Los sobrevivientes del feroz combate de Top Malo House, reunidos por primera vez en 43 años. Como parte de las actividades previstas en las jornadas de la Semana de Malvinas, los Combatientes que participaron en Malvinas del Combate de Top Malo House, el 31 de mayo de 1982, fueron homenajeados y distinguidos por el Senado de la Nación. Los Veteranos de Malvinas integraron el panel temático "LOS GUERREROS DE TOP MALO HOUSE HABLAN DEL FEROZ COMBATE", llevado a cabo en el Salón Arturo Illia, del palacio legislativo, y transmitido en vivo por el canal SenadoTVArgentina. En la imagen, de pie y de izquierda a derecha : Medina, Martínez, Losito, Gatti, Brun, Carlos Gómez (artista escultor) Debajo: Vercesi y Delgadillo Foto: créditos a quien corresponda 🇦🇷POR SIEMPRE SERAN HEROES🇦🇷
Después de casi 42 años, un ex combatiente de Malvinas recuperó las fotos que dejó en las islas cuando fue herido
El subteniente Jorge Pérez Grandi llevó una pequeña cámara a Malvinas. Malherido en su repliegue desde el monte Dos Hermanas, dejó abandonadas sus pertenencias. Un efectivo inglés, antes de regresar de la guerra, se llevó el rollo de fotos con él. A través de Agustín Vázquez, un santafesino que busca reliquias del conflicto de 1982, los negativos fueron devueltos. La vida en combate y el duro destino del británico que hizo el hallazgo
Por Hugo Martin || Infobae
Una
de las fotos que recuperó el subteniente Jorge Pérez Grandi. Está en la
zona del hipódromo de Puerto Argentino con las botas de goma inglesas
que encontró y usó en gran parte del conflicto
El 1 de mayo de 1982, el ejército británico atacó por primera vez Puerto Argentino. Ese día, el subteniente Jorge Pérez Grandi tomó
las últimas fotos que le quedaban en el rollo que había comenzado en el
continente. Luego guardó su cámara, una vieja Kodak Fiesta, y regresó a
su puesto de combate en el hipódromo. Recién pudo ver las imágenes que
tomó casi 42 años después.
Jorge
es cordobés, nació en Río Cuarto, pero se crió en un pueblo, Coronel
Moldes. Su padre era comerciante, no había militares en su familia.
Desde chico quiso lucir el uniforme del Ejército. Después de cumplir con
la conscripción, en 1979 ingresó al Colegio Militar en El
Palomar. El 2 de abril de 1982, cuando era cadete de cuarto año, los
reunieron en el patio y les informaron que Argentina había recuperado
las islas Malvinas. Cinco días después, adelantaron el egreso de su
promoción. Como subteniente, fue destinado a reforzar el Regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros, en Corrientes. Muy pronto, lo que tanto deseaba se hizo realidad: fue enviado a Río Gallegos y, el 26 de abril, llegó a Malvinas.
Pérez Grandi, en el aeropuerto de Puerto Argentino, al llegar a las islas el 26 de abril de 1982
“Me
destinaron a la Compañía C y llegamos en avión a Puerto Argentino.
Recuerdo que viajamos sentados en el piso, como podíamos”, relata. Los
enviaron a Monte Wall, el punto más avanzado entre los cerros que rodean
Puerto Argentino y que fueron escenario de las batallas más cruentas de
la guerra. “Marchamos unos 15 kilómetros bajo la lluvia.
Llegamos mojados, casi de noche. Y nuestro jefe me ordenó que regresara a
Puerto Argentino, al mando de media sección, unos 15 soldados, para dar
seguridad en la zona del hipódromo, donde había un depósito de
proyectiles para los cañones Otto Melara. Nos instalamos en la
boletería. Estábamos ahí cuando nos agarró el ataque del 1 de mayo. Fue
una sorpresa, quedamos impactados al escuchar a los aviones y a nuestra
artillería antiaérea, que disparaba con todo”.
Cuando
amaneció y cesó el bombardeo al aeropuerto, Pérez Grandi tomó un Unimog
y le pidió a un soldado que manejara hasta la escena de la batalla. Con
él llevó su cámara y agotó el rollo: “Era una Kodak, de esas
chiquitas, de plástico gris y negro, de las que se ponía y sacaba el
rollo por una puertita que tenían detrás. La tenía desde el Colegio
Militar, y la llevé. Ahí saqué fotos, se ve una pared amarilla con las
esquirlas... En el hipódromo tenía otras, estoy con casco, fusil y unas botas de goma que le saqué a unos ingleses. Eran
de pesca, así que las corté a la altura de la rodilla. Me fueron útiles
más adelante, en la posición que tenía me protegieron del barro. Recién
me las saqué dos días antes de que me hirieran porque ya me pasaba el
frío, de tan extremo, y me puse borceguíes”.
Una foto que tomó luego de la llegada y estaba en el rollo que dejó en las islas cuando se replegó herido del monte Dos Hermanas
Una
semana después, le ordenaron regresar al Monte Wall con su sección. La
posición exacta de Pérez Grandi estaba en la punta del Wall, desde donde
se dominaba un valle. “Nuestras posiciones miraban hacia la costa. Por
las noches, una fragata se acercaba y comenzaba el bombardeo. Estábamos a
unos ocho kilómetros y veíamos los fogonazos; y por la mañana, cuando
se levantaba la bruma, los barcos. Recuerdo que el 15 o 16 de mayo
aparecieron dos aviones nuestros que los atacaron, y uno de ellos explotó en el aire”.
Sin embargo, hasta ese momento, las bombas no eran un problema para él y
sus hombres, ya que pasaban por encima de sus cabezas.
En
los últimos días en el Monte Wall, el teniente Martella se hizo cargo de
la sección. Darwin había caído, y les ordenaron retirarse hacia el
monte Dos Hermanas. “Sabíamos que los ingleses ya estaban camino a Puerto Argentino”,
explica. Con los bolsos de armamento, llevaron una oveja que habían
carneado. “A pesar de la orden del generalato de no matar ovejas, si
aparecía una yo ordenaba matarla para alimentarnos mejor. La comida escaseaba y no teníamos las suficientes calorías para pasar todo el día. Y el frío cada vez era peor”, añade.
