Las lecciones aeronavales dejadas por la acción argentina en Malvinas
𝑇𝑎𝑜 𝑀𝑎𝑟𝑖𝑎𝑛 (Damsellet)🥀❄️🇦🇷 @Taomichiba El mundo al ver como la Fuerza Aérea Argentina hundió e inutilizo buques de la Royal Navy británica y como las pérdidas navales británicas fueron las más graves desde la Segunda Guerra Mundial, cambio rotundamente todo después del conflicto.
1. El uso exitoso de los misiles Exocet por parte de la FAA (especialmente desde los Super Étendard) demostró el poder destructivo de los misiles antibuque guiados. El hundimiento del HMS Sheffield fue un shock para las marinas occidentales. Ya que expuso vulnerabilidades en buques modernos frente a este tipo de armamento.
Las armadas del mundo aceleraron el desarrollo y la integración de sistemas de defensa antimisiles más avanzados, como el CIWS (Close-In Weapon System, ej. Phalanx) y mejores contramedidas electrónicas
2. La FAA operó en desventaja, sin bases aéreas en las islas y con aviones que debían volar largas distancias desde el continente, lo que limitaba su tiempo de combate sobre los objetivos.
A pesar de esto, lograron infligir daños significativos, lo que destacó la importancia de la aviación en conflictos navales.
Los británicos, por su parte, dependían de los Harrier con capacidad VTOL, sin embargo, los ataques a baja altura de los aviones argentinos (Skyhawk y Dagger) a menudo eludieron los radares británicos, exponiendo limitaciones en la detección y respuesta.
También se impulsó el desarrollo de sistemas de radar más avanzados para detectar amenazas a baja altitud y se priorizó la integración de aviones AWACS (como el E-3 Sentry) para mejorar la coordinación aérea. También se reforzó la necesidad de una superioridad aérea absoluta.
3. La campaña británica en Malvinas dependía de desembarcos anfibios (como en San Carlos), que fueron atacados intensamente por la FAA. Estos ataques mostraron cuán vulnerables son las fuerzas navales y terrestres durante las fases iniciales de un desembarco.
Las armadas comenzaron a enfatizar la protección de zonas de desembarco con mejores defensas antiaéreas, cobertura aérea más robusta y tácticas para neutralizar amenazas aéreas antes de iniciar operaciones anfibias.
4. UK demostró una capacidad impresionante para proyectar poder militar a 13.000 km de su territorio, algo que pocos países podían igualar en 1982. Sin embargo, la FAA mostró que una fuerza más pequeña, pero determinada, podía complicar significativamente esas operaciones.
Las potencias militares revisaron sus cadenas logísticas para operaciones de larga distancia, asegurándose de tener mejores capacidades de reabastecimiento en el mar y en el aire, sin descartar ser la superioridad aérea al momento de operar.
5. Los ataques argentinos a menudo se realizaron sin sistemas avanzados de guerra electrónica, confiando en tácticas de vuelo a baja altura para evadir radares. Esto tuvo éxito parcial, pero también expuso a los aviones a defensas antiaéreas británicas.
Se aceleró el desarrollo de tecnologías de guerra electrónica, incluyendo sistemas de interferencia (jamming) y señuelos para misiles. Las fuerzas aéreas comenzaron a integrar estas capacidades en sus aviones de combate para mejorar su supervivencia.
6. Los pilotos argentinos mostraron un alto grado de valentía y habilidad, enfrentándose a una fuerza tecnológicamente superior en condiciones adversas, sus éxitos, a pesar de estas limitaciones, resaltaron la importancia del entrenamiento y la determinación de los pilotos.
Las fuerzas armadas de todo el mundo reforzaron la importancia de un entrenamiento riguroso y tácticas innovadoras para compensar desventajas tecnológicas. Esto también llevó a un mayor énfasis en la moral y la cohesión de las unidades.
7. La guerra demostró que conflictos localizados podían tener implicaciones globales, especialmente en el contexto de la Guerra Fría. La OTAN y otros bloques revisaron sus estrategias para conflictos en regiones remotas y como prepararse en tal escenario.
Los países comenzaron a prestar más atención a la preparación para conflictos inesperados en áreas periféricas, lo que influyó en la planificación militar de las décadas siguientes.
Malvinas fue la cachetada a las potencias de que un país con poco desarrollo militar y tecnológico podían hacerle frente y retroceder a una potencia de aquél momento (hoy no, hoy si se asustan te tiran una nuke y adiós mundo).
La conmovedora historia de la madre de un soldado caído en Malvinas: cómo fue el día que visitó su tumba en Darwin
Nélida murió dos días antes de finalizar el 2024. Antes, pudo identificar el cuerpo de Horacio Echave y visitar las islas. El relato de la despedida del soldado que viajó a las islas desde Mercedes. El abrazo final y la angustia por la falta de información
Por Adrián Pignatelli || Infobae
Nélida
Montoya, mamá del soldado Echave, cerrado un capítulo frente a la tumba
de su hijo, cuyos restos fueron identificados en 2017 (Familia Echave)
A los Echave, Malvinas los golpeó de la peor forma.
Las hermanas de Horacio recuerdan perfectamente aquella noche cuando a
punto de cenar asado al horno con papas paró un jeep del ejército en la
puerta de la casa y dos militares les comunicaron que Horacio estaba desaparecido.
Quedaron grabados los gritos de desesperación de Nélida, que no
entendía lo que pasaba y no concebía cómo no podían darle precisiones de
lo que había pasado en Malvinas con su Horacito, su hijo mayor, que
ella no pretendía ningún reconocimiento ni medalla, que solo lo quería
de vuelta con ella.
El ritual se repetía cada vez que Horacio debía regresar al regimiento de infantería 6,
donde hacía el servicio militar. Los padres y hermanos lo acompañaban
caminando hasta la parada del ómnibus, y lo que recuerda su hermana
Analía, que entonces tenía siete años, es que siempre iba sonriente y
que antes de subir al micro, se daba un abrazo fuerte con su papá Horacio Dámaso.
