italia, con el que Tito Withington operó en la guerra de Malvinas. ¿Su misión? Traslados y, sobre todo, tareas de distracción en radares enemigos.

Al finalizar la guerra, Withington -que luego de la Segunda Guerra Mundial había sido incorporado como suboficial Auxiliar en la Fuerza Aérea Argentina- recibe la jerarquía de Alférez. Ya no vuelve a volar. Su mujer, Sheila, sus siete hijos y sus nietos lo ayudan a plegar sus alas. Le duele horrores saber que su vida como piloto terminó.

Arrastrado por su idealismo, se acerca a la política. Pero dura un suspiro: observa cómo se manejan en este nuevo escenario y se aleja. Se da cuenta que grita, más de lo que grita siempre. Que ya es demasiado.

Su vida social es activa y, cada tanto, lo invitan a volar. Un silencioso Alzheimer lo aleja de lo cotidiano. Muere el 19 de noviembre de 2009 en San Isidro. Es su último vuelo, sin retorno.

Veterano de guerra de Malvinas, durante un desfile junto a sus compañeros del escuadrón Fénix, a su lado Restituto Olguin, con quien lo unió una amplia amistad. (Archivo Claudio Meunier).

Conocido por ser un hombre serio, también una persona de risa inconfundible, atrajo a los pilotos más jóvenes, ellos no dudaban en seguirlo aunque fuese hasta las últimas consecuencias. Aquellos aviadores que lo conocieron, aquellos que escucharon hablar de él. Aquellos que lo siguen recordando, aquellos que lo conocen desde ahora, siempre fue llamado y como el, siempre lo quiso, Tito Withington.

Tito Withington junto a Jimmy Harvey oriundo de Junín. Ambos pilotos en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial y luego pilotos comerciales en el país. Se convierten en los ultimos mohicanos de una conflagración antigua y otra moderna.

Fotografiado por su hija Cecilia en la localidad de Florida, Tito Withington junto a otras de sus aficiones, las motos. (Cortesía Cecilia Withington).





miércoles, 18 de febrero de 2026

14 de junio: La experiencia de los últimos héroes

Las últimas horas de la Guerra de Malvinas: la resistencia argentina y el caso del subteniente que murió aferrado a su fusil

Resulta imposible resumir en una nota todos los combates que se comprimieron en las últimas horas de resistencia en Malvinas. El recuerdo del testimonio del entonces subteniente Marcelo Llambías y la figura de su compañero Oscar Silva, quien cayó para cubrir el repliegue de sus soldados

Por Adrián Pignatelli || Infobae



Marcelo Llambías en las islas. Era un subteniente de 21 años

Las últimas horas de la guerra, tanto argentinos como británicos vivieron un infierno. A partir de la noche del 11 de junio, los combates se generalizaron en las laderas de los montes que rodean a Puerto Argentino, la capital de las islas.

El común denominador, ante los ataques ingleses a las posiciones argentinas fue la proporción de fuerzas: por lo general, una compañía argentina de unos 120 hombres debía hacer frente a un batallón de 600 soldados. Infobae entrevistó al entonces subteniente Marcelo Llambías, uno de los tantos protagonistas de esas frenéticas horas finales.

Con dos meses de cuarto año en el Colegio Militar Llambías, de 21 años, estaba a cargo de la tercera sección de tiradores de la compañía C del Regimiento 4, unidad destinada originalmente en Monte Well. Luego del combate de Pradera del Ganso, este regimiento -que formaba parte de la III Brigada de Infantería- pasó a depender de la Agrupación Ejército Puerto Argentino. Su misión era la de defender la capital, distante unos 17 kilómetros.

Oscar Silva fue abatido horas antes de decretarse el alto el fuego

En los días previos al 14 de junio, Llambías estaba con sus hombres en el pico sur del cerro Dos Hermanas.

Allí, durante tres horas, resistieron un ataque del 45 Comando de los Royal Marines, combatiendo a una distancia de unos cincuenta o setenta metros. Para Llambías no había sido su bautismo de fuego, sino que desde el 3 de junio ya había entrado en contacto con patrullas inglesas.

A raíz de la superioridad numérica, debieron replegarse a la base del cerro. Llambías fue el último en hacerlo a fin de cubrir a sus soldados. Cuando bajaron, permanecieron en un pozo natural del terreno, amparados en la oscuridad de la noche, mientras los británicos se hacían dueños de la cima.

Llambías y su sección combatieron desde los primeros días de junio

El joven subteniente estuvo a nada de ordenar abrir fuego a un grupo de hombres que se aproximaba, pero un suboficial le advirtió que eran argentinos.