Cuando
llegaron a la cima del Dos Hermanas, un Sea Harrier los atacó, pero no
alcanzó a ninguno. A la mañana siguiente, una tormenta de nieve cubrió
la zona. Era el 1 de junio. Desde su posición, Pérez Grandi podía ver a los ingleses acercándose. “Éramos la vanguardia de la defensa de Puerto Argentino. A mí me habían ordenado que mi posición era de sacrificio… de sacrificio hasta las últimas consecuencias”,
recuerda. Sobre el monte Dos Hermanas se formaba una especie de
planicie, explica Pérez Grandi. Allí cavaron pozos de zorro y
dispusieron una ametralladora MAG apuntando hacia el llamado “río de
Piedra”, que separa al Dos Hermanas del Monte Kent. De repente,
aparecieron dos helicópteros ingleses. Querían colocar piezas de
artillería. “Hicimos fuego reunido y levantaron las piezas y se
instalaron detrás del monte. Como consecuencia de ese ataque, me trajeron una ametralladora Browning, la que se usaba en la Segunda Guerra Mundial. Fue muy útil y la manejaba yo”.
Una imagen que tomó en el aeropuerto luego del ataque inglés del 1 de mayo de 1982
Los
combates se intensificaron. Les empezaron a disparar con un mortero.
“Justo un proyectil cayó dentro de la posición donde estaba la MAG. Pero
en ese momento yo había llamado a los soldados para repartirles
munición. Ellos se salvaron. A uno, al soldado Sosa, una esquirla lo
hirió cerca de la columna. Lo evacuaron a Puerto Argentino y lo mandaron
de vuelta. Pero la MAG quedó fuera de combate. Al principio, te
digo la verdad, quedé impactado. Fueron 10 o 15 segundos de quedar medio
inmovilizado y ahí nomás cambias el chip y te das cuenta de que estás
combatiendo. Y aparte, en mi caso, tenés que asumir la responsabilidad de ser jefe de una sección, que
tenés suboficiales y soldados a cargo tuyo. Y peleás. Pero nos quedó
solo la Browning, y ahí estuvimos hasta la noche, cuando nos atacó el
Batallón de Comandos 45 de la Marina Real”.
Ya
era el 11 de junio. Contrariamente a lo esperado por los ingleses, que
pensaron que encontrarían a los argentinos durmiendo, la sorpresa fue
para ellos. Pérez Grandi recuerda todo como si hubiera sucedido ayer:
“Me adelanté hacia una roca y arrojamos una bengala. Ellos se dieron
cuenta de que habíamos detectado su avance. Les disparamos con un
lanzacohetes y salieron corriendo como seis o siete ingleses. Habrán
sido media hora o 40 minutos de combate. Yo estaba cuerpo a tierra y las
municiones trazantes me pasaban a dos metros de la cabeza. Esa noche murió el cabo Gómez combatiendo,
era el jefe del tercer grupo de tiradores de mi sección. Y tuve que
dejar en el lugar al soldado herido en la espalda, era arriesgado
trasladarlo porque para eso necesitaba dos o tres soldados y podían
caer. Además, ya sabíamos que los británicos trataban bien a los heridos argentinos”.
Otra escena que captó con su pequeña cámara Kodak y es fiel reflejo de los destrozos del ataque inglés al aeropuerto
En
una guerra, el coraje es una condición necesaria, pero no suficiente.
La enorme superioridad de armamento de los ingleses se impuso a la
determinación de Pérez Grandi y sus soldados de defender el monte Dos
Hermanas. La Browning se trabó, ya no tenían municiones, y tomó la
decisión de replegarse. “Cuando estábamos reagrupándonos me encontré con
unl teniente y le dije que se llevara a mi gente, que me quedaba a
cubrir el repliegue, porque nos seguían bombardeando. En ese momento,
cuando estaba al pie del monte, explotó un proyectil de mortero a cinco
metros mío. Ordené cuerpo a tierra, y cuando caí, sentí un ardor en las
dos piernas, en la planta de los pies. Cuando pasó, ordené ‘carrera
marcha…’ de ahí, y al intentar ponerme de pie, el brazo no me ayudó, y
la pierna derecha se me fue para un costado. Sentí un dolor terrible. Tuve triple fractura expuesta en la pierna derecha, con pérdida de carne, fractura de peroné en la izquierda y en el brazo derecho quebradura expuesta de cúbito y pérdida ósea”.
Ensangrentado y “creyendo que mis horas estaban contadas”, Pérez Grandi ordenó el repliegue a Puerto Argentino de sus hombres. Pero uno de ellos, el soldado Barroso, se acercó y le dijo “no, mi subteniente, me quedo a morir con usted”.
Las palabras del veterano se cortan por la emoción: “Tuvimos un
intercambio de malas palabras, que no voy a pronunciar ahora. Pero se
quedó. Fue hasta un jeep Unimog que estaba destruido y rescató un bolsón
porta equipo. Desparramó ropa arriba mío, porque yo sentía frío,
lloviznaba, y me dio para tomar un poquito de whisky, porque el último
día habíamos recibido unas raciones, y como yo ni fumaba ni tomaba, al
whisky se lo daba a los soldados… Llegó un momento en que empecé a sentir como que ya me iba de este mundo”.
Una
foto que sacó en Malvinas a poco de llegar. De las islas eran apenas
cinco o seis fotos de un rollo del que fueron recuperadas 22 imágenes,
la mayoría de ellas tomadas en el continente antes de viajar
Pérez
Grandi, asistido por Barroso, estuvo una hora y media tirado en el
campo de batalla. Pero sus hombres regresaron por él. El entonces
subteniente cuenta que un cabo, Nicolás Urbieta, “regresó con otros
soldados. Con fusiles y una manta hicieron una especie de camilla y me subieron. Fue un parto, yo sentía unos dolores terribles y cada diez metros tenían que parar”.
Ya
era la madrugada del 12 de junio, y faltaban unas horas para que
saliera el sol. Llegaron hasta las proximidades de Puerto Argentino,
donde había un grupo de artillería, lo subieron a un Unimog y lo
llevaron al hospital. “Me pusieron en un salón grande, junto a varios
heridos. Me cortaron todo el uniforme y me sacaron los borceguíes.
Barroso seguía a mi lado. Le di mi documento y le dije ‘entregáselo a mi viejo y decile que lo quiero mucho’”.