(Comisión de familiares de caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur)
Siempre
de buen humor y de tener muchos amigos, era bromista con sus hermanas
Liliana, Marcela, Susana, Analía y Vanesa (la siguiente María Julieta
nació en 1981 y falleció a los tres días) y le gustaba disfrazarse para
hacerlas asustar. Ya más grande, cuando ellas iban a bailar, las
acompañaba de regreso a casa y luego se volvía al boliche. Para su madre
Nélida, era un chico dulce, cariñoso, que bailaba a las maravillas el
rock, que le gustaba ir a pescar y “todas esas cosas” y que soñaba con convertirse en maquinista.
Había
nacido en Bolívar el 22 de junio de 1962 y desde muy chico la familia
se radicó en Lobos por el trabajo del papá. Hizo la primaria en la N° 1
Pilar Beltrán, la más antigua de esa localidad. El primer año de
secundaria en el Nacional de esa ciudad, un par de años en la técnica
industrial y luego, como el estudio no era lo suyo, abandonó para
trabajar con un vecino en la colocación de antenas. En Lobos todos lo conocían como “el topo”, por sus orejas.
Cuando
entró al servicio militar, bromeaba que se engancharía en el ejército.
Cuando la familia supo que el regimiento sería movilizado a las islas,
tomaron el tren a Mercedes, porque aprovechaban el viaje gratis ya que
el papá era ferroviario. Ese soleado lunes 12 de abril de 1982 llegaron
casi corriendo junto a otras familias porque el tren se había atrasado, y vieron a Horacio colgado de la reja, esperándolos para despedirse.
Rodeado de sus hermanas: Liliana, Marcela, Susana y Analía (Analía Echave)
El último abrazo, interminable, fue con su papá.
Ambos lloraban, y la mamá amagó a retarlos, que no iba a pasar nada,
que así como iban volverían, quiso tranquilizar, aunque la procesión iba
por dentro.
Era apuntador de FAL de la compañía B. Estaba en la tercera sección al mando del subteniente Esteban Vilgré Lamadrid.
Escribió cuatro cartas desde las islas y cada vez que llegaba una, la
madre se aliviaba, porque sabía que estaba bien, a pesar de su angustia
al saber que sólo comían una vez al día. Cuando la mamá supo que estaba
por el monte Dos Hermanas, se tranquilizó, porque pensó que la guerra se concentraría en Puerto Argentino. El les escribía que estaba defendiendo a la Patria, que se quedasen tranquilos.
En
una oportunidad, Echave le pidió al corresponsal Rotondo que junto a su
compañero Benítez les tomasen una fotografía así sus familias se
quedarían tranquilas.
Echave
y Benítez fotografiados en Puerto Argentino. Los soldados pensaron que,
cuando se publicara, sus familias se tranquilizarían (Eduardo Rotondo)
En las primeras horas del 14 de junio, el último día de la guerra,
fue cuando se produjeron la mayoría de las bajas del regimiento donde
estaba Horacio, quien cayó junto a Horacio Balvidares por el fuego de la
artillería inglesa, cuando ya estaban replegados sobre Puerto
Argentino.
Nélida Esther Montoya, su mamá, nació el 6 de junio de 1943 en Hale, un pueblo del partido de Bolívar. De joven trabajaba en el campo. A su esposo Horacio Dámaso Echave lo conoció porque era ferroviario y alternaba destinos de trabajo en el interior bonaerense.
En Bolívar nació Horacio y al año y medio les gustó Lobos, se quedaron a vivir allí y formaron una familia.
Nélida en la inauguración de una plaza en Bolívar, con el nombre de su hijo
Apenas terminó la guerra Nélida -que escuchaba todo el día Radio Colonia en busca de noticias-
trató de indagar y de saber qué había pasado con su hijo. Los Echave
iban a la ruta por donde llegaban los camiones del Ejército con los
soldados, preguntaban por Horacio. Al principio tenían la esperanza de que se hubiera bajado antes y que tal vez fuera camino a casa.
Fue
un duro impacto cuando semanas después de finalizada la guerra, un par
de militares fueron a su casa, a la hora de la cena -un asado al horno
con papas terminó quemado porque nadie le prestó atención- a comunicarle
que su hijo estaba desaparecido. Solo recibieron gritos de
desesperación y de muchos por qué sin respuesta. A su lado, su marido
permanecía inmutable, mientras medio pueblo de Lobos se había agolpado
en la puerta de la casa.
Allí sus hijos se enteraron de que su mamá estaba embarazada de Juan Pablo,
noticia que había ocultado por vergüenza. “Esperemos que a tu mamá esta
noticia no le afecte el embarazo”, comentaban los vecinos. Cuando su
hija Andrea le preguntó si estaba encinta, respondió que sí y luego se
largó a llorar.
Fue
Nélida que decidió donar la placa que por años señaló la tumba de su
hijo como "soldado argentino solo conocido por Dios", al pueblo de
Lobos, como un agradecimiento a los vecinos por tantos años de ayuda y
contención
Juan Pablo nació en octubre. Ella pensaba que si tenía otro varón fuera a tener que hacer el servicio militar, y eso la aterraba.
Horacio nunca supo que iba a tener un hermano. La familia había conocido ya el dolor: en 1981 había fallecido María Julieta, una hija de tres días y recuerdan que Horacio pidió permiso en el cuartel, ya que estaba haciendo el servicio militar, para estar con su familia.
Nélida se involucró y
participó activamente de la inauguración de lo que los hijos aseguran
es la primera y única biblioteca manejada por veteranos de Malvinas, que
se levantó hace 25 años en el predio del ferrocarril en Lobos.
