Durante
la jornada, estudiantes integrantes de distintos Centros de Estudiantes
participaron de una recorrida por el Museo de Malvinas y de un espacio
de intercambio con veteranos, donde pudieron conocer en profundidad sus
vivencias, reflexiones y aprendizajes vinculados a la causa Malvinas.
Posteriormente,
se impulsó la formación de estudiantes promotores de la Causa Malvinas,
brindándoles herramientas pedagógicas y acompañamiento para que puedan
replicar lo aprendido en sus instituciones educativas.
El
programa prevé, además, la realización de la jornada escolar
“Malvinizar desde las aulas”, donde los propios estudiantes, junto a
docentes y equipos directivos, coordinan actividades como exposiciones,
conversatorios, muestras y propuestas artísticas, deportivas y
culturales, promoviendo la reflexión sobre la soberanía, la memoria y la
identidad nacional.
Desde el Municipio se continúa impulsando
este tipo de iniciativas que buscan sostener la Causa Malvinas en el
tiempo, acercándola a las nuevas generaciones y promoviendo una
construcción colectiva de la memoria, se dijo desde el área de Prensa de
la comuna local.
En redes
En
Punta Alta, el programa de "Malvinización" es impulsado fuertemente por
el Centro de Veteranos de Guerra y Familiares de Caídos, enfocado en
mantener viva la memoria, testimoniar "Historias Vivas" en redes
sociales y reconocer a enfermeras civiles del Hospital Naval Puerto
Belgrano. Realizan actos, vigilias y actividades comunitarias.
El centro es un punto central de actividades, difusión de testimonios de veteranos, y conexión con familiares de caídos.
Recientemente
se realizó un nuevo homenaje a la Asociación de Enfermeras Civiles por
Malvinas 1982 por su labor crucial en el Hospital Naval Puerto Belgrano.
Entre
sus actividades para conservar la Memoria Viva, se llevan adelante las
vigilias tradicionales esperando el 2 de Abril, izado de pabellón y
marcha de Malvinas, y la competencia pedestre.
En redes se pueden
encontrar material de importancia en Facebook con el nombre del centro,
instagram, youtube cvgmde puntaalta, o bien se pueden visitar las
instalaciones y el museo, ubicados en Villanueva 375 (esquina Paso).
La institución fundada el 30 de junio de 1999, tiene como premisa brindar contención y asistencia.
El Archivo Histórico Municipal, por su parte, documenta la experiencia civil de Punta Alta durante los 74 días del conflicto.
Vigilia
A medida que se acerca el día de conmemoración, se renueva la memoria y el reconocimiento, se expresa desde el Centro.
"El 2 de abril es una fecha muy significativa para nuestro país".
"En
este día se conmemora el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra
de Malvinas, recordando a quienes participaron del conflicto de 1982 y a
quienes dieron su vida por la Patria".
"Por eso, los invitamos a
acompañarnos en la vigilia del 2 de abril, un espacio de memoria y
encuentro para honrar a nuestros Veteranos de Guerra y recordar a
quienes dieron sus vidas en las islas del Atlántico Sur".
Reflexión
En su página de Facebook, los integrantes de la institución compartieron:
“Hay que estar ahí para vivirlo.
Cada tripulante lo vivió de una manera distinta.
Cada protagonista tiene su recuerdo.
Cada historia, su propio punto de vista.
No hay una sola mirada.
Hay muchas experiencias que merecen ser escuchadas.
Por eso, es tan importante registrar cada testimonio.
Porque la memoria se construye con todas las voces.
Mientras haya quien recuerde y quien escuche, la historia seguirá viva".
18 competencia pedestre – 44 aniversario
La media maratón “Gesta de Malvinas” será el próximo 5 de abril, a las 9.
Distancias: 5K VGM, 10,5K, 21K, marcha aeróbica familiar (4 km – no competitiva y sin costo).
Habrá remeras especiales para los primeros 250 anotados.
La inscripción se recibe en Villanueva 375 y mediante www.bahiacorre.com.ar
Los valores fueron fijados en $30.000 con remera + pulsera de fiscalización y $10.000 sin remera.
Consultas: 2901-509146 (Héctor Santillán VGM).
"Correr,
acompañar y mantener viva la memoria, en honor a los héroes". Ese es el
propósito de este encuentro que se lleva adelante todos los años.
La historia del soldado que murió en Malvinas para que sus compañeros pudieran replegarse y el homenaje que demoró cuarenta años
El soldado Walter Becerra combatió y murió en el conflicto bélico del Atlántico Sur. Su papel en la guerra contra las fuerzas británicas y por qué la burocracia y la ignorancia demoraron más de una década en imponerle su nombre a su escuela, para que fuera recordado
Por Adrián Pignatelli || Infobae
Walter Becerra soldado, luciendo el uniforme de salida (Flia Becerra)
Era
ya avanzada la noche cuando Mónica se sobresaltó por los golpes que
alguien le daba al vidrio de la ventana en su casa de la calle Río
Amazonas al 300 del Barrio Zarza, en Moreno. Recién abrió la puerta
cuando vio que era su cuñado Walter Ignacio Becerra, 19 años, que
se había escapado del cuartel del regimiento 6 donde estaba haciendo el
servicio militar. Había ido al barrio con tres amigos para despedirse
de su novia Mirta y de paso de su familia, porque se iba a la guerra.
Adelante
vivía su hermano Carlos y en la casa de atrás los padres Andrés Ignacio
y Julia Díaz. Cuando lo vio, la madre no pudo de la alegría. Enseguida preparó su plato preferido: milanesas con bombas de papa rellenas con paté y recubiertas con mayonesa. Esa noche fue la última vez que lo verían.
Marcado en el círculo, junto a sus compañeros del regimiento 6 de Mercedes
Walter
Ignacio Becerra nació en el Hospital Castex, en General San Martín el 5
de mayo de 1962. Al tiempo el padre compró dos lotes en Moreno, cuando
todo era campo, y no se fueron más del barrio. Walter, como toda la
familia, era hincha de Boca y cada tanto se daba una vuelta por el gimnasio a hacer pesas y a pegarle unas piñas a la bolsa.
Según su hermano Carlos, siete años mayor, era querible y cariñoso, al
punto tal que sus amigos del barrio, en la medida que formaban familia, a
sus hijos varones les pusieron Walter o Ignacio.
Le gustaba bailar el rock, escuchar a los Bee Gees y tomar vermouth. A pesar de su juventud, era un padrino muy presente de su sobrina Julieta, quien recuerda que la llevaba a la calesita del barrio.
Junto a sus compañeros del Regimiento de Infantería Mecanizada 6 de Mercedes partió el 12 de abril de 1982 a Malvinas. A la noche llegaron a El Palomar y al día siguiente estaban en las islas.
Héctor Guanes, otro de los caídos del 6 (Comisión de familiares de caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur)
Con los soldados que estaban por irse de baja se formó la Compañía B. Becerra integraba el primer grupo de la tercera seccion de infanteria, a cargo del Cabo 1ro Zapata. De ese grupo murieron en combate Becerra y Jorge Luis Bordon,
cuyos restos fueron identificados en 2018. Miguel Luis Todde y Néstor
Brilz fueron heridos en combate, Segovia murió en la posguerra, y el
grupo era completado con Polizzo, Roldan, Arrua y Benitez,
Todos concuerdan que el “cabezón” era un tipo bueno, sin maldad y
recuerdan entre risas cuando en una noche de niebla, que no se veía
nada, salieron con el único visor nocturno que disponían a buscar comida
en un galpón y se terminaron perdiendo y que en lugar de comida
volvieron con sus bolsos portaequipos, a los que consideradan
extraviados.
