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martes, 30 de diciembre de 2025

Georgias del Sur: Una revisión y reivindicación del Capitán Astiz

Georgias del Sur, 1982: Una revisión histórica-operativa desde la perspectiva argentina

Resumen

El desembarco de fuerzas argentinas en Georgias del Sur en marzo de 1982 marcó el inicio efectivo del conflicto armado entre Argentina y el Reino Unido por la soberanía de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. A pesar de su importancia estratégica y simbólica, este episodio ha sido opacado por otros eventos más visibles del conflicto, como la batalla de Puerto Argentino o el hundimiento del ARA General Belgrano. El presente artículo analiza en profundidad los hechos ocurridos en la estación ballenera de Puerto Leith, centrándose en la participación del Teniente de Navío Alfredo Astiz y el despliegue británico de fuerzas especiales, ofreciendo una visión desde el terreno argentino y contrastándola con las narrativas oficiales británicas.


Estación Ballenera de Puerto Leith, desactivada en el año 1965, en tareas de desguace por los 39 obreros argentinos.

1. El contexto geopolítico y el antecedente de Davidoff

A comienzos de la década de 1980, las tensiones en torno a la soberanía de las Islas Malvinas y territorios circundantes habían escalado. En ese marco, Constantino Davidoff, empresario argentino con derechos de desmontaje sobre antiguas factorías balleneras en Georgias del Sur, organizó el envío de cuadrillas de trabajadores civiles argentinos para realizar tareas de desguace y recuperación de materiales en Puerto Leith, con autorización del gobierno argentino.


Mapa de la Isla San Pedro o Georgias del Sur. 182 Kilómetros de largo por 32 Kms. de ancho. Su relieve es montañoso, su altura máxima es el Monte "Paget" de 2.992 metros. El clima es sub-antártico. Ubicado al Sud-Este del continente. Desde Buenos Aires está a unos 3.460 Kilómetros, desde Río Gallegos a 2.280 Kms. y desde las Islas Malvinas a 1.485 Kms.

El arribo de estos obreros el 19 de marzo de 1982, a bordo del buque ARA Bahía Buen Suceso, incluyó el izamiento de una bandera argentina en la estación ballenera. Este acto simbólico generó la inmediata protesta del Reino Unido, que lo consideró una violación de la soberanía británica sobre el archipiélago. Desde ese momento, la situación escaló rápidamente hacia una confrontación militar.

2. El desembarco del Grupo Alfa y la llegada de Astiz

En respuesta a la creciente tensión, la Armada Argentina decidió enviar una pequeña unidad militar para brindar protección a los civiles. El 25 de marzo, el Teniente de Navío Alfredo Astiz desembarcó con una dotación de 14 hombres —Grupo Alfa— en Puerto Leith. Su misión era clara: garantizar la seguridad de los obreros argentinos, evitar su desalojo por parte de las fuerzas británicas y mantener la presencia nacional en el territorio.


Teniente Astiz con directivos de la empresa de Constantino Davidoff y el Teniente de Navío (médico), Dr. Julio Carrilaf. Foto tomada por documentalistas franceses, el 2 de Abril de 1982, durante la ceremonia del izado de 2 Banderas Argentinas.

Astiz se convirtió así en el primer oficial argentino en tomar posición en un territorio administrado por el Reino Unido durante el conflicto. Esta acción, aunque sin un enfrentamiento armado inmediato, representaba una afirmación de soberanía por parte del gobierno argentino y fue percibida por los británicos como una agresión inaceptable.


El Grupo "Alfa", formados para la ceremonia del izado de las Banderas Argentinas, en Leith, Isla San Pedro o Georgias del Sur, el 2 de Abril de 1982.

3. La situación en el terreno: aislamiento, vigilancia y preparación

Durante los 32 días de permanencia en Leith, el Grupo Alfa operó en condiciones extremadamente desfavorables. La estación ballenera estaba aislada geográficamente, rodeada de montañas, hielo y mar, sin posibilidad de escape terrestre ni apoyo inmediato desde el continente. El grupo contaba con armamento ligero, radios portátiles y tres botes neumáticos, dos de ellos marca Zodiak y uno capturado previamente, de origen británico.

Las comunicaciones interceptadas por radio VHF indicaban creciente movimiento naval en la región. Astiz ordenó patrullajes diurnos y nocturnos hacia instalaciones abandonadas cercanas como Stromness y Husvik, en busca de rastros de posibles infiltraciones británicas. En efecto, se hallaron huellas y restos recientes que confirmaban la presencia de patrullas enemigas en las cercanías.

La presencia de los 39 obreros civiles limitaba significativamente las opciones defensivas del grupo. Un ataque británico sobre Leith, en presencia de civiles no combatientes, podría haber generado una condena internacional, razón por la cual la estrategia británica consistió en rodear y desgastar la posición argentina mediante acciones indirectas.


Teniente de Navío, Alfredo Astiz, Armada Argentina.

4. La llegada de la Task Force británica y el inicio de la “Operación Paraquet”

A partir del 20 de abril, la Royal Navy intensificó su presencia en Georgias del Sur. Desplegó una flota compuesta por el destructor misilístico HMS Antrim, las fragatas HMS Brilliant y HMS Plymouth, el rompehielos HMS Endurance, el buque logístico RFA Tidespring, y dos submarinos nucleares: HMS Splendid y HMS Conqueror.


Helicóptero "Wessex", en vuelo y el destructor británico HMS "Antrim".

La operación para recuperar el control del archipiélago recibió el nombre en clave de “Operación Paraquet”. El mando operativo en tierra fue asignado al Mayor Guy Sheridan, mientras que el Capitán Gavin Hamilton, oficial de los SAS (Special Air Service), encabezaba las patrullas de reconocimiento avanzadas.


Helicóptero "Wessex"; 4 tripulantes, con capacidad para transportar 5 Comandos.

5. El fracaso en el Glaciar Fortuna: una operación bajo hielo y viento

El 21 de abril, dos helicópteros Wessex despegaron del Antrim para insertar una patrulla SAS de 13 hombres liderada por Hamilton en el Glaciar Fortuna. Las condiciones meteorológicas, con vientos de más de 150 km/h, nevadas intensas y visibilidad nula, obligaron a cancelar el primer intento. En un segundo intento, lograron aterrizar, pero las condiciones extremas impidieron el avance: en cinco horas, sólo lograron recorrer 500 metros.


