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domingo, 22 de marzo de 2026

Soldado Horacio Echave: Su muerte, homenaje y dolor de su madre



La conmovedora historia de la madre de un soldado caído en Malvinas: cómo fue el día que visitó su tumba en Darwin

Nélida murió dos días antes de finalizar el 2024. Antes, pudo identificar el cuerpo de Horacio Echave y visitar las islas. El relato de la despedida del soldado que viajó a las islas desde Mercedes. El abrazo final y la angustia por la falta de información

Por Adrián Pignatelli || Infobae
Nélida Montoya, mamá del soldado Echave, cerrado un capítulo frente a la tumba de su hijo, cuyos restos fueron identificados en 2017 (Familia Echave)

A los Echave, Malvinas los golpeó de la peor forma. Las hermanas de Horacio recuerdan perfectamente aquella noche cuando a punto de cenar asado al horno con papas paró un jeep del ejército en la puerta de la casa y dos militares les comunicaron que Horacio estaba desaparecido. Quedaron grabados los gritos de desesperación de Nélida, que no entendía lo que pasaba y no concebía cómo no podían darle precisiones de lo que había pasado en Malvinas con su Horacito, su hijo mayor, que ella no pretendía ningún reconocimiento ni medalla, que solo lo quería de vuelta con ella.

El ritual se repetía cada vez que Horacio debía regresar al regimiento de infantería 6, donde hacía el servicio militar. Los padres y hermanos lo acompañaban caminando hasta la parada del ómnibus, y lo que recuerda su hermana Analía, que entonces tenía siete años, es que siempre iba sonriente y que antes de subir al micro, se daba un abrazo fuerte con su papá Horacio Dámaso.

(Comisión de familiares de caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur)

Siempre de buen humor y de tener muchos amigos, era bromista con sus hermanas Liliana, Marcela, Susana, Analía y Vanesa (la siguiente María Julieta nació en 1981 y falleció a los tres días) y le gustaba disfrazarse para hacerlas asustar. Ya más grande, cuando ellas iban a bailar, las acompañaba de regreso a casa y luego se volvía al boliche. Para su madre Nélida, era un chico dulce, cariñoso, que bailaba a las maravillas el rock, que le gustaba ir a pescar y “todas esas cosas” y que soñaba con convertirse en maquinista.

Había nacido en Bolívar el 22 de junio de 1962 y desde muy chico la familia se radicó en Lobos por el trabajo del papá. Hizo la primaria en la N° 1 Pilar Beltrán, la más antigua de esa localidad. El primer año de secundaria en el Nacional de esa ciudad, un par de años en la técnica industrial y luego, como el estudio no era lo suyo, abandonó para trabajar con un vecino en la colocación de antenas. En Lobos todos lo conocían como “el topo”, por sus orejas.

Cuando entró al servicio militar, bromeaba que se engancharía en el ejército. Cuando la familia supo que el regimiento sería movilizado a las islas, tomaron el tren a Mercedes, porque aprovechaban el viaje gratis ya que el papá era ferroviario. Ese soleado lunes 12 de abril de 1982 llegaron casi corriendo junto a otras familias porque el tren se había atrasado, y vieron a Horacio colgado de la reja, esperándolos para despedirse.

Rodeado de sus hermanas: Liliana, Marcela, Susana y Analía (Analía Echave)

El último abrazo, interminable, fue con su papá. Ambos lloraban, y la mamá amagó a retarlos, que no iba a pasar nada, que así como iban volverían, quiso tranquilizar, aunque la procesión iba por dentro.

Era apuntador de FAL de la compañía B. Estaba en la tercera sección al mando del subteniente Esteban Vilgré Lamadrid. Escribió cuatro cartas desde las islas y cada vez que llegaba una, la madre se aliviaba, porque sabía que estaba bien, a pesar de su angustia al saber que sólo comían una vez al día. Cuando la mamá supo que estaba por el monte Dos Hermanas, se tranquilizó, porque pensó que la guerra se concentraría en Puerto Argentino. El les escribía que estaba defendiendo a la Patria, que se quedasen tranquilos.

En una oportunidad, Echave le pidió al corresponsal Rotondo que junto a su compañero Benítez les tomasen una fotografía así sus familias se quedarían tranquilas.

Echave y Benítez fotografiados en Puerto Argentino. Los soldados pensaron que, cuando se publicara, sus familias se tranquilizarían (Eduardo Rotondo)

En las primeras horas del 14 de junio, el último día de la guerra, fue cuando se produjeron la mayoría de las bajas del regimiento donde estaba Horacio, quien cayó junto a Horacio Balvidares por el fuego de la artillería inglesa, cuando ya estaban replegados sobre Puerto Argentino.

Nélida Esther Montoya, su mamá, nació el 6 de junio de 1943 en Hale, un pueblo del partido de Bolívar. De joven trabajaba en el campo. A su esposo Horacio Dámaso Echave lo conoció porque era ferroviario y alternaba destinos de trabajo en el interior bonaerense.

En Bolívar nació Horacio y al año y medio les gustó Lobos, se quedaron a vivir allí y formaron una familia.

Nélida en la inauguración de una plaza en Bolívar, con el nombre de su hijo

Apenas terminó la guerra Nélida -que escuchaba todo el día Radio Colonia en busca de noticias- trató de indagar y de saber qué había pasado con su hijo. Los Echave iban a la ruta por donde llegaban los camiones del Ejército con los soldados, preguntaban por Horacio. Al principio tenían la esperanza de que se hubiera bajado antes y que tal vez fuera camino a casa.

Fue un duro impacto cuando semanas después de finalizada la guerra, un par de militares fueron a su casa, a la hora de la cena -un asado al horno con papas terminó quemado porque nadie le prestó atención- a comunicarle que su hijo estaba desaparecido. Solo recibieron gritos de desesperación y de muchos por qué sin respuesta. A su lado, su marido permanecía inmutable, mientras medio pueblo de Lobos se había agolpado en la puerta de la casa.

Allí sus hijos se enteraron de que su mamá estaba embarazada de Juan Pablo, noticia que había ocultado por vergüenza. “Esperemos que a tu mamá esta noticia no le afecte el embarazo”, comentaban los vecinos. Cuando su hija Andrea le preguntó si estaba encinta, respondió que sí y luego se largó a llorar.