Los primeros días en Malvinas fueron de expectativa,
pendientes de las negociaciones políticas y de la intervención del
Papa. Sin embargo, los bombardeos del primero de mayo avisaron que la
guerra había llegado, y más aún cuando se enteraron del hundimiento del
Crucero General Belgrano.
Su hermano Carlos, emocionado, luego de descubrir la placa
Ya casi al final de la guerra Walter, ese muchacho querendón, divertido, gracioso y atorrante, debió luchar con sus bajones anímicos que el joven jefe Lamadrid intentaba levantar en las largas esperas en las trincheras frías y húmedas.
Becerra cayó en la madrugada del 14 de junio,
combatiendo contra el Segundo Batallón de Guardias Escoceses, en el
sector este del Monte Tumbledown. Los soldados de la sección de Vilgré
Lamadrid, a pesar de los días de cansancio y de mal comer, mantuvieron a
raya el avance enemigo la noche del 13, hasta que las municiones comenzaron a escasear y los ingleses a multiplicarse.
Cuando
fue alcanzado el soldado Juan Domingo Horisberger, apuntador de la
ametralladora Mag, quien había dejado de disparar porque se le había
trabado, fue Becerra quien con su fusil automático pesado -un arma
parecida al Fal pero con caño reforzado para poder disparar más ráfagas
sin que se dilatase el cañón y que además llevaba un trípode en su
extremo- abría fuego a la par que cambiaba de posición, desorientando
a los británicos -”peleaban como verdaderos demonios”, dirían después-
que no lograban dar con él.
Misión
cumplida. A la izquierda Pichi Contardi y a la derecha Víctor Hugo
Iópolo, uno de los que trabajó para que la escuela llevase el nombre del
compañero muerto
Aún sabiendo que se había transformado en el principal blanco enemigo, Becerra se negó a replegarse porque quería cubrir a sus compañeros. Una hora estuvo disparando en esas condiciones hasta que lo abatieron con un lanza cohetes.
En
la familia estaban pendientes de los contingentes de soldados que
regresaban y ante la misma pregunta que se repetía una y otra vez, la
respuesta era que a Becerra no lo habían visto, búsqueda que finalizó
cuando estacionó un jeep del Ejército frente a la casa y dos oficiales
les llevaron la noticia que nunca imaginaron escuchar.
Desde 1983 sus restos descansan identificados en la tumba 15, de la fila 1 del sector B del cementerio argentino en Darwin.
El
papá falleció de un infarto dos años después, y su médico lo atribuyó a
la tristeza. Su mamá, sumida en la desesperación, solía salir de su
casa de madrugada para ir a buscar a su hijo, quien sabe dónde.
Veteranos posan junto a la directora del establecimiento
El recuerdo del Negro Guanes
Víctor Hugo Iópolo es para todo el mundo “el colorado”,
un veterano del regimiento 6, corpulento, de emoción fácil, que el
pasado noviembre cumplió 64 años. Era clase 60 pero había pedido
prórroga para terminar sus estudios de maestro mayor de obra. La vida
quiso que a diez días de irse de baja, le tocase ir a Malvinas.
Nació y vive en Moreno, y su obsesión fue que había que hacer algo por Becerra y Guanes, los dos veteranos caídos del 6 que eran de Moreno, porque como le confesó a Infobae, “de estos muchachos nadie se va a acordar”.
Trabajó
muchos años en la gráfica hasta que el médico le indicó que debía parar
y se empleó como auxiliar en una escuela de Moreno. Dice sentir un
profundo dolor mientras se señala el corazón cuando, diez días después
de haber regresado de la guerra, la mamá del Negro Guanes, que lo había
tenido de soltera, fue a su casa porque no tenía noticias de su hijo.
Iópolo sabía que Guanes, muchacho introvertido que era más de mirar que
de hablar, había sido gravemente herido en las piernas por una
bomba en las últimas horas de la guerra; que el soldado Goñi,
desentendiéndose del intenso fuego enemigo y de la tierra que no dejaba
de temblar por las explosiones, le aplicó morfina mientras se desangraba
y perdía el conocimiento; y que sus compañeros, cuyos rostros exhaustos
por el combate se iluminaban intermitentemente con las bengalas, lo rodeaban y atinaron a rezarle a la virgencita paraguaya de Caacupé, del que su amigo al que la vida se la iba era devoto; y que como no podían llevarlo con ellos, lo dejaron cubierto por una sábana blanca, que indicaba que era un soldado herido.
Terminadas las acciones se enteraron de que había fallecido, pero Iópolo no tuvo el valor de enfrentar a la mujer y contarles los detalles de los últimos minutos de su hijo
e hizo salir al padre. Ella entendió, dio las gracias y no la vio nunca
más. Iópolo iría a terapia por veinte años, porque en el fondo, él
hubiera querido que, de haber muerto en Malvinas, su madre supiera la
verdad.
Con banda militar y todo. El acto fue una revolución en el barrio, del que participaron los vecinos
La puja con el Che Guevara
Con
los años se empleó como portero en la Escuela de Educación Secundaria
N° 30 de Moreno, ubicada en el barrio 2000, a pocas cuadras del Acceso
Oeste, zona insegura pero que, en el universo de la delincuencia que
domina al conurbano, él define que ahora está más tranquilo.
No como cuando el año en que entró a trabajar, cuando manos cobardes la quemaron.
Junto a otros veteranos se desvivieron para reconstruirla, tarea que
les llevó un año. Van chicos de primero a sexto año, en dos turnos,
mañana y tarde.
Unos
doce años atrás Iópolo vio un pequeño cartelito, medio escondido, donde
se invitaba a los profesores a sugerir nombres para bautizarla. Iópolo,
quien además presidía la cooperadora y era famoso por publicar los
balances, increpó al director de entonces. Que la escuela era del
barrio, que todos los vecinos tenían el derecho de votar, y que el
cartel debía ponerlo en la entrada para que fuera visible para todos. “Yo sabía que con vos iba a tener problemas”, se quejó el director.
El apuntó el nombre de Walter Becerra, pero también hubo otros que apoyaban la candidatura de Ernesto Che Guevara, y hubo quienes optaron por Leonardo Da Vinci y otros que su memoria ya borró.
Para la selección final, el trámite se le complicó, ya que cada
postulante debía presentar un video con la justificación de por qué lo
proponía. Para los otros postulantes, fue sencillo: recurrieron a videos
publicados en youtube, pero él no sabía qué hacer. Se le ocurrió grabarlo a Fernando Pichi Contardi, gran amigo de Becerra, y luego viajó a Buenos Aires donde lo filmó a Esteban Vilgré Lamadrid, que había sido su jefe. Cada uno relató quién había sido el soldado muerto en Tumbledown.
La escuela 30 ahora tiene nuevo logo y homenajea a un caído en Malvinas
Durante una semana los alumnos tuvieron la oportunidad de ver todos los videos y Becerra ganó con el 99% de los votos. El resultado fue asentado en el libro de actas del colegio y el directivo, contrariado por el resultado, cajoneó el trámite.
Ese
director se fue, y vino una seguidilla de una interina, un profesor,
luego otra directora, y todos se desentendieron del tema. Iópolo no se
acuerda bien de ninguno de ellos.
El veterano estaba cansado.
Era mucho el desgaste de tantos años porque además era la cabeza de la
cooperadora, y a comienzos de este año renunció, si hacía cuatro o cinco
que se había jubilado. Está separado y tiene tres hijas.
En agosto, una llamada lo volvió a la vida. El vice director Pablo Roncio le dijo que la provincia había aprobado la imposición del nombre. Solo había que buscar una fecha para hacerlo realidad.
Por
los compromisos de los funcionarios municipales, se eligió el 21 de
noviembre, para hacerlo coincidir, casi con el día de la soberanía, que
es el 20.
El acto fue un tremendo alboroto de los buenos en el barrio.