Pérez Grandi junto a otro oficial en Malvinas
Media
hora después, lo llevaron a la sala de cirugía. Pasaron casi 42 años y
esa imagen sigue como un sello en su cabeza: “Había sangre por todos
lados. Me pusieron arriba de la mesa de operaciones y le dije al médico ‘por favor no me corte la pierna’.
Es lo último que recuerdo de Malvinas. Cuando me desperté, estaba en la
terapia intensiva de un hospital de Río Gallegos. Me dijeron que salí
con el último Hércules”.
En la capital de Santa Cruz estuvo dos días más y voló a Buenos Aires. El cuadro de Pérez Grandi era de gravedad. Lo
llevaron de inmediato a la terapia intensiva del Hospital Militar.
Tenía las dos piernas y el brazo derecho enyesados. “El coronel Moore,
el jefe de traumatología, me sacó una placa para ver todo. Y descubrió
que tenía gangrena en el muslo de la pierna izquierda. De
urgencia me llevaron a la sala de operaciones. Me limpiaron y sacaron
parte del muslo, con dos cortes un poquito arriba de la cadera para
impedir que la gangrena avanzara”.
Ian Kendrick, el inglés que encontró el rollo y lo tuvo en su poder 40 años
Lo
derivaron al Hospital Muñiz, que tenía una cámara hiperbárica. Su
memoria es vívida: “La máquina era inglesa y estaba fuera de servicio,
pero la reactivaron por mi caso. Después me enteré de que me ponían ahí
para combatir la gangrena con mucho oxígeno. Y por la mañana y la tarde
me hacían curaciones con azúcar en la zona. Lo peor era que las vendas
se pegaban. Fueron diez días espantosos. Pero fui saliendo… recuerdo a
todos los médicos y enfermeros del Muñiz. Con el tiempo me hicieron un injerto óseo en el cúbito del brazo derecho, que me quedó un poco más débil que el otro…”.
Hoy, Pérez Grandi, a los 64 años, tiene las secuelas de la guerra a flor de piel. En solo dos de los dedos de su mano derecha tiene sensibilidad,
en el resto, nada. Después de su recuperación, que demandó en total un
año, lo destinaron al Regimiento de Patricios. “Yo quería ser un oficial
de tropa, y veía que no iba a poder. Así que me puse a estudiar Derecho
y pedí el retiro como Teniente”. Se recibió de abogado y más adelante
hizo un máster de Derecho Intelectual en Chicago, Estados Unidos. Se
casó, se divorció, tuvo una hija en Estados Unidos y dice que,
aún hoy, Malvinas lo persigue: “Mi madre murió un 14 de junio, el día
que terminó la batalla. Y mi hija nació un 10 de junio, el día del
reclamo de nuestra soberanía en las islas. Eran las 11.58 y le pedí al
obstetra peruano si podía nacer antes del 11. Y dijo que sí. A mi hija le pusimos María Paz”.
Kendrick,
el primero desde la derecha, en Puerto Argentino con compañeros de
armas. La casa donde halló el rollo con las fotos de Pérez Grandi
aparece a sus espaldas
Lo que quedó en Malvinas
Cuando
Pérez Grandi se replegó del monte Dos Hermanas con su sección, dejó el
bolso con sus pertenencias. Entre ellas, la cámara de fotos. Años más
tarde, por medio de un oficial inglés, se enteró de que los gurkhas se
habían encargado de la limpieza del campo de batalla. “Todas nuestras cosas personales las dejaron en un galpón grande. Por supuesto, cada uno se llevó un souvenir”.
No
se llevaron todo. Hace diez años tuvo una sorpresa. “El cabo Urbieta y
otros soldados fueron a Malvinas y recorrieron nuestras posiciones. Y encontraron un cepillo de uñas que era mío.
¿Sabes cuál fue su importancia? En los últimos días estábamos todos
sucios, embarrados. Ni enmascaramiento necesitábamos. Ya habíamos
perdido los guantes… Entonces yo calentaba agua, agarraba una media mía y
pasaba, posición por posición, para que lavaran las manos y las uñas
con ese cepillo. Cuando me lo trajeron, sentí una gran emoción…”.
Kendrick hoy, en un hospital de Australia, donde le amputaron una pierna, con una camiseta de la selección Argentina
Pero las fotos tardaron más. Y en su recuperación tuvo mucho que ver Agustín Vázquez,
un santafesino que desde hace años investiga Malvinas y contacta a
veteranos o coleccionistas ingleses que poseen elementos que pertenecían
a argentinos. Es una tarea paciente y que da resultados de tanto en
tanto. Pero cuándo alguna sale bien, sabe que el esfuerzo paga en
emoción.
A través suyo, el soldado Oscar Bauchi recuperó una carta
que escribió desde las islas, que nunca envió y fue llevada a
Inglaterra, subastada y adquirida por un coleccionista británico. Y
otro, Jorge “Beto” Altieri,
que en 2019 se había reencontrado con su casco, pudo volver a tener en
sus manos el diario donde dejaba por escrito su día a día en la guerra.
Agustín
Vázquez, incansable buscador de tesoros de Malvinas, ya fue
intermediario de varios hallazgos que regresaron a sus dueños. Aquí, con
Jorge Pérez Grandi en diciembre de 2023, el día que le devolvió las
fotos y los negativos
Esta vez, cuenta Vázquez, “Jorge dejó su equipo en la montaña, lo llevaron y alguien tiró el rollo solo, sin la cámara. Ahí, en un pozo en una casa de la calle Philomel lo encontró un inglés, Ian Kendrick. Se lo llevó a Inglaterra, lo reveló y quedó 40 años en su poder”.
Kendrick
formaba parte del Ejército Británico, era Lance Corporal del Royal Corp
of Transport 52. Durante la guerra estuvo a bordo del buque Sir
Geraint. En total, estuvo en Malvinas cinco meses y medio, ya que
permaneció en forma voluntaria luego del 14 de junio, fecha en que cesó
el combate. Por su rol en el conflicto, recibió un diploma por parte de
la Reina Isabel, que enmarcó con orgullo. En las consideraciones señala
que “siempre se destacó por su alegría y su capacidad para animar a los
demás. Tenía un sentido del humor contagioso y a menudo era una fuente
de inspiración para los que le rodeaban durante los largos, agotadores y
a menudo aterradores días en las aguas del estrecho de San Carlos”.
