sábado, 15 de agosto de 2026

2 de Abril: Héroes del desembarco

Desembarco en primera persona

𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘚𝘦𝘳𝘨𝘪𝘰 𝘙𝘶𝘣𝘦𝘯 𝘋𝘪𝘢𝘻 𝘤oncripto clase 63 𝘴𝘦𝘤𝘤𝘪𝘰𝘯 𝘎𝘢𝘵𝘰

Sitio: Malvinas: Historias de coraje





Son las 4:30 am, Nos despiertan, la hora ha llegado. Me perisgno (otra cosa no se me ocurre) solo me encomiendo a dios y trato de controlar los nervios…. Que nadie se de cuenta, Nos aseamos, desayunamos rapido y de nuevo al sollado, terminamos de equiparnos, el personal de cuadros controla todos los equipos de cada uno. Tambien nos pintamos la cara, rapasamos mentalmente toda la instrucción que nos dieron desde que fuimos incorporados en el querido regimiento 25 de colonia sarmiento, esto no era un juego, seriamos protagonista de un desembarco anfibio y tal vez entrariamos en combate, Nos ponemos pasamontañas de lana y estamos listos para salir.
Llega la orden de marchar a la bodega de embarque y ya estamos en marcha. Una vez alli todo es increible, vemos mucho personal de la armada realizando maniobras, preparando los vehiculos anfibios en direccion a la salida del barco (aunque muchos de estos marinos tienen nuestra edad son verdaderos profesionales). El buque ARA Cabo San Antonio parece un gran monstruo con las fauces abiertas.
El teniente coronel Seineldin nos esperaba ya preparado para el desembarco, tenia la cara pintada para el combate, dos granadas colgadas del pecho y una ametralladora automatica. Para mi fue tranquilizador que el desembarcaria con nosotros, con el teniente coronel con nosotros no podiamos perder. Seineldin nos miraba uno a uno controlando que todo estubiera en orden y como si tratara de adivinar nuestros pensamientos.. pero todos estabamos listos para llevar a cabo lo que seria LA GLORIOSA GESTA DE MALVINAS.
Son las 6:00 am. En unos minutos comenzamos a subir al anfibio. Yo quedo del lado derecho cerca de la puerta, al lado del sargento Colque (un gran militar). Ya embarcados tengo puesto un salvavidas que se infla automáticamente tirando de unas tiritas, es igual a los que se utilizan en los aviones de pasajeros. De nuevo recuerdo todos los pasos que tenemos que realizar en caso de tener que desalojar el anfibio en caso de emergencia. La compuerta se cierra, estamos listos para comenzar el desembarco, se escucha el ruido de las orugas del anfibio sobre el piso de metal del barco, el movimiento me pone tenso, solo ruego que salga todo bien. El teniente coronel pide poner música que llevaba en un grabador, la cual era en conmemoración de las invasiones inglesas. La operación se llamaba Rosario, por la virgen. El anfibio se encuentra en movimiento salimos al mar, me doy cuenta por el ruido del vehículo que caemos al agua, los motores comienzan a rugir y, el ruido tapa al de la música... en ese momento comenzamos a rezar, para que el anfibio se mueva, porque si no comenzará a entrar agua y se puede hundir. En ese momento trato de ver por la ventanilla hacia fuera, y solo veo el nivel del mar que casi la cubría por completo, en la parte superior solo se apreciaban algunas estrellas y un cielo muy oscuro. Los motores continúan rugiendo hasta que en un momento toma impulso y sentimos que estamos en movimiento. En unos minutos que pasan muy rápido continuamos por el mar, hasta que de repente se siente un ruido muy fuerte, como si hubiéramos chocado, con algo y el anfibio se mueve bruscamente. Ya habíamos tocado tierra. Ya estamos en las islas. El subteniente Reyes abre las compuertas de la parte superior, se para sobre los asientos se asoma hacia afuera, y comienza a decir —"¡Allí están esos hijos de p..., allá están!". Yo pensé que los ingleses nos estaban esperando, y el anfibio seguía avanzando. De repente suena el timbre que anticipa que tenemos que bajar (ya nos habíamos sacado el salvavidas) y de pronto nos detenemos. La luz verde no indica que la compuerta se abrirá... Cada segundo se convierte en una eternidad. Apenas la compuerta está totalmente abierta, comenzamos a bajar, yo bajo tercero. Salimos lo más rápido que podemos y nos quedamos cuerpo a tierra. Lo primero que noto es que la isla se me mueve, como si estuviera en el barco, trato de regular mi respiración, (pienso estoy muy nervioso, por eso se "me mueve la isla"), dan la orden de continuar y me levanto. Tengo mi fusil FAL cargado y sin seguro. Avanzamos en forma de abanico, trato de mirar a todos lados, todavía es de noche... llegamos al aeropuerto y seguimos caminando apuntando hacia adelante mirando todo. El terreno es plano, con el pasto bajo, vamos pasando por la pista. A los costados de la misma el terreno presenta unas irregularidades formada por piedras. Mientras continuamos avanzando algunos compañeros van quedando ya apostados para cubrir el terreno ganado. Sigo caminando y siento en la vista que las piedras parecen moverse. Nos paramos, quedando rodilla a tierra, miro de reojo para poder distinguir si realmente algo se mueve entre las piedras, o si es sugestivo. Al cabo de poco tiempo seguimos avanzando, recorriendo casi toda la pista y en un momento se escuchan ruidos de los enfrentamientos en Puerto Argentino. Ruido de ametralladoras apagado a veces por los ruidos del cañoneo naval. Seguimos caminando, llegamos hasta el final de la pista, en ese lugar me tengo que quedar apostado, miro para todos lados no quiero dejarme sorprender por algún soldado inglés. Veo que la pista está ocupada con camiones y máquinas viales para no permitir el aterrizaje de los aviones. El grupo continua hasta el faro que se encuentra más adelante. Yo estoy rodilla a tierra con mi fusil mirando para todos lados. Puedo ver en dirección a Puerto Argentino y alcanzo a divisar el destello de los cohetes que tiran los ingleses . El ruido continua, se nota que hay resistencia. Aquí en el aeropuerto todo está muy tranquilo, todo muy quieto, pero a mí la isla se me sigue moviendo, no entiendo que me pasa. De pronto veo que comienza a operar gente en la torre de control, mientras comienzan a correr los vehículos que están obstruyendo la pista. Todo está saliendo a la perfección y sin inconvenientes, mejor a lo esperado. Hasta ahora nosotros no hemos tenido que enfrentarnos con los ingleses. De pronto regresan algunos de los que habían pasado hasta el faro, y me anticipan que encontraron algunos soldados ingleses que se entregaron sin oponer resistencia. Cuando retiran el último vehículo de la pista comienzo a ver en el cielo una luz que se enciende y se apaga... es un avión y aproximándose. Más cerca veo que es un avión Hércules, que pasa por encima de mi cabeza. Yo estoy en la cabecera de la pista, y es algo impresionante ya que nunca había estado tan cerca de un avión. Sigo vigilando, con el fusil listo para disparar. El avión se detiene y se produce el comienzo del desembarco aéreo. El ruido del enfrentamiento en Puerto Argentino ya no se escucha. El día ya está amaneciendo, los aviones siguen llegando, esta todo  sincronizado, cuando unos soldados, todo desarrollándose con normalidad. El nuevo día ya deja ver estas queridas islas. Puedo apreciar el suelo, donde estoy la arena es muy fina y blanca con algunos arbustos. Sigo apostado, ya un poco más tranquilo, y sereno, las islas están recuperadas. Pronto llega el relevo, todo ha salido mejor de lo planeado, dejamos el aeropuerto con la alegría de haber cumplido la misión, ahora continuamos a Puerto Argentino.