Se consiguió que fuera la banda de música del Grupo 1 de Artillería
“Tomás de Iriarte”, que tiene asiento en Campo de Mayo, y el modesto
patio de la escuela se llenó de vecinos, funcionarios municipales,
provinciales y veteranos.
Iópolo,
que ese día fue abanderado, agradeció quebrado por la emoción a los
veteranos que participaron de este reconocimiento, como a Alberto “Culata” Curieses, que trabajaba en el Consejo Escolar de Moreno y ayudó mucho cuando la escuela se quemó. También estaba el coronel Mario Albérico Moyano -teniente primero en la guerra- “el papá de todos los veteranos”, y muchos compañeros del 6, que siempre se mueven como en una suerte de inquebrantable hermandad guerrera.
Estaban los Becerra, a quien se les obsequió una bandera, y su hermano Carlos participó del descubrimiento de la placa. El jefe del regimiento 6, coronel Sebastián Marincovich, envió un diploma para la escuela.
“Lo que hicimos en el colegio fue dejar una familia a nuestros compañeros”,
aseguró Iópolo. Porque en 2017 también se había cumplido con el otro
caído, cuando a la Escuela de Educación Secundaria N° 42 de Paso del Rey
pasó a llamarse Héctor Guanes.
En
la familia están más que contentos que, después de tantos años, se
hayan acordado de Walter. A la vuelta de la casa, en una placita un
monolito tiene su nombre y también hay otro en la plaza principal de
Moreno, frente a la municipalidad. Hace tiempo hubo un intento de un
concejal de ponerle el nombre a la calle donde vive la familia, pero el
edil falleció y todo quedó en la nada.
Esa noche, la de las milanesas con bombas de papa, su cuñada Mónica les preguntó si tenían miedo, y ellos respondieron que no, que los “iban a hacer pelota a los ingleses”.
En la puerta de calle fue la despedida, y la última vez que lo vieron
fue cuando cruzó la calle para tomar el colectivo 57. En un momento los
cuatro muchachos que iban a la guerra se dieron vuelta y saludaron,
pensando tal vez en un hasta luego, pero que duraría para toda la vida.
Patrullas de reconocimiento sin técnica ni doctrina
En la imagen comandos argentinos de la 602 esperando para ser interrogados en Teal Inlet.
Extracto sacado del libro "Comandos en Malvinas -La otra historia", capítulo "Análisis de las operaciones" escrito por el ignoto De Remiro Oyón
...Sin lugar a dudas podemos decir que tanto dentro del EA, como de la ARA y la FAA no existía una doctrina clara sobre el empleo de unidades de comandos en labores de reconocimiento. Increíblemente, las misiones de reconocimiento eran consideradas como secundarias y vistas incluso con desprecio dentro de las diferentes unidades y del propio curso comando. En este curso apenas se les dedicaba tiempo a tales misiones cuando, como todos sabemos, cualquier técnica se domina precisamente dedicándole tiempo y con la repetición práctica de la misma. El problema en el caso argentino es que se desconocían muchas de estas técnicas. Muestra de la visión que se tenía dentro de las unidades argentinas sobre las operaciones de reconocimiento son, por ejemplo, los comentarios del My. Rico en varias entrevistas. El comandante de las 602 alude a que sus hombres fueron malgastados en misiones de reconocimiento cuando deberían haber sido utilizados en golpes de mano contra objetivos de alto valor. Según palabras textuales de Rico, las misiones de exploración no valen la pena y, además, pueden ser realizadas por otras unidades. (222) Este trasnochado pensamiento de los argentinos respecto a las patrullas de reconocimiento y las consecuencias derivadas de él, chocan totalmente con la práctica vigente en aquellos años en las unidades de los países con experiencia y continuos conflictos como Israel o Sudáfrica o incluso las naciones de la OTAN. En estos países, las misiones de reconocimiento ocupaban en gran medida las horas de entrenamiento y los recursos de las unidades especiales, y eran apreciadas por los cuarteles generales como multiplicadores de fuerza y como un recurso de alto valor para el desarrollo de posteriores operaciones. Los países de la OTAN incluso habían establecido en 1979 una escuela internacional de adiestramiento para patrullas de reconocimiento en profundidad en la localidad de Weingarten, Alemania. Este centro tenía el propósito de mejorar procedimientos, unificar protocolos y reducir costes de formación. También la entonces URSS concedía gran importancia a las patrullas de reconocimiento. Después de Malvinas, las operaciones de los comandos argentinos se estudiaron en muchos centros de instrucción y en escuelas de todo el mundo, siendo utilizadas como modelo de lo que no había que hacer, como por ejemplo en el SWCS (Special Warfare Center and School/Escuela y Centro de Guerra Especial) John F. Kennedy norteamericano en Fort Bragg donde los errores de las patrullas argentinas estuvieron en el temario desde 1984 hasta al menos 1992. Pero fue sobre todo en Weingarten donde, gracias en parte a instructores británicos allí destinados, se conocieron y difundieron a nivel internacional los graves errores de las unidades de comandos argentinas. A partir de entonces dichos errores fueron utilizados en las escuelas y cursos comando de muchos países como ejemplos de los errores a evitar. Una vieja máxima militar dice: «El tiempo gastado en reconocimiento nunca es tiempo malgastado», algo que las Fuerzas Armadas Argentinas y sus unidades de comandos no parecieron tener muy interiorizado y tuvieron que aprender por las malas.
(222) Héctor R. Simmeoni. Malvinas Contrahistoria. Pag. 60.
Críticas a "Falta de técnica y doctrina de misiones de reconocimiento"
Este texto pretende analizar de forma crítica el desempeño de las unidades de comandos argentinas durante la Guerra de Malvinas, pero cae en un sensacionalismo didáctico y un tono casi condescendiente que no solo distorsiona la complejidad del contexto histórico, sino que también descalifica de manera excesiva sin ofrecer un análisis equilibrado o propositivo. Aunque el autor intenta abordar un tema relevante, el texto está plagado de generalizaciones, omisiones importantes y juicios poco rigurosos que lo convierten más en una diatriba que en un verdadero estudio crítico.
Para empezar, el texto abre con una afirmación categórica: que dentro del Ejército Argentino, la Armada y la Fuerza Aérea no existía una doctrina clara sobre el empleo de unidades de comandos en labores de reconocimiento. Si bien es cierto que la doctrina argentina en Malvinas presentaba notables deficiencias, esta declaración ignora los desafíos estructurales, históricos y logísticos que enfrentaban las fuerzas armadas en un conflicto para el cual no estaban completamente preparadas. El contexto de un enfrentamiento desigual frente a una potencia militar superior como el Reino Unido es relegado al margen, y el autor simplifica los problemas como si fueran el resultado exclusivo de la incompetencia o la falta de visión.
El uso de testimonios de figuras como el Mayor Rico es otro ejemplo de cómo el texto cae en simplificaciones. Rico menciona que sus hombres fueron "malgastados" en misiones de reconocimiento, y el autor utiliza estas declaraciones para reforzar su narrativa de que las fuerzas argentinas tenían una visión arcaica del reconocimiento militar. Sin embargo, no se explora si esta crítica de Rico estaba vinculada a limitaciones operativas, la falta de recursos o una estrategia impuesta desde niveles superiores. Al sacar las declaraciones de contexto, el texto refuerza su tono condenatorio en lugar de analizar las causas profundas de estas decisiones.
El autor procede a comparar la falta de preparación argentina con las prácticas de países como Israel, Sudáfrica o las naciones de la OTAN, describiendo cómo en estas fuerzas el reconocimiento ocupaba un lugar central en la formación y planificación. Si bien es cierto que las fuerzas especiales de estos países dedicaban una atención considerable a las patrullas de reconocimiento, el texto ignora que estos ejércitos operaban en contextos completamente diferentes, con años de experiencia acumulada en conflictos prolongados y una infraestructura militar y doctrinal muy superior. Contrastar estas realidades tan dispares sin considerar las diferencias en recursos, entrenamiento y experiencia histórica no es solo injusto, sino intelectualmente perezoso.