Embarque en uno de los 3 Helicópteros "Wessex". Patrulla de Comandos SAS, a cargo del Capitán John Hamilton.

Las carpas no pudieron ser montadas, y los soldados —entrenados para operar en ambientes fríos— sufrieron principios de congelamiento e hipotermia. El 22 de abril, Hamilton solicitó la evacuación por radio. Tres helicópteros intentaron rescatar a la patrulla, pero dos de ellos (Wessex 5 XT 464 y XT 473) se estrellaron debido a las ráfagas de viento. El tercero, pilotado por el Capitán Ian Stanley, logró rescatar milagrosamente a los 16 hombres en un solo vuelo.


Glaciar Fortuna, costa lado Este; en contacto con el Mar de Scotia. Zona de aterrizaje de los Comandos SAS, que marchaban hacia la Estación Ballenera de Leith.


Helicóptero "Wessex" HU-5 destruido en el Glaciar Fortuna.

El grupo dejó atrás equipos, trineos, armamento, víveres y explosivos. Esta etapa de la operación fue calificada internamente como un revés táctico significativo. La narrativa oficial británica minimizó este fracaso, pero los hechos documentados muestran lo contrario.


Patrulla de Comandos SAS, sobre el hielo del Glaciar Fortuna, Isla San Pedro o Georgias del Sur, 22 de Abril de 1982. Observar que los Comandos no tienen sus armas y sus mochilas. Aparentemente están en la espera de abordar el helicóptero, que los trasladaría al Destructor "Antrim". El hombre de negro y casco en su cabeza, podría ser un tripulante de helicóptero.


6. La frustrada incursión por mar: la SBS y la Isla Pasto

Simultáneamente, el 23 de abril por la noche, una patrulla del Servicio Especial de Embarcaciones (SBS) intentó desembarcar en las cercanías de Puerto Leith. Cinco botes inflables Gemini fueron lanzados desde el Antrim. Dos quedaron a la deriva por fallos en sus motores; los otros tres sufrieron pinchaduras por bloques de hielo y debieron recalar en la isla Grass, a 1 km de Leith.


Capitán de Corbeta (RN) Ian Stanley, piloto del Helicóptero "Wessex 3".

El desembarco británico en la posición argentina fracasó. Las patrullas SBS y SAS intentaron crear un cerco desde Stromness, Husvik y Bahía Fortuna, pero no lograron penetrar ni atacar directamente la posición de Astiz. Los británicos enfrentaban un terreno hostil, condiciones climáticas adversas y limitaciones de transporte aéreo y naval.


Llegada del Helicóptero "Wessex 3", al Destructor "Antrim", con los sobrevivientes.

7. La rendición en Grytviken y el destino de los prisioneros

El 25 de abril, la presión naval británica se concentró en Grytviken, donde el submarino argentino ARA Santa Fé había desembarcado refuerzos. Tras un enfrentamiento desigual con helicópteros británicos que incluyó misiles y ametralladoras, el Santa Fé fue inutilizado en el muelle y su tripulación se rindió.


Mapa de las posiciones argentinas e inglesas, el día 22 y 23 de Abril de 1982. Flechas amarillas: movimientos de helicópteros Y botes neumáticos transportando Comandos SAS y SBS. Flechas negras: Planeamiento inglés, de la Patrulla de Comandos SAS del Capitán John Hamilton. Para marchar por hielos y montañas, hacia la Estación Ballenera de Puerto Leith. Toda la operación fue cancelada, por la mala meteorología y la pérdida de 2 helicópteros "Wessex 5", más armamento y material de campaña abandonado.

La rendición formal de las fuerzas argentinas en Georgias del Sur fue firmada ese mismo día en Grytviken. Sin embargo, el Teniente Astiz no participó en ese acto ni su firma figura en el acta. La propaganda británica, no obstante, difundió la versión de que Astiz se había rendido sin disparar un solo tiro, contribuyendo a su construcción mediática como figura cobarde.


Comandos SBS. Llegados en botes neumáticos a la "Bahía Strommnes". Otro grupo de Comandos SBS operaron desde la "Bahía de la Fortuna", al Norte de Puerto Leith. No llegó nadie a destino. La operación Leith, fracasó a causa del fuerte temporal.

En total, fueron capturados 190 argentinos: los 39 obreros, el grupo de Astiz, el grupo Lagos, el contingente del ARA Santa Fé y el personal médico. Estos prisioneros fueron trasladados al buque Tidespring, cuyo hangar, al haber perdido sus helicópteros, fue acondicionado como alojamiento improvisado.


Helicóptero "Wessex" HU-5 estrellado en los hielos del Glaciar Fortuna en Georgias del Sur.

Astiz fue separado del resto y, según testimonios, trasladado a otro buque, posiblemente la fragata Antelope, y luego al Reino Unido. No volvió a aparecer con sus compañeros durante el retorno vía Isla Ascensión. La información sobre su paradero en esos días sigue siendo escasa y contradictoria.

8. La construcción de una narrativa: entre propaganda y hechos

A lo largo de las décadas, la versión predominante de los hechos ha sido la británica, ampliamente difundida por medios internacionales y reforzada por ciertas organizaciones humanitarias. Se consolidó una narrativa en la cual Astiz aparece como un oficial que se rindió sin luchar, y en la cual las operaciones especiales británicas se presentan como heroicas, sin resaltar sus fracasos logísticos o su limitada efectividad táctica.


Lámina homenaje de la Aviación Naval inglesa, al desempeño del Helicóptero "Wessex" HAS-3 en Georgias del Sur.

En cambio, desde la perspectiva argentina, los hechos muestran un despliegue defensivo eficaz en condiciones de aislamiento, sin bajas civiles, sin bombardeos a instalaciones ocupadas, y con decisiones tomadas para evitar un baño de sangre innecesario. La ausencia de enfrentamiento directo no puede interpretarse como falta de voluntad combativa, sino como una consecuencia directa de las decisiones británicas de evitar un ataque frontal en Leith.