Hoy Kendrick vive en Australia y tiene una enfermedad renal. Hace
diálisis y poco tiempo atrás le tuvieron que amputar una pierna. Desde
la cama de un hospital le envió una fotografía a Agustín luciendo la camiseta argentina de Messi que él le envió. Y con una sonrisa.
La
emoción de Jorge Pérez Grandi al ver por primera vez algunas imágenes
hace 20 días. Otras ya las había recuperado hace dos años
El
siguiente paso fue dado por otro veterano inglés que conocía a Vázquez,
y le comentó que Kendrick tenía esas imágenes en su poder. “Como estoy
en contacto con veteranos, lo contacté, hablamos y me envió unas pocas
fotos. Se las mostré a varios veteranos argentinos y Marcelo Llambías,
se reconoció en una y me dijo que podían ser de Jorge. Lo llamé y
efectivamente, eran suyas”. Esto sucedió hace un par de años. Ahora, en
diciembre de 2023, cuando Agustín tuvo la totalidad de los 22 negativos
que resistieron el paso del tiempo en su poder, se reunió con Pérez Grandi y su hermano Adrián en Santa Fe, y se los entregó. Una vez más, Vázquez ayudó a cerrar un círculo.
Jorge
Pérez Grandi reconoce que no es demasiado demostrativo. Pero aunque
recién en los últimos tiempos pudo volver a hablar de su experiencia en
Malvinas, agradece el reencuentro con las fotos. “Yo no quería estar
todo el tiempo en 1982. Trato de guardarme las cosas adentro. Pero tengo
que volver siempre, porque cuando me levanto y me quiero abrochar el
pantalón tengo problemas para hacerlo o dolor en las piernas. Y es por
Malvinas, ¿entiendes? Estas imágenes son algo muy especial, porque cierran algunas cosas de mi vivencia en las islas. Pero más allá de eso, hoy lo que agradezco es estar vivo y ver el sol cada día”. Pero tiene un sueño: regresar alguna vez al monte Dos Hermanas.
A su posición. Llevar a su hija y a su hermano (“mi primer fan”,
aclara), y contarles, en el campo de batalla, lo que hizo en la guerra.
Nació el 6 de Octubre de 1.962 en Barranqueras, provincia de Chaco. Su familia afirma que Miguel siempre fue un niño rebelde. No acataba demasiado las reglas, ni en casa ni en el colegio. De hecho, era famoso por escaparse todas las semanas al menos un día de la escuela. Perteneció al Regimiento de Infantería 7 Coronel Conde. Murió en el enfrentamiento del Monte Longdon y entre sus pertenencias se encontró un mazo de cartas españolas. Esa rebeldía juvenil fue la que le hizo protagonizar una historia memorable en la noche de su última batalla. El suceso fue relatado en una carta por otro ex combatiente:"La noche del 12 de junio cuando los ingleses nos atacan, en un real infierno, con cientos de proyectiles y lluvia de trazantes que cruzaban el cielo, veo que se prepara la primera sección de nuestra compañía en apoyo a la Compañía "B". Eran El teniente Castañeda, un cabo y 44 conscriptos como yo. Los veo prepararse en la oscuridad, todos en fila india, en silencio, temblorosos. Entonces, de la fila, saltó un soldado que estaba muy flaquito, un pibe que era muy humilde, que casi nunca hablaba porque era tímido, - Era el soldado Falcón-
Empezó a arengarlos, a aplaudirse las manos, flexionándose, con el FAL rebatido en la espalda, y les gritaba : '¡Vamos carajo!!, ¡Ingleses de mierda, los vamos a reventar!, Somos el 7, el Regimiento 7, Vamos Carajo!!!' Surgió un líder de la nada, un tipo que, en las circunstancia más límite, le dio ánimo al resto". La acción de esta sección quedó registrada en libros británicos como uno de los actos más heroicos de los enfrentamientos terrestres en Malvinas. De los 46 que salieron, volvieron 25. Falcón fue uno de los que se quedó allí.
𝐄𝐥 𝐩𝐚𝐬𝐚𝐣𝐞 𝐚 𝐥𝐚 𝐞𝐭𝐞𝐫𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐬𝐨𝐥𝐝𝐚𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐜𝐫𝐢𝐩𝐭𝐨 𝐌𝐢𝐠𝐮𝐞𝐥 𝐀𝐧𝐠𝐞𝐥 𝐅𝐚𝐥𝐜ó𝐧, 𝘙𝘦𝘢𝘭𝘢𝘵𝘢 𝘦𝘭 𝘦𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴 𝘵𝘦𝘯𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘊𝘢𝘴𝘵𝘢ñ𝘦𝘥𝘢: Nos toco lanzar un contraataque flaqueados por una sección de infantería otra de ingenieros que habían tratado de contraatacar y habían llegado a media cresta por el intenso fuego de los ingleses, Era la noche del 11 al 12 de junio¬. Fuimos guiados por un conscripto estafeta, del mayor Carrizo, Este soldado conocía un camino de ovejas, ya que recorría a diario el monte Longdon llevando mensajes y conocía todos los recovecos que existían. Una vez en posición teníamos en frente un enemigo que parecía cada vez más numeroso con el correr de las horas. Si pesarlo mas despache al conscripto y nos lanzamos al ataque. Recuperando gran parte del terreno perdido Los hombres de Castañeda trataban de responder a los ingleses con parejo caudal de fuego, para que no se envalentonaran. Al mismo tiempo les gritaban y los insultaban. Los ingleses respondían con la misma moneda. Algunos conscriptos utilizaban la munición y las armas que les habían quitado a los enemigos, muertos o que habían abandonado por el ímpetu del ataque de los soldados argentinos. ¬ Volviendo al relato del teniente Castañeda: A pocos metros mio, el fusil del soldado Miguel Ángel Falcón no dejaba de escupir fuego, mostraba el ímpetu que demostró cuando nos pusimos en marcha. De repente ocurrió algo insólito. Falcón se enfureció, salió de su posición, se plantó desafiante frente a los británicos y continuó disparando desde la cintura mientras los cubría de insultos., el ruido era ensordecedor disparos, granadas, cohetes, y artillería, todo eso formaba una atmósfera irrespirable, las explosiones nos retumbaban en el cuerpo. Yo le grite no seas bol… tiráte al suelo, pero tal vez no me escucho, o no quiso escucharme. ¬ Disparaba todo lo que tenia, arrojaba granadas, Finalmente, una ráfaga de ametralladora le dio. Falcón Cayó de rodillas y cuando se desplomaba hacia adelante, el cañón de su fusil se clavo en el suelo, quedando su pecho apoyado sobre la culata. Parecía que estaba arrodillado rezando. Desafiando a su vez el fuego enemigo, el soldado Gustavo Luzardo se le acercó, lo recostó en el suelo, me miró y con un gesto le dio a entender que Falcón había partido.¬ ¿Porqué actuó así? "Eso sólo lo sabe él", -me expresó el teniente Castañeda- Creo que ya no le importaba nada, estaba haciendo lo que realmente sentía. Dios lo había llamado y se iba feliz, sabedor de que había cumplido" La batalla de Monte Longdon duró más de doce horas horas, pese a la gran disparidad de fuerzas. Esa noche, los soldados argentinos debieron hacer frente a más de 6.000 disparos, al fuego de morteros, granadas, bombardeos de artillería. Fue una pelea atroz que mostró el coraje inaudito de nuestros combatientes. el Soldado Falcón fue condecorado post mortem con la Medalla " La Nación Argentina al Muerto en Combate" y fue Declarado Héroe Nacional del RI 7. Por: Malvinas Historias de Coraje (www.facebook.com/profile.php?id=100071458564601)
