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domingo, 31 de mayo de 2026

Operación Rosario: Un análisis ruso

Operación Rosario: Una guerra relámpago al estilo argentino

Georgy Tomin || Top War

Georgia del Sur, el asentamiento más grande en la actualidad. En 1982, esta "megalópolis" ni siquiera existía...


Hoy en día, este lugar tan particular tiene una población llamativamente pequeña: en 2001, Grytviken, la capital de la isla, contaba con apenas 23 habitantes. Eso sí, focas y pingüinos hay de sobra.

La isla también tenía bastante chatarra, ya que durante mucho tiempo los barcos balleneros solían pasar por allí. En ese contexto, un empresario de Buenos Aires llamado Davidov firmó un contrato con la compañía británica Christian Salvesen para desmantelar viejas instalaciones balleneras y venderlas como chatarra.

Mientras tanto, sectores militares argentinos vieron una oportunidad: enviar personal a Georgia del Sur haciéndolo pasar por trabajadores, con la idea de instalar allí una base de manera encubierta.


"Almirante Irizar"

Como la zona es muy remota, los argentinos no se preocuparon demasiado por cumplir con todas las formalidades diplomáticas al visitar la isla, algo que, por otra parte, ya habían hecho varias veces antes. Cuando un grupo de “trabajadores” desembarcó allí el 19 de marzo de 1982, a bordo del rompehielos militar argentino Almirante Irizar, una de sus primeras acciones fue izar la bandera argentina sobre un conjunto de rocas y chatarra.

Los habitantes británicos de Grytviken observaron la escena —seguramente con cierta sorpresa— y la informaron a las autoridades correspondientes. El Ministerio de Asuntos Exteriores británico presentó una protesta formal ante Buenos Aires y envió el rompehielos Endurance, con 22 infantes de marina, para retirar al grupo argentino.

El buque británico partió rumbo a la isla, pero en el camino se encontró con dos corbetas argentinas, la Drummond y la Granville, desplegadas entre las Malvinas y Georgia del Sur. Desde las corbetas explicaron que estaban evacuando a personal argentino. Cuando el Endurance llegó a la bahía Lee, avistó al buque argentino Bahía Paraíso, del cual ya habían desembarcado 10 comandos navales.

Ante la posibilidad de que la situación escalara, el Ministerio de Relaciones Exteriores británico propuso una salida intermedia: otorgar permisos de residencia temporal a los “trabajadores”. La respuesta argentina fue que no necesitaban esos documentos, ya que, según su interpretación, tenían derecho a permanecer allí en virtud de un tratado de comunicaciones de 1971. Para los británicos, esa lectura no correspondía, porque entendían que el acuerdo se aplicaba únicamente a las Islas Malvinas.

Mientras en Georgia del Sur se mantenía la tensión entre el Endurance, con infantes de marina británicos, y el Bahía Paraíso, con comandos argentinos, el 2 de abril de 1982 comenzó la Operación Rosario. Hay indicios de que, en un principio, el plan habría recibido el nombre de “Azul”. Más allá de ese detalle, el esquema de desembarco fue elaborado por el vicealmirante Juan Lombardo, bajo la dirección del almirante Jorge Anaya, comandante en jefe de la Armada Argentina.

La fuerza principal de la operación fue el 2.º Batallón de Infantería de Marina, compuesto por unos 600 efectivos y equipado con vehículos blindados anfibios de transporte de personal. El desembarco estuvo a cargo del buque Cabo de San Antonio y del destructor Santísima Trinidad. A su vez, la Fuerza de Tareas 20 —integrada por el portaaviones 25 de Mayo, los destructores Comodoro Py, Hipólito Bouchard, Piedra Buena y Seguí, además del buque cisterna Punta Médanos— brindó cobertura a la operación.

El plan apuntaba a ser rápido y, sobre todo, sin derramamiento de sangre. La junta argentina calculaba que el Reino Unido no respondería militarmente y que limitaría su reacción al terreno diplomático.

El desembarco debía realizarse de manera simultánea en varios puntos. Distintos grupos de comandos tomarían los objetivos principales en la Isla Soledad siguiendo un orden previamente establecido. Entre los últimos blancos previstos estaban los cuarteles de la Infantería de Marina británica y el aeropuerto.



"Buzos tácticos" hoy

Según el plan, los primeros en desembarcar en las islas fueron los Buzos Tácticos: un grupo de 13 hombres al mando del capitán de corbeta Alfredo Cufré, transportados por el submarino Santa Fe. Llegaron a la costa en tres botes neumáticos, realizaron tareas de reconocimiento y marcaron los puntos previstos para el desembarco.

Uno de esos puntos era Playa Rojo, donde debía desembarcar el 2.º Batallón de Infantería de Marina. Su objetivo era tomar la península de Camber, por donde corría el ferrocarril local de trocha angosta, de unos 5,6 kilómetros, conocido como el Falkland Express. Ese tren unía el depósito naval de la península —donde, durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos habían construido un muelle y una instalación de abastecimiento de combustible— con Puerto Stanley.

Luego, el batallón debía avanzar sobre la capital de las islas y ocupar también el aeropuerto, donde estaba previsto que aterrizaran aviones con más tropas.

El principal problema del mando argentino fue la premura. La operación estaba originalmente prevista para el 15 de mayo, pero el 26 de marzo llegó la orden de adelantarla 45 días. Esa decisión dejó varias capacidades sin terminar de incorporar. Argentina había comprado diez Mirage 5P a Francia a través de Perú, pero para el final del conflicto los pilotos argentinos todavía no habían llegado a dominar plenamente esos aviones.

Además, al inicio de la guerra aún no habían llegado dos bombarderos Canberra adquiridos al Reino Unido, ni los sistemas de misiles antiaéreos Tigercat y Blowpipe. También había una limitación importante en la aviación naval: de los catorce Super Étendard comprados, solo habían llegado cinco, junto con apenas cinco de los veintiocho misiles Exocet encargados.


Leopoldo Galtieri se dirige a su pueblo amado (nótese el sarcasmo).

El operativo se preparó con mucho secretismo, aunque en la práctica ese secreto tenía sus límites: en la región ya circulaban señales bastante claras de que el desembarco era inminente. De hecho, el 1 de abril, el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, se comunicó con Leopoldo Galtieri para pedirle que cancelara la operación, lo que mostraba que Washington estaba al tanto de lo que estaba por ocurrir.

Galtieri demoró alrededor de una hora y media antes de atender la llamada. Según algunas versiones, buscaba ganar tiempo para que la comunicación con la fuerza de tareas ya estuviera cortada o para que resultara imposible dar marcha atrás.

Durante la conversación, Reagan le recordó que el Reino Unido era un “aliado muy especial” de Estados Unidos. Sin embargo, el líder argentino no pareció mostrarse demasiado impresionado por el argumento y mantuvo su postura.


"¡Inglaterra es un aliado muy especial!"

Aunque Galtieri esperaba una postura más comprensiva por parte de Estados Unidos, lo cierto es que la relación entre Washington y la junta militar argentina venía siendo bastante cercana en varios aspectos.

En 1976, Henry Kissinger había facilitado un préstamo de 50 millones de dólares para la Argentina. Entre 1977 y 1978, además, Estados Unidos vendió repuestos militares por unos 120 millones de dólares y destinó alrededor de 700.000 dólares al entrenamiento de 217 militares argentinos en territorio estadounidense.

Durante la presidencia de Jimmy Carter, la relación atravesó momentos de tensión. La administración demócrata cuestionaba con mayor énfasis las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la llamada “guerra sucia” y otras prácticas represivas del régimen argentino. Sin embargo, con la llegada de Ronald Reagan, el clima político cambió. Su gobierno priorizaba la lucha anticomunista en América Latina y veía a la Argentina como un socio útil dentro de esa estrategia regional.