Al padre de Horacio, Malvinas le dolía mucho, no hablaba del tema. Y
el día en que una comisión integrada por representantes del Equipo
Argentino de Antropología Forense, la Cruz Roja, el escribano general de
la Nación y no recuerdan qué otros funcionarios más fueron el 15 de
diciembre de 2017 a notificar la identificación de su hijo, estaba en
cama y no quiso levantarse. “¿Encontraron a Horacito? ¿Está muerto?” atinó a preguntar. Falleció a consecuencia de un Epoc el 1 de julio de 2018. Nunca quiso viajar a las islas, decía que se encontraría con su hijo en el cielo.
Cuando se identificaron los restos, fue cuando la familia admitió que “no lo esperaría más”. Su mamá dijo que ya no era un soldado sólo conocido por Dios, “sino por nosotros también”.
"Madres de Malvinas", un título que bien define a Nélida y a tantas mujeres durante los últimos cuarenta años
Para
Nélida, la identificación fue una pequeña victoria, porque había sido
una de las primeras mamás en insistir en que se hicieran los análisis de
ADN. Siempre le pedía a su hija Analía que estuviese con ella en las tantísimas notas periodísticas que brindó, porque su misión siempre fue la de encontrar a su hijo.
En esas entrevistas, los hijos descubrieron a “una mamá nueva”, desprovista de esa rígida coraza que nunca se quitaba. En la vida cotidiana era una persona cerrada en sí misma,
que no manifestaba sus sentimientos y que si la habían visto llorar
tres veces, era mucho. Intuían que lo hacía cuando estaba sola. En la
familia entendieron que todo lo hacía por Horacio. Caso contrario de su
marido, más emocional y sentimetal.
En
marzo de 2018 su hija Analía la acompañó en el viaje de familiares de
caídos al cementerio de Darwin. Para ella Malvinas le había quitado su
hijo, pero también sabía que era el último lugar que había pisado.
Ella ya había ido tres veces antes, y como ignoraba en qué tumba estaba enterrado su hijo, besaba todas las cruces. Siempre llevaba flores y rosarios.
Su último viaje a Darwin fue distinto porque pudo visitar la tumba con el nombre. Fue un esfuerzo muy grande,
ya estaba muy cansada, usaba bastón para movilizarse y por nada del
mundo quiso llegar al cementerio en silla de ruedas, tal como se lo
ofrecieron. Que ella llegaría caminando, que si su hijo se había
sacrificado, ella también lo haría. Ayudada por una asistente de la Cruz
Roja traspuso la puerta del cementerio. Confesó su temor de no
encontrar la sepultura.
Estuvo dos horas sentada frente a la sepultura y lo más doloroso fue la despedida, porque no quería dejar solo a Horacio.
Cuando
fue el último viaje el 5 de diciembre pasado, sus hijas no le
comentaron nada, ya que estaba internada en la ciudad de La Plata.
Cuando se enteró, días después, lloró mucho. La consolaron diciéndole
que debía recuperarse, así podría ir en el viaje programado para marzo
de este año.
Cuando la enfermedad comenzó a hacerse sentir, sus hijas Analía y Vanesa la representaban en actos.
A Analía le quedó grabado la emoción que sintieron en el homenaje
celebrado en la Escuela N° 1 Pilar Beltrán cuando recibieron diplomas
los que habían egresado de la primaria hace 50 años, que era la
promoción de su hermano Horacio.
Cuando le tocaron nombrarlo, estalló una cerrada ovación, gritos de “héroe” y de vivas a la Patria,
y sus viejos compañeros las sorprendieron entregándole un diploma,
firmado por todos, “en reconocimiento al héroe de Malvinas Horacio
Echave”.
El
4 de julio del año pasado, la placa de “Soldado sólo conocido por Dios”
que cubría su tumba sin nombre en Darwin, identificada como B.1.4, se
colocó en la Plaza 1810 de Lobos, y Nélida pudo estar presente. En junio del 2019 en el barrio 181 de la ciudad de Bolívar, donde Horacio nació, se inauguró una plaza con su nombre.
Sostenía que la muerte de su hijo le había provocado una herida que se cerraría con su propia muerte. En
los días finales, con su cama ortopédica acondicionada en la cocina
porque no entraba en la habitación, se preocupó de que hubiera una vela encendida en un altarcito que ella había armado con las fotos de su hijo y de su marido.
El domingo 29 de diciembre, en su agonía, llamó mucho a su hijo.
Dos minutos antes de la medianoche, falleció rodeada de toda su
familia. Tenía 81 años, y 35 batalló para lograr el reconocimiento de
aquellos soldados que eran conocidos solo por Dios, pero que ahora eran
conocidos por todos.
Fuentes: Analía, Andrea Susana, Vanesa y Juan Pablo Echave
Las últimas horas de la Guerra de Malvinas: la resistencia argentina y el caso del subteniente que murió aferrado a su fusil
Resulta imposible resumir en una nota todos los combates que se comprimieron en las últimas horas de resistencia en Malvinas. El recuerdo del testimonio del entonces subteniente Marcelo Llambías y la figura de su compañero Oscar Silva, quien cayó para cubrir el repliegue de sus soldados
Marcelo Llambías en las islas. Era un subteniente de 21 años
Las últimas horas de la guerra, tanto argentinos como británicos vivieron un infierno.
A partir de la noche del 11 de junio, los combates se generalizaron en
las laderas de los montes que rodean a Puerto Argentino, la capital de
las islas.
El común denominador, ante los ataques ingleses a las posiciones argentinas fue la proporción de fuerzas: por lo general, una compañía argentina de unos 120 hombres debía hacer frente a un batallón de 600 soldados. Infobae entrevistó al entonces subteniente Marcelo Llambías, uno de los tantos protagonistas de esas frenéticas horas finales.
Con
dos meses de cuarto año en el Colegio Militar Llambías, de 21 años,
estaba a cargo de la tercera sección de tiradores de la compañía C del
Regimiento 4, unidad destinada originalmente en Monte Well. Luego del
combate de Pradera del Ganso, este regimiento -que formaba parte de la
III Brigada de Infantería- pasó a depender de la Agrupación Ejército
Puerto Argentino. Su misión era la de defender la capital, distante unos 17 kilómetros.