Fue Nélida que decidió donar la placa que por años señaló la tumba de su hijo como "soldado argentino solo conocido por Dios", al pueblo de Lobos, como un agradecimiento a los vecinos por tantos años de ayuda y contención

Juan Pablo nació en octubre. Ella pensaba que si tenía otro varón fuera a tener que hacer el servicio militar, y eso la aterraba.

Horacio nunca supo que iba a tener un hermano. La familia había conocido ya el dolor: en 1981 había fallecido María Julieta, una hija de tres días y recuerdan que Horacio pidió permiso en el cuartel, ya que estaba haciendo el servicio militar, para estar con su familia.

Nélida se involucró y participó activamente de la inauguración de lo que los hijos aseguran es la primera y única biblioteca manejada por veteranos de Malvinas, que se levantó hace 25 años en el predio del ferrocarril en Lobos.

Al padre de Horacio, Malvinas le dolía mucho, no hablaba del tema. Y el día en que una comisión integrada por representantes del Equipo Argentino de Antropología Forense, la Cruz Roja, el escribano general de la Nación y no recuerdan qué otros funcionarios más fueron el 15 de diciembre de 2017 a notificar la identificación de su hijo, estaba en cama y no quiso levantarse. “¿Encontraron a Horacito? ¿Está muerto?” atinó a preguntar. Falleció a consecuencia de un Epoc el 1 de julio de 2018. Nunca quiso viajar a las islas, decía que se encontraría con su hijo en el cielo.

Cuando se identificaron los restos, fue cuando la familia admitió que “no lo esperaría más”. Su mamá dijo que ya no era un soldado sólo conocido por Dios, “sino por nosotros también”.

"Madres de Malvinas", un título que bien define a Nélida y a tantas mujeres durante los últimos cuarenta años

Para Nélida, la identificación fue una pequeña victoria, porque había sido una de las primeras mamás en insistir en que se hicieran los análisis de ADN. Siempre le pedía a su hija Analía que estuviese con ella en las tantísimas notas periodísticas que brindó, porque su misión siempre fue la de encontrar a su hijo.

En esas entrevistas, los hijos descubrieron a “una mamá nueva”, desprovista de esa rígida coraza que nunca se quitaba. En la vida cotidiana era una persona cerrada en sí misma, que no manifestaba sus sentimientos y que si la habían visto llorar tres veces, era mucho. Intuían que lo hacía cuando estaba sola. En la familia entendieron que todo lo hacía por Horacio. Caso contrario de su marido, más emocional y sentimetal.

En marzo de 2018 su hija Analía la acompañó en el viaje de familiares de caídos al cementerio de Darwin. Para ella Malvinas le había quitado su hijo, pero también sabía que era el último lugar que había pisado.

Ella ya había ido tres veces antes, y como ignoraba en qué tumba estaba enterrado su hijo, besaba todas las cruces. Siempre llevaba flores y rosarios.

Su último viaje a Darwin fue distinto porque pudo visitar la tumba con el nombre. Fue un esfuerzo muy grande, ya estaba muy cansada, usaba bastón para movilizarse y por nada del mundo quiso llegar al cementerio en silla de ruedas, tal como se lo ofrecieron. Que ella llegaría caminando, que si su hijo se había sacrificado, ella también lo haría. Ayudada por una asistente de la Cruz Roja traspuso la puerta del cementerio. Confesó su temor de no encontrar la sepultura.

Estuvo dos horas sentada frente a la sepultura y lo más doloroso fue la despedida, porque no quería dejar solo a Horacio.

Cuando fue el último viaje el 5 de diciembre pasado, sus hijas no le comentaron nada, ya que estaba internada en la ciudad de La Plata. Cuando se enteró, días después, lloró mucho. La consolaron diciéndole que debía recuperarse, así podría ir en el viaje programado para marzo de este año.

Cuando la enfermedad comenzó a hacerse sentir, sus hijas Analía y Vanesa la representaban en actos. A Analía le quedó grabado la emoción que sintieron en el homenaje celebrado en la Escuela N° 1 Pilar Beltrán cuando recibieron diplomas los que habían egresado de la primaria hace 50 años, que era la promoción de su hermano Horacio.

Cuando le tocaron nombrarlo, estalló una cerrada ovación, gritos de “héroe” y de vivas a la Patria, y sus viejos compañeros las sorprendieron entregándole un diploma, firmado por todos, “en reconocimiento al héroe de Malvinas Horacio Echave”.

El 4 de julio del año pasado, la placa de “Soldado sólo conocido por Dios” que cubría su tumba sin nombre en Darwin, identificada como B.1.4, se colocó en la Plaza 1810 de Lobos, y Nélida pudo estar presente. En junio del 2019 en el barrio 181 de la ciudad de Bolívar, donde Horacio nació, se inauguró una plaza con su nombre.

Sostenía que la muerte de su hijo le había provocado una herida que se cerraría con su propia muerte. En los días finales, con su cama ortopédica acondicionada en la cocina porque no entraba en la habitación, se preocupó de que hubiera una vela encendida en un altarcito que ella había armado con las fotos de su hijo y de su marido.

El domingo 29 de diciembre, en su agonía, llamó mucho a su hijo. Dos minutos antes de la medianoche, falleció rodeada de toda su familia. Tenía 81 años, y 35 batalló para lograr el reconocimiento de aquellos soldados que eran conocidos solo por Dios, pero que ahora eran conocidos por todos.

Fuentes: Analía, Andrea Susana, Vanesa y Juan Pablo Echave


miércoles, 18 de febrero de 2026

14 de junio: La experiencia de los últimos héroes

Las últimas horas de la Guerra de Malvinas: la resistencia argentina y el caso del subteniente que murió aferrado a su fusil

Resulta imposible resumir en una nota todos los combates que se comprimieron en las últimas horas de resistencia en Malvinas. El recuerdo del testimonio del entonces subteniente Marcelo Llambías y la figura de su compañero Oscar Silva, quien cayó para cubrir el repliegue de sus soldados

Por Adrián Pignatelli || Infobae



Marcelo Llambías en las islas. Era un subteniente de 21 años

Las últimas horas de la guerra, tanto argentinos como británicos vivieron un infierno. A partir de la noche del 11 de junio, los combates se generalizaron en las laderas de los montes que rodean a Puerto Argentino, la capital de las islas.