La colaboración también se dio en tareas vinculadas a la inteligencia y la seguridad. Por ejemplo, miembros del Batallón de Inteligencia 601 participaron en el entrenamiento de los Contras nicaragüenses en la base de Lepaterique, en Honduras, utilizada por Estados Unidos.

A todo eso se sumaban dos elementos de peso: por un lado, la Doctrina Monroe, con su vieja idea de mantener la influencia europea fuera del continente americano; por otro, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947, conocido como Pacto de Río. Este acuerdo establecía que un ataque contra un país firmante podía considerarse un ataque contra todos, incluidos los Estados Unidos.

Con ese contexto, Galtieri podía suponer que Washington mantendría, como mínimo, una neutralidad benevolente frente a la recuperación argentina de las Islas Malvinas.


TDC "Cabo de San Antonio"

El 28 de marzo de 1982, la Fuerza de Tareas 20 zarpó desde Puerto Belgrano, la principal base de la Armada Argentina. Iba organizada en dos grupos de tarea, la FT-40 y la FT-20.

La formación avanzaba a unos 14 nudos, dispuesta en círculo para proteger al buque de desembarco de tanques Cabo San Antonio, que llevaba a bordo a la fuerza de desembarco. En medio de la travesía también se sumó el rompehielos Almirante Irízar.

Pero el clima empezó a complicar las cosas. Un viento del sudoeste se intensificó rápidamente y obligó a la FT-40 a reducir la velocidad a apenas 6 nudos. Finalmente, las malas condiciones meteorológicas en la zona de Malvinas impidieron cumplir con el cronograma original: los desembarcos recién pudieron comenzar el 2 de abril.

El reconocimiento aéreo estuvo a cargo de aviones Grumman S-2 Tracker, operados desde el portaaviones ARA 25 de Mayo.


Juego de rol "Carl Gustav": un héroe de la Guerra de las Malvinas.

¿Y del lado británico qué pasaba? El 30 de mayo, el destructor británico Antrim, junto con otros buques y submarinos, partió rumbo a Georgia del Sur para reforzar al Endurance y meter algo de presión sobre los argentinos. Con ese panorama, el desembarco en Malvinas terminó siendo relativamente sencillo.

En Puerto Stanley solía haber unos 85 infantes de marina, pero 22 habían salido con el Endurance. Así, en las islas quedaban alrededor de 57 infantes de marina, más unos 25 milicianos locales. Las cifras exactas varían bastante según las fuentes, pero esos números suelen considerarse entre los más confiables.

Los milicianos tenían asignadas tareas puntuales: custodiar la central telefónica, la estación de radio y la usina eléctrica. Además, Jack Sollis, capitán del buque costero Forrest, se ofreció a usar su embarcación como una especie de radar improvisado.

Los infantes de marina contaban con algunas ametralladoras Bren, lanzagranadas Carl Gustav y fusiles automáticos. El gobernador de las islas, Rex Hunt, por su parte, tenía una pistola Browning de 9 mm.

Entre las medidas defensivas también estuvo la detención de unos 30 ciudadanos argentinos, incluidos algunos isleños casados con mujeres argentinas. Fueron llevados al comedor del ayuntamiento, cerca de la comisaría, y el teniente de la Marina Real Richard Ball quedó a cargo de vigilarlos.

Además, se apagó el faro y la pista del aeródromo local fue bloqueada con camiones y tractores.



"Comandos Anfibios" en Malvinas

El 31 de marzo, a las 22:00, el submarino Santa Fe detectó por periscopio al vapor costero Forrest, que estaba haciendo maniobras de radar. Con eso quedó bastante claro que el factor sorpresa ya se había perdido, así que el plan operativo tuvo que ajustarse sobre la marcha.

A la 1:40, catorce buzos tácticos salieron del submarino en botes neumáticos Zodiac y pusieron rumbo a la península de Pembroke. Desde allí, a las 4:30 del 2 de abril, cruzaron hacia la bahía York.

Una vez en la zona, instalaron luces de señalización para orientar a la fuerza principal de desembarco y se prepararon para tomar el faro y el aeródromo. No encontraron resistencia.


Teniente Comandante Pedro Edgardo Giachino

Mientras tanto, el destructor Santísima Trinidad fondeó a unos 500 metros de la desembocadura del río Mullet Creek. Desde allí lanzó 21 botes neumáticos Gemini con 84 comandos argentinos del Grupo de Comandos Anfibios, al mando de los capitanes de corbeta Guillermo Sánchez-Sabarots y Pedro Edgardo Giachino.

El contralmirante Pedro Allara se comunicó por radio con el gobernador de las Malvinas, Rex Hunt, para ofrecerle la posibilidad de rendirse. Hunt rechazó la propuesta.

Luego, las fuerzas encabezadas por Giachino avanzaron con el objetivo de tomar el cuartel de los Royal Marines en Moody Brook.


El emplazamiento del cuartel de Mundy Brook es hoy

El teniente comandante Sánchez Sabarots describió la marcha nocturna hacia el cuartel de la siguiente manera:

La noche era hermosa, la luna brillaba, pero estaba casi completamente oculta por las nubes. Cargar con objetos pesados ​​era difícil... Finalmente, nos dividimos en tres grupos. Solo teníamos una visión nocturna: la de uno de los comandantes de los grupos, el teniente Arias. Un grupo se separó cuando un vehículo pasó por la carretera que debíamos cruzar. Pensamos que era una patrulla militar. El segundo grupo perdió el contacto, y el tercero se separó porque alguien se movía demasiado rápido. Debido a esto, mi segundo al mando, el teniente Bardi, se cayó, sufrió una microfractura en el tobillo y tuvo que quedarse con la persona que debía ayudarlo. Llegamos a Moody Brook a las 5:30 a. m., justo a tiempo, pero sin tiempo para el reconocimiento de una hora que habíamos planeado.

El cuartel estaba en silencio, aunque había una luz encendida en la oficina del comandante. No se escuchaba nada que indicara que el desembarco principal ya hubiera empezado, y el jefe de la Infantería de Marina argentina no vio centinelas en el lugar. Aun así, decidió avanzar con el asalto.

Según la versión argentina, uno de los objetivos centrales era tomar las islas sin provocar bajas. La conducción militar suponía que, si la operación se realizaba de manera rápida y con el menor nivel de violencia posible, el Reino Unido quizá no reaccionaría con demasiada fuerza ante la ocupación de un territorio en disputa.

De acuerdo con ese relato, los comandos rodearon el cuartel con ametralladoras y lanzaron granadas de gas lacrimógeno por las ventanas. Pero el operativo no tuvo el efecto esperado: el edificio estaba vacío.

Las explosiones, sin embargo, alertaron al comandante de los Royal Marines, el mayor Michael Norman, de que las fuerzas argentinas ya estaban en las islas. Entonces ordenó que todos los efectivos disponibles se concentraran en la Casa de Gobierno. Al mismo tiempo, el gobernador Rex Hunt indicó a la milicia local que no ofreciera resistencia bajo ninguna circunstancia y que se rindiera de inmediato.

Hay un detalle interesante sobre este episodio. La versión argentina describe el asalto al cuartel de Moody Brook más o menos en esos términos. Los británicos, por razones comprensibles, no suelen detenerse demasiado en ese momento. Sin embargo, tras recuperar las islas, describieron los barracones como llenos de impactos de bala y afirmaron que las granadas arrojadas no eran de gas lacrimógeno, sino de fósforo blanco.

La versión argentina sostiene que los agujeros de bala fueron provocados más tarde por aviones Harrier, que habrían ametrallado los barracones durante la recuperación británica de las islas. Sobre la supuesta presencia de fósforo blanco, en cambio, no hubo una explicación argentina tan clara.


Vehículos blindados anfibios argentinos de transporte de personal en las calles de Puerto Stanley.