El texto también se apoya en el argumento de que las operaciones de los comandos argentinos fueron estudiadas internacionalmente como ejemplo de lo que no debía hacerse, mencionando su inclusión en el temario de centros como el SWCS de Fort Bragg y la escuela de Weingarten en Alemania. Aunque esto podría ser cierto, la manera en que se presenta denota un ánimo casi burlón, restando valor a los esfuerzos y sacrificios de los soldados argentinos que operaron en condiciones extremas. Además, no se reconoce que los errores son una fuente de aprendizaje en todas las fuerzas armadas, incluidas las más avanzadas, y que el análisis de los fracasos no invalida el coraje y la entrega de quienes estuvieron en el terreno.
Uno de los mayores problemas del texto es su enfoque superficial sobre el contexto estratégico y logístico de las fuerzas armadas argentinas. En lugar de analizar cómo las limitaciones estructurales, la falta de equipamiento adecuado y la improvisación producto de decisiones políticas de último minuto afectaron las operaciones, el autor opta por caricaturizar las fallas como simple ignorancia o desinterés. Frases como "las misiones de exploración no valen la pena" son repetidas sin un análisis crítico de las circunstancias que llevaron a esas declaraciones, reforzando un retrato injustamente unidimensional de las fuerzas argentinas.
Finalmente, el autor cierra con una sentencia que, aunque válida en el ámbito teórico, suena casi insultante en este contexto: "El tiempo gastado en reconocimiento nunca es tiempo malgastado". Si bien esta máxima militar es cierta, su inclusión como un golpe de cierre refuerza el tono condescendiente del texto, que parece más interesado en denostar que en comprender. La crítica no reconoce que el aprendizaje militar, como en cualquier disciplina, es un proceso continuo y que incluso las fuerzas más preparadas han cometido errores que luego han servido como base para su evolución.
En resumen, el texto presenta un análisis unilateral y superficial de las operaciones de reconocimiento de los comandos argentinos en Malvinas. Aunque señala problemas reales, lo hace con un tono despectivo que carece de empatía y profundidad. También exige que las tropas comandos, que debutaban en combate luego de haber sido creadas menos de cuatro años antes, se comportaran al nivel de los Boinas Verdes o SAS, que ya llevaban decenas de campañas al hombro. Una verdadera crítica debería abordar las limitaciones sistémicas, el contexto del conflicto y las decisiones estratégicas con mayor equilibrio, reconociendo tanto las fallas como los esfuerzos de quienes estuvieron en el terreno. Finalmente, este texto escrito por extranjeros, hablando de "los argentinos" en tercera persona, no hace más que reflejar su funcionalidad operativa como un simple panfleto de propaganda británica con el fin de menospreciar el rendimiento de las fuerzas argentinas que con muy poco hicieron lo que pudieron. Este texto, lamentablemente, se limita a juzgar desde una posición de superioridad, sin ofrecer un análisis completo ni soluciones constructivas.
El libro no es más que un producto de agentes probritánicos tendientes a disminuir el enorme valor de las tropas de fuerzas especiales en el conflicto. Sería supinamente idiota tomarlas como críticas válidas o insesgadas. Simplemente otro producto de la enorme campaña realizada por la inteligencia británica para desmerecer y desincentivar el reclamo de los derechos argentinos sobre nuestras islas.
En la foto comandos de la 601 operando en la zona de San Carlos a plena luz del día.
Extracto sacado del libro "Comandos en Malvinas -La otra historia", capítulo "Análisis de las operaciones". Libro disponible en papel y e-book en Amazon. Recomiendo estrictamente NO COMPRARLO.
Todos hemos leído innumerables veces que el gran error de los comandos argentinos en Top Malo fue ingresar en la casa para pasar la noche. ¿Pero que hubiera pasado si nadie los hubiera visto entrar? ...Pero si los comandos argentinos de la 602 cometieron un error digno de pasar a la historia y que sobresale sobre todos los demás fue el de ponerse a marchar nada más ser dejados por los helicópteros, es decir a plena luz del día. Una vez en tierra, el tremendo error de volar durante la mañana ya no tenía solución, pero comenzar a moverse hacia la cima del monte Simon nada más descender de los helicópteros fue sin duda alguna un acto casi suicida, desde luego inconsciente y que deja bien a las claras que estos hombres no tenían la más mínima idea de lo que hacían. El terreno de Malvinas, compuesto principalmente por colinas y llanuras sin vegetación, propiciaba la observación a distancia. Esto permitía a los observadores británicos, ocultos en las ventajosas posiciones de sus OP y equipados con telescopios, vigilar el terreno a muchos kilómetros de distancia a su alrededor. Una vez en tierra, una alternativa que Vercesi podría haber escogido como un mal menor hubiese sido permanecer inmóviles. Los hombres podrían haberse ocultado lo mejor posible en espera de la noche confiando en que su infiltración hubiese pasado desapercibida o esperando que si los británicos los habían detectado no tuviesen tiempo de reaccionar contra ellos. Pero, ¿moverse durante el día? ¿En un terreno como Malvinas? ¿Y, además, ascendiendo una altura? Es un comportamiento totalmente irracional y que unos verdaderos comandos nunca hubieran llevado a cabo, menos en una situación de claro dominio británico como el que ya existía. Pero para saber esto no hacía falta ser un comando. Un simple soldado de conscripción realizando su servicio militar, si ha prestado atención en sus clases teóricas sabe que eso no se puede hacer. Ni siquiera hace falta ser militar solo hay que tener un poco de lógica, un niño de ocho años que habitualmente juegue al escondite, es capaz de entender que si no quieres que te vean en un terreno despejado y con luz, simplemente no debes moverte. Para un observador británico escondido entre las rocas de alguna colina que escaneaba concienzudamente el terreno a su alrededor, un hombre cargado avanzando por los turbales de Malvinas, sin importar el camuflaje que llevara, resaltaba como un punto negro entre los colores principalmente suaves de los páramos de turba de Malvinas. Si la distancia era excesiva, el observador no estaba concentrado o estaba ya cansado, existía la remota posibilidad de que no fuera localizado. Pero si a este hombre cargado, le añadimos doce más y encima les hacemos ascender un monte o una colina o descender de ella y, además, sobre la nieve, como hicieron el día 30, la marcha de los comandos de la 1ª Sección de la 602 fue prácticamente como encender un mechero en una habitación a oscuras, algo así como decir: «¡Eh, chicoooos, aquí estaaamoooos!». Esta inconsciente práctica fue algo normal entre las patrullas del GOE, la 601, la 602, la APCA y la APBT.
Una crítica al “error de los errores”: cuando la arrogancia editorial supera al análisis militar
El extracto de “Comandos en Malvinas – La otra historia”, capítulo “Análisis de las operaciones”, pretende ser un examen táctico de las acciones argentinas en Malvinas. Es un "libro" escrito por un frilojero, un chicano o boricua que dice haber servido en la fuerzas especiales de EE.UU. pero que no presenta ninguna prueba de ello excepto sus ganas de ser blanco. En lugar de brindar una lectura analítica, se convierte rápidamente en un desfile de superioridad moral ex post facto, plagado de condescendencia, simplismos y analogías de jardín de infantes. Lo que podría haber sido una contribución crítica valiosa se transforma en un acto de autosatisfacción editorial, una especie de "yo lo hubiera hecho mejor" desde la comodidad del escritorio.