El común denominador, ante los ataques ingleses a las posiciones argentinas fue la proporción de fuerzas: por lo general, una compañía argentina de unos 120 hombres debía hacer frente a un batallón de 600 soldados. Infobae entrevistó al entonces subteniente Marcelo Llambías, uno de los tantos protagonistas de esas frenéticas horas finales.

Con dos meses de cuarto año en el Colegio Militar Llambías, de 21 años, estaba a cargo de la tercera sección de tiradores de la compañía C del Regimiento 4, unidad destinada originalmente en Monte Well. Luego del combate de Pradera del Ganso, este regimiento -que formaba parte de la III Brigada de Infantería- pasó a depender de la Agrupación Ejército Puerto Argentino. Su misión era la de defender la capital, distante unos 17 kilómetros.

Oscar Silva fue abatido horas antes de decretarse el alto el fuego

En los días previos al 14 de junio, Llambías estaba con sus hombres en el pico sur del cerro Dos Hermanas.

Allí, durante tres horas, resistieron un ataque del 45 Comando de los Royal Marines, combatiendo a una distancia de unos cincuenta o setenta metros. Para Llambías no había sido su bautismo de fuego, sino que desde el 3 de junio ya había entrado en contacto con patrullas inglesas.

A raíz de la superioridad numérica, debieron replegarse a la base del cerro. Llambías fue el último en hacerlo a fin de cubrir a sus soldados. Cuando bajaron, permanecieron en un pozo natural del terreno, amparados en la oscuridad de la noche, mientras los británicos se hacían dueños de la cima.

Llambías y su sección combatieron desde los primeros días de junio

El joven subteniente estuvo a nada de ordenar abrir fuego a un grupo de hombres que se aproximaba, pero un suboficial le advirtió que eran argentinos.

Lideraba el grupo el subteniente Oscar Augusto Silva, un sanjuanino a quien todos les decían “el sapo”, apodo que había heredado de su padre. El 11 de junio por la noche lo habían mandado a patrullar entre el Dos Hermanas sur y el Harriet. Estaba a cargo de una sección de tiradores de la Compañía A del Regimiento 4.

Llambías y Silva discutieron qué hacer. Podían dar un largo rodeo y atacar a los británicos por la retaguardia. Evaluaron que tendrían un éxito inicial, pero carecían de municiones para sostener un combate. Decidieron replegarse hacia Tumbledown.

Había que atravesar una llanura, donde no había nada para resguardarse y serían blanco seguro del enemigo. Algunos descansaban y otros rezaban el Rosario. La providencia actuó de su lado: de pronto, invadió la zona una espesa bruma y comenzó a nevar. Aprovecharon para iniciar la marcha.

Silva con su equipo de paracaidista. Fue uno de los tantos que quisieron resistir hasta último momento

Había otro obstáculo. Debían atravesar un campo minado. Llambías y Silva se turnaron para ir adelante, guiándose por los ríos de piedra. Advirtieron a sus soldados, unos treinta, que si alguno de ellos dos pisaban una mina, que no los rescatasen, porque corrían el riesgo de pisar ellos también una.

Aún amparados por la oscuridad y la nieve, soportaron un nutrido fuego de artillería enemiga.

En ese punto en Tumbledown estaba la cuarta sección de la compañía Nácar del BIM 5. Mientras sus hombres, agotados y hambrientos descansaban, Llambías aprovechó para conseguir un pantalón, ya que el suyo estaba roto.

El jefe de la compañía le ordenó ir en dirección donde se suponía estaba la sección del subteniente Lautaro Jiménez Corvalán, que había sido seriamente herido por una mina antipersonal. Cruzó con su radiooperador y cuando llegaron al punto en cuestión no encontraron a nadie.

Pintura sobre la batalla de Tumbledown, librada el 13 de junio 1982, realizada por el artista Steve Noon

En el momento en que se llegaba a la primera línea del BIM 5, los ingleses volvieron a atacar, pero fueron rechazados. Llambías recuerda que estaban exultantes, creyendo que no volverían. Cuando amaneció, tomaron conciencia del panorama que tenían frente a sus ojos: las posiciones argentinas ya habían caído.

Exhausto. Esa fue la impresión que tuvo el teniente de corbeta Carlos Vázquez, del Batallón de Infantería de Marina 5, cuando vio venir, desde su posición en Tumbledown, a Silva, acompañado por los pocos soldados de su sección que aún lo seguían. Maltrechos, agotados, se les notaba en sus uniformes las huellas del combate y bastaba un simple vistazo para darse cuenta que tampoco habían comido decentemente. La pregunta del subteniente lo descolocó:

-¿Necesitás una mano? ¿Querés que me quede? Podemos seguir peleando.

Ante la respuesta afirmativa del marino, con un puñado de soldados que se podían contar con los dedos de una mano, de los 45 originales de su sección, ocupó pozos de zorros vacíos que hasta hacía poco habían estado efectivos de la cuarta sección de Vázquez. Era el 12 de junio.

Mientras el grueso de la tropa continuó con la orden de aproximarse a Puerto Argentino, Silva y sus soldados, acoplados a los infantes de marina, esperarían el ataque inglés. Junto con un pelotón de cinco soldados le encomendaron cubrir el repliegue de la cuarta sección de la Compañía Nácar.

Venían sufriendo, hacía días, de un violento fuego de artillería, tanto de campaña como naval.

Una de las últimas fotos de Llambías en Puerto Argentino. Ya se había reaprovisionado con todas las municiones que podía cargar. Pero la guerra había terminado

Sería imposible comprimir en un solo relato el combate de Tumbledown. En la noche del 13, en las trincheras junto a los infantes del BIM 5 de Vázquez, 44 hombres vivieron unn violenta arremetida desatada por la tercera brigada de los Royal Marines, el segundo batallón de la Guardia Escocesa y algunos gurkas.

Fueron encarnizados enfrentamientos con disparos de fusil, ametralladora, morteros, bayonetas y hasta lucha cuerpo a cuerpo.

A las 18 horas de ese día, según refiere el propio Vázquez en un informe que elaboró tres años después, tuvo una última reunión con sus oficiales, de la que participó Silva. Coordinaron los detalles finales ante el inminente ataque británico.

El 13 de junio, Silva decidió en un solo instante si vivir o morir luchando. Tuvo que repetir la orden a sus soldados para que se replegasen. No lo querían dejar. Sólo pidió una ametralladora y un FAL. Y los cubrió mientras los ingleses avanzaban.