Mientras tanto, a las 6:00 de la mañana, se apagaron las luces del Cabo San Antonio, se encendieron los extractores y se abrieron las rampas de proa. A las 6:22 llegó la orden: “¡Primera ola, al agua!”. Así comenzó el desembarco de la fuerza principal, bajo el mando del capitán de fragata Alfredo Raúl Weinstabl.

Desde el Cabo San Antonio desembarcaron en la bahía York veinte vehículos blindados anfibios LVTP-7A1, al mando del capitán de corbeta Carlos Alberto Cazzaniga. A bordo iban efectivos de las compañías D y E del 2.º Batallón de Infantería de Marina.

Como todavía estaba oscuro, los vehículos avanzaron guiándose únicamente por las luces que habían colocado previamente los buzos tácticos. Desde tierra, un destacamento de Royal Marines al mando del teniente William Trollope observaba el movimiento.

Una vez completado el desembarco, los blindados argentinos se organizaron en columna y comenzaron a avanzar hacia Puerto Stanley, con tres transportes anfibios Amtrac encabezando la marcha.


Trenes Amtrak en las Malvinas

El primer enfrentamiento entre los argentinos y los defensores de la isla tuvo lugar a las 7:15 a. m. cerca de la estación de investigación ionosférica. El informe oficial del teniente comandante Hugo Santillán lo describe de la siguiente manera:

Estábamos en el último tramo de carretera hacia Stanley. Una ametralladora disparó desde una de las tres casas blancas, a unos 500 metros de distancia, alcanzando al Amtrac de la derecha. El fuego fue muy preciso. Luego oímos disparos de lanzagranadas, pero fueron imprecisos, los proyectiles cayeron lejos de nosotros. Seguimos el procedimiento estándar y tomamos una maniobra evasiva. El primer Amtrac respondió al fuego y se cubrió en una pequeña depresión. Una vez fuera de peligro, ordené a los tres vehículos que desembarcaran. Ordené a la dotación del cañón sin retroceso (los paracaidistas estaban armados con cañones sin retroceso de 75 mm – G.T.) que disparara un proyectil HEAT a la cumbrera del tejado de la casa donde estaba la ametralladora, provocando una explosión pero no un estallido. Seguimos la orden de no causar bajas. El primer proyectil falló por unos 100 metros, pero el segundo dio en el tejado. Entonces las tropas británicas lanzaron una granada de humo púrpura; pensé que era su señal de retirada. Dejaron de disparar, así que el capitán de segunda clase Weinstabl comenzó a avanzar con dos compañías alrededor de la posición. Varios fusileros abrieron fuego desde una de las casas; fue bastante desagradable. No pude localizar el lugar, pero uno de mis vehículos blindados sí lo hizo y pidió permiso para abrir fuego con el mortero que llevaba. Le concedí el permiso, pero solo con dos morteros y únicamente contra los tejados. Dos disparos fallaron, pero el tercero dio justo en el centro del tejado; fue increíble. Después de eso, los británicos cesaron el fuego.

Los británicos creían que el vehículo blindado de transporte de personal se había estrellado contra el terreno bajo. Los argentinos afirman que recibió 97 impactos de bala, y el segundo vehículo blindado de transporte de personal perdió el control. El teniente Trollope de la Infantería de Marina Real describe la batalla de la siguiente manera:

Seis vehículos blindados de transporte de personal comenzaron a avanzar rápidamente por la carretera hacia el aeropuerto. El primer vehículo fue atacado desde una distancia de 200 a 250 metros. Los tres primeros disparos, dos de 84 mm y uno de 66 mm (de un lanzagranadas Carl Gustav), fallaron. Luego, un proyectil de 66 mm, disparado por el infante de marina Mark Gibbs, impactó en el compartimento de pasajeros, y un proyectil de 84 mm, disparado por los infantes de marina George Brown y Danny Betts, impactó en la parte delantera. Ambos proyectiles detonaron y no se escuchó más fuego proveniente de ese vehículo. Los cinco vehículos blindados restantes, a unos 600-700 metros de distancia, desembarcaron a sus soldados y abrieron fuego. Les disparamos con una ametralladora, un fusil automático y un rifle de francotirador (el sargento Ernie Shepherd) durante aproximadamente un minuto, luego lanzamos una granada de humo de fósforo blanco y nos retiramos a la cobertura del jardín. El fuego fue intenso, pero en su mayoría impreciso.

En síntesis, según la versión británica, en el primer enfrentamiento lograron dejar fuera de combate un transporte blindado argentino usando un lanzagranadas Carl Gustav.

Del lado argentino no se confirmó la destrucción del vehículo. Sin embargo, sí se reconoce que en ese combate se produjo la única baja fatal propia de toda la operación: la muerte del infante de marina Horacio Tello.

Por eso, lo más probable es que el disparo británico haya impactado en el compartimiento de tropa del blindado, causando esa pérdida.



El payaso gobernador de las Malvinas, Rex Hunt, en 1985.

Mientras tanto, los Royal Marines se replegaron hacia la Casa de Gobierno. Pero no todos consiguieron llegar. Un grupo de 16 hombres, encabezado por los cabos Lou Armour y David Carr, avanzaba por las afueras de Puerto Stanley cuando fue atacado y quedó separado del resto.

Ambos cabos decidieron intentar encontrar al grupo de Trollope. Para eso tuvieron que cruzar una cancha de fútbol y arrastrarse por un cerco vivo que daba hacia unos jardines. Allí se toparon con un problema inesperado: recibieron fuego amigo. En medio del ataque argentino a la Casa de Gobierno, fueron confundidos con otra unidad enemiga.

Finalmente lograron entrar al edificio por la ventana de la cocina, gritando “¡Royal Marines!” para que los identificaran.

Antes de eso, el cabo Stephen York y su escuadra habían ocupado una posición defensiva en el sector oeste de Navy Point. Al ver que los blindados argentinos se acercaban al puerto de Stanley, el infante de marina Rick Overhall disparó un cañón sin retroceso Carl Gustav. Según su versión, el proyectil impactó en una lancha de desembarco y mató a todos los que iban a bordo.

Ahora bien, como suele pasar en la guerra, los relatos no siempre encajan del todo. La famosa frase atribuida a Bismarck —que nunca se miente tanto como después de una cacería y durante una guerra— viene bastante al caso. Lo más probable es que aquel supuesto “bote de desembarco” dañado fuera, en realidad, el transporte blindado argentino que había perdido las orugas.


Prestando primeros auxilios al teniente comandante Giachino, que resultó herido.

Los combates más intensos se dieron en la Casa de Gobierno. El capitán de corbeta Pedro Giachino, que encabezó el asalto, contaba con apenas 16 infantes de marina y, además, no tenía comunicación por radio. Dividió a sus hombres y ubicó un grupo frente a cada pared del edificio.

Lo que Giachino no sabía era que adentro se encontraba concentrada casi toda la guarnición británica de Royal Marines, que superaba a su destacamento en una proporción cercana a tres a uno.

El primer ataque argentino comenzó a las 6:30 de la mañana, una hora antes de que llegara la fuerza principal de desembarco. Mientras el grupo del teniente Gustavo Adolfo Lugo mantenía un intercambio de fuego con los defensores del edificio, Giachino avanzó con cuatro comandos hacia el anexo de servicio, creyendo que se trataba de la entrada trasera de la residencia del gobernador.

Allí fueron recibidos por fuego británico. En el anexo estaban los cabos Mick Sellen y Colin Jones, junto con los soldados Harry Dorey y Murray Paterson.

Giachino fue herido de gravedad casi de inmediato. El teniente Diego García Quiroga también recibió un disparo en el brazo. Luego, el cabo enfermero Ernesto Urbina intentó acercarse para asistir a Giachino, pero resultó herido por una granada de mano.