martes, 11 de agosto de 2026

Diplomacia: José María Ruda en la ONU en 1964

La acción de José María Ruda en la ONU en 1964




En 1964, un diplomático argentino logró llevar la cuestión de las Malvinas al centro de la política mundial. No fue un gesto simbólico ni un mero ejercicio retórico para dejar constancia de una protesta. Fue una intervención jurídica y diplomática de notable precisión, concebida para demostrar ante las Naciones Unidas que la presencia británica en las Islas Malvinas no era el resultado de un desarrollo histórico natural o incontestado, sino la consecuencia de un acto de fuerza colonial perpetrado en 1833.

El 9 de septiembre de 1964, el embajador José María Ruda se presentó ante el Comité Especial de Descolonización de la ONU y expuso la posición argentina con claridad, rigor y firmeza. Su planteo era sencillo en su forma, pero profundo en sus implicancias jurídicas: las Islas Malvinas forman parte del territorio argentino y permanecen bajo ocupación británica ilegítima desde la expulsión de las autoridades argentinas establecidas allí en 1833. Al presentar la cuestión en esos términos, Ruda no se limitó a reiterar un reclamo nacional. Encauzó la disputa en el lenguaje del derecho internacional, despojándola de relatos imperiales y devolviéndole su verdadera naturaleza: la de una cuestión de soberanía aún no resuelta.

La fuerza de su exposición no residió solo en la reconstrucción histórica de la ocupación británica, sino en las consecuencias jurídicas que se desprenden de ese hecho. Ruda sostuvo que, tras la ocupación, la presencia argentina en las islas fue desplazada y se estableció una nueva población bajo autoridad colonial británica. Ese punto era central. Implicaba que la población actual de las islas no puede ser considerada, en términos jurídicos estrictos, como si existiera al margen del acto de fuerza originario. Hacerlo supondría convertir los efectos de una ocupación en fuente de derechos.

Sobre esa base, Ruda rechazó cualquier intento de encuadrar el caso como uno de autodeterminación de los pueblos en el sentido clásico. Su posición fue que ese principio no puede invocarse legítimamente para convalidar una situación demográfica y política creada por el mismo acto cuya legalidad se encuentra en disputa. El principio aplicable, sostuvo, es el de la integridad territorial de los Estados, igualmente fundamental en el orden jurídico internacional de la posguerra. En términos jurídicos, su razonamiento resulta contundente: la autodeterminación no puede separarse de las circunstancias en las que se conformó una población, ni utilizarse para legitimar las consecuencias de una desposesión territorial producida por la fuerza.