Lideraba el grupo el subteniente Oscar Augusto Silva, un sanjuanino a quien todos les decían “el sapo”, apodo que había heredado de su padre. El 11 de junio por la noche lo habían mandado a patrullar entre el Dos Hermanas sur y el Harriet. Estaba a cargo de una sección de tiradores de la Compañía A del Regimiento 4.

Llambías y Silva discutieron qué hacer. Podían dar un largo rodeo y atacar a los británicos por la retaguardia. Evaluaron que tendrían un éxito inicial, pero carecían de municiones para sostener un combate. Decidieron replegarse hacia Tumbledown.

Había que atravesar una llanura, donde no había nada para resguardarse y serían blanco seguro del enemigo. Algunos descansaban y otros rezaban el Rosario. La providencia actuó de su lado: de pronto, invadió la zona una espesa bruma y comenzó a nevar. Aprovecharon para iniciar la marcha.

Silva con su equipo de paracaidista. Fue uno de los tantos que quisieron resistir hasta último momento

Había otro obstáculo. Debían atravesar un campo minado. Llambías y Silva se turnaron para ir adelante, guiándose por los ríos de piedra. Advirtieron a sus soldados, unos treinta, que si alguno de ellos dos pisaban una mina, que no los rescatasen, porque corrían el riesgo de pisar ellos también una.

Aún amparados por la oscuridad y la nieve, soportaron un nutrido fuego de artillería enemiga.

En ese punto en Tumbledown estaba la cuarta sección de la compañía Nácar del BIM 5. Mientras sus hombres, agotados y hambrientos descansaban, Llambías aprovechó para conseguir un pantalón, ya que el suyo estaba roto.

El jefe de la compañía le ordenó ir en dirección donde se suponía estaba la sección del subteniente Lautaro Jiménez Corvalán, que había sido seriamente herido por una mina antipersonal. Cruzó con su radiooperador y cuando llegaron al punto en cuestión no encontraron a nadie.

Pintura sobre la batalla de Tumbledown, librada el 13 de junio 1982, realizada por el artista Steve Noon

En el momento en que se llegaba a la primera línea del BIM 5, los ingleses volvieron a atacar, pero fueron rechazados. Llambías recuerda que estaban exultantes, creyendo que no volverían. Cuando amaneció, tomaron conciencia del panorama que tenían frente a sus ojos: las posiciones argentinas ya habían caído.

Exhausto. Esa fue la impresión que tuvo el teniente de corbeta Carlos Vázquez, del Batallón de Infantería de Marina 5, cuando vio venir, desde su posición en Tumbledown, a Silva, acompañado por los pocos soldados de su sección que aún lo seguían. Maltrechos, agotados, se les notaba en sus uniformes las huellas del combate y bastaba un simple vistazo para darse cuenta que tampoco habían comido decentemente. La pregunta del subteniente lo descolocó:

-¿Necesitás una mano? ¿Querés que me quede? Podemos seguir peleando.

Ante la respuesta afirmativa del marino, con un puñado de soldados que se podían contar con los dedos de una mano, de los 45 originales de su sección, ocupó pozos de zorros vacíos que hasta hacía poco habían estado efectivos de la cuarta sección de Vázquez. Era el 12 de junio.

Mientras el grueso de la tropa continuó con la orden de aproximarse a Puerto Argentino, Silva y sus soldados, acoplados a los infantes de marina, esperarían el ataque inglés. Junto con un pelotón de cinco soldados le encomendaron cubrir el repliegue de la cuarta sección de la Compañía Nácar.

Venían sufriendo, hacía días, de un violento fuego de artillería, tanto de campaña como naval.

Una de las últimas fotos de Llambías en Puerto Argentino. Ya se había reaprovisionado con todas las municiones que podía cargar. Pero la guerra había terminado

Sería imposible comprimir en un solo relato el combate de Tumbledown. En la noche del 13, en las trincheras junto a los infantes del BIM 5 de Vázquez, 44 hombres vivieron unn violenta arremetida desatada por la tercera brigada de los Royal Marines, el segundo batallón de la Guardia Escocesa y algunos gurkas.

Fueron encarnizados enfrentamientos con disparos de fusil, ametralladora, morteros, bayonetas y hasta lucha cuerpo a cuerpo.

A las 18 horas de ese día, según refiere el propio Vázquez en un informe que elaboró tres años después, tuvo una última reunión con sus oficiales, de la que participó Silva. Coordinaron los detalles finales ante el inminente ataque británico.

El 13 de junio, Silva decidió en un solo instante si vivir o morir luchando. Tuvo que repetir la orden a sus soldados para que se replegasen. No lo querían dejar. Sólo pidió una ametralladora y un FAL. Y los cubrió mientras los ingleses avanzaban.

Los argentinos veían cómo, luego de rechazar un ataque enemigo, otra oleada de soldados aparecía. Era una sucesión interminable, en el que eran superados 6 a 1, pero aún así se continuaba luchando.