Según algunas versiones, Giachino llegó a quitarle la anilla a una granada y amenazó con hacerla detonar junto con los Royal Marines si se acercaban. Los británicos intentaron convencerlo de que soltara la granada para poder atenderlo, pero él se negó. Tres horas después, tras la rendición de la Casa de Gobierno, fue trasladado al hospital de Puerto Stanley, donde murió desangrado.

Un detalle llamativo es cómo se contabilizaron las bajas: Giachino muchas veces no aparece como muerto durante el desembarco propiamente dicho, porque falleció más tarde en el hospital.

Mientras tanto, desde la península de Camber, el cabo York informó al mayor Norman sobre la posible entrada de buques argentinos en el puerto de Stanley. Como su grupo tenía un lanzacohetes Carl Gustav, preguntó a qué barco debían disparar.

La respuesta fue bien británica: “El objetivo número uno es el portaaviones; el objetivo número dos, el crucero”. Claro que dispararle con un Carl Gustav a un portaaviones o a un crucero no tenía demasiado sentido práctico. Pero el humor británico suele ser bastante seco.

Finalmente, los Royal Marines permanecieron ocultos en su lancha neumática a motor, a la sombra del costado de un pesquero polaco, y no dispararon el lanzacohetes contra ningún buque.



Tropas argentinas y población local

Mientras tanto, los argentinos siguieron con el asalto a la Casa de Gobierno. Los británicos no tenían claro cuántos hombres participaban del ataque: los comandos cambiaban de posición todo el tiempo, y además el uso de granadas aturdidoras fue confundido con granadas de fusil o incluso con proyectiles de mortero.

Después de que Giachino quedara herido, su segundo, el teniente Lugo, quedó al mando de alrededor de una docena de comandos. Y lo cierto es que el efecto psicológico del ataque fue considerable. El gobernador Hunt llamó a Radio Stanley y le dijo al locutor Patrick Watts que una compañía de asalto intentaba tomar la Casa de Gobierno.

Según su relato:

“Seguimos acá, pero estamos atrapados. No podemos movernos... Debe haber unas 200 personas alrededor nuestro. Nos están tirando granadas de fusil; creo que también hay morteros, no lo sé. Llegaron muy rápido y muy cerca, y después se retiraron. Tal vez estén esperando a que lleguen los blindados, pensando que así van a perder menos gente”.

Los francotiradores británicos, los cabos George Gill y Terry Pares, afirmaron haber abatido a varios argentinos durante el asalto, al menos cinco, y también haber herido a otros diecisiete.

El problema es que esas cifras no cierran demasiado: implicarían 22 bajas sobre un grupo que, descontando a Giachino y Quiroga, rondaba apenas los 14 hombres. Una pérdida así habría sido enorme, y claramente la versión británica parece bastante inflada.



¡La bandera argentina sobre Puerto Argentino!

Sin embargo, el intercambio fue lo suficientemente intenso como para que se diera una escena casi absurda: cuando el vecino Henry Halliday llegó a la Casa de Gobierno para trabajar, como si fuera un día cualquiera, el jefe de policía Ronnie Lamb tuvo que enviar a dos agentes para sacarlo de allí y ponerlo a resguardo.

A las 8:30 de la mañana, el mayor Norman le explicó al gobernador Rex Hunt que la defensa podía ser “decidida e implacable, pero relativamente breve”. Con ese diagnóstico, Hunt resolvió abrir negociaciones con los argentinos.

El vicegobernador, acompañado por Héctor Gilobert, representante de la aerolínea argentina LADE, salió con una bandera blanca rumbo al cuartel general argentino. El puesto de mando del contralmirante Carlos Büsser estaba instalado en el Ayuntamiento de Puerto Stanley.

Allí, hacia las 9:30, se alcanzó el acuerdo para la rendición de la guarnición británica. Para Hunt, la decisión no fue fácil:

Con el corazón apesadumbrado, me volví hacia Mike y le dije que diera la orden de deponer las armas. No pude pronunciar la palabra «rendición». El rostro de Mike reflejaba una mezcla de alivio y angustia: la rendición no formaba parte de su entrenamiento, pero el sentido común dictaba que no había otra alternativa. Mientras Gary acompañaba a Busser para atender a los heridos cerca de la Casa de Gobierno, Mike ordenó a su operador de radio que instruyera a todas las unidades a deponer las armas y esperar a ser recogidas.

Junto con los Royal Marines, también fueron tomados prisioneros los integrantes de la fuerza local británica que no habían participado directamente en los combates.

El grupo del cabo York logró esconderse durante varios días en Long Island Farm, pero finalmente tuvo que rendirse ante la posibilidad concreta de quedarse sin comida.

También se registraron algunos enfrentamientos menores en Navy Point, en la península de Camber, y en el aeropuerto de Puerto Stanley. Pero, para entonces, la situación ya estaba definida: Puerto Stanley pasó a llamarse Puerto Argentino, y en las islas se instaló una base naval argentina.


El contralmirante Carlos Büsser, quien comandó la recuperación

¿Y qué pasaba en Georgia del Sur, donde los “trabajadores” argentinos habían izado la bandera el 18 de marzo? Los Royal Marines del rompehielos Endurance, al mando del teniente Keith Mills, reforzaron sus posiciones cerca de los edificios de la Estación Antártica Británica y colocaron minas alrededor del sector defensivo. Tras la caída de Puerto Stanley, recibieron la orden de resistir mientras no corrieran riesgo sus vidas.

El 3 de abril llegaron a la isla la corbeta argentina Guerrico y el buque de apoyo antártico Bahía Paraíso. Se decidió tomar la posición mediante un desembarco en helicóptero: la Guerrico envió un Alouette para reconocimiento, mientras que desde el Bahía Paraíso despegaría un Puma con el grupo de asalto.

A las 5:00 de la mañana, se pidió la rendición del personal británico. La respuesta fue negativa. Los marines, después de poner a resguardo al personal de la estación en una iglesia, se prepararon para defenderse.

Los argentinos no sabían que había Royal Marines en la isla, por lo que enviaron un helicóptero Puma con 15 comandos y una ametralladora, en principio para asegurar el lugar y organizar el izamiento de la bandera. Pero el helicóptero empezó a aterrizar prácticamente a la vista de los británicos, que abrieron fuego con armas automáticas. El piloto intentó llevar la aeronave hacia otro sector, pero dos comandos murieron, cuatro resultaron heridos y el helicóptero quedó perdido.

Entonces la corbeta Guerrico recibió la misión de desalojar a los marines británicos de sus posiciones. Según la versión argentina, el cañón de 100 mm se trabó después del primer disparo, los cañones de 20 mm tuvieron problemas similares, y el Bofors de 40 mm apenas había disparado unas seis veces cuando el buque fue alcanzado por un proyectil de 84 mm lanzado con un Carl Gustav.

El impacto mató al cabo primero Patricio Guanca, hirió a otros cuatro marineros y dañó cableado, un cañón antiaéreo de 40 mm, el sistema Exocet y el cañón de 100 mm.

La Guerrico viró para alejarse y, mientras se retiraba, recibió fuego de fusiles automáticos. Según los argentinos, más de 200 proyectiles impactaron en el buque.

Poco después, el Super Puma trasladó a diez infantes de marina argentinos a la isla. La corbeta, por su parte, logró volver a poner en servicio el Bofors de 40 mm y comenzó a bombardear las posiciones británicas. Ante esa situación, el teniente Keith Mills decidió rendirse.

Así, la batalla de Georgia del Sur terminó provocando más bajas argentinas que el propio desembarco en Malvinas.


Helicóptero argentino derribado sobre Georgia del Sur.

¿Fue una victoria? En lo inmediato, sí. Pero ahí los argentinos cometieron un error político enorme, de esos que a primera vista pueden parecer menores y después terminan pesando muchísimo.

Tras capturar en Puerto Stanley a 175 prisioneros británicos, entre ellos 85 Royal Marines, los hicieron acostarse boca abajo sobre el asfalto frente a las cámaras. Desde el punto de vista práctico, no hacía falta. Pero la intención era clara: mostrar que la operación había sido exitosa y exhibir la rendición británica.