El contexto internacional de la época le dio aún mayor relevancia a su intervención. El mundo atravesaba un proceso de descolonización, y la ONU ya había adoptado la Resolución 1514, la Declaración sobre la Concesión de la Independencia a los Países y Pueblos Coloniales, que exige poner fin rápida e incondicionalmente al colonialismo en todas sus formas y manifestaciones. El logro de Ruda fue inscribir la cuestión de las Malvinas en ese proceso histórico, sin perder de vista su especificidad jurídica. Demostró que no se trataba de un caso colonial típico, sino de una disputa singular y grave que involucra la ocupación por parte de una potencia colonial de una porción del territorio nacional argentino.

El resultado fue histórico. En 1965, la Asamblea General adoptó la Resolución 2065, que reconoció formalmente la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e instó a ambos gobiernos a entablar negociaciones. Se trató de un avance decisivo. Las Naciones Unidas no dieron la cuestión por saldada ni la redujeron a una cuestión de preferencia local. Reconocieron, en cambio, que existe una controversia bilateral que requiere una solución negociada conforme a los propósitos y principios de la Carta. En términos jurídicos y diplomáticos, este sigue siendo uno de los logros más importantes alcanzados por la Argentina en el ámbito internacional.

Más de seis décadas después, el alegato de Ruda sigue siendo una referencia central porque logró articular patriotismo con rigor jurídico, convicción nacional con argumentación internacional. Las Malvinas no son solo una cuestión de memoria ni un vestigio del pasado. Son una cuestión de soberanía que incide directamente sobre el Atlántico Sur, sus recursos, sus rutas marítimas y la proyección estratégica de la Argentina hacia la Antártida. En un contexto en el que la región vuelve a adquirir relevancia geopolítica, la posición argentina exige seriedad, continuidad y una política de Estado sostenida. La solidez del reclamo nunca dependió de la improvisación, la emotividad o las fórmulas coyunturales, sino de una base jurídica coherente sostenida en el tiempo. Por eso la intervención de Ruda perdura: no solo como una pieza oratoria destacada, sino como una de las defensas jurídicas más claras de los derechos argentinos sobre las Islas Malvinas.


domingo, 9 de agosto de 2026

Hundimiento de la Ardent: La historia del Capitán Arca

 

La increíble historia del Capitán Arca y su vínculo con San Francisco


Arca, que actualmente recorre el país dando charlas, nació en Corrientes, en 1950. Cursó allí la secundaria y decidió que quería seguir la carrera militar. Viajó a Buenos Aires, donde se preparó e ingresó a la fuerza en 1969.

A los 33 años participó de la guerra en el Atlántico Sur, donde se desempeñó como piloto de la Armada Argentina, como integrante de la Tercera Escuadrilla Aeronaval.




“Mi papá nos hizo volver de Europa para irse a pelear a Malvinas”

En una nota realizada en una oportunidad a un medio correntino, el capitán relataba: “Cuando se produjo en desembarco en Malvinas yo estaba en Francia. No fui convocado, pero sí mi compañero que era señalero. A mí no, porque hacía ocho meses que no volaba”, señaló. Sin embargo, Arca no se amilanó e intentó ir como voluntario.

“Pregunté en la Embajada si estaba convocado y me dijeron que no, al otro día volví y me volvieron a decir que no, y al tercer día, cuando le dije al Embajador que iba a ir a Malvinas, me dijo que no podía. Yo le respondí: No, no me debería ir, pero sí me puedo ir. Abandoné el curso y me vine de manera voluntaria”, contó.

Y así emprendió el regreso a la Argentina, con su esposa y sus tres hijos, de 6, 4 y 3 años. Como no tenía lugar donde quedarse, su familia se instaló en Entre Ríos, de donde es oriunda su cónyuge, y el voló hacia el sur.

Pelea de perros con los Harrier

Aquel 21 de mayo de 1982 ocurrió el desembarco de las tropas británicas en el estrecho de San Carlos. En el lado argentino comenzó el alerta para mandar la oleada de aviones para el ataque y evitar aquella el desarrollo de aquella operación.

A las 14.25 despegaron seis aviones argentinos, de tres en tres, cada uno de los grupos con el objetivo de destruir una fragata ubicada en el estrecho de San Carlos, la misma proporcionaba protección al desembarco inglés.

La primera sección (foto) en despegar fue la integrada por el Cap. Phillipi, los Tenientes. Márquez y el Capitán Arca (a bordo del 312). Debieron partir con un mínimo de combustible para realizar la misión.




En camino al objetivo les ordenan que regresen ya que había 10 Harrier (Aviones de caza y ataque de las fuerzas inglesas) protegiendo el desembarco, aun así juntaron valor y continuaron para cumplir con su misión.

Localizan a la fragata HMS Ardent y la atacan, logrando impactar 2 bombas MK-82 Snakeye en su popa y hundirla.

Durante el escape son interceptados por una sección de Harrier. En este combate se debe eyectar el Cap. Philipi luego de ser alcanzado por un misil. El Tte. Marquez muere al explotar su avión a causa de los impactos recibidos.

Arca continuó en combate. Logró burlar con bruscas maniobras evasivas otro misil, cuando ya exhaustos de combustible, los Harriers se replegaron al HMS Hermes.