Los argentinos veían cómo, luego de rechazar un ataque enemigo, otra oleada de soldados aparecía. Era una sucesión interminable, en el que eran superados 6 a 1, pero aún así se continuaba luchando.

Vázquez había pedido refuerzos, y en cada llamado le respondían que los mismos estaban por salir. A las 23 horas, el bombardeo provocó el corte de las líneas telefónicas.

Cuando Llambías regresó a la capital de las islas, vio cascos tirados por todos lados. No sabía que había un alto el fuego

Los británicos habían sobrepasado las posiciones argentinas, y soldados de ambos bandos se mezclaban, muchas veces sin distinguirse.

Cada tanto, Silva abandonaba su trinchera para saber cómo estaban sus soldados. “Nos alentaba para que no perdiéramos nuestro valor, coraje y la confianza en nosotros mismos, al recordarnos que Dios nos protegía para obtener nuestra noble meta”, reseñaría unos años más tarde en una carta el soldado Pablo Vicente Córdoba.

Además, el subteniente se ocupaba de conseguir relevos para el fusil FAP, dado que al menos tres soldados que lo operaban habían muerto.

Cuando quiso asistir a uno de ellos, que había sido gravemente herido, recibió un tiro en el hombro derecho.

Silva comprendió que nada podía hacerse. De lejos vieron cómo, sacando fuerzas de quién sabe dónde, se incorporó y comenzó a disparar hacia las posiciones enemigas, al grito de “¡viva la Patria, carajo!”. Fueron sus últimas palabras, antes de ser acribillado en el pecho por el fuego inglés.

Eran las 3 de la mañana del 14 de junio. Horas más tarde el general Mario Benjamín Menéndez firmaría la capitulación frente al general Jeremy Moore.

Cuando Vázquez fue tomado prisionero por tres ingleses, pidió llamar a sus hombres. Sólo seis se acercaron. El resto había muerto o había sido herido.

Mientras tanto, una vez que los ingleses se apoderaron de Tumbledown, lanzaron un ataque a Monte William con un batallón de gurkas. Llambías y la gente con la que combatía se dieron cuenta que habían quedado aislados del camino para llegar a Puerto Argentino, donde pensaban ir a reaprovisionarse de municiones. Porque querían regresar a pelear con su unidad.

En Supper Hill se enteró por el soldado Dos Santos que a Silva lo habían matado. Cuando comenzó un ataque helitransportado, les tiraron con lo que les quedaba. Llambías recuerda que a una de las máquinas le disparó sesenta tiros, que no le hicieron mella. Los helicópteros se alejaron, aterrizaron y bajaron tropas.

Se produjo un nuevo combate, donde los argentinos sufrieron bajas. Decidieron replegarse, combatiendo, llevando además a los heridos. En un momento Llambías se dio cuenta que al soldado que ayudaba estaba muerto.

De Supper Hill lograron llegar a Puerto Argentino. Les llamó la atención ver cascos tirados por todas partes. Fueron a la halconera, lugar donde paraban los comandos, porque estaban seguros que ellos no se habían rendido. No encontraron a nadie, pero como estaba lleno de municiones, llenaron sus cargadores y sus bolsillos con proyectiles, con la idea de regresar al campo de batalla.

Un suboficial mayor los vio sumamente exaltados y le dijo a Llambías: “No pibe, no pueden hacer la guerra por su cuenta”. Ese día 14 y el 15 permanecieron encerrados en una celda, para que no cometiesen locuras, cuando ya se había firmado el alto el fuego.

Es que a Llambías no le entraba en la cabeza rendirse.

En la requisa, le descubrieron una Kodak con un rollo para 24 fotos. Le faltaba tomar una. El inglés que se apropió de la cámara tomó la que faltaba, sacó el rollo y tiró la cámara.

De los seis oficiales que combatieron del 4, hubo dos muertos, el teniente Luis Carlos Martella y Silva y cuatro gravemente heridos: los subtenientes Jorge Pérez Grandi, Miguel Mosquera y Juan Nazer.

Al amanecer del 15, el propio Carlos Robacio –jefe del BIM 5 y quien tuvo a su cargo a 700 efectivos de la Marina y a 200 soldados del Ejército en Monte Tumledown, Sapper Hill y Monte William- y un oficial inglés, recorrieron el campo de batalla, donde horas antes se había peleado con coraje. Ya los cuerpos de los 9 británicos muertos y los 52 heridos habían sido retirados.

El teniente Osvaldo Papa, jefe de la sección apoyo de la Compañía C del Regimiento 3, quien afirmaba que Malvinas le había cambiado la vida, siempre contaba la siguiente historia: que había llamado la atención al jefe inglés el cuerpo de un argentino que, de cara al cielo con los ojos abiertos, aferraba obstinadamente su fusil, y su dedo aún presionaba el gatillo. Quisieron quitarle el arma, pero fue imposible por la rigidez cadavérica. El inglés ordenó que fuera sepultado así y le hizo la venia, en señal de respeto.

Robacio le cerró los ojos y buscó la chapa identificatoria, porque el uniforme no se correspondía con el de un infante de marina. Era Oscar Silva.

Vázquez se lamentaría no haber podido identificar a otros soldados de Ejército que habían combatido junto a los infantes de marina en Tumbledown. Recomendó condecorar a Silva por “su heroico desempeño en combate”.

Afirmó que “la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio la cuarta sección no hubiera podido sostener la posición sino hubiera estado Silva”.

Silva, de 26 años, sería la única baja de la promoción 112. Su regimiento tuvo 22 muertos y 121 heridos. Recibiría la condecoración “La Nación Argentina al valor en combate (post mortem)”.

Años después Llambías vio las fotos que había tomado en Malvinas en el libro Pictures for far away, de Nick Taylor. Lo contactó por mail y cuando se cumplían 30 años de la guerra, Taylor le propuso encontrarse en las islas. Allí, donde habían peleado a muerte, el inglés se las devolvió.

Ambos recorrieron las posiciones que ocuparon, y la casualidad hizo que haya sido Taylor quien durante los combates fue quien le había disparado un cohete que le pasó por arriba de su cabeza.