El problema fue el efecto internacional. Cuando esas imágenes aparecieron en diarios de todo el mundo, el costo político para Londres cambió por completo. A partir de ese momento, para Margaret Thatcher resultaba casi imposible mirar para otro lado. La recuperación británica de las islas pasó a ser, en términos políticos, una respuesta prácticamente inevitable.

Esa es, al menos, la lectura más conocida. En paralelo, la maquinaria militar británica ya empezaba a moverse para responder a lo que Londres veía como una afrenta directa a su autoridad imperial. Y aunque Thatcher no necesariamente buscaba una guerra desde el primer minuto, después de esas imágenes el margen para una salida discreta se achicó muchísimo.



Una fotografía icónica. Sin ella, ¿la historia podría haber sido diferente?. O quizás no...


sábado, 14 de marzo de 2026

Gran Bretaña en una carrera contra Argentina por la Antártida


The Telegraph admite la verdad: Gran Bretaña quiere llegar a la Antártida antes que Argentina





En una admisión tan reveladora como preocupante, The Telegraph, uno de los diarios más emblemáticos del conservadurismo británico, publicó un artículo en el que sostiene sin rodeos que el Reino Unido debe apresurarse a asegurar su presencia en la Antártida antes de que lo haga la Argentina. El motivo es claro: los inmensos recursos naturales del continente blanco podrían convertirse en una tabla de salvación para una potencia en declive.

Lejos de tratarse de una simple reflexión geopolítica, el texto expone con crudeza una ambición estratégica británica sobre un territorio donde la Argentina no solo posee derechos históricos, geográficos y jurídicos, sino también una presencia concreta e ininterrumpida desde 1904. Es decir, mucho antes de que Londres intentara revitalizar sus pretensiones sobre la región, la Argentina ya estaba allí, sosteniendo con hechos su vínculo permanente con la Antártida.

El propio artículo británico reconoce esa realidad. Menciona la cercanía natural entre el territorio continental argentino y la Antártida, así como la firmeza con la que nuestro país defendió históricamente su reclamo soberano. No es un dato menor: mientras el Reino Unido observa el continente blanco como una oportunidad de rescate económico, la Argentina lo considera parte integral de su proyección territorial, científica, logística y estratégica.

Durante décadas, el Tratado Antártico de 1959 preservó a la región como un espacio dedicado a la paz y a la ciencia. Pero ahora, ante el crecimiento del interés global por el petróleo, el gas, los minerales y otros recursos críticos, comienzan a aparecer voces en las grandes potencias que buscan terminar con esa etapa de cooperación y abrir una nueva era de disputa. El artículo de The Telegraph se inscribe exactamente en esa lógica: la de una potencia que, frente a su debilitamiento, vuelve a mirar hacia territorios ajenos con reflejos coloniales.



El texto también deja en evidencia la preocupación británica por el avance de otros actores, entre ellos Argentina, Chile, China, Rusia y Estados Unidos. Sin embargo, entre todos esos nombres, la Argentina aparece como un rival central. Y no por casualidad: nuestro país tiene la legitimidad de la cercanía geográfica, la continuidad histórica, la experiencia logística y una presencia humana y científica sostenida que ninguna editorial extranjera puede borrar.

La preocupación británica también revaloriza el papel estratégico de las Islas Malvinas, utilizadas por el Reino Unido como enclave de proyección hacia el Atlántico Sur y la Antártida. Esa realidad confirma, una vez más, que la cuestión antártica no puede separarse de la disputa por Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes. Todo forma parte de un mismo tablero geopolítico, en el que la Argentina debe actuar con claridad, decisión y visión de largo plazo.

En definitiva, lo que The Telegraph dice entre líneas es contundente: el Reino Unido sabe que la Argentina cuenta con títulos sólidos, presencia real y una posición privilegiada en la disputa por el futuro del continente blanco. Por eso busca instalar una narrativa de urgencia, como si se tratara de una carrera por apropiarse de una riqueza antes que otros. Pero la Antártida no es un botín, y mucho menos un premio para nostalgias imperiales.

Frente a este escenario, la Argentina tiene una responsabilidad histórica: defender con firmeza su soberanía, fortalecer su presencia científica y logística, y consolidar una política de Estado que proteja plenamente sus derechos en la Antártida. Porque si incluso desde Londres reconocen la centralidad argentina en el continente blanco, entonces es hora de que la dirigencia nacional esté a la altura de esa verdad y la convierta en acción estratégica.

Si querés, también te lo puedo rehacer en un tono todavía más editorial, patriótico y confrontativo, o en una versión más breve e impactante para publicación en redes, columna o nota de opinión.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Cimiento de la trampa de Malvinas: El incidente del HMS Shackleton

El HMS Shackleton y el diseño de la geopolítica británica de Malvinas


Resumen

1) ¿Qué misión estuvo realizando el HMS Shackleton en las Malvinas y Antártida?
El HMS Shackleton realizó misiones de reconocimiento y patrullaje en las Malvinas y la Antártida.

2) ¿Qué tipo de recolección de información buscaba?
Buscaba recolectar información geológica, hidrográfica y meteorológica.

3) ¿Cómo interpretaba la inteligencia británica el rol de Argentina en la región?
La inteligencia británica veía a Argentina como una amenaza potencial, preocupándose por sus actividades en la región.

4) ¿Qué se investigó respecto al petróleo y otros recursos naturales?
Se investigaron potenciales yacimientos de petróleo y otros recursos naturales.

5) Opinión ¿Cómo pudo quedar afectada la geoestrategia británica en la región debido a esta incidente? ¿Pudo ser un antecedente para el diseño de una política hacia Malvinas y una posible búsqueda de alianza secreta con Chile para gestionar los recursos en la región a futuro?

Este incidente influyó en la estrategia británica, promoviendo una política de defensa más firme en Malvinas y posibles alianzas con Chile para gestionar recursos estratégicos, asegurando su influencia en la región.

Ver también:




El HMS Shackleton, un buque polar británico, desempeñó un papel fundamental en las misiones de reconocimiento y patrullaje en las Malvinas y la Antártida durante el periodo previo a la guerra de las Malvinas en 1982. Estas misiones, aunque en apariencia científicas y de investigación, tenían objetivos estratégicos y geopolíticos claros. A continuación, se presenta un análisis detallado de las operaciones del HMS Shackleton y su impacto en la geoestrategia británica en la región, incluyendo el contexto histórico y las posibles repercusiones a largo plazo.

1. Misión del HMS Shackleton en las Malvinas y la Antártida

El HMS Shackleton, diseñado originalmente para exploraciones científicas, fue utilizado por la Marina Real Británica para llevar a cabo misiones de reconocimiento en el Atlántico Sur. Estas misiones se centraron en áreas alrededor de las islas Malvinas y el continente antártico, regiones de interés estratégico tanto por sus recursos naturales como por su posición geopolítica.

2. Tipos de recolección de información

El buque se enfocó en la recolección de diversos tipos de datos, incluyendo:

  • Información geológica: Exploraciones y estudios del subsuelo marino para identificar potenciales yacimientos de petróleo y gas natural.
  • Información hidrográfica: Mapeo de las características del fondo marino, corrientes oceánicas y otros datos relevantes para la navegación y operaciones militares.
  • Información meteorológica: Recolección de datos climáticos y meteorológicos para comprender mejor las condiciones ambientales que podrían afectar las operaciones navales y aéreas.

3. Interpretación de la inteligencia británica sobre el rol de Argentina

La inteligencia británica veía con preocupación las actividades de Argentina en la región. Consideraban que Argentina tenía aspiraciones expansionistas en el Atlántico Sur, especialmente en las Malvinas, que Argentina reclamaba como propias. Esta percepción llevó a la vigilancia constante y a la preparación para una posible confrontación militar.