Vázquez había pedido refuerzos, y en cada llamado le respondían que los mismos estaban por salir. A las 23 horas, el bombardeo provocó el corte de las líneas telefónicas.

Cuando Llambías regresó a la capital de las islas, vio cascos tirados por todos lados. No sabía que había un alto el fuego

Los británicos habían sobrepasado las posiciones argentinas, y soldados de ambos bandos se mezclaban, muchas veces sin distinguirse.

Cada tanto, Silva abandonaba su trinchera para saber cómo estaban sus soldados. “Nos alentaba para que no perdiéramos nuestro valor, coraje y la confianza en nosotros mismos, al recordarnos que Dios nos protegía para obtener nuestra noble meta”, reseñaría unos años más tarde en una carta el soldado Pablo Vicente Córdoba.

Además, el subteniente se ocupaba de conseguir relevos para el fusil FAP, dado que al menos tres soldados que lo operaban habían muerto.

Cuando quiso asistir a uno de ellos, que había sido gravemente herido, recibió un tiro en el hombro derecho.

Silva comprendió que nada podía hacerse. De lejos vieron cómo, sacando fuerzas de quién sabe dónde, se incorporó y comenzó a disparar hacia las posiciones enemigas, al grito de “¡viva la Patria, carajo!”. Fueron sus últimas palabras, antes de ser acribillado en el pecho por el fuego inglés.

Eran las 3 de la mañana del 14 de junio. Horas más tarde el general Mario Benjamín Menéndez firmaría la capitulación frente al general Jeremy Moore.

Cuando Vázquez fue tomado prisionero por tres ingleses, pidió llamar a sus hombres. Sólo seis se acercaron. El resto había muerto o había sido herido.

Mientras tanto, una vez que los ingleses se apoderaron de Tumbledown, lanzaron un ataque a Monte William con un batallón de gurkas. Llambías y la gente con la que combatía se dieron cuenta que habían quedado aislados del camino para llegar a Puerto Argentino, donde pensaban ir a reaprovisionarse de municiones. Porque querían regresar a pelear con su unidad.

En Supper Hill se enteró por el soldado Dos Santos que a Silva lo habían matado. Cuando comenzó un ataque helitransportado, les tiraron con lo que les quedaba. Llambías recuerda que a una de las máquinas le disparó sesenta tiros, que no le hicieron mella. Los helicópteros se alejaron, aterrizaron y bajaron tropas.

Se produjo un nuevo combate, donde los argentinos sufrieron bajas. Decidieron replegarse, combatiendo, llevando además a los heridos. En un momento Llambías se dio cuenta que al soldado que ayudaba estaba muerto.

De Supper Hill lograron llegar a Puerto Argentino. Les llamó la atención ver cascos tirados por todas partes. Fueron a la halconera, lugar donde paraban los comandos, porque estaban seguros que ellos no se habían rendido. No encontraron a nadie, pero como estaba lleno de municiones, llenaron sus cargadores y sus bolsillos con proyectiles, con la idea de regresar al campo de batalla.

Un suboficial mayor los vio sumamente exaltados y le dijo a Llambías: “No pibe, no pueden hacer la guerra por su cuenta”. Ese día 14 y el 15 permanecieron encerrados en una celda, para que no cometiesen locuras, cuando ya se había firmado el alto el fuego.

Es que a Llambías no le entraba en la cabeza rendirse.

En la requisa, le descubrieron una Kodak con un rollo para 24 fotos. Le faltaba tomar una. El inglés que se apropió de la cámara tomó la que faltaba, sacó el rollo y tiró la cámara.

De los seis oficiales que combatieron del 4, hubo dos muertos, el teniente Luis Carlos Martella y Silva y cuatro gravemente heridos: los subtenientes Jorge Pérez Grandi, Miguel Mosquera y Juan Nazer.

Al amanecer del 15, el propio Carlos Robacio –jefe del BIM 5 y quien tuvo a su cargo a 700 efectivos de la Marina y a 200 soldados del Ejército en Monte Tumledown, Sapper Hill y Monte William- y un oficial inglés, recorrieron el campo de batalla, donde horas antes se había peleado con coraje. Ya los cuerpos de los 9 británicos muertos y los 52 heridos habían sido retirados.

El teniente Osvaldo Papa, jefe de la sección apoyo de la Compañía C del Regimiento 3, quien afirmaba que Malvinas le había cambiado la vida, siempre contaba la siguiente historia: que había llamado la atención al jefe inglés el cuerpo de un argentino que, de cara al cielo con los ojos abiertos, aferraba obstinadamente su fusil, y su dedo aún presionaba el gatillo. Quisieron quitarle el arma, pero fue imposible por la rigidez cadavérica. El inglés ordenó que fuera sepultado así y le hizo la venia, en señal de respeto.

