miércoles, 27 de mayo de 2015

Recuperar la identidad de Malvinas en la ciudadanía

Recuperar identidades, la otra gran misión en las Islas Malvinas
Héroe corriente, filme que se presentó anoche en la UNS, plantea si el dolor puede transformarse en creatividad. Los enfoques del director y del protagonista, un excombatiente que lucha por reconocer a 123 compañeros. Ricardo Aure / haure@lanueva.com
La Nueva Provincia



   
Julio Aro y Miguel Monforte, ayer por la tarde, en el espacio que evoca a los bahienses caídos durante la guerra en las Islas Malvinas. (Fotos: Juan Corral-LaNueva.)

Por un futuro sin las agobiantes cargas del pasado y donde prime la convicción de que ningún conflicto vuelva a dirimirse por la violencia aboga Héroe corriente, el documental del marplatense Miguel Monforte que anoche se proyectó en el salón de actos del Rectorado de la Universidad Nacional del Sur.

El cineasta llegó a la ciudad junto a Julio Aro, excombatiente de Malvinas, quien asume el rol central del filme que produjo la Fundación No me Olvides, entidad no gubernamental que lidera Aro y que está compuesta por veteranos de esa guerra, madres y padres de caídos.

Héroe corriente conmueve con testimonios en primera persona e insta a reflexionar sobre los sentimientos contradictorios que el tema Malvinas sigue generando. También sobre el valor que las palabras patria, bandera o nación tienen en diferentes contextos de nuestro país, la legitimidad de un reclamo soberano contra la ilegitimidad del uso de la fuerza para intentar hacerlo valer, y la capacidad para transformar el dolor en creatividad.



¿Qué les quedará de Malvinas a las venideras generaciones?

Monforte advierte una evolutiva “malvinización” que, aunque por momentos politizada, deja atrás silencios y discriminaciones del primer periodo de la posguerra para empezar a reconocer y homenajear a los que volvieron y a los familiares de los que quedaron en las islas.

“La clave es no repetir esa historia. En esta recorrida por el país exhibiendo el documental noto miradas distintas. Más allá de lo impulsado desde el Estado hay maestros y profesores nuevos que van alivianando y limpiando la pesada mochila del ayer”, indicó el director.

Monforte tenía 14 años en 1982 y recuerda que en épocas de un gobierno militar que impuso “muchos condicionamientos y cargas emotivas sobre Malvinas, los que pensaron que no era una guerra justa no tuvieron posibilidades de expresarlo públicamente”.

Después de 33 años, el director sostiene que la violencia ya no debe ser el camino ante los diferendos y, tal como lo indica en la reflexión final de la película, cree que sin el diálogo franco y el encuentro cara a cara se corre el serio peligro de repetir equivocaciones.

***

Tres meses después de haber recibido una baja especial por ser sostén de familia de bajos recursos, Julio Aro era el mozo del Bar Pepe en su Mercedes natal. El 4 de abril de 1982 le notificaron su reincorporación al Regimiento 6 de Infantería de esa ciudad y una semana después emprendió la marcha hacia Río Gallegos. Destinado desde la mañana del 12 de abril en Puerto Argentino, vio morir de cerca a muchos mercedinos, de los cuales a algunos, como a los suboficiales Eusebio Aguilar y Néstor Ochoa, tuvo que darles sepultura en Puerto Argentino.

Tras la rendición, fue evacuado en el buque Bahía Paraíso. Río Gallegos-El Palomar-Mercedes y la posguerra.

“No había calma para mi ansiedad. No encontraba un lugar donde se podía escuchar lo que padecimos en la guerra. En el país, por miedo o por indiferencia, no se quería dimensionar lo sucedido en Malvinas. Y si bien pude completar mi carrera de técnico electromecánico en el Colegio Industrial de Mercedes, me puse a trabajar de viajante con mi hermano. Irme me hizo sentir mejor”.

Decidido a seguir Educación Física, Aro se radicó en Mar del Plata, donde se casó y tuvo a sus dos hijas. Trabajó y estudió. Dejó la carrera, la retomó en 2000 y se graduó en 2004.

En 2008, intensamente impulsado por una necesidad interior, pudo reunir el dinero y se pagó el pasaje a Malvinas. Fue solo, soportando “una mochila de mil kilos”, la que pudo ir vaciando al volver al campo de batalla, al hambre, al frío, a la desinformación y a las escenas de coraje.

“Después de 26 años logré reencontrar al Julio que había quedado en la guerra. Al arrodillarme frente a la enorme cruz del cementerio de Darwin sentí el compromiso de devolverle la identidad a los 123 argentinos que yacen bajo lápidas que sólo y fríamente dicen Soldado argentino solo conocido por Dios”.

Con la columna derecha, la cabeza más clara y sin rencores, Aro proyectó intercambios entre sus alumnos de Educación Física y chicos de Malvinas. Mantuvo contactos por correo electrónico pero en octubre de ese mismo 2008, previas gestiones de una periodista de “Clarín”, viajó a Londres para entrevistarse con Tony Davis, veterano inglés de varias guerras que perdió una pierna en las Islas.

“Comprobé cómo allá son asistidos los excombatientes y sus familiares mientras acá solamente los recordamos el 2 de abril. También surgió la idea de darle vida a una fundación y al recibir documentos que hacen posible identificar a los sepultados en Darwin, de vuelta en el país asumí mi misión más ambiciosa”.

Aro llegó hasta el Papa y la presidenta de la Nación. Logró, entre varios avances, el banco de ADN de los padres de los caídos y ahora le falta que esta tarea sea designada como humanitaria. Reconfortado con el sentido que ha tomado su vida, dice que aún faltan ablandar algunos corazones y pide no olvidar que hay madres y padres que hace 33 años esperan al hijo que se llevaron a la guerra.

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