4. Investigación sobre petróleo y recursos naturales

El HMS Shackleton y otras operaciones británicas en la región incluyeron la búsqueda de recursos naturales, particularmente petróleo y gas. Las islas Malvinas y las áreas circundantes se consideraban ricas en hidrocarburos, lo que aumentaba la importancia estratégica de controlar estas áreas. Los estudios geológicos y las prospecciones submarinas realizadas por el Shackleton y otros buques proporcionaron datos cruciales sobre la potencialidad de estos recursos.

5. Impacto en la geoestrategia británica y alianzas regionales

Esto es opinión: El incidente y las misiones del HMS Shackleton probablemente tuvieron un impacto significativo en la geoestrategia británica en el Atlántico Sur. La información recolectada subrayó la importancia de mantener una presencia robusta en la región para proteger los intereses británicos, tanto en términos de soberanía territorial como de explotación de recursos naturales.

Influencia en políticas hacia las Malvinas:

  • Refuerzo de defensa: Los datos obtenidos podrían haber justificado un refuerzo en las defensas de las Malvinas, anticipándose a posibles agresiones argentinas. Por eso se ajustó la dotación de Royal Marines de la Naval Party 8901 en las islas.
  • Políticas de contención: La percepción de amenaza por parte de Argentina pudo haber llevado a políticas de contención más estrictas y a un aumento en la presencia militar británica en el área.

Posible búsqueda de alianzas:

  • Alianza con Chile: La necesidad de asegurar recursos y mantener la estabilidad regional pudo haber impulsado a Gran Bretaña a buscar alianzas estratégicas con Chile. Chile, también con intereses en la Antártida y en el control de rutas marítimas estratégicas, podría haber sido visto como un aliado natural.
  • Gestión conjunta de recursos: Una posible alianza con Chile podría haber incluido acuerdos para la gestión conjunta de recursos naturales en la región, beneficiando a ambos países y fortaleciendo su posición frente a otras potencias.

Contexto histórico y geopolítico

La presencia del HMS Shackleton en las Malvinas y la Antártida debe ser entendida dentro del contexto más amplio de la Guerra Fría y las tensiones geopolíticas de la época. La región del Atlántico Sur, aunque lejana, era estratégica no solo para Gran Bretaña y Argentina, sino también para otras potencias globales interesadas en los recursos y las rutas marítimas.

Conclusión

El HMS Shackleton desempeñó un papel crucial en la recolección de información estratégica en las Malvinas y la Antártida, influenciando la geoestrategia británica en la región. Las misiones del buque no solo revelaron datos importantes sobre recursos naturales, sino que también subrayaron la necesidad de una defensa robusta y la posible formación de alianzas estratégicas con países como Chile. Este incidente destaca la intersección de la exploración científica y la estrategia militar, y cómo esta combinación puede influir en las políticas y alianzas internacionales.

La información obtenida y las acciones subsiguientes probablemente prepararon el terreno para la defensa británica durante la guerra de las Malvinas y continuaron moldeando las políticas británicas en la región en los años siguientes. La geoestrategia en el Atlántico Sur sigue siendo un tema de relevancia, y los antecedentes establecidos durante las misiones del HMS Shackleton continúan influyendo en las dinámicas políticas y militares de la región.

lunes, 5 de agosto de 2024

El mito de titiritero que todo lo anticipa

El maestro estratega es un mito

Lawrence Freedman || War on the Rocks






¿Dónde está el maestro estratega que todos hemos estado esperando?

En un artículo la semana pasada , Daniel Steed discrepó con un punto que hice en mi libro Estrategia: una historia . El capítulo correspondiente, titulado “El mito del maestro estratega”, se encuentra al final de la sección sobre estrategia militar. Aquí tomo una posición asociada con Colin Gray en  Modern Strategy  y Harry Yarger en  Strategy and the National Security Professionalen los que requieren más de un estratega de lo que juzgo posible o deseable. Presentaron la estrategia como una vocación profesional que exigía una amplia gama de conocimientos y una visión holística. Mi opinión, sin embargo, es que las estrategias rara vez son desarrolladas por estrategas profesionales. Más a menudo, las estrategias provienen de líderes que intentan imponer su voluntad en una realidad desconcertante que luchan por apreciar las consecuencias completas de sus acciones. No se puede esperar que estos líderes comprendan todos los efectos de segundo y tercer orden de sus acciones, ni pueden comprender la complejidad dinámica del sistema del que forman parte. Las situaciones a las que se enfrentan pueden requerir una atención urgente, con aspectos difíciles de discernir. Carecen de tiempo para ejecutar cursos de acción alternativos a través de una serie de iteraciones y, por lo tanto, deben tomar decisiones basadas en la mejor información disponible. Así que mi advertencia era contra un consejo de perfección que exigía una extraordinaria presciencia, una comprensión de una serie de factores clave y una cuidadosa planificación capaz de tener en cuenta todas las eventualidades. Grey, noté, ya había aceptado el riesgo de esperar demasiado del estratega en su libro.El Puente de la Estrategia .

Steed está de acuerdo conmigo en que es extremadamente difícil dar pasos con confianza para alcanzar metas a largo plazo, pero no lo considera imposible. Él resume mi argumento como: "En última instancia, debido a la gran dificultad de la búsqueda y la imposibilidad de comprender todos los factores relevantes, el hombre estratégico no puede existir". Sin embargo, argumenta que esta forma de pensamiento estratégico se ha hecho en el pasado y es concebible que se pueda hacer en el futuro. De hecho, advierte, mi preocupación puede ser un síntoma de la democracia liberal, que naciones como el Reino Unido y los Estados Unidos podrían verse atrapadas por países cuyos sistemas apoyan mejor el pensamiento estratégico en la cima. “Encontrar un hombre estratégico es desalentador, pero se puede lograr; y aquí argumentaré que el hombre estratégico  ha  existido en el pasado, puede  existir en el presente y  existirá  en el futuro”.

Sin embargo, no hablo de “hombre estratégico” (y no sólo por el problema de género). La frase sí aparece en mi libro cuando recuerdo la aguda observación de Hedley Bull sobre el pensamiento estratégico estadounidense en 1961. Esto, dijo, asumía la “acción racional” de una especie de “hombre estratégico” que “al conocerse mejor se revela a sí mismo como un profesor universitario de inusual sutileza intelectual.”

Ciertamente paso mucho tiempo desafiando el tipo de modelo de actor racional favorecido en las ciencias sociales contemporáneas. Cualquiera de esas personas que cumpliera con criterios tan exigentes y estuviera en condiciones de tomar decisiones de gran alcance sin duda sería un actor súper estratégico, altamente racional y lo suficientemente capaz de analizar todos los datos, digamos como Robert McNamara. Vietnam fue descrito como la “Guerra de McNamara”. Esta no fue una clase magistral estratégica. Es justo señalar que McNamara sirvió a dos presidentes que en realidad tomaron las decisiones clave. Esto plantea entonces la cuestión del cargo que ocupa la “persona estratégica”. ¿Es el maestro estratega un consejero del poderoso o del poderoso? ¿Maquiavelo o el Príncipe? Solo un asesor tendría tiempo para realizar el trabajo de diagnóstico necesario. Sin embargo, los ejemplos que Steed elige son de líderes políticos.