Robacio le cerró los ojos y buscó la chapa identificatoria, porque el uniforme no se correspondía con el de un infante de marina. Era Oscar Silva.

Vázquez se lamentaría no haber podido identificar a otros soldados de Ejército que habían combatido junto a los infantes de marina en Tumbledown. Recomendó condecorar a Silva por “su heroico desempeño en combate”.

Afirmó que “la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio la cuarta sección no hubiera podido sostener la posición sino hubiera estado Silva”.

Silva, de 26 años, sería la única baja de la promoción 112. Su regimiento tuvo 22 muertos y 121 heridos. Recibiría la condecoración “La Nación Argentina al valor en combate (post mortem)”.

Años después Llambías vio las fotos que había tomado en Malvinas en el libro Pictures for far away, de Nick Taylor. Lo contactó por mail y cuando se cumplían 30 años de la guerra, Taylor le propuso encontrarse en las islas. Allí, donde habían peleado a muerte, el inglés se las devolvió.

Ambos recorrieron las posiciones que ocuparon, y la casualidad hizo que haya sido Taylor quien durante los combates fue quien le había disparado un cohete que le pasó por arriba de su cabeza.

Este veterano inglés le confesó que en un momento ellos estaban dominados por el fuego argentino y que su superior los pateaba para que salieran a pelear. Taylor le aseguró que, de todos los sitios en que le tocó luchar, el soldado argentino fue el que le había hecho sentir miedo. Es que en las últimas horas de la guerra, sin importar el uniforme, se había vivido un verdadero infierno.


sábado, 14 de febrero de 2026

CC 602: El rescate de Viltes

El adiós a Raimundo Viltes, el veterano de Malvinas que había sido rescatado en medio del fuego enemigo en Monte Kent

Fue a las islas con la Compañía Comando 602. En la primera incursión, fue herido de gravedad. Los detalles de esa acción y cómo salvaron su vida
Adrián Pignatelli  ||  Infobae






Raimundo Viltes fue herido en el combate de Monte Kent y fue cargado por Lauría por 14 horas hasta alcanzar las líneas argentinas


“¡Ayúdeme, ayúdeme!”, escuchó el teniente primero Horacio Lauría, en medio de un feroz tiroteo. El oficial de la Compañía Comando 602, estaba con una sección en las inmediaciones de Monte Kent con la misión de establecer una base de patrulla y operar detrás de las líneas enemigas.

El que pedía ayuda era el sargento primero Raimundo Viltes. “Me hirieron, me hirieron”, repetía esa noche del sábado 29 de mayo de 1982.

Según confirmó el propio Lauría a Infobae, Viltes falleció el pasado 11 de junio, producto de una neumonía. Se había retirado como suboficial mayor y vivía en San Miguel de Tucumán. Con Lauría los unía un vínculo especial, a partir de un hecho dramático que ambos vivieron en la guerra de Malvinas. 


"Una de las pocas fotos que conservo de la época de la guerra", se lamenta Horacio Lauría, uno de los protagonistas de esta historia

La Compañía Comando 602, armada rápidamente para la guerra de 1982 con oficiales y suboficiales comandos, llegó a Malvinas el 27 de mayo, después de un intento frustrado de cruzar desde el continente.

El viaje fue accidentado. El piloto del Hércules estuvo por dar la vuelta por la pérdida de líquido hidráulico, pero el Mayor Aldo Rico, jefe de la compañía comando, se negó a regresar -ya se había frustrado un vuelo- y encomendó a los capitanes Mauricio Fernández Funes y Andrés Ferrero a turnarse para reponer el líquido y así llegaron a Puerto Argentino.

Las dos compañías se reunieron en un galpón en Puerto Argentino y se planificaron las operaciones. Para el 29 tuvieron la primera misión: ir a Monte Kent, establecer una base de patrulla y operar detrás de las líneas enemigas. El jefe de la sección de Lauría era el capitán Andrés Ferrero que con el capitán Mauricio Fernández Funes, y los tenientes primero Enrique Rivas y Francisco Maqueda eran grandes amigos.


Parado, el segundo desde la derecha, Viltes posa junto a los suboficiales de la Compañía Comando 602

La primera acción

Fueron llevados al lugar en helicópteros. Mientras Ferrero se adelantaba con el teniente primero Francisco Maqueda y el sargento primero Arturo Oviedo, le ordenó a Lauría que avanzase en cuanto viera la señal que le haría con su linterna. Luego de minutos interminables vieron la señal y comenzaron a subir la cuesta del monte.

Fueron sorprendidos por fuego de ametralladora de tres puntos distintos. Los británicos habían esperado que se fueran los helicópteros. Lauría recuerda que era una intensa e incesante lluvia de fuego que venía de todos lados. En un primer momento, creyó que se trataban de argentinos que los habían confundido, pero cuando escuchó órdenes en inglés, comprendió que estaba en su primer combate.