Este veterano inglés le confesó que en un momento ellos estaban dominados por el fuego argentino y que su superior los pateaba para que salieran a pelear. Taylor le aseguró que, de todos los sitios en que le tocó luchar, el soldado argentino fue el que le había hecho sentir miedo. Es que en las últimas horas de la guerra, sin importar el uniforme, se había vivido un verdadero infierno.


sábado, 14 de junio de 2025

Día de Máxima Resistencia: ¡Volveremos!


Día de la Máxima Resistencia: el fin de la guerra

Gaceta Marinera


Cada 14 de junio rendimos tributo a los héroes argentinos que, en los momentos más críticos, permanecieron de pie defendiendo nuestra Patria hasta el último día, con espíritu indomable.




Malvinas - Luego de 74 días, el 14 de junio de 1982, el Conflicto del Atlántico Sur llegó a su fin, y el pabellón nacional fue arriado de aquel amado suelo. La feroz resistencia no alcanzó para el triunfo final. Superados en cantidad de hombres y armamento, las tropas defendieron hasta el último aliento cada metro de las Islas Malvinas. 


Durante la noche del 11 de junio, la presión británica fue en aumento y se produjo un fuerte incremento de intensos duelos de artillería, batiéndose con las consiguientes bajas y destrucción de posiciones. Esto anticipaba con mayor firmeza que se avecinaban los momentos más decisivos.



Uno de los ataques más severos lo sufrió la 4º Sección de la Compañía “Nácar” del Batallón de Infantería de Marina Nº5, en el extremo oeste del monte Tumbledown, que estaba a cargo del entonces Teniente de Corbeta Carlos Daniel Vázquez.


El mismo comenzó con un asalto a bayoneta en las últimas horas del 13 de junio, por parte del 2º Batallón de la Guardia Escocesa y una Compañía del 7º Regimiento Gurkha. En las primeras horas de la madrugada del 14 lanzaron sucesivamente dos asaltos más a bayoneta, con las restantes compañías del 2º Batallón.



Durante esa noche el Jefe de Sección, luego de consumir 54 proyectiles de su mortero de 60 mm disparando sobre su propia posición, solicitó el apoyo de fuego de los morteros de 81mm, de 106,6 mm, de la Batería de Artillería “Bravo” de la Infantería de Marina, y del Grupo de Artillería Aerotransportado 4 del Ejército Argentino, para que batieran con sus fuegos nuevamente su propia posición, al considerarla ya perdida.



Ejecutados esos fuegos y con una gran cantidad de bajas, la 4º Sección siguió combatiendo con su sector parcialmente ocupado por la infantería británica, hasta las 7:15 hs. Fueron cayendo en manos de los enemigos pozo tras pozo, a lo largo de las más de 8 horas de combate cuerpo a cuerpo.



En este combate murió honorablemente entre muchos otros, defendiendo a un subordinado, el Suboficial Segundo Julio Saturnino Castillo. Caída la 4° Sección, ya nada quedaba entre los ingleses y la ciudad de Puerto Argentino. Los sonidos de la guerra dieron lugar a un silencio infinito, un silencio que en muchos combatientes perduró por años. 



En el sentimiento de los que combatieron se mezclan dolor y orgullo, y es nuestro eterno deber honrar y recordar a nuestros Héroes de Malvinas. Particularmente hoy, a aquellos que defendieron la Patria hasta el último minuto.


domingo, 9 de marzo de 2025

Historia alternativa: ¿Y si un general agresivo hubiese comandado las tropas?

¿Y si en vez de Menéndez hubiese habido un general israelí?





 

Uno puede darse el lujo que el tiempo brinda de imaginar estar en el cuartel general de las fuerzas argentinas en las Islas Malvinas en 1982, durante la fase crítica del conflicto. Ese mismo escenario, podría ser abordado con una mentalidad aguerrida y táctica, inspirada en la experiencia y las estrategias empleadas por los generales israelíes que no hace falta demostrar que agresividad, mentalidad ofensiva y creatividad han demostrado en cada conflicto que se han visto envuelto. Uno podría especular un enfoque hipotético, considerando tanto las acciones previas como las respuestas inmediatas a loa ataques británicos que inician el 11 de junio.

Contexto previo al 11 de Junio

En los días previos al 11 de junio, el desembarco británico en San Carlos ya había desencadenado una serie de evaluaciones y movimientos estratégicos. La confirmación de que los británicos habían establecido una cabeza de playa en San Carlos significaba que su avance hacia Puerto Argentino era inminente. Se desplegaron unidades de reconocimiento y saboteadores para anticipar los movimientos británicos y retrasar su avance tanto como fuera posible. Estos grupos tenían la misión de hostigar continuamente al enemigo, colocando trampas y emboscadas en puntos críticos del terreno.

El ataque a Goose Green por parte del 2º Batallón de Paracaidistas británicos había servido como una lección valiosa. Las tácticas y la capacidad de despliegue rápido de los británicos fueron analizadas minuciosamente. Se identificaron las Puerto Argentino y debilidades de su enfoque, y este conocimiento se aplicó para reforzar las defensas alrededor de Puerto Argentino. Se construyeron búnkeres y trincheras reforzadas, y se establecieron campos de minas en las rutas de avance más probables.

  1. Desembarco en San Carlos:

    • Una vez que se confirmó el desembarco británico en San Carlos, la primera acción sería evaluar las rutas de avance británicas hacia Puerto Argentino. Utilizaría la inteligencia para anticipar sus movimientos y desplegar unidades de reconocimiento y saboteadores para retrasar su avance.
  2. Ataque a Goose Green:

    • El ataque a Goose Green por parte del 2 Para (2º Batallón de Paracaidistas británicos) debería haber servido como un aprendizaje clave. Identificaría las tácticas británicas, especialmente su capacidad de despliegue rápido y su eficiencia en el combate cuerpo a cuerpo.
  3. Fortificación y Preparación:

    • Fortificaría las posiciones defensivas alrededor de Puerto Argentino, especialmente en los cerros que rodean la capital. Construiría búnkeres y trincheras reforzadas, y establecería campos de minas en rutas de avance probables.
    • Entrenaría a las tropas argentinas en tácticas defensivas y de guerrilla, maximizando el conocimiento del terreno local.