Oscar Silva fue abatido horas antes de decretarse el alto el fuego
En los días previos al 14 de junio, Llambías estaba con sus hombres en el pico sur del cerro Dos Hermanas.
Allí,
durante tres horas, resistieron un ataque del 45 Comando de los Royal
Marines, combatiendo a una distancia de unos cincuenta o setenta metros.
Para Llambías no había sido su bautismo de fuego, sino que desde el 3
de junio ya había entrado en contacto con patrullas inglesas.
A raíz de la superioridad numérica, debieron replegarse a la base del cerro. Llambías fue el último en hacerlo a fin de cubrir a sus soldados.
Cuando bajaron, permanecieron en un pozo natural del terreno, amparados
en la oscuridad de la noche, mientras los británicos se hacían dueños
de la cima.
Llambías y su sección combatieron desde los primeros días de junio
El
joven subteniente estuvo a nada de ordenar abrir fuego a un grupo de
hombres que se aproximaba, pero un suboficial le advirtió que eran
argentinos.
Lideraba el grupo el subteniente Oscar Augusto Silva,
un sanjuanino a quien todos les decían “el sapo”, apodo que había
heredado de su padre. El 11 de junio por la noche lo habían mandado a
patrullar entre el Dos Hermanas sur y el Harriet. Estaba a cargo de una
sección de tiradores de la Compañía A del Regimiento 4.
Llambías y Silva discutieron qué hacer.
Podían dar un largo rodeo y atacar a los británicos por la retaguardia.
Evaluaron que tendrían un éxito inicial, pero carecían de municiones
para sostener un combate. Decidieron replegarse hacia Tumbledown.
Había que atravesar una llanura, donde no había nada para resguardarse y serían blanco seguro del enemigo.
Algunos descansaban y otros rezaban el Rosario. La providencia actuó de
su lado: de pronto, invadió la zona una espesa bruma y comenzó a nevar.
Aprovecharon para iniciar la marcha.
Silva con su equipo de paracaidista. Fue uno de los tantos que quisieron resistir hasta último momento
Había
otro obstáculo. Debían atravesar un campo minado. Llambías y Silva se
turnaron para ir adelante, guiándose por los ríos de piedra. Advirtieron
a sus soldados, unos treinta, que si alguno de ellos dos pisaban una
mina, que no los rescatasen, porque corrían el riesgo de pisar ellos también una.
Aún amparados por la oscuridad y la nieve, soportaron un nutrido fuego de artillería enemiga.
En
ese punto en Tumbledown estaba la cuarta sección de la compañía Nácar
del BIM 5. Mientras sus hombres, agotados y hambrientos descansaban,
Llambías aprovechó para conseguir un pantalón, ya que el suyo estaba
roto.
El jefe de la compañía le ordenó ir en dirección donde se suponía estaba la sección del subteniente Lautaro Jiménez Corvalán,
que había sido seriamente herido por una mina antipersonal. Cruzó con
su radiooperador y cuando llegaron al punto en cuestión no encontraron a
nadie.
Pintura sobre la batalla de Tumbledown, librada el 13 de junio 1982, realizada por el artista Steve Noon
En el momento en que se llegaba a la primera línea del BIM 5, los ingleses volvieron a atacar, pero fueron rechazados.
Llambías recuerda que estaban exultantes, creyendo que no volverían.
Cuando amaneció, tomaron conciencia del panorama que tenían frente a sus
ojos: las posiciones argentinas ya habían caído.
Exhausto. Esa fue la impresión que tuvo el teniente de corbeta Carlos Vázquez,
del Batallón de Infantería de Marina 5, cuando vio venir, desde su
posición en Tumbledown, a Silva, acompañado por los pocos soldados de su
sección que aún lo seguían. Maltrechos, agotados, se les notaba en sus
uniformes las huellas del combate y bastaba un simple vistazo para darse
cuenta que tampoco habían comido decentemente. La pregunta del
subteniente lo descolocó:
-¿Necesitás una mano? ¿Querés que me quede? Podemos seguir peleando.
Ante
la respuesta afirmativa del marino, con un puñado de soldados que se
podían contar con los dedos de una mano, de los 45 originales de su
sección, ocupó pozos de zorros vacíos que hasta hacía poco habían estado
efectivos de la cuarta sección de Vázquez. Era el 12 de junio.
Mientras
el grueso de la tropa continuó con la orden de aproximarse a Puerto
Argentino, Silva y sus soldados, acoplados a los infantes de marina, esperarían el ataque inglés. Junto con un pelotón de cinco soldados le encomendaron cubrir el repliegue de la cuarta sección de la Compañía Nácar.
Venían sufriendo, hacía días, de un violento fuego de artillería, tanto de campaña como naval.
Una
de las últimas fotos de Llambías en Puerto Argentino. Ya se había
reaprovisionado con todas las municiones que podía cargar. Pero la
guerra había terminado
Sería
imposible comprimir en un solo relato el combate de Tumbledown. En la
noche del 13, en las trincheras junto a los infantes del BIM 5 de
Vázquez, 44 hombres vivieron unn violenta arremetida desatada por la
tercera brigada de los Royal Marines, el segundo batallón de la Guardia
Escocesa y algunos gurkas.
Fueron encarnizados enfrentamientos con disparos de fusil, ametralladora, morteros, bayonetas y hasta lucha cuerpo a cuerpo.
A
las 18 horas de ese día, según refiere el propio Vázquez en un informe
que elaboró tres años después, tuvo una última reunión con sus
oficiales, de la que participó Silva. Coordinaron los detalles finales
ante el inminente ataque británico.
El 13 de junio, Silva decidió en un solo instante si vivir o morir luchando. Tuvo que repetir la orden a sus soldados para que se replegasen. No lo querían dejar. Sólo pidió una ametralladora y un FAL. Y los cubrió mientras los ingleses avanzaban.