Buque Tanque RFA "Tidespring" (A-75). Los 2 helicópteros "Wessex 5", destruidos en el Glaciar Fortuna, pertenecían a este buque. Arribó a la Isla Ascensión el 12 de Mayo de 1982, trayendo a bordo a los prisioneros argentinos. El "Historial del Buque", menciona que: "Embarcó 2 helicópteros "Wessex", que los trasladó al Atlántico Sur. 1 de los helicópteros se encontraba en el hangar del Destructor HMS "Glamorgan", que fue destruido por el impacto de un misil MM-38 "Exocet", lanzado desde una plataforma terrestre, en la costa de Malvinas, el 12 de Junio de 1982".

Incluso se registraron disparos de una patrulla avanzada de observación argentina, en dirección sur, en respuesta a movimientos nocturnos. Estos episodios fueron omitidos en los reportes británicos y, por tanto, también en su historiografía.

9. El destino del Capitán Hamilton y el epílogo en Malvinas

El Capitán Gavin Hamilton, que no logró concretar su enfrentamiento previsto con Astiz en Leith, tuvo participación destacada semanas después en operaciones en las Islas Malvinas. Participó en la destrucción de aeronaves argentinas en Isla Borbón y luego en incursiones en Darwin y Monte Kent.


Placa homenaje al Capitán Gavin John Hamilton, muerto en combate, el 10 de Junio de 1982, en proximidades de Puerto Howard o Puerto Mitre por el Capitán Martiniano Duarte de la CC 602, Islas Malvinas.

El 10 de junio de 1982, mientras lideraba una patrulla de observación cerca de Puerto Mitre, fue sorprendido por una patrulla argentina del Grupo de Comandos 601 y murió en combate. Su figura fue posteriormente exaltada como un héroe por el Reino Unido.


Capitán Gavin John Hamilton, Ejército Británico. Oficial de Comandos SAS.

10. Conclusiones

El episodio de Georgias del Sur constituye un ejemplo revelador de cómo la historia puede ser construida, omitida o distorsionada según los intereses de los actores involucrados. Lejos de haber sido una rendición sin resistencia, la operación británica para retomar Leith implicó un alto coste en medios, múltiples fracasos tácticos, y no logró su objetivo inicial de enfrentar ni capturar al grupo de Astiz en combate.

Por su parte, la guarnición argentina cumplió con su misión de proteger civiles, mantuvo su posición sin apoyo logístico, y se retiró sin enfrentamientos directos, debido a la elección británica de evitar el choque armado en una zona con presencia de no combatientes. Las acciones de Astiz, más allá de su controvertida figura pública por otros hechos, deben analizarse en este contexto específico desde una perspectiva operativa, estratégica y objetiva.

La historia de Georgias del Sur en 1982 sigue siendo, en muchos aspectos, una historia pendiente de revisión completa. Para una comprensión cabal del conflicto del Atlántico Sur, es indispensable incluir las voces silenciadas, los informes operativos omitidos y los testimonios directos de quienes estuvieron sobre el terreno.


Helicóptero "Wessex" HAS-3 (XP-142), que rescató a los Comandos SAS sobrevivientes en el Glaciar Fortuna. También localizó al Submarino ARA "Santa Fé" el 25 de Abril de 1982.

viernes, 26 de diciembre de 2025

El irrenunciable fuego de la artillería paracaidista

Malvinas, 1982: El fuego argentino que no se rindió





El 18 de abril de 1982, el entonces Teniente Coronel Carlos Alberto Quevedo, Jefe del Grupo de Artillería Aerotransportado 4, fue convocado con urgencia al Estado Mayor General del Ejército. Allí, en una reunión tan breve como trascendental, recibió la orden verbal que marcaría a fuego a toda una generación de artilleros: sumarse al esfuerzo de las armas de la Patria y trasladarse a las Islas Malvinas, llevando la mayor cantidad de cañones… y la menor cantidad de vehículos.

El despliegue fue inmediato. Desde su asiento en las cercanías de La Calera, Córdoba, el GAAerot 4 embarcó por vía aérea rumbo al Atlántico Sur. No hubo pausas ni dudas. Las órdenes eran claras, el espíritu aún más: todos pensaban en ir, nadie hablaba de volver.

Los “Cañoneros de La Calera” llegaron al archipiélago con 23 oficiales, 64 suboficiales y 272 soldados conscriptos de las clases '62 y '63. Paracaidistas y artilleros, instruidos con rigor, endurecidos por el entrenamiento, formados en el temple del sacrificio, demostraron una eficiencia notable y un espíritu que excedía lo ordinario. Se adaptaron sin titubeos al barro, al frío, a la soledad del terreno... y a lo más difícil: al combate real.

Como en toda operación de élite, el temple, el valor, la decisión y la modestia de los paracaidistas dijeron presente. El espíritu de cuerpo se hizo carne. El amor por la unidad, inquebrantable. Y el amor a la Patria, innegociable.

La claridad del mando y el liderazgo del entonces Teniente Coronel Quevedo fueron determinantes. En un infierno de acero y fuego, con bombardeos incesantes desde el 1.º de mayo hasta el cese de hostilidades, el Grupo resistió con firmeza. Solo tres bajas hasta el final, a pesar del fuego sostenido de artillería naval, misiles y aviación enemiga. Esa es la medida de su eficacia. Y de su coraje.

El GAAerot 4 fue la columna vertebral del apoyo de fuego en el sector de defensa frente al ataque del 2.º Regimiento de Paracaidistas británico. Dispararon sin descanso. Cumplieron misiones día y noche. Y cuando los ingleses se acercaron peligrosamente, los artilleros argentinos apuntaron a ojo, a menos de 500 metros del frente de combate, y dispararon a tiro directo.

Cuando el silencio cayó, no fue por rendición. Fue porque ya no había qué disparar. Las piezas cordobesas seguían operativas. Nadie las acalló. Nadie las tomó. Solo el agotamiento de la munición detuvo sus fuegos.

Los artilleros terminaron con los brazos desgarrados por el peso de los proyectiles, los oídos sangrantes por el fragor del combate, pero firmes, erguidos, cumpliendo el lema que los define desde siempre:

“Hasta agotar la munición… o que venga la muerte.”

📜 Relato del Teniente Coronel Justino Bertotto Senior
📸 Foto: GAA 4 – Batería “C”
✍🏼 Alejandro Bertotto Capice / Jorge Gustavo Zanela

lunes, 27 de octubre de 2025

GC-83 Río Iguazú: El guardacostas que no se rindió

GC-83 Río Iguazú: El guardacostas que no se rindió






El viento helado del Atlántico Sur cortaba como cuchillas la piel de aquellos valientes marinos que, a bordo del guardacostas Río Iguazú, surcaban las aguas turbulentas de Malvinas. No eran un buque de guerra. No tenían blindaje. No contaban con la potencia de fuego de un destructor ni la velocidad de una fragata. Eran hombres de la Prefectura Naval Argentina, servidores del mar, embarcados en una misión que, sin saberlo, los convertiría en leyenda.