El recuerdo de un jefe hacia sus soldados del Equipo de Combate Solar
𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘛𝘦𝘯𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘊𝘰𝘳𝘰𝘯𝘦𝘭 𝘐 (𝘙𝘌) «𝘝𝘎𝘔» 𝘑𝘶𝘢𝘯 𝘊𝘢𝘳𝘭𝘰𝘴 𝘠𝘰𝘳𝘪𝘰 (𝘊𝘰𝘮𝘱𝘢ñí𝘢 𝘥𝘦 𝘐𝘯𝘧𝘢𝘯𝘵𝘦𝘳í𝘢 «𝘉» 𝘥𝘦𝘭 𝘙𝘦𝘨𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘐𝘯𝘧𝘢𝘯𝘵𝘦𝘳í𝘢 12 «𝘎𝘦𝘯𝘦𝘳𝘢𝘭 𝘈𝘳𝘦𝘯𝘢𝘭𝘦𝘴»). En el año 1982 El entonces Teniente Primero Juan Carlos Yorio se encontraba prestando servicio en La escuela de suboficiales General Lemos» Con la recuperación de las islas al igual que muchos militares fueron reasignados a distintas unidades del país para cubrir los puestos necesarios en cada una .
De la Escuela de Servicios Para Apoyo de Combate «General Lemos», que en esa época era uno de los dos institutos de formación de futuros suboficiales del Ejército, fuimos movilizados al RI 12 «General Arenales» con asiento de paz en la ciudad de Mercedes, provincia de Corrientes, conmigo también fueron movilizados los entonces Tenientes Alejandro Garra, José Fernando López, del Colegio Militar de la Nación, entre otros, como recién egresado con motivo del incipiente conflicto armado, los Subtenientes Celestino Mosteirín y Ernesto Peluffo. Viajamos junto a otros muchos oficiales, entre ellos, cursantes de la Escuela Superior de Guerra, algunos de quienes también reforzaríamos en definitiva al RI 12 y con algunos suboficiales también redistribuidos y otros de los institutos de formación, recién egresados (estos eran cabos EC, en comisión). Al enterarnos que seríamos enviados al RI 12, mi alegría y tranquilidad estaban fundadas había sido por tres años, mi primer destino militar como Subteniente recién egresado. Una vez arribados al regimiento Yo pase a formar parte de la Compañía de infantería «B», que luego, con el agregado de los helicópteros de Ejército, sería el Equipo de Combate «SOLARI», Nuestra compañía quedó organizada de esta manera:
Un jefe de compañía, segundo jefe de compañía, Grupo Comando de Compañía, tres Secciones de Tiradores y una Sección Apoyo. Como jefe del Grupo Comando: el Encargado de Compañía, Sargento Primero José Luis «el Mencho » García.
Jefe de la 1ra Sección de Tiradores: Subteniente Daniel Fernando Benítez
Jefe de la Segunda: Subteniente Carlos Francisco Tamini
Jefe de la tercera: Subteniente Ramón Cañete
Jefe Sección Apoyo: Teniente José Fernando López y Segundo Jefe de Sec.: Subteniente «EC» Celestino Mosteirín.
Yo fui designado Segundo jefe de la Compañía «B», con las responsabilidades de ese cargo En Malvinas a nuestra compañía la segregaron, para ser utilizada para contraatacar a donde se requiriera. Éramos una reserva helitransportada y así es como nació el EQUIPO DE COMBATE SOLARI., Mientras que el resto del regimiento fue enviado a Darwin, nosotros permanecimos en a la ladera Noroeste del monte Kent. Los días pasaban y debíamos soportar las inclemencia del clima a la que estábamos poco acostumbrados.
En lo que la comida, todos comíamos de la única «olla» (Medio tacho de 200 litros en el cocinabamos). A falta de heladera para la carne y los víveres perecederos, los mismos se colocaban sobre las piedras al aire libre tratando que no le diera el poco sol que cada uno diez días aparecía radiante. Eso era suficiente para que no se descompusiera hasta el siguiente reabastecimiento. Por suerte, el clima «ayudaba» bastante para este caso. A veces me he preguntado si no hubiese sido así, si hubiésemos podido ser abastecidos más frecuentemente, o cómo solucionar esto sin «heladeras naturales». Logrado para el medio tacho que servía de olla, el primer fuego, enterrado para evitar que su luminosidad sea fácilmente vista en la noche y para guarecerlo del incesante viento, se procuró que no se apagara más, manteniéndolo siempre al cuidado del centinela del Puesto Comando y con un precario «techito » que evitara algo del agua de la también persistente lluvia y/o llovizna. El clima frío y el escaso valor calórico del combustible (que no era otra cosa que la turba que como hormigas buscaba el grupo Comando), no permitía cocinar más que el desayuno (mate con pan) que empezaba a cocinarse luego de lavar el tacho del guiso de la cena, que salía a eso de las 8 hs. y luego el guiso de carne, papas, verduras y complementos, más el pan, que salía a eso de las 16 ó 17 hs. Pese a la expresa prohibición de cazar, autoricé a los jefes de sección a hacerlo controladamente para reforzar con lo que se consiguiera, las necesidades calóricas del personal. La cocina centralizada, entregaba además, ciertos víveres como papa, zanahoria, dulce, para acompañar esos necesarios refuerzos. Si bien el personal no pasó hambre, las necesidades calóricas no alcanzaban a ser cubiertas a pesar de todo. Nadie aumentó de peso y positivamente, todos adelgazábamos día a día. Se debe recordar en especial, que entre los dieciocho y veintidós años, los hombres comemos más que el término medio, a esa edad uno siempre tiene hambre a eso había que sumarle la tensión nerviosa. En una ocasión, pasaba recorriendo por uno de los sectores de la Compañía y un grupo de soldados me llamó. Al acercarme, me dicen: «¿Quiere papas fritas?» ¡No podía creerlo! Un manjar inesperado en ese lugar inhóspito. ¿Cómo hicieron? les pregunté.