 

Estrategia inmediata ante el ataque del 11 de Junio

El 11 de junio, al recibir la noticia del ataque en Monte Harriet por el 42 Commando, la respuesta hubiese sido inmediata y decidida. Se ordenaba un contraataque rápido utilizando unidades móviles y bien entrenadas. Estas tropas realizaron ataques de golpe y retiradas, diseñados para desgastar al enemigo sin comprometer demasiado a las propias fuerzas. El conocimiento superior del terreno permitió desplegar francotiradores y equipos de mortero en posiciones elevadas, desde donde podían hostigar continuamente a las fuerzas británicas.

Las órdenes debían ser claras: utilizar la cobertura natural del terreno para lanzar emboscadas y atacar las líneas de suministro británicas. Además, se coordinó el envío de refuerzos desde otras posiciones defensivas, asegurando que las unidades no quedaran aisladas y pudieran recibir apoyo mutuo. Se estableció una línea de comunicación efectiva entre las diferentes unidades para garantizar una respuesta coordinada y eficiente.

Se utilizaría la artillería de manera estratégica, realizando ataques de saturación en las zonas de concentración británicas. Estos ataques no solo causarían bajas significativas, sino que también ralentizaron el avance enemigo y afectaron su moral. Paralelamente, se emplearían tácticas de guerra no convencional, como incursiones nocturnas y sabotajes en las líneas de suministro y comunicación británicas. Los comandos argentinos se infiltraron detrás de las líneas enemigas, causando caos y confusión.

 

  1. Respuesta rápida y movilidad:

    • Al recibir la noticia del ataque en Monte Harriet por el 42 Commando, ordenaría una respuesta rápida. Utilizaría unidades móviles y bien entrenadas para realizar contraataques rápidos, empleando la táctica de golpear y retroceder para desgastar al enemigo.
  2. Uso del terreno:

    • Aprovecharía el conocimiento superior del terreno. Desplegaría francotiradores y equipos de mortero en posiciones elevadas para hostigar constantemente a las fuerzas británicas.
    • Utilizaría la cobertura natural del terreno para lanzar emboscadas y atacar las líneas de suministro británicas.
  3. Refuerzos y coordinación:

    • Coordinaría refuerzos desde otras posiciones defensivas, asegurando que las unidades no quedaran aisladas y pudieran recibir apoyo mutuo.
    • Establecería una línea de comunicación clara y efectiva entre las diferentes unidades para una respuesta coordinada.
  4. Ataques de saturación:

    • Utilizaría artillería de manera estratégica para realizar ataques de saturación en las zonas de concentración británicas. Esto no solo causaría bajas, sino que también ralentizaría su avance y dañaría su moral.
  5. Operaciones no convencionales:

    • Emplearía tácticas de guerra no convencional, como incursiones nocturnas y sabotajes en las líneas de suministro y comunicación británicas.
    • Utilizaría comandos para infiltrarse detrás de las líneas enemigas, causando caos y confusión.

Adaptación continua

A lo largo de esta fase crítica del conflicto, la evaluación continua del campo de batalla permitió ajustar tácticas y estrategias según el desarrollo de la situación. La flexibilidad y la adaptabilidad fueron esenciales para enfrentar las tácticas británicas. Se trabajó incansablemente para mantener alta la moral de las tropas argentinas, asegurando un liderazgo visible y apoyando a los soldados en el frente. La motivación y el espíritu de lucha fueron elementos cruciales para resistir el asalto británico.

Además, se aseguraron suministros constantes de municiones, alimentos y equipos médicos, utilizando rutas alternativas y métodos de transporte para evitar la intercepción británica. Enfrentar el ataque británico del 11 de junio en las Malvinas requirió una combinación de tácticas defensivas bien preparadas, respuesta rápida y adaptativa, y el uso efectivo del terreno y los recursos disponibles. Inspirado en las estrategias israelíes, el enfoque se centró en maximizar la ventaja local, realizar ataques precisos y coordinados, y mantener la moral y el espíritu de lucha de las tropas argentinas en un momento crítico del conflicto.
  1. Evaluación continua del campo de batalla:

    • Mantendría una evaluación continua del campo de batalla, ajustando tácticas según el desarrollo de la situación. La flexibilidad sería clave para adaptarse a las tácticas británicas.
  2. Mantenimiento de la moral:

    • Trabajaría para mantener alta la moral de las tropas argentinas, asegurando un liderazgo visible y apoyando a los soldados en el frente. La motivación y el espíritu de lucha serían esenciales para resistir el asalto británico.
  3. Apoyo logístico:

    • Aseguraría un suministro constante de municiones, alimentos y equipos médicos, utilizando rutas alternativas y métodos de transporte para evitar la intercepción británica.

Conclusión

Enfrentar el ataque británico del 11 de junio en las Malvinas requeriría una combinación de tácticas defensivas bien preparadas, respuesta rápida y adaptativa, y el uso efectivo del terreno y los recursos disponibles. Inspirado en las estrategias israelíes, el enfoque se centraría en maximizar la ventaja local, realizar ataques precisos y coordinados, y mantener la moral y el espíritu de lucha de las tropas argentinas en un momento crítico del conflicto. Lamentablemente, el desempeño de Menéndez fue más parecido a un general chileno que a uno israelí. No hay absolutamente nada destacable de su mando, con la vergüenza de rendir la plaza engominado y perfumado. Espero su legado sea tenido en cuenta para que futuras generaciones de oficiales sepan que ese tipo de conductas merecen una corte marcial y pelotón de fusilamiento. Si les parece cruel, el sector privado ofrece otras alternativas laborales.

viernes, 14 de junio de 2024

Operación Alcázar: El intento de motín y última resistencia en Puerto Argentino

Operación Alcázar: los comandos que planearon sacar Menéndez y hacer un contraataque “en serio” contra los ingleses

Los mayores Mario Castagneto y Aldo Rico idearon un plan para resistir el embate final inglés y, de ser necesario, morir peleando. Iban a tomar la casa del gobernador en Puerto Argentino y atrincherarse. Cómo le llegó esa información a Menéndez, la acción que tomó y la misión suicida a la que fueron enviados cuando la guerra ya se terminaba

Mario Castagneto (tercero de izquierda a derecha) junto a integrantes del Grupo de Comandos 601

El jefe de la Compañía de Comandos 601consideraba que un contraataque era perfectamente posible. Mario Castagneto recorría permanentemente las posiciones y sabía de lo que hablaba. Pero los generales estuvieron siempre con los borceguíes lustrados, jamás se acercaron a recorrer los pozos de zorro de primera línea para calibrar la situación. De haberse animado a ensuciar su calzado, se hubieran anoticiado de que los soldados estaban enteramente dispuestos a jugarse. Siempre y cuando, claro está, los generales se pusieran al mando.