¿Errores hubo? Por supuesto. Pero este texto no analiza errores: los ridiculiza. No los contextualiza: los infantiliza. Llamar a decisiones tomadas en condiciones de extrema presión “un comportamiento totalmente irracional” sin un gramo de comprensión sobre las variables del terreno, la información incompleta, la moral de la tropa y la dinámica de la guerra real es, en sí mismo, un error monumental. ¿Y qué hace el autor? Lo amplifica con un tono burlón, como si estuviera criticando a un equipo juvenil de paintball. Más aún, considera que los comandos argentinos, que debutaban en combate en este conflicto, debieran haber aprendido de la guerra de Afganistán en 2004...
Comparar el accionar de comandos entrenados con “un niño de ocho años que juega a las escondidas” no es sólo pueril: es ofensivo. No para los comandos, que al menos estuvieron allí, sino para el lector con mínima capacidad crítica que exige más que analogías de recreo escolar. ¿Dónde está el análisis táctico real? ¿Dónde la comprensión de la estructura de mando, del contexto estratégico, de la doctrina operativa bajo la que actuaban esas unidades? Nada. En cambio, el autor prefiere disparar adjetivos y hacer piruetas de sarcasmo, como si eso sustituyera al pensamiento riguroso.
El tono omnisciente del texto tampoco ayuda. Se nos presenta como verdad revelada que los hombres "no tenían la más mínima idea de lo que hacían", como si una patrulla bajo fuego enemigo, en un entorno hostil, con medios limitados, tuviera el lujo de detenerse a considerar el juicio de un autor que escribe cuarenta años después, con mapas, informes desclasificados y Google Earth a su disposición.
¿Y qué decir del tratamiento hacia la figura de Vercesi? Se lo convierte en un chivo expiatorio perfecto, el villano torpe de una narrativa que necesita sí o sí a un culpable claro. Porque, claro, siempre es más fácil señalar desde el futuro que entender las decisiones en su propio presente. Se le pide a los comandos que actúen cómo si las restricciones operativas del terreno y de las fuerzas argentinas no funcionaran con ellos.
En definitiva, el texto no busca explicar. Busca sentenciar. No analiza: se burla. Es una crítica sin humanidad, sin historia y sin honestidad intelectual. Una oportunidad desperdiciada de iluminar un episodio complejo, convertida en una caricatura arrogante que no honra ni el oficio del análisis ni la memoria de quienes combatieron. Muchachos del MI6, ya estamos grandes para estas operaciones de desmalvinización. A ver si cambian el formato: los comandos argentinos hicieron correr a los Royal Marines (Puente Murrell), combatieron y mataron a miembros del SAS (Gran Malvina), todo eso en su debut operacional. Combatan a los inmigrantes musulmanes que pronto no van a tener más país al que hacerle propaganda.
No pasa una semana sin que uno tenga que asombrarse de la
liviandad con que funcionarios y políticos argentinos, de toda laya,
afiliación y jerarquía, actuan en temas referidos a nuestra soberanía
sobre las Islas Malvinas. ¿Cinismo o ignorancia? Siendo
benévolos y pensando en la segunda variante ¿será que se cumple aquella
máxima de que uno no puede amar lo que no conoce? ¿Y que dichos
funcionarios y políticos necesitan un breve curso sobre lo que fue
nuestra noble y justa guerra del 82? ¿Algo así, quizá, los pueda
conmover y empuje a reconsiderar?
LA RECUPERACION
La recuperación de las Islas Malvinas se llevó a cabo de manera incruenta para las tropas británicas en el llamado Operativo Rosario, aunque la misma le costó la vida al capitán Pedro Giachino, el primer héroe de la Gesta, quien a pesar de estar mortalmente herido hizo rendir al gobernador Rex Hunt.
A todas luces la Junta Militar había caído en la trampa, tendida por
Gran Bretaña con ayuda del Pentágono, de que podía hacer una suerte de “toco y me voy” para después sentarse a negociar. Lejos de eso, la intención de la primera ministra Margaret Thatcher
era provocar a la Argentina para tener un “casus belli” que sirviera de
justificación a una nueva invasión británica y al establecimiento de la
Fortaleza Falklands en el archipiélago.
Hay que recordar que en 1982 la OTAN ya no tenía ninguna base militar
en el Atlántico Sur, que pudiera servir de contrapeso a la creciente
presencia de la flota soviética en esas aguas, y necesitaba asegurarse a
futuro la explotación de petróleo en la zona, el control del cruce
interoceánico y sobre todo la proyección a la Antártida, último gran
reservorio de minerales y agua dulce del planeta.
La Junta Militar nunca había pensado en ir a una guerra contra la OTAN
pero, como intento de disuasión, ante la zarpada de una poderosa flota
británica, comenzó a enviar tropas a las islas -con armamento
incompleto- a la espera de que las Naciones Unidas pararan el conflicto
bélico. Durante todo el mes de abril se montó un impresionante puente
aéreo entre el continente y el archipiélago, que se ha llegado a
comparar por su magnitud con el puente aéreo de los Aliados a Berlín,
después de finalizada la Segunda Guerra Mundial.
EL 1° DE MAYO
Tras establecer un cerco en torno a las islas, la aviación británica
atacó la Base Aérea Malvinas, bombardeándola con bombas de mil libras y
bombas de fragmentación tipo Beluga en la madrugada del 1° de mayo, con
aviones Vulcan y Sea Harrier. La eficaz respuesta de la artillería
antiaérea consiguió derribar varias de esas máquinas, evitando así que
quedara fuera de servicio el aeropuerto. De hecho, a pesar de que la
pista fue el blanco principal de los británicos, que durante todo el
conflicto estuvieron bombardeándola hasta tres y cuatro veces por día,
nunca lograron su objetivo. Siguió operativa hasta el último día del
conflicto, permitiendo que aterrizaran en ella los aviones Hércules de
la Fuerza Aérea y los Fokker de la Armada, trayendo abastecimiento y
armamento y evacuando heridos.
Ese día 1° de mayo la Fuerza Aérea atacó a las fragatas británicas, causándoles daños y también se enfrascó en las llamadas “peleas de perro”
con los aviones Harrier británicos, muy superiores en tecnología y
armamento, ya que los Estados Unidos los habían provisto con los misiles
Sidewinder L, de última generación. A propósito, el entonces Secretario
de Marina de los Estados Unidos, John Lehman declaró que sin esos
misiles el Reino Unido habría perdido la guerra.
La Argentina contaba con cinco aviones ultramodernos, los Super Etendard, con sus respectivos misiles Exocet, pero la mayoría de los aviones de la Fuerza Aérea eran de la década del 50, los Skyhawk A4.
Sin embargo, sus pilotos, conocidos como los Halcones, suplieron esos
30 años de diferencia en tecnología con pericia, coraje y mística
religiosa, diezmando a la flota del Reino Unido. Sorprendido, el jefe de
la Task Force, almirante Sandy Woodward, anotaba en su diario (que luego fue editado como libro bajo el título ‘Los cien días’): “Si me preguntan quienes están ganando la guerra, nosotros ciertamente no somos”.
Y en otro pasaje comenta que le quedan solamente tres buques operativos
(había zarpado de Gran Bretaña con más de cien unidades, entre buques
de guerra y logísticos).
Finalmente, el día 13 de junio, después de enumerar todas las bajas que los Halcones le habían causado a la flota, escribe: “Si los argentinos pudieran soplarnos, nos caemos”.
Y justamente el 13 de junio el general Menéndez, jefe de la Guarnición
Malvinas y gobernador militar, decide rendirse, tras mostrar durante
todo el conflicto una asombrosa pasividad. Lo hace cuando a los
británicos ya se les estaban acabando los pertrechos, por cuanto un
avión Super Etendard de la Armada Argentina les había hundido el
portacontenedores militar Atlantic Conveyor.