Con el tiempo se conocieron relatos de los pilotos ingleses que sorprendidos indicaban como Arca los encaraba y les tiraba el avión encima cuando ya se había quedado sin proyectiles para disparar.

Ahí entró en acción la segunda sección con los otros 3 Skyhawks rezagados. Con asepsia casi quirúrgica y el campo de batalla despejado, los pilotos Benito Rótolo, Carlos Lecour y Roberto Sylvester terminaron de masacrar a la Ardent.

De las 24 bombas de 500 libras lanzadas por los seis aviones, al menos 5 sellaron definitivamente la suerte la fragata. En el último ataque, el sector de babor quedó diezmado y las llamas consumían la popa cuando el capitán Alan West ordenó el abandono. Veintidós de los 170 tripulantes perecieron.

Averiado por los disparos y sin tren de aterrizaje

El Cap. Arca había sido alcanzado en 10 oportunidades por el cañón de 30 mm de un Harrier a pesar de sus maniobras evasivas.

«Así no puede aterrizar. No tiene tren de aterrizaje y se ve el cielo desde el otro lado del avión por los agujeros de los proyectiles. Si no se eyecta dejará la pista sin servicio. ¡Eyéctese!», le impusieron. El piloto buscó un área alejada del trajín aéreo y obedeció.

Cayó al mar y en una maniobra de profesionalismo excepcional el piloto de un Bell, el capitán de Ejército Alberto Svendsen, sin una liga para arrojarle y levantarlo, ubicó el patín de aterrizaje de su helicóptero debajo del piloto y prácticamente lo pescó en medio de un oleaje furibundo.

En un mar embravecido, con olas de más de dos metros y casi en estado de hipotermia, Arca estuvo más de 30 minutos luchando para trepar al helicóptero (que no tenía equipamiento de rescate). Finalmente en una maniobra de gran peligrosidad y pericia el piloto metió en el agua el patín de su helicóptero y allí Arca logró colgarse del mismo y es llevado a tierra firme.



El relato de Martín Balza sobre el operativo rescate

Ex Jefe del Ejército Argentino y Veterano de Malvinas, en una nota publicada en diario Perfil, en abril del año pasado, relataba con precisión lo realizado en el heroico rescate que le valió al piloto Svendsen (en la foto junto a Arca en un acto posterior) ser condecorado con la medalla «La Nación Argentina al Valoren Combate».

“Cuando parecía que lograría consumar mi ansiado sueño, un suboficial me despertó en forma violenta: “¡Mi teniente coronel, un avión sobrevuela en círculos nuestras posiciones y cada vez lo hace más bajo! ¡Se nos va a caer encima!”.

«Salté, salí de precario refugio y vi un avión Douglas A-4 Q (Skyhawk) de nuestra Aviación Naval que, averiado, intentaba aterrizar en el aeropuerto próximo a nosotros. El piloto, teniente de navío José Arca, se había eyectado en su paracaídas, pero en perfecto planeo, la máquina sobrevoló en círculos cada vez más abajo por sobre nuestra zona de responsabilidad».

«Finalmente se impartió a la artillería antiaérea propia la orden de derribarla y cayó sin consecuencias en el extremo de la península del aeropuerto».

«El teniente Arca cayó al mar a unos 1.000 metros de la costa, y fue rescatado por el capitán Jorge Rodolfo Svendsen, al mando de un helicóptero UH-1 H del Batallón de Aviación de Ejército».


El rescate fue difícil y arriesgado, y todos estábamos pendientes de él. Así lo relata el capitán Svendsen:

“Al tocar agua nos acercamos, observando que el piloto estaba consciente. Entonces le ordené al sargento primero Santana, que era mi copiloto, que controlaba la parte del instrumental, y al cabo primero San Miguel, que se desempeñaba como artillero de puerta, que cuando me acercara al piloto en el agua tratara de tomarlo para introducirlo en la cabina».

“En esta acción, tratando de sacarlo del agua, hubo varios intentos en vano, durante unos 15 minutos, pues el salvavidas que llevaba puesto el piloto no le permitía el movimiento de los brazos y el reflujo producido por el rotor lo alejaba de la aeronave o lo empujaba debajo de ésta».

“Con mucho acierto y luego de muchos intentos, el piloto me hizo una seña para que me alejara y poder así sacarse el chaleco salvavidas. Con los brazos libres pudo, en el siguiente intento, y con la ayuda del cabo primero San Miguel, parado en el esquí del helicóptero, tomarse con su brazo de éste, quien lo llevó “colgado” hasta la costa, donde personal de las posiciones próximas nos ayudó a acostarlo dentro del helicóptero; rápidamente, lo llevamos al Hospital Militar de las Fuerzas Armadas para que recibiese la atención médica adecuada”.



La importancia del legado y la esperanza de volver

A sus 71 años José Cesar Arca recorre el país contando su experiencia, con la misma convicción con la que aquel día de 1982 subió a su avión: «Yo soy un defensor de la historia, y del valor que tiene poder contar lo que viví en esa gesta histórica. Algún día ya no estaremos, y otros transmitirán lo que nosotros (los otros héroes) les contamos. Eso no puede perderse y la única manera de conservarlo es seguir con estas actividades», detalló.