Desde su llegada a Puerto Argentino, el 13 de abril de 1982, el GC-83 Río Iguazú había sorteado la amenaza invisible de los submarinos nucleares británicos. Un barco pequeño, ágil, diseñado para el patrullaje costero, pero que en aquellas aguas inhóspitas se erguía desafiante, dispuesto a cumplir su deber. El 22 de mayo, con la guerra ya desatada y la sangre de los primeros combates aún fresca sobre la turba malvinense, recibió una misión crucial: trasladar dos obuses Otto Melara de 105 mm desde Puerto Argentino hasta Darwin. Aquellas piezas de artillería serían fundamentales para la defensa de los hombres que, días después, se batirían con honor en Goose Green.

Bajo el mando del subprefecto Eduardo Adolfo Olmedo, el guardacostas zarpó en la madrugada de aquel día fatídico. Quince hombres a bordo, quince almas entregadas a la patria, sabían que navegaban en territorio enemigo. La guerra no les daba tregua, y menos aún lo harían sus adversarios. A las 08:20, la radio del Río Iguazú escupió el mensaje que erizó la piel de todos a bordo: ¡Alerta roja!

El ataque fue fulminante. Dos aviones Sea Harrier británicos descendieron desde el cielo gris, surcando el aire con un estruendo feroz. Desde la cubierta, los prefectos apenas tuvieron tiempo de reaccionar cuando una lluvia de fuego cayó sobre el buque. El impacto de los cañones de 30 mm perforó el casco, destrozó equipos de navegación y sembró el caos en la cubierta. En la sala de máquinas, el cabo segundo José Raúl Ibáñez luchaba contra la inundación que amenazaba con sentenciar al barco a una muerte prematura. Pero la gravedad de los daños era inapelable: el agua subía sin remedio.

En cubierta, la resistencia desesperada tenía nombre y apellido. Julio Omar Benítez, el más joven de la tripulación, operaba una de las dos ametralladoras calibre 12,7 mm, única defensa contra el enemigo que descendía sobre ellos como un halcón sobre su presa. Pero el destino fue cruel: una ráfaga enemiga lo abatió en su puesto, su cuerpo quedó inerte junto al arma que había empuñado con valentía. A su lado, el ayudante Juan José Baccaro y el cabo segundo Bengochea yacían heridos, la sangre empapando la madera de la cubierta.

El Río Iguazú agonizaba, pero aún respiraba. Olmedo, con un temple de acero, ordenó poner proa hacia un islote cercano. Zigzagueaban entre la muerte y la esperanza, evitando a toda costa el golpe final. Fue entonces cuando Ibáñez, con el corazón en llamas y la rabia ardiendo en su pecho, tomó una decisión que cambiaría el curso de aquella jornada. Abandonó su puesto, subió a cubierta y se lanzó hacia la ametralladora que había quedado vacante. Con un rápido movimiento, retiró el cuerpo sin vida de su camarada, tomó el arma y fijó la vista en el cielo.

El Harrier se cernía sobre ellos, dispuesto a dar el golpe final. Ibáñez contuvo la respiración. Apretó el gatillo. La metralla salió disparada en una línea de fuego y plomo que abrazó al caza enemigo. Por un instante eterno, el avión pareció flotar en el aire, envuelto en humo negro. Luego, la gravedad lo reclamó y la bestia de acero se precipitó al mar, tragada por las aguas heladas. Su compañero, aterrorizado, dio media vuelta y desapareció en el horizonte.

La batalla había terminado. El pequeño guardacostas había derribado a un gigante.

Gravemente averiado, el Río Iguazú fue encallado en la costa, donde quedó como testigo silencioso del coraje de sus hombres. La tripulación sobreviviente fue rescatada y trasladada a Puerto Darwin, donde, el 24 de mayo, con honores y respeto, Julio Omar Benítez fue sepultado. Su sacrificio no fue en vano. Los obuses que el Río Iguazú transportaba fueron recuperados y llevados por aire a Darwin, donde serían utilizados en la encarnizada batalla que estaba por venir.

Así terminó su viaje el guardacostas que se atrevió a desafiar lo imposible. No era un buque de guerra. No era una fragata acorazada. Pero era argentino. Y eso fue suficiente para escribir su nombre en la historia.


miércoles, 15 de octubre de 2025

Tumbledown: El valiente soldado Ramón García


El valiente soldado Ramón García


Como tantos héroes anónimos, poco se sabe de este valiente soldado. No pudimos encontrar ninguna foto de él, pero sabemos que sirvió en el Regimiento de Infantería N° 12.

Este relato nos lleva a la noche del 13 de junio de 1982. Esa noche, los infantes de marina del BIM 5 estaban reforzados por soldados del Ejército pertenecientes a los regimientos 4 y 12. Estos soldados habían llegado el día anterior, después de haber combatido contra los ingleses en los montes Harriet y Dos Hermanas. Entre ellos se encontraba un joven callado, pero que decidió voluntariamente quedarse a pelear junto a los infantes de marina. Se trataba del soldado Ramón García, del RI-12.

El subteniente Silva, del RI-4, fue puesto a cargo de un grupo de cinco hombres: el cabo Pintos, los soldados Castillo, Gregorio y Frías (todos del RI-4) y el soldado García (del RI-12). Su misión era cubrir el sector de repliegue en caso de que los hombres del BIM 5 fueran sobrepasados y tuvieran que retroceder. Desde su posición, también podían apoyar con sus armas a los infantes de marina.

Esa noche, habían sido atacados por la Guardia Escocesa. Los hombres del BIM 5 y del Ejército lograron rechazarlos tras un combate que se extendió desde las 23:00 hasta la 01:00. Cuando los escoceses comenzaron a retroceder, se escucharon los gritos de alegría de los infantes de marina. El subteniente Silva exclamaba: "¡Viva la Patria, viva la Patria, carajo!". Continuamente alentaba a sus hombres, les ordenó recargar munición al máximo y les aseguraba que pronto llegarían refuerzos.