Recibieron fuego de frente y de los flancos. Viltes fue herido mientras disparaba rodilla en tierra. El proyectil entró justo abajo del talón. Solo había sentido un ardor pero cuando se quiso incorporar, se desplomó. Ahí tomó conciencia de su herida. “¿Puede arrastrarse a mi posición?”, le preguntó Lauría.

Cuando estuvieron juntos, dejaron sus fusiles y mochila. Y entre un fuego incesante fueron retrocediendo y tirándose cuerpo a tierra cuando los ingleses arrojaban una bengala.


Horacio Puchi Lauria-. comando. Monte Kent

Eran las 11 de la noche y Lauría no sabía dónde estaba. La brújula la había dejado en su mochila. De pronto el cielo, poblado de nubarrones se despejó y pudo fijar un punto de referencia, y así se orientó para llegar hasta Puerto Argentino.

Bajo una intensa nevada, Lauría cargaba a Viltes, un tucumano corpulento de 80 kilos. El próximo escollo fue un río de piedras, muchas de ellas filosas. Providencialmente se encontraron con el sargento primero José Núñez y entre los dos cruzaron al herido, mientras los ingleses les disparaban. Milagrosamente, ninguno fue alcanzado por las balas enemigas.

Viltes, que perdía sangre, nunca se quejó. “Si usted tiene fe, rece a todos y al Puchi Lauría, que de acá lo saco”, lo alentaba.

Lo cargaron durante 14 horas. Al llegar a un reparo, Lauría salió a recorrer la zona. Ignoraba donde se encontraba. Cuando volvieron a salir divisaron una patrulla de una docena de hombres. Y se prepararon para un enfrentamiento. El sería el primero en abrir fuego, sabía que eran hombres muertos. Antes de disparar gritó “¡Viva la Patria!” y le respondieron “¡Argentina!”. Era una sección de comandos.

Había sido una jornada trágica. Esa noche habían muerto el teniente primero Rubén Márquez y el sargento primero Oscar Blas, que estaban en otra patrulla. Y también había caído la patrulla completa del capitán José Vercesi en Top Malo House.


La Compañía Comando 602 que combatió en Malvinas en distintos puntos de las islas

En Monte Estancia, Lauría y otros comandos pasaron la noche, “mi peor noche”, confesó. No podía quitarse de la cabeza el haber sido emboscados. Compartió la bolsa de dormir con alguien que no recuerda.

A la mañana Ferrero ordenó continuar camino a Puerto Argentino. Viltes estaba muy débil, un enfermero le había hecho las primeras curaciones y quedaría al cuidado del sargento Aguirre. Lauría protestó: “No lo podés dejar, lo traje cargado 14 horas. Me quedo yo si es necesario”. Y así fue como el teniente primero Lauría vio alejarse a la patrulla. Prometieron volver por ellos. Además Ferrero debía cumplir el pedido de la esposa de Lauría: “Traemelo vivo”.

Lauría y Viltes emprendieron la marcha y encontraron refugio en una cueva. Nevaba y el sargento primero seguía perdiendo sangre. Lauría le ajustaba y aflojaba el torniquete. El herido consumió el agua de su cantimplora y la del oficial. Este, sin que los ingleses lo vieran porque estaban por todos lados, derretía la nieve en un jarro, y le daba de tomar. “Agüita, agüita…” pedía.

Pasó esa primera noche y no fueron a buscarlos. En la segunda noche, con sus anteojos de campaña ubicaba otro posible refugio y hasta allí iban. El único alimento que tenían, un arroz con leche, lo comió Viltes.

Luego de dos días sin probar bocado, Lauría ya no tenía fuerzas para cargarlo. Tendría que ir gateando a su lado. Con el forro de su chaquetilla improvisó rodilleras y le dio a Viltes sus guantes y le aplicó una dosis de morfina. Así ambos fueron desplazándose, mientras veían a helicópteros enemigos transportando armamento y municiones en redes. Desde Monte Kent los ingleses los observaban pero no les dispararon.

Una media hora después, cuando ya no e quedaban fuerzas, llegaron a rescatarlos. En una moto llevaron a Viltes a Puerto Argentino. El sargento pensó que lo curarían rápidamente y que volvería a la acción. Entró al hospital el 1 de junio por la tarde y al primero que vio fue a su hermano enfermero. Este, también herido por la onda expansiva de una bomba, se había negado a que lo evacuaran cuando se enteró de que había un comando herido.

Viltes estaba lleno de barro y su hermano no lo reconoció. Lo primero que le dijo fue “hola, hermano, vine para que me cures”. Lo enyesaron y lo mandaron al Bahía Paraíso.