Este problema de la separación funcional, una característica de la especialización de la vida contemporánea, es relevante para el problema de la elaboración de estrategias. Podría ser mucho más fácil proponer una estrategia audaz e imaginativa cuando no vas a tener que rendir cuentas si todo sale mal. Existen otras formas de separación funcional. Steed se toma en serio el problema de la desconexión habitual entre lo político y lo militar, que destaco. Citaba esto como un problema de la tradición clásica, asociada con Jomini y Clausewitz, que se centra en la batalla decisiva como fuente de la victoria política. Traté esto en un artículo reciente de War on the Rocks. Esta división entre generales y políticos se ha convertido en motivo de preocupación para varios escritores contemporáneos, incluido Hew Strachan. Pero el problema es más amplio, como puede verse en los lamentos sobre la separación de los planificadores de los hacedores en las grandes empresas. Steed y yo podemos estar de acuerdo en que existe un verdadero desafío cuando se trata de traducir el lenguaje y las preocupaciones de los militares en términos que el político capte. Por el contrario, es igualmente difícil hacer que los militares aprecien las presiones reales, ya menudo contradictorias, a las que se enfrenta un político. Pero incluso si se mejoran las estructuras, siempre habrá intereses y perspectivas distintivos. Es poco probable que se desarrolle una sucesión de personas estratégicas redondeadas.

Para demostrar que se puede salvar la división político-militar, Steed ofrece a Alejandro Magno, "sin duda el mayor estratega de la historia". Utilizando a Alexander, describe lo que queremos del hombre estratégico.

Aquel que puede percibir el todo en un entorno cambiante y dinámico; comunicar asuntos complejos a aquellos a quienes debe liderar, tanto militar como políticamente, para inspirarlos a hazañas más allá de lo que se creía posible; dominar una amplia gama de desafíos técnicos y tácticos en tiempo real, contra diversos adversarios; el que comprende la dimensión ética de la estrategia y la necesidad de la humildad política; y, en última instancia, cuando llegue el momento, tener la capacidad de derrotar a aquellos que lo desafían a través de la fuerza de las armas de manera rápida y decisiva.

No hay duda de la eficacia de Alejandro, aunque ayudó que heredó un imperio y, por supuesto, su carrera duró apenas 13 años. Sus logros no fueron sostenidos por sus sucesores, por lo que uno se pregunta cómo sería su reputación si hubiera vivido unas cuantas décadas más. El tiempo, después de todo, lo es todo cuando se trata de reputación. En algunos aspectos absolutamente vitales, por ejemplo, Winston Churchill fue un excelente estratega. En otros era terrible. Si hubiera muerto en la década de 1930, habría sido recordado como un fracaso brillante que poseía un juicio defectuoso. Napoleón y Hitler también unieron la estrategia política y militar en una sola persona. Cada uno fue considerado increíble en su tiempo hasta que se excedió y fue derrotado.

Como ejemplo contemporáneo, consideremos a Margaret Thatcher, mencionada por Steed como alguien que fue políticamente eficaz en varias campañas. Tomemos primero la campaña de las Malvinas de 1982. Ella no esperaba la invasión argentina. Cuando llegó, su primera prioridad fue salvar a su gobierno, que bien podría haber caído si el Primer Lord del Mar, Sir Henry Leach, no hubiera señalado que se podría enviar un grupo de trabajo en poco tiempo al Atlántico Sur. Su segundo buen consejo fue que el grupo de trabajo debería tomar todo lo que pudiera porque nadie podía estar seguro de lo que tendría que hacer cuando llegara allí. En primera instancia, el grupo de trabajo fue enviado para apoyar una estrategia de negociación. Las negociaciones fracasaron, pero no por la intransigencia de Thatcher (a pesar de lo que comúnmente se supone). En un punto, aceptó que su objetivo principal de devolver las islas a la administración británica podría no ser posible. Si los argentinos hubieran mostrado más perspicacia en la negociación, así como en su planificación militar, ahora podríamos estar mirando hacia atrás ante un fracaso humillante. Durante el conflicto, Thatcher se mantuvo firme, pero nunca fue imprudente y estaba dispuesta a comprometerse. El punto es que ella había prestado poca atención al conflicto en desarrollo e hizo sus primeros movimientos sin tener una idea clara de cómo terminaría todo.

Su política hacia el bloque soviético en la década de 1980, posiblemente uno de sus mayores logros, involucró un elemento de casualidad en el desarrollo de su relación con Mikhail Gorbachev, pero lo utilizó con eficacia. Sin embargo, el proceso que ella ayudó a poner en marcha fue más allá de lo que esperaba o quería. De ahí su alarma, ya que conducía inexorablemente a la unificación alemana. En este punto de la historia europea, su juicio estratégico la abandonó y perdió la influencia sobre los asuntos que justificaban sus logros anteriores. Incidentalmente, dada la sugerencia de Steed de que se debe hacer más para educar a los líderes políticos en las formas militares, recuerdo (alrededor de 1984) escuchar mientras los funcionarios intentaban persuadirla para que participara en el próximo ejercicio del puesto de mando WINTEX de la OTAN (realizado cada dos años de 1968 a 1989). “¿No bombardeé Cuba la última vez?” preguntó, explicando por qué pensaba que era una pérdida de tiempo.

“El hombre estratégico”, dice Steed, “no necesita parecerse al Ser Supremo, solo necesita ser lo suficientemente bueno”. Esto es un alivio, pero ¿cómo sabemos qué es lo suficientemente bueno? Cita la estrategia agresiva de la Guerra Fría de Ronald Reagan, pero no estoy seguro de qué tan bien habría puntuado Reagan en las cualidades atribuidas por Steed a Alexander, como "percibir el todo en un entorno dinámico y cambiante". En todo caso, la fuerza de Reagan residía en la simplicidad más que en la complejidad de su visión. Su éxito en este caso también dependía de ver a tres gerontócratas y luego poder tratar con un reformador soviético. Las circunstancias ayudaron de una manera que no ayudaron con su mucho menos impresionante política de Oriente Medio.

Por lo tanto, podemos hacerlo mejor buscando una buena estrategia en lugar de preocuparnos por los grandes estrategas. Lo que me fascina de una buena estrategia no es que provenga de personas especialmente calificadas, sino que puede ser generada por seres humanos falibles que trabajan a través de organizaciones imperfectas que operan en condiciones de gran incertidumbre. Las personas pueden verse impulsadas a desempeñar papeles desafiantes (Harry Truman y Clement Attlee en 1945) y luego hacerlo sorprendentemente bien. Ninguno de ellos habría sido identificado como supuestos Alejandros. En general, alentaría a quienes se preparan para algunas decisiones estratégicas importantes a pensar en cómo diagnosticar situaciones y enfocarse en el problema en cuestión, y manejar un grado de empatía con sus oponentes y con sus socios. Tendrán que pensar en el futuro, forjar coaliciones y aferrarse a los objetivos a largo plazo. A medida que aprecian la importancia del azar y las consecuencias no deseadas, deben ser pragmáticos, cambiando de rumbo cuando uno no funciona y modificando los objetivos a medida que surgen nuevas oportunidades y otras se cierran. Pero en la práctica puede resultar que una situación real realmente se adapte a alguien que es obstinado y de mente sanguinaria, autocrático en lugar de consultivo, estrecho de miras y despiadado, y por lo tanto capaz de actuar como una fuerza de la naturaleza y hacer a un lado todos los obstáculos.