De pronto, se lanzó un segundo ataque inglés. Esta vez, avanzaron directamente sobre el suboficial de Infantería de Marina Castillo y su grupo, quienes combatieron con una ferocidad impresionante. Los hombres de Silva, entre ellos el soldado García, comenzaron a cubrir a Castillo y su unidad. El fuego era infernal, las explosiones iluminaban la noche como si fuera de día. Se escuchaban gritos de ambos bandos, el monte era un infierno. Ya no había un solo frente de ataque, sino tres; los escoceses avanzaban desde distintos flancos. La artillería comenzó a castigar a los ingleses.



Era un combate sin tregua: disparar, recargar y sobrevivir. Se lanzaban granadas, cohetes, se utilizaba todo lo disponible. En medio del caos, una ráfaga alcanzó al soldado Gregorio (RI-4), hiriéndolo gravemente. Gritaba de dolor, mientras el soldado Ramón García permanecía a su lado. El subteniente Silva intentó socorrer a Gregorio, lo tomó y lo arrastró hasta un lugar seguro. Luego, recogió un FAP para seguir combatiendo, pero fue alcanzado por una ráfaga enemiga.

A pesar de la brutalidad del combate, García continuaba disparando contra las tropas británicas. Pero un cohete LAW de 66 mm impactó cerca de él, acabando con la vida de este valiente soldado.

Una vez finalizada la guerra, una patrulla compuesta por el TFIM Marquardt, el GUIM García, el CSIM Sánchez, el CSIM Robles, el CSIM Valdez y el sargento británico Canesa recorrió el sector oeste de Tumbledown (posiciones del TC Vázquez). Todo estaba cubierto de nieve. Encontraron el cuerpo del subteniente Silva junto a dos soldados del Ejército (todos del RI-4). Silva evidenciaba una actitud de combate hasta el final, y es posible que los británicos le hubieran retirado su fusil de las manos. El TFIM Marquardt le cortó la chapa de identificación y posteriormente la entregó en mano al jefe de su unidad, el teniente coronel Soria (RI-4).

Más allá, estaban los cinco infantes de marina caídos. Finalmente, la patrulla halló a un soldado del Ejército solo, dentro de su posición, con una cantidad enorme de vainas servidas en su pozo. Lo encontraron porque uno de los infantes de marina tropezó con la nieve que cubría el refugio. Ese valiente era el soldado Ramón García, del RI-12.

Hoy, este soldado descansa en paz en el cementerio de Darwin.



Que Dios te tenga en su gloria, valiente soldado Ramón García. Contamos esta historia para que tu nombre nunca sea olvidado.



sábado, 11 de octubre de 2025

El accionar de los Canberras (2/2)

𝐂anberras detectados por la Flota (𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞 𝟐)

𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘢𝘯: 𝘊𝘢𝘱𝘪𝘵á𝘯 𝘌𝘥𝘶𝘢𝘳𝘥𝘰 𝘎𝘢𝘳𝘤í𝘢 𝘗𝘶𝘦𝘣𝘭𝘢 (𝘱𝘪𝘭𝘰𝘵𝘰). 𝘛𝘦𝘯𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘑𝘰𝘳𝘨𝘦 𝘚𝘦𝘨𝘢𝘵 (𝘕𝘢𝘷𝘦𝘨𝘢𝘥𝘰𝘳)





No sé que mecanismo o sentido me alertó, pero lo hice. Del vientre de una nube apareció un pequeño filete blanquecino con pasmosa velocidad. Se dirigía paralelo a mi rumbo, hacia el No 1. Cuando esa imagen se graba en mi retina ya estaba gritando con todas las fuerzas:
— ¡ Pájaro, abrite, un misil ! — ¡Ruptura!
Simultáneamente accioné violentamente los aceleradores a su tope máximo, todo el volante y pedal a la izquierda y atrás.
— ¡ Jorge, lanza bengalas y chaff, cada 15 segundos !
Pasé rozando el agua con mi ala izquierda, que se extiende a 10 metros de la cabina; pero sin sacar la vista del misil. El No 1 giraba rápidamente hacia la derecha, lo que quizás provocó que el Sidewinder calórico, enganchara la estela caliente del numeral 2, sumado a que éste iba más alto y que su trayectoria era aún lineal. Con desesperación grité:
— ¡ Guarda el 2 ! ¡¡¡Guarda el 2 !!!!
— ¡Vire carajo!.
— ¡ Dios !....
Ya era tarde… no tuvo tiempo de evadirlo. Vi el misil entrar en su motor derecho lo que no provocó ninguna explosión violenta como el lector podría imaginar, pero si provoco la destrucción progresiva del motor. En este instante perdíamos de vista la acción por el brusco cambio de rumbo. Pero el Capitán Baigorrí por estar virando hacia ese lado pudo ver la eyección y los dos hongos de los paracaídas, como así la caída del avión al agua con fuego en el motor derecho.
Nuestro pecho se conmovió instintivamente, si es que eso era posible, dadas las circunstancias que corrían, al pensar que nuestros amigos no tenían salvación en la inmensidad del mar abierto.
Realizando la mencionada maniobra el número 1 alcanzó a divisar la silueta oscura de un Sea
Harrier, que seguramente nos perdió en el radar y se lanzó a nuestra caza en forma visual. Por accidente la diferencia tecnológica momentáneamente se había achicado. Entraban en juego otros factores, habilidad, experiencia y, por qué no, providencia. En eso Jorge me dijo:
— ¡Eyectá los tanques de puntera loco!  Efectivamente con tanques nuestras posibilidades de evasión eran mínimas, ya que no podríamos superar los 700 Kms. por hora, con riesgo de desprenderse uno de ellos, provocando un impacto inevitable de la aeronave contra el agua al haber resistencia diferente en cada ala . Estiré la mano hacia el panel derecho para eyectarlos; pero la violencia de la maniobra incrementó el peso de mi brazo al punto de escaparle dos veces al botón 1-. En el tercer intento, y por el exceso de velocidad vimos salir catapultados hacia atrás sendos "tips". El avión crujió y se aceleró en forma brusca como si lo hubiesen soltado de golpe. En ese instante, coincidente con el lanzamiento de bengalas, sentí otro golpe o estremecimiento en la cola. Afiebradamente comprobé los comandos y le dije a Jorge:
— Pensé que nos habían dado pero anda todo bien.
— ¿ Pájaro ? — lo llamé porque debía consultarlo ya que era el jefe de esa unidad de combate, la escuadrilla ”Rifle” — ¿ qué hacemos ?
— "Volvemos individual". (Cada uno por su cuenta).
— "Ojo que nos andan buscando".
— "Eyectamos bombas de planos".
Realmente no tenía sentido seguir hacia el objetivo, detectados por los radares de la flota, con dos Harrier arriba y 300 Kmts. que aún nos separaban de la isla. Con gran congoja, por ser nuestro elemento ofensivo, lanzamos las bombas exteriores para poder acelerar aún más.