Ahí esperó hasta el momento de la operación. El 3 de junio entró al quirófano y los médicos tuvieron mucho trabajo en poder quitarle los restos de munición que tenía incrustado en el hueso. De la fecha no se olvida, ya que el 4 su hija María Inés cumplía tres años.

Lauría participaría de otras acciones, como la emboscada que montaron en el Monte Dos Hermanas, donde se tomó revancha de lo ocurrido en Monte Kent. O cuando lograron hacer replegar a los ingleses, capturando sus equipos. Luego de una inexplicable orden de custodiar la casa del gobernador, tuvieron que cruzar la bahía en Puerto Argentino y evitar que un regimiento inglés tomase una altura.

Una vez en posición, vieron cómo los ingleses los envolvían y, si bien la artillería empezó a tirarles, sorpresivamente cambiaron de blanco y concentraron su fuego sobre Puerto Argentino. Fueron cinco minutos de un nutrido fuego terrestre y naval. Y luego el silencio.

En la noche del 14 de junio, ocuparon una casa vacía en Puerto Argentino y al día siguiente los mandaron prisioneros al aeropuerto. Debió desprenderse de su pistola que tenía desde que había egresado. La desarmó y tiró las piezas por cualquier lado. Los interrogaban y algunos eran enviados a San Carlos. Ya era de noche cuando lo embarcaron en el Canberra. Ahí consumió la primera ración de los últimos siete días: sopa de tomate servida en un vaso de plástico.

En la base naval de Punta Alta, a Viltes debieron amputarlo a la altura del tobillo, pero el muñón lo lastimaba y dolía. Con los años convenció a los médicos de que le efectuaran una nueva amputación de unos cincuenta centímetros. “Quiero caminar y si puedo correr, mejor”, les pidió.



Había sido internado por insuficiencia pulmonar y a la semana, cuando se había repuesto, se contagió de Gripe A, al parecer una enfermedad que tiene a maltraer a Tucumán. Lo trataron con antibióticos y se recuperó, al punto tal que un kinesiólogo le hacia ejercicios para rehabilitarlo y darle el alta. Sin embargo, contrajo un virus intrahospitalario. Sufrió un infarto y ya no pudo recuperarse. Tenía 82 años.

Viltes, a 43 años de haber sido herido, dio su último combate, aquel inexorable combate que la vida nos tiene preparados a todos. 

lunes, 9 de febrero de 2026

Libro: Desenmascarando a un pobre idiota, Ricky D. Philips


Demacrado, inútil e infeliz: La cara de la derrota ha sido una constante en su vida. 

Ricky D. Philips, charlatán militar británico



Introduzcamos la historia

The First Casualty, escrito por el escribidor británico Ricky D. Phillips y publicado en 2018, aborda, desde una perspectiva alternativa, el desembarco argentino en las Islas Malvinas ocurrido el 2 de abril de 1982, con el que dio inicio formalmente la Guerra de Malvinas. El título del libro hace alusión a la célebre frase “la verdad es la primera baja de la guerra”, y refleja la intención del autor de cuestionar la narrativa oficial tanto del lado argentino como británico. En concreto, el libro propone que la operación de recuperación de las islas por parte de las fuerzas armadas argentinas no fue tan incruenta como se ha sostenido tradicionalmente, y que el combate en torno a la casa del gobernador (Government House) fue más intenso y sangriento de lo que los informes oficiales informaron en su momento. Según Phillips, la resistencia ofrecida por los Royal Marines fue significativa y causó numerosas bajas entre las tropas argentinas.

Uno de los puntos más controvertidos del libro es la afirmación de que las bajas argentinas en esa jornada no se limitaron a tres —como sostiene la versión oficial y está documentado en fuentes militares argentinas y británicas— sino que podrían haber ascendido a decenas o incluso más de cien. El autor sostiene esta cifra con base en entrevistas que dice haber realizado a excombatientes británicos, especialmente Royal Marines que participaron en la defensa de Stanley. Phillips argumenta que esas bajas fueron deliberadamente ocultadas por las autoridades argentinas de entonces, por razones políticas y propagandísticas. No obstante, es importante destacar que no se han presentado hasta el momento documentos oficiales, partes militares o listas de caídos verificables que respalden esa afirmación. Además, investigaciones periodísticas y académicas posteriores no han hallado evidencia creíble que confirme una cifra superior a las tres bajas reconocidas oficialmente: el Capitán de Corbeta Pedro Edgardo Giachino, el Teniente de Fragata  Diego García Quiroga y el Cabo Primero Ernesto Urbina.