Después de la guerra se publicó un “paper” de la Inteligencia británica donde se habla del “factor Genta”
en la guerra de Malvinas. Allí se explica que los cadetes de la Escuela
de Aviación Militar habían sido formados en las enseñanzas de este
filósofo nacionalista católico, asesinado por la guerrilla marxista en
1974, que los había imbuido de la mística que les permitió tener un
desempeño tan eficaz en el conflicto.
HUNDIMIENTO DEL BELGRANO
La embajadora de los EE.UU. en la ONU, Jeanne Kirkpatrick,
estaba haciendo denodados esfuerzos en conjunto con el presidente del
Perú y el Secretario General de la entidad, para detener la guerra, y
prácticamente se estaba por acordar un cese de fuego, pero a fin de
frustrarlo y continuar con la guerra, Margaret Thatcher ordenó hundir el crucero General Belgrano, que estaba navegando de regreso al continente. Ya no habría marcha atrás.
Tras el hundimiento del Belgrano, la Armada retiró a la flota de mar
del teatro de operaciones, a tal punto que el único de sus navíos que en
Malvinas entró en combate, fue el pequeño aviso Sobral, que audazmente
ingresó en aguas dominadas por los británicos para tratar de rescatar a
dos pilotos derribados de la Fuerza Aérea.
Atacado por helicópteros artillados, presentó combate a pesar de la
inferioridad de su armamento y sufrió numerosas bajas comenzando por su
comandante, el capitán Gómez Roca, pero no se entregó y
logró arribar al continente (en las Georgias había llegado a entrar en
combate la corbeta Guerrico). De esta manera quienes salvaron el honor
de la Armada en Malvinas fueron los aviadores navales, algunas
fracciones de la Infantería de Marina, el submarino San Luis y las
tripulaciones de ciertos buques mercantes.
Dos días después del hundimiento del Belgrano llegó el contragolpe de la Aviación Naval. Aviones Super Etendard atacaron y hundieron al Sheffield, el buque más moderno y sofisticado de la flota británica.
De ahí en adelante se sucedieron ataques de aviones de la Fuerza
Aérea que salían del continente y que debían volar a ras del agua, para
no ser captados demasiado temprano por los radares del enemigo, luego
atravesar el erizo de fuego defensivo de las fragatas, descargar las
bombas en el puente de las mismas y hacer el escape con una cantidad
mínima de combustible, perseguidos además por los Harrier con su
armamento tan superior.
DESEMBARCO BRITANICO
Recién el 21 de mayo los británicos se animaron a desembarcar y lo
hicieron en San Carlos, lugar que oficiales de Inteligencia argentinos
habían identificado como probable. Sin embargo, el general Menéndez solo
había mandado 60 hombres a la zona. Encabezados por el teniente primero
Carlos Daniel Esteban, estos soldados enfrentaron el
desembarco de unos 2500 británicos y derribaron tres helicópteros antes
de replegarse hacia Puerto Argentino.
Alertados por el teniente de navío Owen Crippa, que
en la mañana del 21 de mayo atacó con su avión de entrenamiento
AerMacchi a toda la flota británica en el estrecho de San Carlos,
averiando a la fragata Argonaut, desde el continente comenzaron a llegar
oleadas de cazabombarderos de La Fuerza Aérea y la Aviación Naval que
sometieron a un feroz castigo a la flota británica, hundiendo varios
buques y averiando a otros.
Desde San Carlos, los británicos emprendieron la marcha hacia la
localidad de Darwin-Pradera del Ganso, donde funcionaba la Base Cóndor
de la Fuerza Aérea y estaba desplegado el Regimiento 12 de Infantería y
fracciones de los Regimientos 8 y 25, está última al mando del teniente Roberto Estévez.
A todo esto, los Halcones seguían asediando a la flota británica,
causándole ingentes daños. Así, por ejemplo, el 25 de mayo el primer
teniente Mariano Velasco hundió al destructor Coventry y los pilotos
Pablo Carballo y Carlos Rinke pusieron fuera de combate a la fragata
Broadsword. El general Menéndez, en cambio, persistía en su actitud pasiva.
Había enterrado a unos 8.000 soldados alrededor de Puerto Argentino, en
pozos de zorro inundados y con insuficiente alimentación, ya que había
prohibido que se carnearan las centenares de miles de ovejas que había
en las islas. Tampoco había cambiado de dirección la cuña defensiva que
apuntaba hacia el mar, cuando los británicos avanzaban por tierra.
Solamente salían a buscar al enemigo las compañías de comandos. Fueron
las únicas unidades que tomaron prisioneros, y que capturaron una enseña
británica. Además fueron las fracciones que proporcionalmente más bajas
tuvieron.
El dia 27 de mayo los británicos comenzaron a atacar las posiciones argentinas en Darwin-Pradera del Ganso.
Se habían jactado que a las 5 de la tarde ya estarían tomando el té de
la victoria, pero los combates finalizaron recién el 29. En los mismos
se destacó la Sección del teniente Roberto Estévez, que
contraatacó y detuvo a las fuerzas británicas – superiores en número –
durante cinco horas. Aún herido, Estévez siguió comandando, combatiendo y
cuidando a sus soldados conscriptos hasta que cayó muerto. También se
distinguió en las acciones el subteniente Juan José Gómez Centurión, quien abatió a un teniente de paracaidistas y rescató, internándose detrás de las líneas enemigas, a un suboficial herido.
Uno de los hombres de Estévez, el conscripto Oscar Ledesma, de 18 años, abatió en un mano a mano al jefe de los paracaidistas británicos, el teniente coronel Herbert Jones. Su accionar, como el de muchos otros soldados conscriptos, echa por tierra el mito de los “chicos de la guerra”, mote infamante endilgado a nuestros soldados a fin de sugerir que no eran aptos para el combate y solamente dignos de lástima.
Asimismo se destacó en el combate el subteniente Claudio Braghini,
que amén de haber derribado aviones Harrier, utilizó los cañones bitubo
de su batería antiaérea para arrasar a la infantería enemiga.
El teniente coronel Italo Piaggi rindió la
guarnición el 29 de mayo, pero los británicos nunca más volvieron a
atacar a la luz del día, como lo habían hecho en esta oportunidad, por
la cantidad de bajas que sufrieron.
Al tiempo que continuaba la batalla aeronaval, los británicos
marchaban por tierra hacia Puerto Argentino, pero el 8 de junio
intentaron realizar un desembarco de tropas en Bahía Agradable. Una
escuadrilla de la Fuerza Aérea comandada por Carlos Cachón atacó al
enemigo en el momento justo del desembarco, causando estragos entre los
buques y los soldados, a tal punto que los propios ingleses calificaron
ese 8 de junio como “El día más negro de la flota británica”. El general
Menéndez, que aún disponía de 12 helicópteros en condiciones de
transportar tropa, no hizo nada para rematar el desembarco, a pesar de
la corta distancia entre Puerto Argentino y Bahía Agradable.
A partir del 9 de junio se intensificaron los combates en los montes aledaños a Puerto Argentino. En el monte Dos Hermanas se destacó por su valentía y eficacia la fracción encabezada por el subteniente Marcelo Llambías, y en el monte Harriet, el teniente primero Jorge Echeverría,
un oficial de Inteligencia sin mando de tropa, organizo la resistencia e
incluso realizó un contraataque, antes de caer herido por cinco
impactos.
La superioridad numérica del enemigo hizo imposible retener esos
montes, aunque en las cercanías había varios regimientos argentinos –el
3, el 25, el 6 – que prácticamente nunca entraron en combate (salvo
algunas de sus fracciones pequeñas). El general Menéndez, haciendo gala
de su sempiterna pasividad no los movilizó.
La batalla clave se produjo en la noche del 11 al 12 de junio por el control del Monte Longdon,
defendido por el Regimiento de Infantería 7 y pequeñas fracciones de
otras unidades. El encarnizado combate duró once horas, destacándose el
contraataque realizado por la Sección del teniente Raúl Castañeda,
que estuvo a punto de desalojar a los británicos. Pero al no recibir
apoyo por parte de otros efectivos, el Monte Longdon quedó en manos
enemigas.