Los
argentinos veían cómo, luego de rechazar un ataque enemigo, otra oleada
de soldados aparecía. Era una sucesión interminable, en el que eran superados 6 a 1, pero aún así se continuaba luchando.
Vázquez había pedido refuerzos, y en cada llamado le respondían que los mismos estaban por salir. A las 23 horas, el bombardeo provocó el corte de las líneas telefónicas.
Cuando Llambías regresó a la capital de las islas, vio cascos tirados por todos lados. No sabía que había un alto el fuego
Los
británicos habían sobrepasado las posiciones argentinas, y soldados de
ambos bandos se mezclaban, muchas veces sin distinguirse.
Cada tanto, Silva abandonaba su trinchera para saber cómo estaban sus soldados. “Nos alentaba para que no perdiéramos nuestro valor,
coraje y la confianza en nosotros mismos, al recordarnos que Dios nos
protegía para obtener nuestra noble meta”, reseñaría unos años más tarde
en una carta el soldado Pablo Vicente Córdoba.
Además,
el subteniente se ocupaba de conseguir relevos para el fusil FAP, dado
que al menos tres soldados que lo operaban habían muerto.
Cuando quiso asistir a uno de ellos, que había sido gravemente herido, recibió un tiro en el hombro derecho.
Silva
comprendió que nada podía hacerse. De lejos vieron cómo, sacando
fuerzas de quién sabe dónde, se incorporó y comenzó a disparar hacia las
posiciones enemigas, al grito de “¡viva la Patria, carajo!”. Fueron sus últimas palabras, antes de ser acribillado en el pecho por el fuego inglés.
Eran las 3 de la mañana del 14 de junio. Horas más tarde el general Mario Benjamín Menéndez firmaría la capitulación frente al general Jeremy Moore.
Cuando Vázquez fue tomado prisionero por tres ingleses, pidió llamar a sus hombres. Sólo seis se acercaron. El resto había muerto o había sido herido.
Mientras
tanto, una vez que los ingleses se apoderaron de Tumbledown, lanzaron
un ataque a Monte William con un batallón de gurkas. Llambías y la gente
con la que combatía se dieron cuenta que habían quedado aislados del
camino para llegar a Puerto Argentino, donde pensaban ir a
reaprovisionarse de municiones. Porque querían regresar a pelear con su
unidad.
En
Supper Hill se enteró por el soldado Dos Santos que a Silva lo habían
matado. Cuando comenzó un ataque helitransportado, les tiraron con lo
que les quedaba. Llambías recuerda que a una de las máquinas le disparó sesenta tiros, que no le hicieron mella. Los helicópteros se alejaron, aterrizaron y bajaron tropas.
Se
produjo un nuevo combate, donde los argentinos sufrieron bajas.
Decidieron replegarse, combatiendo, llevando además a los heridos. En un
momento Llambías se dio cuenta que al soldado que ayudaba estaba
muerto.
De
Supper Hill lograron llegar a Puerto Argentino. Les llamó la atención
ver cascos tirados por todas partes. Fueron a la halconera, lugar donde
paraban los comandos, porque estaban seguros que ellos no se habían
rendido. No encontraron a nadie, pero como estaba lleno de municiones, llenaron sus cargadores y sus bolsillos con proyectiles, con la idea de regresar al campo de batalla.
Un suboficial mayor los vio sumamente exaltados y le dijo a Llambías: “No pibe, no pueden hacer la guerra por su cuenta”.
Ese día 14 y el 15 permanecieron encerrados en una celda, para que no
cometiesen locuras, cuando ya se había firmado el alto el fuego.
Es que a Llambías no le entraba en la cabeza rendirse.
En
la requisa, le descubrieron una Kodak con un rollo para 24 fotos. Le
faltaba tomar una. El inglés que se apropió de la cámara tomó la que
faltaba, sacó el rollo y tiró la cámara.
De
los seis oficiales que combatieron del 4, hubo dos muertos, el teniente
Luis Carlos Martella y Silva y cuatro gravemente heridos: los
subtenientes Jorge Pérez Grandi, Miguel Mosquera y Juan Nazer.
Al
amanecer del 15, el propio Carlos Robacio –jefe del BIM 5 y quien tuvo a
su cargo a 700 efectivos de la Marina y a 200 soldados del Ejército en
Monte Tumledown, Sapper Hill y Monte William- y un oficial inglés,
recorrieron el campo de batalla, donde horas antes se había peleado con
coraje. Ya los cuerpos de los 9 británicos muertos y los 52 heridos habían sido retirados.
El teniente Osvaldo Papa,
jefe de la sección apoyo de la Compañía C del Regimiento 3, quien
afirmaba que Malvinas le había cambiado la vida, siempre contaba la
siguiente historia: que había llamado la atención al jefe inglés el
cuerpo de un argentino que, de cara al cielo con los ojos abiertos, aferraba obstinadamente su fusil,
y su dedo aún presionaba el gatillo. Quisieron quitarle el arma, pero
fue imposible por la rigidez cadavérica. El inglés ordenó que fuera
sepultado así y le hizo la venia, en señal de respeto.
Robacio
le cerró los ojos y buscó la chapa identificatoria, porque el uniforme
no se correspondía con el de un infante de marina. Era Oscar Silva.
Vázquez
se lamentaría no haber podido identificar a otros soldados de Ejército
que habían combatido junto a los infantes de marina en Tumbledown.
Recomendó condecorar a Silva por “su heroico desempeño en combate”.
Afirmó
que “la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio la cuarta sección
no hubiera podido sostener la posición sino hubiera estado Silva”.
Silva, de 26 años, sería la única baja de la promoción 112.
Su regimiento tuvo 22 muertos y 121 heridos. Recibiría la condecoración
“La Nación Argentina al valor en combate (post mortem)”.