Mis ojos escudriñaban cada nube y cada chubasco y giraban de un lado a otro como el haz del radar. Sentía como la velocidad aumentaba y aparecían fuertes vibraciones en los comandos.
Lógicamente el resto de atención que me quedaba estaba afectado a no embestir la cresta de las olas. Pero Segat que no veía tanto hacia afuera, colaboraba con los instrumentos.
— ¡ Viejo ! ¡ Guarda la velocidad, que nos desarmamos !
Teníamos más de 950 km. por hora siendo la máxima, por límites estructurales 850 kmts por hora. Reduje aceleradores y me pegué más a la superficie del agua.
A continuación de algunas maniobras colocamos rumbo general 330° a Trelew, mientras sacábamos cálculos de consumo, por no saber si llegábamos con el alto gasto que ocasionaban la poca altura y velocidad de nuestro vuelo.
Era difícil de entender pero estábamos enfrentados inteligencia contra inteligencia, los segundos corrían y el golpe no llegaba.
— Che, parece que nos perdió. ¿ Cómo le irá al "Pájaro" ?
— Pájaro - Cobra - (mi indicativo normal) -¿ Cómo andas ?
— “¡ Bien loco ! No me enganchó”
— ¡ A mí tampoco Pichón !
En la penumbra del avanzado atardecer, me pareció ver buques con reflectores grisáceos. -
¡Estábamos rodeados por la flota !. Se me apretó el corazón.
— ¡ Estamos rodeados, veo fragatas por todos lados, no tengo por donde pasar !
Aunque no había forma de distinguirlos estaban demasiado cerca del continente por lo que dedujimos eran de la Armada Argentina. Dada la forma de nuestra aparición eso no era ninguna garantía de supervivencia si no alcanzábamos a avisarles, pues con toda seguridad en sus pantallas veían acercarse aun agresor. — ¡Jorge, ¡urgente!, con la clave, llama en la frecuencia de los "Navis", que son nuestros. Yo por las dudas miro afuera para tratar de esquivar si nos tiran algo.



Todo ocurría tan vertiginosamente que los sentidos parecían lentos y torpes.
— ¡ “Lobo – Matienzo” ! (Llamada en clave).Prontamente arreciaron las llamadas de distintos buques pidiendo autenticación. (Confirmación por medio de códigos especiales). Lo que quería decir que estaban a punto de tirarnos con todo. Con un poco de alivio hicimos enlace con unaa fragata que nos recibió el informe adelantado y pedido de auxilio:
— Escuadrilla Rifle, tres Canberras, fuimos interceptados por aviones Harrier a 150 millas náuticas por el radial 330 de Malvinas. Un Canberra derribado por misil aire-aire, dos tripulantes eyectados.
— Recibido, enviamos el informe y para el rescate informamos al Aviso "Alférez Sobral" (Que en esta empresa fuera atacado).
Regresamos de noche junto con el "Palito" Nogueira, que por avería o falla de sus equipos de navegación, sumada a la falta de su puntera izquierda, venía casi sin combustible al aterrizaje.
Toda la gente, Oficiales, Suboficiales y Civiles nos esperaba al bajar. Nos abrazaron y sufrieron silenciosamente por la caída de nuestros camaradas el 1eer.Teniente "Coquena" Mario González y el Teniente "Pituso" De Ibáñez .
De ahí me fui a la capilla de la Base. Entré, estaba a oscuras. Recé por los camaradas caídos.
Y a medida que me acostumbraba a la penumbra me encontré con muchas siluetas que me acompañaban. Estábamos todos allí. Asumimos nuestra pérdida, "Levantamos el guante" y comenzamos la espera con la "vela de las armas" para asestar nuestro "golpe de maza" (símbolo de nuestro escudo de combate).
Luego de este traspié la F.A.S.2 -nos dejó varios días inactivos por considerar que nuestra lentitud con tanque de puntera colocados y la falta de repuestos para eyectarnos en todas las misiones, agregadas a las condiciones momentáneas de la batalla hacían excesivamente riesgosa nuestra operación.
Estábamos "tascando el freno", cada camarada que caía era una espina clavada en el alma y un multiplicador de nuestra impotencia.
Llegó el desembarco de San Carlos. Mientras se realizaban los primeros ataques de escuadrillas argentinas a la flota en la Bahía, organizábamos una salida de ocho Canberras con ocho bombas de 1.000 Ibs cada uno, con una escolta de Mirage III, previamente coordinada.
El Mayor Chevallier, a cargo del Escuadrón en ese momento, expuso la misión a la F.A.S. El bombardeo sería de zona desde 15.000 mts. de altura, cubriendo un paño de terreno de 2.000
Mts. por 2.000 mts., con 64.000 Ibs. de bombas (32.000 Kgs.) para destruir o desmembrar la cabeza de playa. El sistema de puntería sería visual y/o con el apoyo del "amado radar de Puerto
Argentino". Este sistema se utilizó en varias ocasiones logrando batir objetivos, consistiendo básicamente en calcular interpolando los vientos existentes desde el terreno hasta la altura de lanzamiento, compatibilizados con la trayectoria balística de la bomba y de esta forma obtener un punto de lanzamiento y a órdenes del radar todos descargar sus bombas. Las posibilidades de retorno eran estimadas en el 40% pero la importancia del blanco hizo que la mayoría nos ofreciéramos como voluntarios. La iniciativa fue bien recibida por la F.A.S. La orden llegó. Alcanzaron a despegar tres aviones y nos ordenaron regresar al aterrizaje. Quizás por haberse desperdigado la cabeza de playa, o por la alta posibilidad de derribo o por otras razones de comando que no llegaron a nuestro conocimiento. Lástima, era una misión a nuestra justa medida.