Antes del final, la pregunta obligada: ¿Volvería?. «Sí, porque estoy mucho más preparado que entonces. Pero nuestro deber hoy es otro. Somos centinelas de las negociaciones para que se recupere lo que era nuestro. Y los mayores centinelas, quedaron allá enterrados».


Maximiliano, su hijo que hoy tiene 41 años, por esas cosas del destino reside desde hace años en San Francisco. Aquí se desempeña profesionalmente y formó su hermosa familia. Cultor del bajo perfil y muy respetuoso de la envestidura de su papá, prefiere que la historia sea contada por los verdaderos protagonistas, pero no pierde las esperanzas que cuando la pandemia lo permita, el Capitán de Navío José Cesar Arca visite nuevamente la ciudad y nos cuente, en primera persona, esta parte tan importante de la historia de nuestra querida Argentina.



viernes, 7 de agosto de 2026

IMARA: Héroes del BIM 5

Oficiales del BIM 5





Oficiales del BIM5 en Malvinas, Abril 1982. 
1- GUIM Juan Salvador Pellegrino
2- TCIM Waldemar Aquino
3- TCIM Ruben Guillen
4- CCIM Antonio Pernias
5- TNIM Juan Carlos Couderc
6- CFIM Daniel Armando Ponce
7- CFIM Carlos Robacio
8- TCIM Ricardo Quiroga
9- TFIM Carlos Calmels
10- TNIM Alfredo Pagani

miércoles, 5 de agosto de 2026

El efecto Genta en la Fuerza Aérea Argentina

Hagamos MEMORIA: Jordán Bruno Genta

Quien fue Genta y su influencia en la Fuerza Aérea Argentina




Antes que todo debemos destacar que Jordán Bruno Genta cayó haciendo la señal de la cruz.
Un comando guerrillero marxista del denominado “ERP 22 de agosto”, se atribuyó la autoría del crimen. 
Su esquela reza: “Caído por Dios y por la Patria, enseñó con la palabra, la vida y la sangre”.
Opiniones que nos da un perfil de el: El Primer Teniente D Carlos Eduardo Cachón: Quien infligiera un devastador golpe al enemigo, hundiendo el buque de desembarco “Sir Galahad”, reconocía:
«Al profesor Genta no tuve el gusto de conocerlo, pero sus libros eran el soporte de nuestra formación doctrinaria».
El «As» de la aviación argentina el Capitán VGM D Pablo Carballo, que recibió la Cruz al Heroico Valor en Combate y participó de siete misiones durante la guerra de Malvinas, incluyendo los hundimientos del Coventry, Ardent y los serios daños al Broadsword, reconocía: «Tengo todos sus libros».
O Gustavo Aguirre Faget: El piloto que consiguió soltar la primera bomba argentina sobre el puente de una fragata inglesa, subrayaba: «Soy consciente de [Genta] que marcó muchas buenas voluntades en la Escuela de Aviación Militar, instructores y alumnos. Estoy seguro de ello; nadie puede decir que no lo leyó o estudió».
Roberto Vila: Jefe de una escuadrilla de Pucará en Malvinas, «Era muy leído y respetado en la Escuela de Aviación Militar durante nuestra carrera, sus libros eran lectura normal, más allá de las inherentes al programa de estudio, porque nosotros vivíamos estudiando, y pasábamos más horas entre los libros de lo que cualquiera pueda imaginar».
El piloto Rubén Moro: «Su conducta -no simplemente su pensamiento- lo hacían mentor del nacionalismo católico, una de las formas doctrinales que hubiesen evitado que nuestro país cayera en la decadencia y crisis espiritual actual».
Otro compañero piloto Hernán Daguerre decía: «A Jordán Bruno Genta lo leíamos en nuestra época de cadetes. En particular, usábamos su libro `Guerra contrarrevolucionaria´, que era como la Biblia para los cadetes».
Otro piloto, el «Poncho» Donadille, recordaba: «En mis épocas de cadete de la Escuela de Aviación Militar, era una total referencia de lectura de muchos de nosotros, por su filosofía nacionalista y cristiana. Cuando tenían oportunidad, compañeros míos concurrían a la casa de Genta en Buenos Aires (durante las licencias y generalmente aquellos que residían en la capital) para escuchar sus reflexiones».
Pero quien fue: Jordán Bruno Genta:
Nacido en Buenos Aires, el 2 de octubre de 1909. En 1933 inició su carrera docente en la Universidad Nacional del Litoral y en el Instituto del Profesorado de Paraná. Al mismo tiempo inició un notable proceso de conversión a la filosofía cristiana, primero, y a la fe católica, después.
En 1946 fundó una cátedra privada de filosofía, en la que enseñó hasta su muerte, el 27 de octubre de 1974. Entre sus obras se destacan Problemas fundamentales de la Filosofía, Sociología Política, Curso de Psicología, El Filósofo y los Sofistas, La Idea y las ideologías, Libre Examen y Comunismo, Guerra Contrarrevolucionaria, Opción Política del Cristiano, además de numerosos artículos periodísticos, cursos y conferencias pero…...
…….fue asesinado el domingo 27 de octubre de 1974, en la puerta de su casa, cuando salía para asistir a la misa dominical en una parroquia vecina......
Un comando guerrillero marxista del denominado “ERP 22 de agosto” se atribuyó la autoría del crimen. Jordán Bruno Genta cayó haciendo la señal de la cruz. “Caído por Dios y por la Patria, enseñó con la palabra, la vida y la sangre”, rezaba su esquela.
El gran pensador católico, Mario Caponetto, decía de Genta:
“Fueron los mismos ingleses quienes reconocieron la influencia decisiva de la prédica de Genta en los pilotos de nuestra Fuerza Aérea que asombraron al mundo con sus hazañas., Genta tuvo el don de la fecundidad intelectual. Fue un maestro en el sentido más pleno del término, un educador en toda la extensión de la palabra. Ahora bien, la educación es como una segunda generación: El maestro verdadero es el que, en cierto modo, engendra en la sabiduría a sus discípulos. Además, como maestro supo imprimir un estilo amical a su enseñanza: Los discípulos se hacían amigos y los amigos se hacían discípulos. Quienes tuvimos la gracia de asistir a sus clases somos testigos de esto que digo”.
La impronta de Genta queda reflejada (1976-1985), se trató de “Descristianizar» a la Escuela Militar de Aviación prohibiendo las misas diarias, el rezo del rosario. Sin embargo, ello provocó una oposición radical en los cadetes influidos por Genta.
Por ejemplo, José Daniel Vázquez, quien luego moriría atacando al portaaviones Invencible, seguía haciendo marchar a los cadetes entonando el «Cara al Sol» a pesar de tenerlo prohibido.
Otro cadete, que posteriormente caería en combate, encabezaba el rezo del rosario de los cadetes, en horarios de descanso. Nunca lo interrumpió sabiendo que cuando era descubierto le caían 10 días de arresto.
Sin esta fe y este patriotismo sería imposible explicar el arrojo de aquellos míticos aviadores que hicieron temblar al imperio británico.
Por: Javier Barraycoa