A partir de ahí fue central el accionar de la artillería argentina
para contener el avance británico. Como ejemplo cabe citar que la
Batería A del Grupo de Artillería 3, comandada por el teniente primero Luis Caballero, disparó sus cañones Oto Melara de 105 mm durante 60 horas seguidas, hasta agotar munición.
El 13 de junio una escuadrilla de la Fuerza Aérea, encabezada por el capitán Carlos Varela atacó audazmente el puesto comando británico en tierra, causando numerosas bajas y obligando al máximo jefe enemigo, general Jeremy Moore, a tirarse en una zanja para salvar su vida.
Esa misma noche se produjo el contraataque en Wireless Ridge del teniente primero Víctor Hugo Rodríguez,
al mando de dos Secciones del Regimiento 3. Y en el monte Tumbledown
resistió durante diez horas el embate de fuerzas inglesas superiores en
número en una relación de uno a diez, la Cuarta Sección de la Compañía
Nácar del Batallón de Infantería de Marina 5, al mando del teniente de
corbeta Carlos Daniel Vázquez. El grueso de esa unidad nunca fue empeñado en combate de infantería por su jefe, el capitán Carlos Robacio. Sólo lo hicieron pequeñas fracciones como la de Vázquez y del guardiamarina Alejandro Koch en el Monte Sapper.
El 14 de junio a la mañana el general Menéndez se rendía, sin
haber dado nunca una orden de ataque o contraataque. El cese de fuego
tuvo lugar a las 10 de la mañana. La guerra había terminado, a pesar de
que la Fuerza Aérea quería seguir combatiendo.
Los 632 soldados argentinos caídos en el conflicto son los centinelas
garantes de que el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas nunca
será abandonado por la Nación. ¿Entenderán finalmente los funcionarios y políticos argentinos que la sangre derramada no se negocia?
Un veterano de Malvinas ondea la bandera argentina en el cementerio de Darwin, donde yacen más de 200 soldados FELIPE TRUEBA - EFE
“La banalidad del mal” fue la frase acuñada por Hannah Arendt en su libro Eichman en Jerusalén
donde aborda el juicio al genocida y ahonda en su personalidad,
destacando la ausencia de rasgos criminales o antisemitas en el
condenado y atribuyéndole su accionar al deseo de ascenso de un simple
burócrata. Bien podría aplicarse dicha expresión a la insistencia de
algunos fiscales del fuero federal que continúan peticionando la
calificación de lesa humanidad para hechos de supuesto maltrato a
conscriptos en la guerra de Malvinas.
El fiscal de Río Grande, Marcelo Rapoport, pidió la detención de 10 militares por supuestos hechos registrados en 1982. Afirma que “las torturas en Malvinas fueron una práctica generalizada a la que fueron sometidos los conscriptos”.
La
gran mayoría de los casos denunciados que se pretende encuadrar dentro
de esta categoría involucran inmovilización y “estaqueamientos” –o
“calabozo de campaña”– del subalterno ante actos de grave indisciplina,
insubordinación, robos o de cobardía, como modalidad del arresto o
sujeción ante la inexistencia en el terreno de un establecimiento donde
mantener prisionero al infractor.
Los denunciantes y el fiscal invocan esa calificación con el indisimulable propósito de burlar la prescripción de hechos supuestamente acaecidos hace más de 40 años, garantía que no opera para los delitos definidos en el Estatuto de Roma como de “lesa humanidad”. La prescripción es una institución nacida del Derecho Romano
hace más de 20 siglos que impide accionar judicialmente cuando hubiere
transcurrido un determinado lapso fijado por las leyes. Actúa para dotar
de orden y celeridad a los procesos judiciales y como garantía
individual ante persecuciones injustas o irrazonables. Las primeras
denuncias sobre maltrato en Malvinas se radicaron 25 años después de los hechos,
cuando ya había operado la prescripción, violando también la garantía
que asiste a los acusados de ser juzgados en plazo razonable.
Los
primeros juicios por crímenes de lesa humanidad se celebraron en 2006
tras la reapertura de las causas ligadas a delitos cometidos por agentes
estatales en la lucha armada de los 70. Estos fallos contra militares y
fuerzas de seguridad dieron lugar al fabuloso
negociado de millonarias indemnizaciones repartidas por el gobierno a
cualquier persona que alegara haber sido víctima de brutalidad policial o
militar antes o durante la última dictadura militar, en muchos casos sin probanzas y en otros en juicios amañados que se prolongan aún en el presente, como el denominado “Subzona III” iniciado días atrás en Mar del Plata.
Agrupados
en organizaciones de excombatientes, apoyadas por el gobierno
kirchnerista, y acompañados por las tan ideologizadas como cuestionadas
organizaciones de derechos humanos argentinas, con su carga de odio y
venganza hacia las Fuerzas Armadas, los reclamantes sostienen que los
hechos constituyeron una continuidad de los métodos ilegales con que las
FF.AA. reprimieron el terrorismo guerrillero. La descabellada
afirmación parte de considerarlas una organización delictiva, una
cuestión que ya abordamos en otras columnas editoriales al mencionar que
la Corte Suprema de Justicia había determinado la improcedencia de la apertura de una causa penal por hechos de hace cuatro décadas.
Entre
las sustanciales diferencias que vuelven inadmisibles, por absurdos,
esos argumentos. la más notoria es que en los casos hoy planteados falta la clandestinidad.
A diferencia de los métodos por los que fueron condenados los
comandantes del Proceso, los arrestos en Malvinas obedecieron a órdenes
emanadas de superiores perfectamente identificados y, en todos los
casos, fueron la respuesta ante actos de indisciplina o delitos
cometidos por subalternos, contemplados en los reglamentos militares y
agravados por haber ocurrido en un escenario de guerra.
Seguir
invocando la figura de delito de lesa humanidad es sumarse a una
peligrosa moda adoptada irresponsablemente por distintos agentes para defender una tan perversa como redituable matriz.
El artículo 7° del Estatuto de Roma establece claramente que para que
el homicidio, la tortura o una privación ilegal de la libertad pueda ser
considerada delito de lesa humanidad debe haber sido cometida “como
parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil
y con conocimiento de dicho ataque”. Las supuestas víctimas de los
hechos bajo investigación denunciados en Malvinas no eran “población
civil”, sino ciudadanos sujetos normativamente al estado militar en tiempos de guerra.
Hannah
Arendt usaría la frase del comienzo para destacar los procederes de
quien seguía órdenes y daba instrucciones sin reflexionar sobre sus
consecuencias. En esta banalidad ha caído el representante del Ministerio Público Fiscal,
que insiste en su ilegal postura hacia oficiales y suboficiales de las
FF.AA. combatientes en las islas, postura que fue acompañada en su
momento por las secretarías de Derechos Humanos nacional y de la
provincia de Buenos Aires.
Es de
esperar que el procurador general de la Nación y las máximas autoridades
de ambas secretarías de Estado instruyan a sus subordinados para que cesen en este peligroso extravío lógico, ideológico y jurídico,
detrás del cual se esconden nefastas intenciones que nada tienen que
ver con el ideal de justicia y, mucho menos, con el Derecho que nos
rige.
Operación desmalvinización: pedir perdón por recuperar lo propio y deconstruir al héroe
Malvinas no es sólo un hecho del pasado. El conflicto por la soberanía perdura, y la batalla cultural también. Londres lo sabe
Por Pablo Yurman || Infobae Profesor, director del CEHCA
Evocar Malvinas y la gesta de su recuperación el 2 de abril de 1982 no significa referirse sólo a un hecho del pasado.