Desde su publicación, The First Casualty ha recibido críticas tanto por parte de historiadores británicos como argentinos. Se le ha cuestionado por la falta de rigor metodológico, la escasez de fuentes primarias comprobables y la presencia de errores de tipo técnico, geográfico y cronológico en el relato. También se ha señalado que el libro se basa en gran medida en testimonios no documentados y reconstrucciones hipotéticas sin respaldo documental sólido. A pesar de ello, ha generado atención en redes sociales y foros de discusión por ofrecer una visión distinta del inicio del conflicto. En definitiva, The First Casualty representa un intento de reinterpretar un episodio clave de la Guerra de Malvinas, pero su contenido debe ser evaluado con cautela y completa incredulidad, confrontándolo con las fuentes oficiales, testimonios acreditados y el consenso historiográfico. Como cualquier obra que se propone cuestionar versiones consolidadas, su valor dependerá del estándar de evidencia que logre sostener.

Confirmación de ausencia de evidencia empírica

Arrancamos por el final: Así terminaron 48 horas de solicitudes personales de información a este fabulador británico para que confirme las supuesta información sobre la lista de bajas de 100 casos menciona en su libro, la cual le solicité durante una interacción en la plataforma X. Obviamente está en inglés porque este mamerto no domina el español pero también esta lleno de mutuas agresiones y afirmaciones en doble sentido producto de la testosterona. Cuando el diálogo se pone picante, no tengo problemas en seguir. 
El texto remarcado en rojo dice algo así:

"VOS sos el único que sostiene que esa "lista" existe. Yo nunca referencié nada referido a tal ítem y dudo que alguien lo hubiese hecho o que exista si es que alguna vez existió. Una vez más, vos generás un hecho y luego demandás pruebas del mismo".
Es decir, ese dato que afirma, sugiere, pone sobre y luego saca durante todo el libro no existe. Ya que él comenta en su libro que habrías más de 100 bajas argentinas y que el combate por la Casa del Gobernador fue feroz y duró muchísimas horas, como parte de su trabajo de "historiador" debió por lo menos buscar una lista de bajas que confirmara sus afirmaciones. Como es tan idiota, ni siquiera se le ocurrió mentir en este sentido.





Ricky D. Philips, como ya se ha mencionado, es un propagandista británico que se autopercibe como historiador militar, se hizo famoso por armar una serie de mentiras enfocadas principalmente en la siguiente cuestión: Durante el desembarco del 2 de abril de 1982, ocurrida en el pueblo de Puerto Argentino/Stanley, las tropas argentinas oficialmente tuvieron 1 muerto y 2 heridos de bala. El mitománo británico esgrime que hubo más de 100 bajas/muertos argentinos durante ese día de operaciones. Es el único “autor” que propone ese argumento en todo el planeta, sin ningún respaldo más que comentarios de supuestas entrevistas, sumatorias de conjeturas y cuanta otra falta de rigor científico se haya cruzado. 


Tiempos mejores: el autor autodidacta publica sus primeras mentiras con éxito en Inglaterra.


Podría tranquilamente ser un protagonista más de Trainspotting: Obsérvese la cara que empieza de demacrarse.

Cuando fue inquirido de las pruebas de dichas afirmaciones, nunca presentó pruebas de nada. La única cuestión que me interesaba tratar con semejante opa, obviamente, era ésta en particular. Sus respuestas fueron atacar, difamar, poner palabras que jamás dije, tratarme de racista, fabulero, loco, drogadicto.
En todo el dialogo le solicité esa supuesta lista de bajas siendo ésta mi única cuestión a resolver. Cada vez que pude le solicité “the list” (remarcado en amarillo suave en el texto), la lista de 100 bajas que pobre salame afirmaba que había ocurrido ese glorioso 2 de abril.


Abajo vemos el primer intercambio en X y, más abajo, decidí publicar toda la lista de interacciones para que vean lo cansador que es tratar con paciente psiquiátrico de este nivel.




¿Y qué pasó? Obviamente NUNCA TUVO ESA LISTA (ver más arriba). Fue una obvia mentira de este personaje llamado Ricky D. Phillips, alias "Rickymondo". Un pobre inútil, miembro de la Sociedad Real de Historia (¡imagínense lo que serán los otros integrantes!), que no ha servido para nada en toda vida, lleno de desastres personales, mediocridad y bullineo cuando era chico (confesiones de él mismo).






Todos anticipamos por estas afirmaciones incomprobables que era un charlatán total, un propagandista que sesgaba todas sus afirmaciones hacia la postura británica en cualquier puto tema, desde el más nimio, con un autismo repetitivo y con retraso madurativo que es característico de muchos británicos.


Incluso lo ayudo con una foto y con una "lista enumerada" para llenar... podría haber puesto a los dos otros dos infantes de marina (García Quiroga y Urbina) que fueron heridos junto a Giachino... ni eso sabía este hijo de la Gran Bretaña.