sábado, 1 de agosto de 2026

Doctrina militar: Fricción como aprendizaje

Fricción como aprendizaje: buscar el roce para obligar al enemigo a revelarse

Por E. McLaren






No toda fricción es padecida. A veces se la busca.

No hablamos aquí de la fricción en el sentido abstracto y universal con que Clausewitz describía el desorden inevitable de la guerra, esa resistencia opaca que entorpece planes, retrasa movimientos y arruina cálculos. Hablamos de otra cosa: de la fricción provocada. Del contacto deliberado. Del tanteo buscado para obligar al enemigo a mostrar la mano. En términos contemporáneos, lo que está en juego es el probing engagement: el encuentro de prueba, la presión medida, el roce táctico que no persigue todavía la destrucción total, sino algo a veces más valioso en la fase previa al golpe decisivo: comprensión.

Hay guerras en las que el enemigo está a la vista y guerras en las que hay que arrancarlo de la sombra. Cuando el adversario se dispersa, se enmascara, se atrinchera, se mezcla con el terreno o pelea con lógicas asimétricas, la información no se obtiene solo mirando. Hay que hacerlo reaccionar. Y para que reaccione, hay que tocarlo. Ese toque puede ser una patrulla, una sonda mecanizada, un fuego de tanteo, una incursión limitada, una presión localizada sobre un punto sensible. Lo decisivo no es la forma exacta, sino la intención: forzar al enemigo a delatarse. Saber cómo responde, desde dónde responde, con qué intensidad, con qué disciplina, con qué reservas, con qué temple.

Eso es la fricción como aprendizaje. No el caos que sobreviene, sino el roce que se induce para aprender más rápido que el otro.

Las doctrinas militares serias no entienden este contacto como una aventura ni como una liturgia del coraje. Ninguna fuerza profesional busca combate por romanticismo. Lo busca, o lo tolera, cuando el combate limitado produce rendimiento operativo: revela posiciones, obliga a desplegar reservas, expone centros de mando, permite medir cohesión, destapa vulnerabilidades, erosiona la moral o permite calibrar con mayor precisión el dispositivo propio. El tanteo, bien entendido, no es una descarga de agresividad. Es un instrumento de conocimiento. Se entra en fricción para salir con una imagen más nítida del campo de batalla.

Estados Unidos lo tradujo a una terminología metódica: reconnaissance in force, reconnaissance by fire, probing attack. Distintos nombres para una misma verdad: a veces hay que presionar al enemigo para que revele la geometría real de su defensa. Lo que importa en el enfoque norteamericano es que ese contacto tenga bordes nítidos. No debe transformarse en una batalla prematura ni en un atolladero por exceso de entusiasmo. El roce sirve si está cubierto, escalado y contenido. Se lo acepta porque enseña; se lo limita porque desgasta. Hay en esto una lógica muy estadounidense: usar la fricción, pero sin rendirse a ella. Aprender del combate sin dejar que el combate absorba la misión.

El Reino Unido, fiel a su tradición maniobrista, le da a ese mismo fenómeno un cariz algo distinto. En la cultura británica, la fighting reconnaissance no solo busca información; busca también sembrar confusión. El contacto limitado no sirve únicamente para ver, sino para alterar la percepción del enemigo, obligarlo a reaccionar en condiciones que no domina, hacerlo sentir observado, inquieto, penetrado. Es una maniobra cognitiva antes que una simple colisión táctica. Pero, precisamente por eso, exige juicio fino. Si el tanteo empieza a producir más desorden propio que desorganización enemiga, ha dejado de ser útil. La tradición británica no glorifica el roce por sí mismo. Desprecia, de hecho, la bravura sin finalidad. El buen comandante tantea para entender y para perturbar, no para regalar hombres a una situación mal leída.