Años después Llambías vio las fotos que había tomado en Malvinas en el libro Pictures for far away, de Nick Taylor.
Lo contactó por mail y cuando se cumplían 30 años de la guerra, Taylor
le propuso encontrarse en las islas. Allí, donde habían peleado a
muerte, el inglés se las devolvió.
Ambos
recorrieron las posiciones que ocuparon, y la casualidad hizo que haya
sido Taylor quien durante los combates fue quien le había disparado un
cohete que le pasó por arriba de su cabeza.
Este
veterano inglés le confesó que en un momento ellos estaban dominados
por el fuego argentino y que su superior los pateaba para que salieran a
pelear. Taylor le aseguró que, de todos los sitios en que le tocó
luchar, el soldado argentino fue el que le había hecho sentir miedo. Es que en las últimas horas de la guerra, sin importar el uniforme, se había vivido un verdadero infierno.
El Telegraph
informa que el Museo del Ejército Nacional Británico ha publicado su
lista de las mayores batallas de la historia británica. El público
votará, ya sea en línea o en el museo, cuál es la más importante.
Las batallas, en orden cronológico:
Batalla de Blenheim , 13 de agosto de 1704, en Blenheim, Baviera (Guerra de Sucesión Española)
Batalla de Culloden , 16 de abril de 1746, en Drumossie Moor, Escocia (rebelión jacobita)
Batalla de Plassey , 23 de junio de 1757, en Plassey , Bengala Occidental, India (Guerra de los Siete Años)
Batalla de Quebec , 13 de junio de 1759, en las afueras de la ciudad de Quebec, Canadá (Guerra de los Siete Años)
Batalla de Lexington , 19 de abril de 1775, en Lexington, Massachusetts (Revolución estadounidense)
Batalla de Salamanca , 22 de julio de 1812, en Salamanca, España (Guerra Peninsular/Guerras Napoleónicas)
Batalla de Waterloo , 18 de junio de 1815, en Waterloo, Bélgica (Guerras Napoleónicas)
Batalla de Aliwal , 28 de enero de 1846, en Aliwai , Punjab, India (Primera Guerra Sikh)
Batalla de Balaklava , 25 de octubre de 1854, en Balaklava , Ucrania (Guerra de Crimea)
Georgias del Sur, 1982: Una revisión histórica-operativa desde la perspectiva argentina
Resumen
El desembarco de fuerzas argentinas en Georgias del Sur en marzo de 1982 marcó el inicio efectivo del conflicto armado entre Argentina y el Reino Unido por la soberanía de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. A pesar de su importancia estratégica y simbólica, este episodio ha sido opacado por otros eventos más visibles del conflicto, como la batalla de Puerto Argentino o el hundimiento del ARA General Belgrano. El presente artículo analiza en profundidad los hechos ocurridos en la estación ballenera de Puerto Leith, centrándose en la participación del Teniente de Navío Alfredo Astiz y el despliegue británico de fuerzas especiales, ofreciendo una visión desde el terreno argentino y contrastándola con las narrativas oficiales británicas.
Estación Ballenera de Puerto Leith, desactivada en el año 1965, en tareas de desguace por los 39 obreros argentinos.
1. El contexto geopolítico y el antecedente de Davidoff
A comienzos de la década de 1980, las tensiones en torno a la soberanía de las Islas Malvinas y territorios circundantes habían escalado. En ese marco, Constantino Davidoff, empresario argentino con derechos de desmontaje sobre antiguas factorías balleneras en Georgias del Sur, organizó el envío de cuadrillas de trabajadores civiles argentinos para realizar tareas de desguace y recuperación de materiales en Puerto Leith, con autorización del gobierno argentino.
Mapa
de la Isla San Pedro o Georgias del Sur. 182 Kilómetros de largo por 32
Kms. de ancho. Su relieve es montañoso, su altura máxima es el Monte
"Paget" de 2.992 metros. El clima es sub-antártico. Ubicado al Sud-Este
del continente. Desde Buenos Aires está a unos 3.460 Kilómetros, desde
Río Gallegos a 2.280 Kms. y desde las Islas Malvinas a 1.485 Kms.
El arribo de estos obreros el 19 de marzo de 1982, a bordo del buque ARA Bahía Buen Suceso, incluyó el izamiento de una bandera argentina en la estación ballenera. Este acto simbólico generó la inmediata protesta del Reino Unido, que lo consideró una violación de la soberanía británica sobre el archipiélago. Desde ese momento, la situación escaló rápidamente hacia una confrontación militar.
2. El desembarco del Grupo Alfa y la llegada de Astiz
En respuesta a la creciente tensión, la Armada Argentina decidió enviar una pequeña unidad militar para brindar protección a los civiles. El 25 de marzo, el Teniente de Navío Alfredo Astiz desembarcó con una dotación de 14 hombres —Grupo Alfa— en Puerto Leith. Su misión era clara: garantizar la seguridad de los obreros argentinos, evitar su desalojo por parte de las fuerzas británicas y mantener la presencia nacional en el territorio.
Teniente Astiz con directivos de la empresa de Constantino Davidoff y el Teniente de Navío (médico), Dr. Julio Carrilaf. Foto tomada por documentalistas franceses, el 2 de Abril de 1982, durante la ceremonia del izado de 2 Banderas Argentinas.
Astiz se convirtió así en el primer oficial argentino en tomar posición en un territorio administrado por el Reino Unido durante el conflicto. Esta acción, aunque sin un enfrentamiento armado inmediato, representaba una afirmación de soberanía por parte del gobierno argentino y fue percibida por los británicos como una agresión inaceptable.
El
Grupo "Alfa", formados para la ceremonia del izado de las Banderas
Argentinas, en Leith, Isla San Pedro o Georgias del Sur, el 2 de Abril
de 1982.