La respuesta fue muy lógica: habían pedido papas, aceite y sal en la cocina y usando una lata de 5 kg de dulce de batata ya consumido a manera de sartén, hacer las papas fritas era muy simple. Seguí mi camino encantado por el reconfortante momento y algo decepcionado por mi propia pregunta de cómo habían hecho, pues en realidad, era muy fácil de realizar, mis soldados eran gente de campo que siempre se las habían ingeniado en su vida civil porque debería ser diferente en Malvinas.
Respecto del agua, no teníamos un tanque aguatero, PERO: lo teníamos al «Indio» Julio Romero, un soldado correntino del grupo comando, que luego de caminar un poco, señalaba un lugar en el suelo a donde levantar las rocas y cavando unos centímetros, debajo había un curso de agua subterránea, pura y cristalina usable para el mate, el guiso, para beberla y para la higiene personal. ¡Gracias a Dios que «el Indio» estaba allí con nosotros! «El indio» ROMERO era infalible en su excepcional habilidad, de allí lo de «Indio». Mi sentido homenaje al querido y recordado «Indio » que muriera en combate cuando el Mte. Kent fuera atacado. Él vive en la memoria de cada uno de los integrantes del Equipo de Combate «SOLARI». Tengo actualmente su cara, su figura, su actitud su humildad y su voz en mi mente. ¡Indio Querido!
Argentina tiene muchos héroes desconocidos. Uno de ellos es el Sargento Adolfo Luis Cabrera. El sargento del Ejército Argentino, Adolfo Luis Cabrera, es para casi todos los argentinos un ilustre desconocido. Este Héroe cuyo nombre ahora es parte de la gesta de Malvinas. Nació en Concordia, Entre Ríos. Integró la "Reserva de a pie" que dirigió el Capitán Rodrigo Soloaga, como segundo jefe del Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 10 “Coronel Isidoro Suarez”.
El Sargento Cabrera llegó "de pase" al Escuadrón 10 en el mes diciembre de 1981. En realidad era oficinista y antes de que el Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 10 partiera hacia Malvinas pidió el pase a caballería para ser voluntario y poder ir. El mérito y heroísmo de este gran soldado no está dado solo por el hecho relatado sino que lo que lo hace más valioso aún es que no había compartido el año militar con sus soldados conscriptos.
Cuando fueron desplegados en Malvinas Cabrera revistaba como jefe de grupo en la 1ra sección de exploración. En la noche del 13 al 14 de Junio de 1982, después de realizar varios desplazamientos ordenados, el Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 10 se incorporó al dispositivo del RI Mec 7 en las alturas de Wireless Ridge y ocupó el extremo oeste, con la 1ra sección en dicha posición, cerrando el flanco correspondiente. El ataque británico, después de ejecutar un aferramiento frontal, se materializó con un envolvimiento con centro de gravedad en ese sector, implicando como consecuencia natural, que la citada sección recibiera el ataque más intenso. Cuando la situación se tornaba insostenible, se recibió la orden de repliegue para el escuadrón de exploración blindado. El capitán Rodrigo Soloaga comunica la orden a las secciones. Esta orden para la 1ra Sección resultaba más complicada de ejecutar dado que se encontraba combatiendo en las distancias cortas, con un nivel de aferramiento importante y con riesgo de ser aferrada definitivamente. En ese marco, su jefe el Teniente Bertolini, transmitió a sus grupos la orden de repliegue, el grupo del Sargento Cabrera combatía valerosamente con el enemigo, ellos eran los que estaban bajo mas presión. Ante esta situación este bravo Entrerriano se jugó su vida en defensa de sus hombres. Esta actitud, tan simple en su ejecución y tan grande en su trascendencia, es propia de un héroe de nuestra moderna historia militar, de un soldado cabal y de alguien que supo transformar en hechos su promesa de morir en cumplimiento del sagrado deber militar.
Ante las dificultades para poder despegar y desaferrarse del ataque enemigo, tuvo la nobleza de ordenar a sus hombres ejecutar el repliegue mientras él los cubría con intenso fuego ganando tiempo precioso para que sus hombres se pusieran a salvo. Mientras protegía el repliegue de sus hombres el sargento Cabrera fue abatido por el fuego enemigo y perdió la vida." Quedando para siempre allá en la turba malvinera. El Sargento Cabrera entregó su vida en la forma en que lo hacen los grandes soldados. Ese hecho, nos muestra grandeza de espíritu, nobleza de alma, espíritu de sacrificio, virtudes que sólo caben en un corazón noble como el que tenía nuestro suboficial. Indudablemente, habrá quien piense que el Sargento Cabrera cumplió con su misión, y eso es verdad, pero no sólo cumplió con ella, sino que ofreció su vida, logrando así preservar la de sus subordinados.
La historia del soldado que murió en Malvinas para que sus compañeros pudieran replegarse y el homenaje que demoró cuarenta años
El soldado Walter Becerra combatió y murió en el conflicto bélico del Atlántico Sur. Su papel en la guerra contra las fuerzas británicas y por qué la burocracia y la ignorancia demoraron más de una década en imponerle su nombre a su escuela, para que fuera recordado
Por Adrián Pignatelli || Infobae
Walter Becerra soldado, luciendo el uniforme de salida (Flia Becerra)
Era
ya avanzada la noche cuando Mónica se sobresaltó por los golpes que
alguien le daba al vidrio de la ventana en su casa de la calle Río
Amazonas al 300 del Barrio Zarza, en Moreno. Recién abrió la puerta
cuando vio que era su cuñado Walter Ignacio Becerra, 19 años, que
se había escapado del cuartel del regimiento 6 donde estaba haciendo el
servicio militar. Había ido al barrio con tres amigos para despedirse
de su novia Mirta y de paso de su familia, porque se iba a la guerra.