El operativo militar y las acciones bélicas cesaron el 14 de junio de
aquel año, pero el conflicto por la soberanía, y la guerra en un sentido
amplio, continúan.
El gobierno británico, presidido entonces por Margaret Thatcher, lo entendió rápidamente y esa es la razón por la cual el mismo día del cese al fuego en Puerto Argentino comenzó a desplegar una forma distinta de guerra para la cual ya no serían necesarias las naves, aviones, soldados y mercenarios extranjeros a su servicio.
Comenzaba
la desmalvinización, es decir, lograr que la versión oficial del
Foreign Office sobre la cuestión Malvinas fuera adoptada y repetida
hasta el hartazgo por la mayor cantidad de argentinos que fuera posible
reclutar para la faena. Si hubo una Task Force (Fuerza de Tareas)
con objetivos militares enviada desde Inglaterra a un costo
elevadísimo, tanto humano como presupuestario, debía luego entrar en
operaciones una Task Force que tuviera a los propios argentinos como mano de obra. Porción minoritaria entre nosotros, compuesta por los sucesores ideológicos de aquellos criollos anglófilos de 1806 y 1807, pero dotada de resortes de poder que le otorgan una visibilidad desproporcionada.
Multiplicación
de encuentros amistosos y entusiastas del ex embajador británico en la
Argentina, Mark Kent, con políticos locales
Por
desmalvinización entendemos la aceptación a-crítica y sumisa, por una
parte minoritaria de los argentinos, de la versión oficial británica
sobre el sentido del 2 de abril de 1982. En el ámbito cultural,
entendido como toda producción formadora de sentido social respecto de
un hecho, empezó con producciones cinematográficas como la película Los Chicos de la Guerra de mediados de la década de 1980. Y continuó en
el ámbito mediático con contertulios y opinólogos de turno repitiendo
una fraseología sin hondura analítica, sin rigor probatorio y huérfana
de un marco histórico de referencia que permitiera entender adecuadamente los hechos.
Según Inglaterra, Malvinas habría sido una anomalía en la relación tradicional entre ambos países, un “manotazo” pergeñado por un militar borracho, a
lo que desde el inicio se glosó una serie de razonamientos por el
estilo que son parte de la verbosidad desmalvinizadora. Pero la historia
nos enseña otra realidad bien distinta. El pueblo argentino, no sus
circunstanciales autoridades, humilló a los británicos en las calles de
Buenos Aires en 1806 y 1807. Algo impensable para las tropas de Su Majestad Británica.
La rendición de Beresford ante Liniers, el 27 de junio de 1807
Por si fuera poco, tras
un largo bloqueo entre 1845 y 1850, los ingleses debieron marcharse no
sin antes reconocer en el papel la soberanía argentina sobre los ríos
interiores de la Confederación. Incluso un hombre de la Generación de 1880, Julio A. Roca, desalojó a los pobladores británicos que se habían establecido en lo que hoy es Ushuaia, garantizando
de ese modo la presencia argentina en el extremo Sur continental; a lo
que debe sumarse que durante su segundo gobierno impulsó la instalación
de bases argentinas en la Antártida. No debe olvidarse que la
cuestión de la soberanía sobre las islas no se reduce al archipiélago
austral, sino a toda una porción marítima rica en recursos, y al sector
antártico. En suma, para los gobiernos británicos, demasiado
acostumbrados a que el mundo marchara según sus dictados, resultaba
inadmisible que en este remoto rincón del planeta hubiera un pueblo que
recurrentemente le hiciera semejantes desplantes.
Por eso el 2 de abril la inmensa mayoría de los argentinos saludaron la recuperación de una porción de territorio que por derecho nos pertenece.
Y el pueblo distinguía muy bien la gesta de recuperación -con todo su
significado- de los que circunstancialmente detentaban el poder. Una
enorme pancarta en Plaza de Mayo con la inscripción “Malvinas sí, Proceso no” así lo atestiguaba.
Tampoco el pueblo argentino en su mayoría creía, a diferencia de cierta
intelectualidad despistada, que a la primera ministro británica
Margaret Thatcher le interesara que recuperáramos la democracia.
"Malvinas
sí, Proceso no": los manifestantes distinguían la gesta de recuperación
de quienes circunstancialmente detentaban el poder
Malvinas, por otro lado, permitió a los argentinos volver
la mirada a esa inmensidad cultural que era la comunidad de pueblos
hispanoamericanos, a la que se nos había enseñado a desdeñar o, en
el mejor de los casos, a ignorar. Las embajadas y consulados nacionales
en Perú, Venezuela, México, Bolivia, entre otros sitios, fueron testigos
del ofrecimiento de miles de jóvenes como voluntarios para luchar al
lado de nuestros soldados en una gesta que adquiría contornos
continentales.
Como señala la investigadora
María Sofía Vassallo (Observatorio Malvinas, UNLa) “la actualización de
la tradición histórica en la acción popular es la que convierte la mezquina maniobra de un dictador en una misión colectiva anticolonial, con gran potencial movilizador; Inglaterra lo sabe desde el primer momento.”
Por
ese motivo, Londres comprendió que no podía cruzarse de brazos a la
espera de que los argentinos hiciéramos, y enseñáramos a las nuevas
generaciones, nuestra propia versión sobre lo sucedido en 1982.
El hundimiento del Sheffield
Tras largas décadas de discurso cuasi-oficial, y a veces hasta oficial, por el que según sus voceros deberíamos hasta pedir perdón por haber recuperado lo que nos pertenece, asistimos últimamente al vergonzoso espectáculo de ver atacada la figura misma de los héroes que dieron su vida por la Patria.
Según
el sofisma, si no hubo gesta del pueblo argentino, entonces no hubo
héroes, sino pobres chicos engañados y manipulados, mandados a una
muerte sin sentido. Dado el sentido profundamente evocativo, e imitativo
que suscita la figura del héroe de Malvinas, se impone su “deconstrucción”, es decir, eliminarlo de la memoria popular y rebajarlo a la categoría de víctima.
Un guion elaborado en Londres. Como señala Vassallo, “el modelo de las
víctimas, despoja a los combatientes de protagonismo, y los cristaliza
en la minoría de edad. Este modelo de víctimas apunta a destruir el
concepto de héroes.”
Quienes niegan carácter de héroes a los soldados que ofrendaron sus vidas por un ideal trascendente son los mismos a los que parecen no incomodarles las numerosas muertes de nuestros jóvenes de hoy en día. No se los ve rasgándose las vestiduras por los jóvenes que mueren por la inseguridad, o por consumo de drogas o por grescas callejeras
fruto del consumo desmedido de alcohol y otras sustancias. Mucho menos
se interesan por la suerte de las jóvenes vidas arrancadas
cotidianamente por el narcotráfico, siendo los “soldaditos” que
custodian los búnker de venta de estupefacientes peones intercambiables
por quienes lucran con ese nefasto negocio. El narcotráfico ejecuta
un verdadero genocidio silencioso de nuestra juventud ante la total
indiferencia de la llamada clase dirigente.
Tejiendo para los soldados de Malvinas
Es para meditar profundamente el
aborrecimiento visceral que esos sectores -intelectuales, académicos,
mediáticos y políticos- exhiben por aquellos soldados de la Patria que
dieron su vida por valores superiores y trascendentes. Y al mismo tiempo su silencio e indiferencia ante tanta muerte de jóvenes, realidad que hoy mismo campea a sus anchas. A no engañarse. Lo
que no toleran, porque les resulta incomprensible, es que hubiera en
nuestra historia reciente miles de jóvenes capaces de anteponer valores
espirituales, de trascendencia y de sentido profundo de la vida, a los
valores materiales. Su memoria es el faro testigo de que ningún joven
está condenado a vegetar en un cuadro desconsolador de hedonismo
consumista, sino que todos son capaces de darle sentido profundo a la
existencia.