Si bien no pudimos llevarla a cabo a partir de allí comenzamos a operar en las famosas (entre las tropas enemigas) misiones nocturnas que nos ganó el apodo de "Murciélagos". En sus dos variantes: las rasantes, donde luchábamos contra la poca visibilidad, la meteorología, la tortuosa navegación, la temida proximidad al agua y obstáculos y la dificultad de encontrar el blanco. Naturalmente también contra las defensas del enemigo. Con la ventaja de ser sorpresiva y evitar los sistemas defensivos de gran alcance. Y las nocturnas de altura que nos facilitaba mucho la navegación pero estábamos más expuestos a los misiles de fragatas. Así regresamos, penetramos las defensas del enemigo, a veces a velocidades irrisorias para cuidar el combustible y los tanques y los golpeamos muy duro. Vale el testimonio del Teniente Lucero, que todos vimos en la filmación de la Fuerza Aérea al ser rescatado del agua por los ingleses. Por aquellos días se hallaba internado en un hospital de campaña en San Carlos, cuando a la media noche uno de nuestros ataques hizo temblar con sus bombas toda la zona lo que ocasionó su evacuación inmediata para recibir, según le manifestaban Médicos Ingleses, gran cantidad de heridos y muertos (Quizá más de los que reconocieron en toda la guerra). Un inglés le dijo:  -"Hubo mucha sangre hoy aqui" . Otro testimonio es el recogido por corresponsales extranjeros que indican que los bombardeos al Monte Kent (algunos relatados anteriormente) produjeron la destrucción de un vivac con tropas y gran cantidad de pertrechos bélicos, acopiados para la irrupción final a Puerto Argentino. La que aparentemente debió postergarse y derivó en el desembarco de Bahía Agradable, que como sabemos fue muy "desagradable" para ellos. Coincidentemente el Capitán Pastrán, piloto derribado de Canberra, fue interrogado insistentemente por la inteligencia enemiga sobre el sistema que utilizamos para apuntar con precisión y sin visibilidad, ya que en dos ocasiones batimos el puesto de comando. De las declaraciones recogidas informalmente de ex-prisioneros se corroboró el temor permanente de las tropas invasoras a los bombardeos nocturnos. Pasado el tiempo llegó a mis manos una revista Air-Pictorial, donde se publica un artículo de George Baldwin, titulado: (Operaciones de Sea Harrier en las Falklands", donde entre otras cosas enuncia: (lo encerrado entre paréntesis es de mi pluma con fines esclarecedores) "Al atardecer (1° de mayo) tres Canberras argentinos fueron avistados cerca de la flota (escuadrilla del Capitán  Nogueira) con los radares de abordo y luego perdidos, pero el rumbo del alejamiento fue tomado por un piquete (helicóptero con radar asociado al de una fragata) y pasado a una PAC (patrulla aérea de combate dos Harrier vistos por la escuadrilla “Ruta”). Prontamente salieron en su busca los Harrier, que poco después hicieron contacto con los Canberras argentinos con sus radares



Blue Fox (persiguiendo a la escuadrilla ”Ruta”). (Casualmente dieron con nosotros que veníamos en trayectoria opuesta). Los Canberras volaban a 50 pies (error de apreciación ya que volábamos a mucho menor altura) y eyectaron sus bombas (incorrecto ya que eyectamos solamente los tanques de puntera y luego del derribo). El Teniente Al Curtis, que después murió, disparó su Sidewinder y vio su blanco explotar (esto ocurrió antes de lo relatado en el párrafo anterior y el blanco no explotó); presto buscó el último Canberra dañado por otro Sidewinder disparado por el Teniente Comandante Mike Brodwater. (No nos derribó porque volábamos a dos metros del agua, por la ruptura oportuna y por el lanzamiento de bengalas; aunque evidentemente detonó bajo la panza de nuestro avión). Este avión escapó lo mismo que el otro Canberra . Pero se calcula que fue dañado e improbable que haya regresado a la base (en carta dirigida a los nombrados destinatarios con todas las consideraciones antes escritas agrego que doy fe de que ¡ sí regresamos a nuestra base y que lanzamos con posterioridad varias toneladas de bombas sobre sus tropas

viernes, 3 de octubre de 2025

Geoffrey Cardozo: La valentía de los soldados argentinos

Geoffrey Cardozo: “Los argentinos no tienen aún real dimensión de lo valientes que fueron sus soldados”




 
Geoffrey Cardozo, el capitán británico que enterró a los argentinos caídos en Malvinas.
Foto AP
Beatriz Reynoso || Clarín




El capitán Geoffrey Cardozo llegó a las Islas Malvinas, el 15 de junio de 1982, al día siguiente de la rendición argentina. Formaba parte de las fuerzas británicas en la guerra del Atlántico Sur, en la Logística. Trabajó, arduamente, en la tarea de enterrar a los soldados argentinos, muchos de ellos sin identificación. Fue el creador del cementerio de Darwin, a 88 km. de Puerto Argentino, gracias a la donación de un isleño. Apoyado en su profesionalismo, valores familiares y creencias religiosas realizó un trabajo excepcional que 35 años más tarde serviría para la esperada, no sólo por los familiares, identificación de nuestros héroes. Junto a Julio Aro está postulado por la Universidad Nacional de Mar del Plata para el premio Nobel de la Paz.

¿Cómo fue su llegada a las islas?

Inicialmente, mi tarea era la responsabilidad y el bienestar de nuestros soldados en la post guerra. Considerando la importancia de los sobrevivientes. Tenían adrenalina en sus venas, quizás por alcoholismo, heridas o violaciones. Sabíamos que había cuerpos y teníamos que tomar la responsabilidad de dar una sepultura digna. Esperamos que el gobierno argentino tomara la iniciativa para hacerlo, pero eso no sucedió. Permanecí en las islas 8 meses. Necesitábamos expertos para ese trabajo, hombres entre 30 y 40 años, que tuvieran una madurez sicológica y fuerza física para hacer la tarea. Los instruimos, militarmente. Cuando encontraba un cuerpo, rezaba. En enero de 1983 se hizo un informe muy detallado del trabajo de identificación que duró 5 semanas.. La ceremonia de sepelio, con los honores merecidos, fue 19 de febrero. Los argentinos no tienen, aún, real dimensión de lo valientes que fueron sus soldados.

¿Qué sintió entonces?