Adelante
vivía su hermano Carlos y en la casa de atrás los padres Andrés Ignacio
y Julia Díaz. Cuando lo vio, la madre no pudo de la alegría. Enseguida preparó su plato preferido: milanesas con bombas de papa rellenas con paté y recubiertas con mayonesa. Esa noche fue la última vez que lo verían.
Marcado en el círculo, junto a sus compañeros del regimiento 6 de Mercedes
Walter
Ignacio Becerra nació en el Hospital Castex, en General San Martín el 5
de mayo de 1962. Al tiempo el padre compró dos lotes en Moreno, cuando
todo era campo, y no se fueron más del barrio. Walter, como toda la
familia, era hincha de Boca y cada tanto se daba una vuelta por el gimnasio a hacer pesas y a pegarle unas piñas a la bolsa.
Según su hermano Carlos, siete años mayor, era querible y cariñoso, al
punto tal que sus amigos del barrio, en la medida que formaban familia, a
sus hijos varones les pusieron Walter o Ignacio.
Le gustaba bailar el rock, escuchar a los Bee Gees y tomar vermouth. A pesar de su juventud, era un padrino muy presente de su sobrina Julieta, quien recuerda que la llevaba a la calesita del barrio.
Junto a sus compañeros del Regimiento de Infantería Mecanizada 6 de Mercedes partió el 12 de abril de 1982 a Malvinas. A la noche llegaron a El Palomar y al día siguiente estaban en las islas.
Héctor Guanes, otro de los caídos del 6 (Comisión de familiares de caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur)
Con los soldados que estaban por irse de baja se formó la Compañía B. Becerra integraba el primer grupo de la tercera seccion de infanteria, a cargo del Cabo 1ro Zapata. De ese grupo murieron en combate Becerra y Jorge Luis Bordon,
cuyos restos fueron identificados en 2018. Miguel Luis Todde y Néstor
Brilz fueron heridos en combate, Segovia murió en la posguerra, y el
grupo era completado con Polizzo, Roldan, Arrua y Benitez,
Todos concuerdan que el “cabezón” era un tipo bueno, sin maldad y
recuerdan entre risas cuando en una noche de niebla, que no se veía
nada, salieron con el único visor nocturno que disponían a buscar comida
en un galpón y se terminaron perdiendo y que en lugar de comida
volvieron con sus bolsos portaequipos, a los que consideradan
extraviados.
Los primeros días en Malvinas fueron de expectativa,
pendientes de las negociaciones políticas y de la intervención del
Papa. Sin embargo, los bombardeos del primero de mayo avisaron que la
guerra había llegado, y más aún cuando se enteraron del hundimiento del
Crucero General Belgrano.
Su hermano Carlos, emocionado, luego de descubrir la placa
Ya casi al final de la guerra Walter, ese muchacho querendón, divertido, gracioso y atorrante, debió luchar con sus bajones anímicos que el joven jefe Lamadrid intentaba levantar en las largas esperas en las trincheras frías y húmedas.
Becerra cayó en la madrugada del 14 de junio,
combatiendo contra el Segundo Batallón de Guardias Escoceses, en el
sector este del Monte Tumbledown. Los soldados de la sección de Vilgré
Lamadrid, a pesar de los días de cansancio y de mal comer, mantuvieron a
raya el avance enemigo la noche del 13, hasta que las municiones comenzaron a escasear y los ingleses a multiplicarse.
Cuando
fue alcanzado el soldado Juan Domingo Horisberger, apuntador de la
ametralladora Mag, quien había dejado de disparar porque se le había
trabado, fue Becerra quien con su fusil automático pesado -un arma
parecida al Fal pero con caño reforzado para poder disparar más ráfagas
sin que se dilatase el cañón y que además llevaba un trípode en su
extremo- abría fuego a la par que cambiaba de posición, desorientando
a los británicos -”peleaban como verdaderos demonios”, dirían después-
que no lograban dar con él.
Misión
cumplida. A la izquierda Pichi Contardi y a la derecha Víctor Hugo
Iópolo, uno de los que trabajó para que la escuela llevase el nombre del
compañero muerto
Aún sabiendo que se había transformado en el principal blanco enemigo, Becerra se negó a replegarse porque quería cubrir a sus compañeros. Una hora estuvo disparando en esas condiciones hasta que lo abatieron con un lanza cohetes.
En
la familia estaban pendientes de los contingentes de soldados que
regresaban y ante la misma pregunta que se repetía una y otra vez, la
respuesta era que a Becerra no lo habían visto, búsqueda que finalizó
cuando estacionó un jeep del Ejército frente a la casa y dos oficiales
les llevaron la noticia que nunca imaginaron escuchar.
Desde 1983 sus restos descansan identificados en la tumba 15, de la fila 1 del sector B del cementerio argentino en Darwin.
El
papá falleció de un infarto dos años después, y su médico lo atribuyó a
la tristeza. Su mamá, sumida en la desesperación, solía salir de su
casa de madrugada para ir a buscar a su hijo, quien sabe dónde.
Veteranos posan junto a la directora del establecimiento
El recuerdo del Negro Guanes
Víctor Hugo Iópolo es para todo el mundo “el colorado”,
un veterano del regimiento 6, corpulento, de emoción fácil, que el
pasado noviembre cumplió 64 años. Era clase 60 pero había pedido
prórroga para terminar sus estudios de maestro mayor de obra. La vida
quiso que a diez días de irse de baja, le tocase ir a Malvinas.
Nació y vive en Moreno, y su obsesión fue que había que hacer algo por Becerra y Guanes, los dos veteranos caídos del 6 que eran de Moreno, porque como le confesó a Infobae, “de estos muchachos nadie se va a acordar”.
Trabajó
muchos años en la gráfica hasta que el médico le indicó que debía parar
y se empleó como auxiliar en una escuela de Moreno. Dice sentir un
profundo dolor mientras se señala el corazón cuando, diez días después
de haber regresado de la guerra, la mamá del Negro Guanes, que lo había
tenido de soltera, fue a su casa porque no tenía noticias de su hijo.