3. La situación en el terreno: aislamiento, vigilancia y preparación
Durante los 32 días de permanencia en Leith, el Grupo Alfa operó en condiciones extremadamente desfavorables. La estación ballenera estaba aislada geográficamente, rodeada de montañas, hielo y mar, sin posibilidad de escape terrestre ni apoyo inmediato desde el continente. El grupo contaba con armamento ligero, radios portátiles y tres botes neumáticos, dos de ellos marca Zodiak y uno capturado previamente, de origen británico.
Las comunicaciones interceptadas por radio VHF indicaban creciente movimiento naval en la región. Astiz ordenó patrullajes diurnos y nocturnos hacia instalaciones abandonadas cercanas como Stromness y Husvik, en busca de rastros de posibles infiltraciones británicas. En efecto, se hallaron huellas y restos recientes que confirmaban la presencia de patrullas enemigas en las cercanías.
La presencia de los 39 obreros civiles limitaba significativamente las opciones defensivas del grupo. Un ataque británico sobre Leith, en presencia de civiles no combatientes, podría haber generado una condena internacional, razón por la cual la estrategia británica consistió en rodear y desgastar la posición argentina mediante acciones indirectas.
Teniente de Navío, Alfredo Astiz, Armada Argentina.
4. La llegada de la Task Force británica y el inicio de la “Operación Paraquet”
A partir del 20 de abril, la Royal Navy intensificó su presencia en Georgias del Sur. Desplegó una flota compuesta por el destructor misilístico HMS Antrim, las fragatas HMS Brilliant y HMS Plymouth, el rompehielos HMS Endurance, el buque logístico RFA Tidespring, y dos submarinos nucleares: HMS Splendid y HMS Conqueror.
Helicóptero "Wessex", en vuelo y el destructor británico HMS "Antrim".
La operación para recuperar el control del archipiélago recibió el nombre en clave de “Operación Paraquet”. El mando operativo en tierra fue asignado al Mayor Guy Sheridan, mientras que el Capitán Gavin Hamilton, oficial de los SAS (Special Air Service), encabezaba las patrullas de reconocimiento avanzadas.
Helicóptero "Wessex"; 4 tripulantes, con capacidad para transportar 5 Comandos.
5. El fracaso en el Glaciar Fortuna: una operación bajo hielo y viento
El 21 de abril, dos helicópteros Wessex despegaron del Antrim para insertar una patrulla SAS de 13 hombres liderada por Hamilton en el Glaciar Fortuna. Las condiciones meteorológicas, con vientos de más de 150 km/h, nevadas intensas y visibilidad nula, obligaron a cancelar el primer intento. En un segundo intento, lograron aterrizar, pero las condiciones extremas impidieron el avance: en cinco horas, sólo lograron recorrer 500 metros.
Embarque en uno de los 3 Helicópteros "Wessex". Patrulla de Comandos SAS, a cargo del Capitán John Hamilton.
Las carpas no pudieron ser montadas, y los soldados —entrenados para operar en ambientes fríos— sufrieron principios de congelamiento e hipotermia. El 22 de abril, Hamilton solicitó la evacuación por radio. Tres helicópteros intentaron rescatar a la patrulla, pero dos de ellos (Wessex 5 XT 464 y XT 473) se estrellaron debido a las ráfagas de viento. El tercero, pilotado por el Capitán Ian Stanley, logró rescatar milagrosamente a los 16 hombres en un solo vuelo.
Glaciar Fortuna, costa lado Este; en contacto con el Mar de Scotia. Zona de aterrizaje de los Comandos SAS, que marchaban hacia la Estación Ballenera de Leith.
Helicóptero "Wessex" HU-5 destruido en el Glaciar Fortuna.
El grupo dejó atrás equipos, trineos, armamento, víveres y explosivos. Esta etapa de la operación fue calificada internamente como un revés táctico significativo. La narrativa oficial británica minimizó este fracaso, pero los hechos documentados muestran lo contrario.
Patrulla de Comandos SAS, sobre el hielo del Glaciar Fortuna, Isla San Pedro o Georgias del Sur, 22 de Abril de 1982. Observar que los Comandos no tienen sus armas y sus mochilas. Aparentemente están en la espera de abordar el helicóptero, que los trasladaría al Destructor "Antrim". El hombre de negro y casco en su cabeza, podría ser un tripulante de helicóptero.
6. La frustrada incursión por mar: la SBS y la Isla Pasto
Simultáneamente, el 23 de abril por la noche, una patrulla del Servicio Especial de Embarcaciones (SBS) intentó desembarcar en las cercanías de Puerto Leith. Cinco botes inflables Gemini fueron lanzados desde el Antrim. Dos quedaron a la deriva por fallos en sus motores; los otros tres sufrieron pinchaduras por bloques de hielo y debieron recalar en la isla Grass, a 1 km de Leith.
Capitán de Corbeta (RN) Ian Stanley, piloto del Helicóptero "Wessex 3".
El desembarco británico en la posición argentina fracasó. Las patrullas SBS y SAS intentaron crear un cerco desde Stromness, Husvik y Bahía Fortuna, pero no lograron penetrar ni atacar directamente la posición de Astiz. Los británicos enfrentaban un terreno hostil, condiciones climáticas adversas y limitaciones de transporte aéreo y naval.
Llegada del Helicóptero "Wessex 3", al Destructor "Antrim", con los sobrevivientes.
7. La rendición en Grytviken y el destino de los prisioneros
El 25 de abril, la presión naval británica se concentró en Grytviken, donde el submarino argentino ARA Santa Fé había desembarcado refuerzos. Tras un enfrentamiento desigual con helicópteros británicos que incluyó misiles y ametralladoras, el Santa Fé fue inutilizado en el muelle y su tripulación se rindió.
Mapa
de las posiciones argentinas e inglesas, el día 22 y 23 de Abril de
1982. Flechas amarillas: movimientos de helicópteros Y botes neumáticos
transportando Comandos SAS y SBS. Flechas negras: Planeamiento inglés,
de la Patrulla de Comandos SAS del Capitán John Hamilton. Para marchar
por hielos y montañas, hacia la Estación Ballenera de Puerto Leith. Toda
la operación fue cancelada, por la mala meteorología y la pérdida de 2
helicópteros "Wessex 5", más armamento y material de campaña abandonado.