Así que es eso: este sujeto confirma que jamás tuvo una lista de bajas del 2 de Abril, que son sus puras invenciones que “eso evento ocurrió porque yo lo investigué”. No pierdan más tiempo con este imbécil.







Eso es lo que dice la inteligencia artificial Grok respecto a su libro.

Prompt: Qué opinan otros historiadores respecto a la tesis de Philips
Los historiadores y los especialistas en historia militar establecidos no han aceptado en general la tesis central de Ricky D. Phillips en The First Casualtyque los Royal Marines infligieron muchas bajas (estimaciones de 70-100 o más argentinos muertos o heridos) durante la invasión argentina de las Malvinas el 2 de abril de 1982, mucho más allá de la cifra oficial de un solo argentino muerto (el capitán Pedro Giachino) y unas pocas heridas, y que la resistencia fue mucho más intensa y prolongada que la defensa "simbólica" o "de token" que describen las versiones oficiales.Los historiadores académicos y profesionales de historia militar casi nunca citan el libro ni lo discuten en profundidad. No aparece en revistas académicas revisadas por pares, editoriales universitarias ni en las bibliografías estándar sobre la Guerra de Malvinas (por ejemplo, obras de Lawrence Freedman, Martin Middlebrook o los registros oficiales británicos y argentinos). Esta ausencia es llamativa, dada la magnitud de las afirmaciones del libro, que —de ser ciertas— exigirían revisar por completo la narrativa aceptada.Las críticas de quienes sí lo han abordado directamente suelen ser fuertes:
  • Hay blogs y críticas online (como "The First Casualty Dissected") que refutan sistemáticamente las interpretaciones de Phillips, señalando inconsistencias con evidencias físicas, informes oficiales, testimonios de veteranos argentinos (incluyendo figuras como el capitán Hugo Santillán, cuya perspectiva se usa en contra de la versión de Phillips) y la falta de documentación que corrobore decenas de muertes (ausencia de cuerpos, fosas comunes o registros hospitalarios que respalden tantas bajas). Estos análisis argumentan que el libro se apoya demasiado en testimonios selectivos de veteranos británicos, mientras minimiza o malinterpreta fuentes argentinas y la falta de pruebas materiales para las bajas altas.
  • Algunos lo califican de sensacionalista, historia pop nacionalista más que de investigación rigurosa. Critican que Phillips no tiene credenciales académicas formales en historia (no tiene posgrados ni publicaciones en revistas académicas establecidas), que el libro es autopublicado y con elementos de autopromoción, y que tiende a narrativas conspirativas (encubrimientos gubernamentales de ambos lados). Una crítica detallada lo describe como alguien que no califica como historiador académico, y recuerda que las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias, que el libro supuestamente no ofrece más allá de anécdotas.
La recepción positiva viene principalmente de:
  • Algunos veteranos de los Royal Marines y lectores pro-británicos, que lo elogian por "vindicar" el coraje de la guarnición y por mostrar una resistencia heroica.
  • Reseñas entusiastas en Goodreads, Amazon, etc., que lo llaman bien investigado y revelador.
  • Algunos autores de historia militar no académicos (por ejemplo, elogios del historiador naval Angus Konstam por el estilo narrativo, o menciones junto a otros autores de Malvinas).
Sin embargo, incluso estos provienen más de círculos de entusiastas o veteranos que de historiadores universitarios.Del lado argentino, rechazan casi por completo las cifras altas de bajas, alineándose con sus registros oficiales y testimonios de veteranos que hablan de una toma rápida y con pocas bajas (Giachino como única fatalidad, por fuego amigo o accidente, no por fuego de los Marines). Algunas fuentes argentinas ven el libro como propaganda británica que exagera la resistencia para glorificar a los defensores.En resumen, la tesis de Phillips sigue siendo marginal y muy controvertida. Ha ganado tracción en círculos populares de historia militar, comunidades de veteranos y discusiones online, pero enfrenta escepticismo generalizado o rechazo directo de historiadores profesionales, que se mantienen en el consenso: la defensa inicial fue valiente en algunos puntos, pero breve y con efectos limitados, con mínimas bajas argentinas en total, debido a la superioridad numérica abrumadora y la decisión de rendirse para evitar bajas civiles. El impacto del libro ha sido más cultural y polémico que historiográfico.








Finalmente, y para no dejar absolutamente ninguna duda, este imbécil también considera un mito el ataque al HMS Invincible, lo cual es común en la manada británica, pero le agrega la hijaputez de decir que el testimonio de los pilotos fue preparado, que nunca volaron esa misión, que mintieron sobre la misión porque querían llevarse las medallas, los ascensos y todo lo que incluía ese prestigio. Repito, un pobre imbécil hijo de puta que ni respeto por gente de coraje tuvo en su vida. Su dirección es X es @RDPHistory. No estoy diciendo que lo visiten y lo insulten.