Iópolo sabía que Guanes, muchacho introvertido que era más de mirar que
de hablar, había sido gravemente herido en las piernas por una
bomba en las últimas horas de la guerra; que el soldado Goñi,
desentendiéndose del intenso fuego enemigo y de la tierra que no dejaba
de temblar por las explosiones, le aplicó morfina mientras se desangraba
y perdía el conocimiento; y que sus compañeros, cuyos rostros exhaustos
por el combate se iluminaban intermitentemente con las bengalas, lo rodeaban y atinaron a rezarle a la virgencita paraguaya de Caacupé, del que su amigo al que la vida se la iba era devoto; y que como no podían llevarlo con ellos, lo dejaron cubierto por una sábana blanca, que indicaba que era un soldado herido.
Terminadas las acciones se enteraron de que había fallecido, pero Iópolo no tuvo el valor de enfrentar a la mujer y contarles los detalles de los últimos minutos de su hijo
e hizo salir al padre. Ella entendió, dio las gracias y no la vio nunca
más. Iópolo iría a terapia por veinte años, porque en el fondo, él
hubiera querido que, de haber muerto en Malvinas, su madre supiera la
verdad.
Con banda militar y todo. El acto fue una revolución en el barrio, del que participaron los vecinos
La puja con el Che Guevara
Con
los años se empleó como portero en la Escuela de Educación Secundaria
N° 30 de Moreno, ubicada en el barrio 2000, a pocas cuadras del Acceso
Oeste, zona insegura pero que, en el universo de la delincuencia que
domina al conurbano, él define que ahora está más tranquilo.
No como cuando el año en que entró a trabajar, cuando manos cobardes la quemaron.
Junto a otros veteranos se desvivieron para reconstruirla, tarea que
les llevó un año. Van chicos de primero a sexto año, en dos turnos,
mañana y tarde.
Unos
doce años atrás Iópolo vio un pequeño cartelito, medio escondido, donde
se invitaba a los profesores a sugerir nombres para bautizarla. Iópolo,
quien además presidía la cooperadora y era famoso por publicar los
balances, increpó al director de entonces. Que la escuela era del
barrio, que todos los vecinos tenían el derecho de votar, y que el
cartel debía ponerlo en la entrada para que fuera visible para todos. “Yo sabía que con vos iba a tener problemas”, se quejó el director.
El apuntó el nombre de Walter Becerra, pero también hubo otros que apoyaban la candidatura de Ernesto Che Guevara, y hubo quienes optaron por Leonardo Da Vinci y otros que su memoria ya borró.
Para la selección final, el trámite se le complicó, ya que cada
postulante debía presentar un video con la justificación de por qué lo
proponía. Para los otros postulantes, fue sencillo: recurrieron a videos
publicados en youtube, pero él no sabía qué hacer. Se le ocurrió grabarlo a Fernando Pichi Contardi, gran amigo de Becerra, y luego viajó a Buenos Aires donde lo filmó a Esteban Vilgré Lamadrid, que había sido su jefe. Cada uno relató quién había sido el soldado muerto en Tumbledown.
La escuela 30 ahora tiene nuevo logo y homenajea a un caído en Malvinas
Durante una semana los alumnos tuvieron la oportunidad de ver todos los videos y Becerra ganó con el 99% de los votos. El resultado fue asentado en el libro de actas del colegio y el directivo, contrariado por el resultado, cajoneó el trámite.
Ese
director se fue, y vino una seguidilla de una interina, un profesor,
luego otra directora, y todos se desentendieron del tema. Iópolo no se
acuerda bien de ninguno de ellos.
El veterano estaba cansado.
Era mucho el desgaste de tantos años porque además era la cabeza de la
cooperadora, y a comienzos de este año renunció, si hacía cuatro o cinco
que se había jubilado. Está separado y tiene tres hijas.
En agosto, una llamada lo volvió a la vida. El vice director Pablo Roncio le dijo que la provincia había aprobado la imposición del nombre. Solo había que buscar una fecha para hacerlo realidad.
Por
los compromisos de los funcionarios municipales, se eligió el 21 de
noviembre, para hacerlo coincidir, casi con el día de la soberanía, que
es el 20.
El acto fue un tremendo alboroto de los buenos en el barrio.
Se consiguió que fuera la banda de música del Grupo 1 de Artillería
“Tomás de Iriarte”, que tiene asiento en Campo de Mayo, y el modesto
patio de la escuela se llenó de vecinos, funcionarios municipales,
provinciales y veteranos.
Iópolo,
que ese día fue abanderado, agradeció quebrado por la emoción a los
veteranos que participaron de este reconocimiento, como a Alberto “Culata” Curieses, que trabajaba en el Consejo Escolar de Moreno y ayudó mucho cuando la escuela se quemó. También estaba el coronel Mario Albérico Moyano -teniente primero en la guerra- “el papá de todos los veteranos”, y muchos compañeros del 6, que siempre se mueven como en una suerte de inquebrantable hermandad guerrera.
Estaban los Becerra, a quien se les obsequió una bandera, y su hermano Carlos participó del descubrimiento de la placa. El jefe del regimiento 6, coronel Sebastián Marincovich, envió un diploma para la escuela.
“Lo que hicimos en el colegio fue dejar una familia a nuestros compañeros”,
aseguró Iópolo. Porque en 2017 también se había cumplido con el otro
caído, cuando a la Escuela de Educación Secundaria N° 42 de Paso del Rey
pasó a llamarse Héctor Guanes.
En
la familia están más que contentos que, después de tantos años, se
hayan acordado de Walter. A la vuelta de la casa, en una placita un
monolito tiene su nombre y también hay otro en la plaza principal de
Moreno, frente a la municipalidad. Hace tiempo hubo un intento de un
concejal de ponerle el nombre a la calle donde vive la familia, pero el
edil falleció y todo quedó en la nada.
Esa noche, la de las milanesas con bombas de papa, su cuñada Mónica les preguntó si tenían miedo, y ellos respondieron que no, que los “iban a hacer pelota a los ingleses”.
En la puerta de calle fue la despedida, y la última vez que lo vieron
fue cuando cruzó la calle para tomar el colectivo 57. En un momento los
cuatro muchachos que iban a la guerra se dieron vuelta y saludaron,
pensando tal vez en un hasta luego, pero que duraría para toda la vida.