La rendición formal de las fuerzas argentinas en Georgias del Sur fue firmada ese mismo día en Grytviken. Sin embargo, el Teniente Astiz no participó en ese acto ni su firma figura en el acta. La propaganda británica, no obstante, difundió la versión de que Astiz se había rendido sin disparar un solo tiro, contribuyendo a su construcción mediática como figura cobarde.
Comandos
SBS. Llegados en botes neumáticos a la "Bahía Strommnes". Otro grupo de
Comandos SBS operaron desde la "Bahía de la Fortuna", al Norte de
Puerto Leith. No llegó nadie a destino. La operación Leith, fracasó a
causa del fuerte temporal.
En total, fueron capturados 190 argentinos: los 39 obreros, el grupo de Astiz, el grupo Lagos, el contingente del ARA Santa Fé y el personal médico. Estos prisioneros fueron trasladados al buque Tidespring, cuyo hangar, al haber perdido sus helicópteros, fue acondicionado como alojamiento improvisado.
Helicóptero "Wessex" HU-5 estrellado en los hielos del Glaciar Fortuna en Georgias del Sur.
Astiz fue separado del resto y, según testimonios, trasladado a otro buque, posiblemente la fragata Antelope, y luego al Reino Unido. No volvió a aparecer con sus compañeros durante el retorno vía Isla Ascensión. La información sobre su paradero en esos días sigue siendo escasa y contradictoria.
8. La construcción de una narrativa: entre propaganda y hechos
A lo largo de las décadas, la versión predominante de los hechos ha sido la británica, ampliamente difundida por medios internacionales y reforzada por ciertas organizaciones humanitarias. Se consolidó una narrativa en la cual Astiz aparece como un oficial que se rindió sin luchar, y en la cual las operaciones especiales británicas se presentan como heroicas, sin resaltar sus fracasos logísticos o su limitada efectividad táctica.
Lámina homenaje de la Aviación Naval inglesa, al desempeño del Helicóptero "Wessex" HAS-3 en Georgias del Sur.
En cambio, desde la perspectiva argentina, los hechos muestran un despliegue defensivo eficaz en condiciones de aislamiento, sin bajas civiles, sin bombardeos a instalaciones ocupadas, y con decisiones tomadas para evitar un baño de sangre innecesario. La ausencia de enfrentamiento directo no puede interpretarse como falta de voluntad combativa, sino como una consecuencia directa de las decisiones británicas de evitar un ataque frontal en Leith.
Buque
Tanque RFA "Tidespring" (A-75). Los 2 helicópteros "Wessex 5",
destruidos en el Glaciar Fortuna, pertenecían a este buque. Arribó a la
Isla Ascensión el 12 de Mayo de 1982, trayendo a bordo a los prisioneros
argentinos. El "Historial del Buque", menciona que: "Embarcó 2
helicópteros "Wessex", que los trasladó al Atlántico Sur. 1 de los
helicópteros se encontraba en el hangar del Destructor HMS "Glamorgan",
que fue destruido por el impacto de un misil MM-38 "Exocet", lanzado
desde una plataforma terrestre, en la costa de Malvinas, el 12 de Junio
de 1982".
Incluso se registraron disparos de una patrulla avanzada de observación argentina, en dirección sur, en respuesta a movimientos nocturnos. Estos episodios fueron omitidos en los reportes británicos y, por tanto, también en su historiografía.
9. El destino del Capitán Hamilton y el epílogo en Malvinas
El Capitán Gavin Hamilton, que no logró concretar su enfrentamiento previsto con Astiz en Leith, tuvo participación destacada semanas después en operaciones en las Islas Malvinas. Participó en la destrucción de aeronaves argentinas en Isla Borbón y luego en incursiones en Darwin y Monte Kent.
Placa
homenaje al Capitán Gavin John Hamilton, muerto en combate, el 10 de
Junio de 1982, en proximidades de Puerto Howard o Puerto Mitre por el Capitán Martiniano Duarte de la CC 602, Islas
Malvinas.
El 10 de junio de 1982, mientras lideraba una patrulla de observación cerca de Puerto Mitre, fue sorprendido por una patrulla argentina del Grupo de Comandos 601 y murió en combate. Su figura fue posteriormente exaltada como un héroe por el Reino Unido.
Capitán Gavin John Hamilton, Ejército Británico. Oficial de Comandos SAS.
10. Conclusiones
El episodio de Georgias del Sur constituye un ejemplo revelador de cómo la historia puede ser construida, omitida o distorsionada según los intereses de los actores involucrados. Lejos de haber sido una rendición sin resistencia, la operación británica para retomar Leith implicó un alto coste en medios, múltiples fracasos tácticos, y no logró su objetivo inicial de enfrentar ni capturar al grupo de Astiz en combate.
Por su parte, la guarnición argentina cumplió con su misión de proteger civiles, mantuvo su posición sin apoyo logístico, y se retiró sin enfrentamientos directos, debido a la elección británica de evitar el choque armado en una zona con presencia de no combatientes. Las acciones de Astiz, más allá de su controvertida figura pública por otros hechos, deben analizarse en este contexto específico desde una perspectiva operativa, estratégica y objetiva.
La historia de Georgias del Sur en 1982 sigue siendo, en muchos aspectos, una historia pendiente de revisión completa. Para una comprensión cabal del conflicto del Atlántico Sur, es indispensable incluir las voces silenciadas, los informes operativos omitidos y los testimonios directos de quienes estuvieron sobre el terreno.
Helicóptero
"Wessex" HAS-3 (XP-142), que rescató a los Comandos SAS sobrevivientes
en el Glaciar Fortuna. También localizó al Submarino ARA "Santa Fé" el
25 de Abril de 1982.