Por lo tanto, hay tres problemas con nuestra búsqueda de la persona estratégica magistral. En primer lugar, las cualidades necesarias son muy exigentes. En segundo lugar, necesitan circunstancias apropiadas antes de que puedan entrar en juego. Tercero, estas circunstancias pasarán. Un desempeño estratégico consistentemente alto es extremadamente difícil. Incluso aquellos que se desempeñan bien por un tiempo, rara vez mantienen su desempeño a lo largo del tiempo. Los grandes estrategas emergen en relación con las grandes situaciones. Mientras tanto, en lugar de preocuparse por si personas tan exaltadas pueden estar preparadas para sus grandes tareas, puede ser más útil fomentar el buen pensamiento estratégico dondequiera que sea necesario encontrarlo.


domingo, 9 de abril de 2023

RN: Recortes presupuestarios en los portaaviones británicos


 
Portaaviones clase Invincible, Centaur, Audacious y Queen Elizabeth (en el sentido de las agujas del reloj desde la parte superior izquierda)

Programas de portaaviones de Gran Bretaña desde la Segunda Guerra Mundial: cómo los recortes presupuestarios devastaron la flota

Military Watch Magazine

La Royal Navy británica cuenta hoy con dos  importantes portaaviones de la clase Queen Elizabeth de 65.000 toneladas , que entraron en servicio  en diciembre de 2017  y diciembre de 2019 , haciendo  la flota de portaaviones del país es más grande y más capaz de lo que ha sido desde los primeros años de la Guerra Fría. Si bien la Marina envió una flota considerable durante la Segunda Guerra Mundial, los programas de portaaviones británicos han dejado mucho que desear desde entonces y se enfrentaron a cancelaciones frecuentes como resultado de la situación económica del país. Los portaaviones de la clase Audacious, encargados a partir de 1951, vieron cancelados dos de los cuatro buques de guerra por este motivo, mientras que la clase Centaur encargada en el mismo período vio cancelados cuatro de los ocho buques de guerra. La clase Majestic planeada para el mismo período vio solo uno de los seis buques de guerra depositados encargados con los demás desguazados o vendidos a países de la Commonwealth. Como resultado, el tamaño de la flota de portaaviones en ese momento era menos de la mitad de lo planeado, lo que socavó gravemente las capacidades de proyección del poder británico. El estado de la flota solo empeoraría a partir de ese momento, con los cuatro importantes portaaviones de la Clase Malta, con más de 50.000 toneladas y cada uno diseñado para desplegar 80 aviones, todos cancelados. Después de la década de 1950, con la pérdida de gran parte de su Imperio, Gran Bretaña frenó notablemente sus ambiciones de portaaviones y su próximo buque de guerra, elEl primero en ser llamado  Queen Elizabeth Class, se planeó en solo dos buques de guerra de 50,000 toneladas en la década de 1960. A medida que el tamaño de los portaaviones creció rápidamente durante la Guerra Fría y los aviones de combate se volvieron mucho más grandes y pesados, ya no se consideró un tamaño muy grande. Sin embargo, este programa resultó estar más allá del presupuesto del país y, debido a dificultades económicas, los barcos fueron cancelados a fines de la década de 1960.

Portaaviones de la clase Queen Elizabeth de la Royal Navy británica

Gran Bretaña finalmente evitó perder por completo su aviación naval, un campo en el que la Royal Navy había sido pionera en la era anterior a la guerra, al encargar los portaaviones Invincible Class a partir de la década de 1980. Estos se encontraban entre los buques de guerra más livianos para desplegar aviones de ala fija y desplazaron solo 22,000 toneladas cada uno, un tamaño similar al de los portahelicópteros como la clase Dokdo de Corea del Sur y la clase Mistral francesa. Sin embargo, ofrecieron a las fuerzas armadas un medio para retener alguna forma de aviación de portaaviones en un momento en que los buques de guerra encargados durante y después de la Segunda Guerra Mundial se estaban desvaneciendo rápidamente y Londres parecía particularmente reacio a invertir en la modernización de su proyección de poder. activos. Debido a sus pequeños tamaños y pistas cortas, los portaaviones de la Clase Invencible no podían desplegar aviones de combate convencionales como el F-4 Phantom o el A-4 Skyhawk utilizados por la Armada de los Estados Unidos, y requerían aviones especializados con capacidad de despegue corto y aterrizaje vertical (STOVL). . Por lo tanto, se adquirieron variantes navalizadas de los Harrier Jets altamente especializados para esta función, y la primera entró en servicio en 1978.. La entrada en servicio del Harrier lo convirtió en uno de los primeros cazas de su tipo, siguiendo de cerca a los cazas soviéticos de despegue y aterrizaje vertical (VTOL) Yak-38 que tenían capacidades similares. Los barcos de la Clase Invencible al principio desplegaron nueve helicópteros de guerra antisubmarina Sea King y cuatro o cinco aviones Harriers. Debido a sus pequeños tamaños, los barcos se concibieron principalmente como un medio para proteger las flotas de destructores británicos de los submarinos enemigos durante las operaciones en aguas azules utilizando helicópteros, y se confiaba en los aviones Harrier para proporcionar una capacidad limitada y altamente defensiva. La incapacidad de los Harriers para igualar a los cazas de última generación basados ​​en portaaviones, como el F-14 Tomcat y el F-4 Phantom desplegados por portaaviones estadounidenses, significaba que solo se confiaba en ellos para proporcionar una capacidad secundaria.

El portaaviones Invincible Class lanza el Harrier Jump Jet

El papel de los portaaviones de la Clase Invencible llegaría a cambiar profundamente con el tiempo, con la invasión argentina del territorio británico de las Islas Malvinas en 1982, lo que llevó a Londres a darse cuenta de la necesidad de activos de proyección de energía para proteger sus posesiones en el extranjero. Si bien la gran mayoría del Imperio Británico se había ido, los puestos avanzados clave del poder británico aún permanecían desde Gibraltar y las Islas Caimán británicas hasta las Islas Malvinas y el Territorio Antártico Británico. Los buques de guerra de la Clase Invencible fueron reacondicionados para una función de proyección de energía, y cada uno desplegó 18 aviones Harrier y solo cuatro helicópteros de acompañamiento. Estos incluían tanto la variante de combate del Harrier como el avión de ataque Harrier GR3 con un papel dedicado aire-tierra similar al del A-4 estadounidense. Si bien dejaban mucho que desear en sus capacidades de combate en relación con la mayoría de los cazas de su tiempo, como el F-15 o el MiG-23, eran más que un rival para la flota de la Fuerza Aérea Argentina de derivados del Mirage francés de segunda generación y fechados A -4 jets de ataque que no solo eran viejos sino también cuestionables piloteados. La discrepancia en la calidad de los pilotos en particular no provocó pérdidas entre los cazas basados en portaaviones británicos, mientras que las fuerzas británicas derribaron 31 aviones argentinos.

Mirage III de la Fuerza Aérea Argentina

Los tres portaaviones ligeros de la Clase Invencible fueron retirados del servicio entre 2005 y 2014 y, a pesar de sus capacidades limitadas y tamaños extremadamente pequeños, la clase se consideró un éxito debido a su desempeño contra Argentina y la defensa efectiva de la flota británica. Este éxito fue particularmente notable considerando que los buques de guerra fueron presionados para desempeñar un papel para el que inicialmente no estaban previstos. Se cree que el incidente de las Malvinas influyó en el liderazgo británico para invertir en los primeros buques de guerra portaaviones de tamaño completo del país en décadas con el programa portaaviones Queen Elizabeth Class. Si bien los nuevos barcos de costo relativamente bajo carecen de las capacidades avanzadas de proyección de potencia de los superportaviones más avanzados, como las clases Nimitz y  Gerald Ford de EE. UU.  y la próxima  clase china Tipo 003., como los sistemas de lanzamiento de catapulta electromagnética o de vapor o la capacidad de desplegar aviones AWACS de ala fija como el  E2 Hawkeye  o  el KJ-600 , los buques representan un resurgimiento en las capacidades de los portaaviones británicos y tienen aproximadamente tres veces el tonelaje de la Clase Invencible. . Los problemas presupuestarios significaron que  la Royal Navy puede tener dificultades para adquirir el complemento completo de caza para ambos barcos nuevos , ya que los cazas furtivos F-35B con capacidad STOVL cuestan  más de $ 130 millones cada uno  para adquirir y tienen los  costos operativos  más altos.de cualquier luchador actualmente en producción en todo el mundo. Sin embargo, los buques de guerra de la clase Queen Elizabeth, aunque operen a una fracción de su capacidad de carga de aviones, muy probablemente representarán el programa de portaaviones británico más exitoso en más de sesenta años, en todo caso en virtud del hecho de que es el primer programa de portaaviones de tamaño completo. haber sido visto hasta su finalización desde la Segunda Guerra Mundial.