Excepto las posiciones del Regimiento 8, que estaba en Bahía Fox, el mayor Castagneto recorrió todas las unidades. Y pudo constatar que los combatientes esperaban y necesitaban la presencia de sus jefes. Esos jefes que están cerca de la tropa, que no le escurren el bulto a la primera línea, que recorren las posiciones, que tienen el conocimiento profundo de cómo está la situación por la que se está atravesando, que llevan a todas partes su aliento, que hacen la arenga final. Lo que los soldados querían era el ejemplo personal, no que los generales se quedaran encerrados en el pueblo. En vez de ello, estos generales vivían lo más tranquilos en sus casas de Puerto Argentino. Con cocinero y calefacción.

Si los de Malvinas no hubieran sido generales de escritorio, nada les hubiera impedido reunir a oficiales y suboficiales, incluyendo a aquellos que pululaban en el pueblo y en la retaguardia y, sumándoles a los comandos, lanzar ese contraataque que los ingleses tanto temían.

Pero Mario Benjamín Menéndez, jefe de la Guarnición Malvinas y gobernador del archipiélago, hacía gala de una indiferencia rayana en la resignación. Siempre me pareció que el general ya se había rendido internamente hacía mucho tiempo atrás.

Mario Benjamín Menéndez con el mayor Castagneto en Malvinas (Fotos: Nicolás Kasanzew)

El talentoso periodista Manfred Schönfeld, escribió después de la rendición:

Faltó el último coraje personal en la conducción. Si hubo sentimientos humanitarios, si no se quiso exponer a la tropa a ser víctima de una carnicería generalizada –suponiendo que verdaderamente, el armamento del enemigo era tan superior que casi diez mil hombres no pudieron resistirlo siquiera un poco más– pero en fin, si hubo ese acto de compasión para con la masa de jóvenes civiles conscriptos, nadie hubiera impedido, sin embargo, a los oficiales superiores al mando de la guarnición, licenciar a sus tropas, ordenarles rendirse, dar a conocer amplia y profundamente tal decisión a los cuatro vientos –para evitar posibles represalias ulteriores contra la tropa inerme– y una vez hecho eso, atrincherarse un puñado de hombres cuyo honor profesional los hubiera obligado a semejante acto de heroísmo, alrededor de su bandera, y pelear por ella hasta morir. De haberse dado un gesto de esta naturaleza, hoy los argentinos andaríamos con la frente más alta, e incluso en aquellos hogares atribulados por la tragedia de la pérdida o la mutilación de un hijo se sentiría que ese sacrificio impuesto por el destino fue correspondido, fue igualado, sin que quedasen sueltos los cabos de la duda y de la incertidumbre sobre la justificación del sacrificio”.

Aldo Rico en una Kawasaki KE 125 en la costa de Puerto Argentino

Sin embargo, hubo dos oficiales que quisieron hacer exactamente lo imaginado por Schonfeld: atrincherarse con un puñado de hombres y vender cara la derrota. Eran los jefes de las Compañías de Comandos 601 y 602, mayores Mario Castagneto y Aldo Rico.

La iniciativa partió del primero, quien le planteó a Rico la idea de preparar la última resistencia en Puerto Argentino. La operación se llamaría “Alcázar”, un término muy caro a Castagneto, ya que evocaba la heroica resistencia del asediado Alcázar de Toledo en 1936. El jefe de la 602 no estaba muy convencido, pero finalmente accedió ante el ímpetu y la convicción irreductible de Castagneto.

Bastante antes del arribo de Rico a Malvinas, el jefe de la 601 había anticipado que ese momento podía llegar. Y su idea era atrincherarse en la casa del gobernador. Es que en una campaña, lo que simboliza el triunfo es la conquista del objetivo estratégico; en este caso la ciudad de Puerto Argentino. Pero el enemigo no podría cantar victoria, mientras la casa del gobernador no estuviese en su poder.

Desde tiempo atrás, Castagneto creía que iba a ser necesaria una resistencia final, sin posibilidades de éxito tal vez, pero que encarnara el deseo de combatir hasta la muerte. Erróneamente se dijo luego que la idea era resistir casa por casa, pero Castagneto nunca lo imaginó así. Por empezar, era imposible con los efectivos de que disponía en aquel momento. Contaba sólo con unos sesenta hombres, ya que había perdido gente que tenía en la Gran Malvina. Sumados a los comandos de Gendarmería y los de Rico no superaban un total de noventa o cien. Pero sobre todo, Castagneto no quería escudarse en la población civil, contra la cual los ingleses no iban a disparar.

Mohamed Alí Seinldín (izquierda) se negó a formar parte de la Operación Alcázar. Dijo que no se podía alterar la cadena de mandos de esa manera, que era una falta de disciplina

Discretamente, ambos mayores y sus jefes de sección reconocieron por dentro y por fuera la casa del gobernador, para determinar la mejor manera en que podía ser defendida. Y por expresa orden del jefe de la 601, a la que se plegó Rico, a partir del 5 de junio los comandos, tanto de Ejército, como de Gendarmería realizaron un relevamiento completo del poblado: tipos de casas, particularidades de los terrenos baldíos, lugares para hacer voladuras o tender trampas, vías de repliegue, cantidad de radios y vehículos de toda clase. Sin pedir permiso a la superioridad.

Es evidente que para Castagneto era una cuestión de honor mostrar a los ojos del mundo entero que los cuadros argentinos eran capaces de combatir hasta la muerte, aunque no tuvieran posibilidades de triunfo.

Lamentablemente, Menéndez tenía una idea bien distinta del sentido de la vida militar.

Seineldín habla frente a los Comandos. Sentado, Aldo Rico (Fotos: Nicolás Kasanzew)

Sólo quedaba la opción de desplazarlo. Pero, ¿quién tenía la talla suficiente para conducir a los cuadros a un sacrificio heroico? Las miradas de Castagneto y Rico convergieron sobre el teniente coronel Mohamed Alí Seineldín. Por su prestigio, porque no estaba comprometido directamente en el combate, porque su regimiento estaba en las cercanías, parecía la persona más adecuada para ponerse al frente de la defensa de Puerto Argentino.