Israel, en cambio, llevó esta lógica a una intensidad singular. Pocas culturas militares han hecho del aprendizaje bajo contacto una práctica tan orgánica. En las Fuerzas de Defensa de Israel existe una convicción casi visceral: al enemigo no se lo termina de conocer hasta que se lo obliga a actuar bajo presión. Observar no basta; hay que agitar el sistema. Por eso, en el sur del Líbano, en Gaza y en otros escenarios complejos, las fuerzas israelíes recurrieron repetidamente a acciones cortas, punzantes, controladas, para inducir reacción. Se trata de una forma de inteligencia en combate. Un adversario que permanece oculto detrás de túneles, emboscadas, fuegos intermitentes o estructuras celulares puede ser cartografiado parcialmente por sensores, pero se define de verdad cuando tiene que contestar. Israel entendió que la fricción limitada puede ser una forma de interrogatorio armado. Se presiona, el enemigo responde, y en esa respuesta deja ver su doctrina, su red, su lógica y sus nervios.

Francia se sitúa en otro registro, más clásico en apariencia, pero igualmente fino. Su idea de reconnaissance offensive responde a una tradición de arte operacional en la que el contacto sirve para preparar la maniobra posterior. Se fija al enemigo para estudiarlo; se lo estudia para descomponerlo; se lo descompone para abrir la maniobra decisiva. En África, especialmente en el Sahel, esa lógica encontró una aplicación muy clara. Patrullas móviles, columnas ligeras, combinaciones de movilidad terrestre y apoyo aéreo entraban en contacto no para aniquilar de inmediato, sino para hacer aflorar la estructura insurgente, forzarla a moverse, obligarla a delatar apoyos, rutas y hábitos. Allí la fricción controlada no solo revela al enemigo: lo fragmenta. Francia, sin embargo, suele agregar dos advertencias cruciales que no deben perderse de vista: el fuego debe permanecer disciplinado y el cálculo político nunca puede estar ausente. El tanteo útil es el que conserva iniciativa sin multiplicar daños estratégicos.

Lo que une a estas doctrinas no es una estética del riesgo, sino una comprensión compartida: la guerra castiga a quien pretende conocer al enemigo sin tocarlo nunca. Hay adversarios que solo se dejan entender cuando se los perturba. Y eso hace del contacto deliberado una verdadera escuela de mando. Nada expone tanto la calidad de un jefe como un encuentro incierto, breve, ambiguo, donde todavía no está claro si conviene sostener el roce, profundizarlo, romperlo o usarlo para atraer una reacción mayor. En ese instante se mide algo que ningún ejercicio de pizarra puede dar por completo: juicio táctico. Saber cuánto empujar sin quedar fijado. Saber cuánto arriesgar sin precipitarse. Saber distinguir entre una resistencia dura y una simple pantalla. Saber, en fin, cuándo el enemigo está revelando su dispositivo y cuándo está tendiendo una trampa.

Por eso el valor de este tipo de fricción no recae solo en la inteligencia obtenida, sino también en lo que hace con la propia fuerza. Las unidades que han vivido contacto deliberado, incluso en entrenamiento realista, desarrollan una relación distinta con la incertidumbre. Aprenden a leer indicios, a tolerar la ambigüedad, a no quebrarse cuando el primer plan se desordena. Descubren que el enemigo no se comporta como el blanco pasivo de una presentación doctrinal, sino como una voluntad que engaña, responde y se adapta. Esa lección es de un valor incalculable. Una tropa que solo conoce escenarios limpios y secuencias perfectas puede ejecutar bien, pero no necesariamente resistir bien. El roce, en cambio, endurece el juicio. Enseña a decidir en niebla.

Esto explica por qué los grandes ejércitos entrenan una y otra vez situaciones de contacto friccional. No quieren formar unidades que simplemente apliquen procedimientos; quieren formar mandos capaces de pensar bajo presión. En los centros de adiestramiento más exigentes, las fuerzas no se limitan a “cumplir fases” según un libreto. Son provocadas, sorprendidas, obligadas a adaptarse. Se les opone un enemigo que engaña, golpea, se retira, reaparece. La finalidad no es simular el caos por gusto, sino inculcar una verdad elemental: en la guerra, la ventaja rara vez pertenece al que ejecuta con más prolijidad un plan intacto, sino al que conserva lucidez cuando el plan empieza a romperse.


La contracara de todo esto es igualmente importante. Una fuerza que evita sistemáticamente el contacto deliberado, que aspira a una guerra aséptica, enteramente tecnológica, completamente previsible, suele pagar un precio alto. Pierde iniciativa, porque deja que el enemigo marque ritmo y oportunidad. Pierde inteligencia viva, porque reemplaza reacciones observadas por inferencias. Pierde temple, porque sus cuadros y sus tropas no se foguean en el roce de lo inesperado. Y pierde flexibilidad, porque el pensamiento sin fricción tiende a endurecerse. Las fuerzas excesivamente “de laboratorio” son a menudo impresionantes en la presentación y frágiles en el primer choque serio. Han aprendido a funcionar, pero no necesariamente a adaptarse.