De ahí que, a renglón seguido de la reunión de camaradería de los integrantes de ambas Compañías de Comandos, el domingo 6 de junio ambos oficiales visitaron a Seineldín en su amplia casamata subterránea de las posiciones del Regimiento 25 y le ofrecieron un plan: apartar a Menéndez y que él se ponga al frente de una defensa en serio. Inesperadamente, el Turco rechazó de plano la propuesta. Adujo que no se podía alterar la cadena de mandos de esa manera, que era una falta de disciplina.

Años más tarde, sin embargo, no tuvo los mismos miramientos al liderar, al menos formalmente, las asonadas de 1988 y 1990. Si bien decepcionados por la actitud de este jefe, Castagneto y Rico no abandonaron la idea de una postrera defensa de Puerto Argentino: la encabezarían ellos mismos. Al parecer, no los amilanaba siquiera que sus actitudes fueran pasibles de consejo de guerra y fusilamiento inmediato.

Pero la intención de resistir llegó al conocimiento de Menéndez, y abruptamente todos los comandos fueron sacados de Puerto Argentino en el anochecer del 13 de junio. Se les dijo que del otro lado de Wireless Ridge, donde estaban los tanques de combustible, en la península de Freycinet, desembarcaron comandos del SAS y había que neutralizarlos. En realidad, mandaron allí un rejuntado, ya que la 602 había perdido parte de su capacidad militar y la 601 estaba desparramada, tenía gente en Howard, que no había logrado cruzar a Soledad.

Decepcionados por la actitud de Seineldín, Castagneto y Rico no abandonaron la idea de una postrera defensa de Puerto Argentino: la encabezarían ellos mismos

Los comandos pasaron la noche bajo la nieve, mirando con los visores nocturnos, pero el SAS nunca apareció. Y a eso de las cuatro de la mañana Castagneto los impone de una nueva orden que acababa de recibir: ocupar una posición de bloqueo al oeste de la península de Cambers, en dirección a Monte Longdon, para evitar el avance de los ingleses, que venían de superar al Regimiento 7. Se trataba lisa y llanamente de una misión suicida. Unos cuarenta hombres sin armamento pesado eran ubicados a la intemperie frente a la artillería británica y dos o tres de sus batallones. “No me pregunten el por qué de esta orden”, se atajó Castagneto. Pero cuando el capitán Ricardo Frecha, que tenía con él una relación especial más allá de la profesión, lo agarra en un aparte, el mayor le dice: “No quieren que estemos en Puerto Argentino y hagamos la Operación Alcázar”.

Para evitar eso, los mandaban a una misión suicida.

“Ponernos en esa posición de bloqueo era una locura –me comenta Frecha–. Pero te aseguro que de ahí no nos íbamos a mover, moriríamos allí. Castagneto moría ahí, Rico moría ahí, yo moría ahí. Pensaba en mi esposa: bueno, ella va a poder rehacer su vida, es una linda mujer, todo pasará para ella. ¿Y mis hijos? ¡Los dejo huérfanos! ¿Trascenderé en ellos? Pero no había marcha atrás. Milagrosamente, la guerra terminó esa madrugada, y pararon todo”.

El capitán Ricardo Frecha supo que los sacaron a último momento de Puerto Argentino para impedir la Operación Alcázar (Fotos: Nicolás Kasanzew)

Ese día Castagneto agotó las baterías, llamando por radio para que los cruzaran nuevamente a Puerto Argentino. Quería volver para poner en práctica la Operación Alcázar. Y no hubo manera. Recién cuando escuchó por la radio militar que la rendición estaba acordada, después de unos cuarenta llamados que había hecho pidiendo que mandaran el barquito para cruzarlos, vio al Forrest que salía de enfrente a recogerlos,

El jefe de comandos nunca imaginó que la rendición se produciría en forma tan precipitada y sin haber ofrecido la resistencia final. Él había propuesto lo que haría cualquier soldado verdaderamente profesional: combatir sin parar. Su postura era, asimismo, altamente espiritual: pensaba en el juicio de la Historia, antes que en la propia supervivencia.

El mayor Mario Castagneto (centro) pensó que podían tomar la Casa del gobernador y resistir

Sin embargo, no necesariamente la iniciativa de Castagneto iba a ser coronada con la muerte de todos los valientes atrincherados. En 1984, ese brillante intelectual que fue Manfred Schönfeld, me decía: “No acepto de modo alguno la típica excusa de que Menéndez estaba preocupado por su tropa. Hay ejemplos en la historia de cómo resuelve eso un oficial pundonoroso. Si entre esa muchachada se hubiese corrido la voz ‘¡El general en persona está lanzándose al ataque! ¡Carga frente a nosotros contra el enemigo!’ eso los hubiera galvanizado. Porque no hay soldado; ni profesional, ni conscripto, que resista eso. Y eso es lo que debiera haber hecho el general Menéndez. También, si se hubiera atrincherado en la casa del gobernador con cuadros, anunciando a los cuatro vientos que ha licenciado a su tropa, especialmente a los conscriptos, pero que él de ahí no se mueve, que tendrán que sacarlo muerto, yo me juego la cabeza, conociendo como creo conocer a los ingleses, en cuyo país viví nueve años seguidos, que si él hace eso, los ingleses se frenan. Si llega el mensaje a Londres –y a todo el orbe–: ‘El hombre no se va a rendir. Habrá que pasarlo a cuchillo a él y a sus doscientos selectos. ¿Qué hacemos? ¿Vamos a pasar por unos monstruos? ¿Cinco mil hombres vamos a masacrar a doscientos, cuando ellos con sus diez mil respetaron a nuestros ochenta Marines que estaban antes del 2 de abril?’ –me juego nuevamente la cabeza que la respuesta iba a ser: ‘Negocie con el hombre’. Y entonces, cuando se negocia, algo se saca. Algo más honorable, más digno. Pero irse así al mazo, es lamentable. Demostrativo de que ese general evidentemente no domina su oficio, ni tampoco tiene las cualidades esenciales del militar, que son el coraje y el espíritu de sacrificio”.

Después de todo, los jefes están justamente para hacer esa clase de gestos, interpretando la necesidad histórica. Menéndez, en cambio, no se rindió el 14 de junio. Ya había llegado rendido a las islas el 7 de abril.