Eso no significa que toda búsqueda de contacto sea sabia. La fricción deliberada solo tiene sentido cuando está subordinada a una finalidad precisa. Sin pregunta, el tanteo es torpeza. Hay que saber qué se quiere arrancar del enemigo antes de rozarlo. ¿Se busca revelar una posición de fuego? ¿Detectar una reserva? ¿Forzar la activación de una red logística? ¿Confirmar una brecha? ¿Medir el tiempo de reacción? ¿Desorganizar moralmente una línea adelantada? Solo cuando el objetivo es claro, el contacto limitado adquiere legitimidad operativa. De lo contrario, el roce consume sin enseñar.

La historia ofrece ejemplos que ilustran esta lógica con nitidez. En el Golán, durante la guerra de Yom Kippur de 1973, el problema inicial fue brutal: había sorpresa estratégica, incertidumbre táctica y necesidad urgente de corregir la imagen del frente. Allí, los sondeos locales, los contactos de blindados y artillería y las comprobaciones sobre sectores disputados no fueron un lujo, sino una necesidad. Antes de empeñar piezas mayores, había que saber dónde estaban realmente las defensas, qué sectores resistían más de lo esperado y qué brechas podían existir. El tanteo permitió ajustar maniobras, redistribuir apoyo y corregir apreciaciones que, de haberse mantenido intactas, habrían costado mucho más caro.

En Malvinas, antes y durante los desembarcos británicos en San Carlos, se vio otra variante del mismo principio. El contacto previo, a través de patrullas especiales, reconocimiento anfibio e incluso fuegos de preparación, cumplió la función de arrancar información sobre defensas argentinas, posiciones sensibles y niveles de reacción. En una operación anfibia, donde el error en la elección del punto de entrada puede ser desastroso, obligar al defensor a hablar con sus fuegos puede resultar decisivo. Pero Malvinas también recordó algo que nunca debe olvidarse: el tanteo exige coordinación total con el resto del dispositivo. Un roce mal administrado en un teatro restringido puede escalar de manera imprevista y exponer prematuramente fuerzas valiosas.

La guerra del Líbano de 2006 mostró un escenario todavía más áspero. Allí, el contacto deliberado con Hezbolá permitió en ocasiones revelar posiciones de lanzamiento, circuitos de emboscada y hábitos de fuego. Pero también dejó en claro que el tanteo contra un enemigo no lineal, bien oculto y disciplinado puede volverse mortal para quien sondea si no existe una red inmediata de apoyo, protección y explotación del contacto. El probing puede ser muy eficaz contra un enemigo que vive de permanecer invisible, pero su éxito depende de la velocidad con que la información obtenida se convierta en acción de fuego, maniobra o aislamiento.

Francia, en Mali y en el Sahel, aplicó el mismo principio en clave contrainsurgente. Allí el tanteo no buscaba tanto romper una línea como desarticular una red. El contacto breve servía para fijar agrupaciones, identificar apoyos, cortar rutas, capturar individuos y obtener inteligencia humana. En este tipo de conflictos, la fricción bien usada no solo revela posiciones, sino vínculos: quién abastece, quién protege, quién guía, quién calla. Pero cuanto más se acerca la guerra al tejido de la población, más alto se vuelve el costo de un roce mal calibrado. El aprendizaje táctico puede convertirse en pérdida estratégica si se ignoran las consecuencias políticas del contacto.

En Gaza, las incursiones breves y los raids limitados llevaron este problema a su punto más delicado. El tanteo urbano puede revelar túneles, células, depósitos, mandos o emplazamientos de armas. Puede ser enormemente productivo desde el punto de vista de la inteligencia. Pero también puede generar escaladas rápidas y costos colaterales de gran magnitud. Allí el contacto deliberado exige una destreza superior: no basta con provocar reacción, hay que poder controlarla política y militarmente en tiempo real.

De todos estos casos surge una lección simple y severa. La fricción deliberada vale cuando produce conocimiento accionable, conserva iniciativa y no extravía a la fuerza en un combate sin propósito. Para eso debe tener escalamiento previsto, apoyo inmediato y una explotación rápida de lo aprendido. Cada tanteo debe cerrar el ciclo: contacto, reacción enemiga, interpretación, ajuste. Cuando eso ocurre, el roce deja de ser mero desgaste y se convierte en aprendizaje operativo.

En el fondo, la lógica es implacable. El enemigo no se define por lo que imaginamos de él, sino por cómo reacciona cuando se lo obliga a decidir. Allí, en ese instante breve y tenso en que una presión controlada lo saca de su postura pasiva, aparece su verdad. Por eso la fricción buscada, lejos de ser una imprudencia doctrinal, puede ser una de las formas más inteligentes de mando. No se busca por amor al riesgo, sino por rechazo a la ceguera. Porque quien llega al choque decisivo sin haber aprendido antes a leer al enemigo, entra en combate con mapas, hipótesis y tecnología, pero sin conocimiento vivo. Y en la guerra, tarde o temprano, esa ignorancia se paga.