Dicen que hice algo extraordinario, no es así. Hice algo ordinario, normal. Con respeto y amor como si fueran mis hijos. Mi madre me despidió a mis 32 años. Nunca antes ella me había abrazado así, quizás ella pensaba que nunca volvería de la guerra. De frente al primer cuerpo, pensé en mi madre e inmediatamente, en la madre de ese héroe argentino. La palabras cuerpo, muerte, nunca son palabras fáciles.

¿Qué marca le dejó aquella experiencia de la posguerra en Malvinas?

Algunos quedaron con secuelas sicológicas traumáticas, no todos logran la resiliencia. Trabajé muchos años en Veterans Aid y pude ver de cerca las marcas profundas de la guerra. Ahora, formo parte de un proyecto en Ginebra, “The Management of the Dead” sobre desaparecidos en terremotos, inmigrantes que cruzan en barco de Libia a Grecia, etc. En los documentos de la ley internacional, humanitaria, se llaman cuerpos. Los excelentes resultados de este proyecto se utilizarán como modelos para otros grupos humanitarios. Si hablamos de cuerpos, de muertos, se transforman en objetos, sin valor legal. Tenemos que hablar de personas con una historia y un legado, entonces hay un valor. Algunos abogados, en Ginebra, me han dicho: “hay que cambiar ese concepto”.

En 2008, Usted protagoniza otro acontecimiento: su encuentro con Julio Aro en Londres...

Antes de aquel encuentro, supe por internet que los familiares no sabían dónde habían quedado sus soldados. Se hablaba de fosas comunes e inclusive que en el cementerio de Darwin no había nada debajo de las cruces. La providencia hizo que fuese uno de los traductores designados, en Londres, cuando Julio Aro junto a otros ex combatientes buscaban técnicas de sanación post guerra. Les entregué una copia del informe pormenorizado, donde constaba todo sobre los soldados sin identificar. Ese sería el comienzo, conjuntamente con la creación de la Fundación “No Me Olvides” para llevar a los familiares una esperanza, pensando en una posible identificación. Destaco el enorme y comprometido trabajo de Julio Aro.


Años después, en 2015, viaja a la Argentina para contactar a las familias...

Lo hice de modo personal. Las familias sabían poco. Quería confortar a las madres. Dar credibilidad al informe. Fui a al Chaco, supe que era una provincia aislada del país. Confirmarles que había un cementerio, también les mostraba el video de la ceremonia en Darwin. En mayo de 2016, la Cruz Roja Internacional me contacta para el proyecto de identificación, con el acuerdo de los familiares. En 2017, volví a las islas con el equipo asignado. Sentí temor de que ellos no hicieran el trabajo apropiadamente. Tenía que proteger a “mis chicos” Advertí que estos hombres y mujeres no sólo eran científicos, antropólogos, forenses, eran personas confiables. Hay historias fabulosas de post guerra, no debemos olvidarlas. De la historia contemporánea, este proyecto de identificación de los soldados argentinos es fabuloso. El alivio, el reconocimiento al ser humano en su país. No son desaparecidos, son seres humanos. No sólo las familias, se involucraron muchas personas. Es un movimiento humanitario.

Finalmente, en 2018, protagoniza el primer viaje a las islas con los familiares...

Significó el comienzo de los frutos del proyecto. El alivio para padres que sobrevivieron a sus hijos. La certeza de que el trabajo no había sido en vano, que valió la pena. Nos falta la identificación de 10 humanos que no tienen un ser y tenemos que juntar el ser humano, al ser que no son cuerpos, son personas. Si en un año pudiéramos identificar a estos hombres que tienen nombre y no son NN ( no name), entonces podría decir que he cumplido mi misión. Sin dudas, la más importante de mi vida.

Señas particulares



Geoffrey Cardozo El británico que levantó el cementerio de Darwin para los caidos argentinos

Geoffrey Cardozo nació el 3 de marzo de 1950 en Francia. Madre francesa y padre británico. Asistió a las universidades de Zaragoza y Colonia antes de convertirse en soldado profesional. Sirvió en misiones de restauración de paz en Irlanda del Norte. En 1982, participó en la guerra de Malvinas. Se retiró en 2005 y trabajó 10 años para Veterans Aid, organización con sede en Londres que cuida a ex combatientes en crisis o con trastornos. Es vicepresidente de la Fundación Franco-británica en París, organización que atiende a 800 jóvenes con problemas mentales.

martes, 9 de septiembre de 2025

Piloto de combate: Guillermo Anaya, el principito del CAE

 

El Top Gun de Malvinas: las increíbles misiones del helicopterista que apodaron “el principito”

Guillermo Anaya era teniente de la aviación de Ejército. Cuando comenzó la guerra estaba en una silla de ruedas producto de un grave accidente en moto. Tenía 8 implantes óseos, una placa con doce tornillos y una larga recuperación. Pero hizo todo para ir a la guerra. “Era mucho más fácil aguantarme el dolor en la pierna que la humillación de faltarle a la Patria”, dice. La patrulla que salvó de una muerte segura y sus días de prisionero en Malvinas


Guillermo Anaya era teniente de la aviación de Ejército

De todos los helicópteros que yo veía operando en Malvinas, había uno que se destacaba por lo acrobático de sus evoluciones en el aire. Lo comandaba Guillermo Anaya. Me intrigó. ¿Por qué piloteaba de esa manera tan temeraria y volando tan bajo? Pues porque el teniente de Aviación de Ejército consideraba que cuando la tropa oye sonar tan fuerte las palas sobre sus cabezas, cobra aliento y se fortalece: sabe que está protegida desde arriba. Y además porque al volar a tan corta distancia del suelo, realizando maniobras bruscas, le impedía al enemigo centrar la puntería.

Otra cosa que me llamó la atención de este piloto es que ostentaba una fuerte renguera. No era para menos: al inicio de la guerra se encontraba en silla de ruedas, producto de un grave accidente de moto que le había volado el fémur. Debía permanecer todo un año sin tocar el piso, por cuanto tenía ocho implantes óseos y una placa con doce tornillos. Recién después de ese lapso se iba a saber si volvería a caminar o no. Pero el “Navy” Anaya igualmente quería ir a la guerra.

“El país gastó un montón de plata en capacitarme, por si alguna vez me necesitaba”, rememora. “Como ese día llegó, le supliqué a mi padre que diera la orden de que me envíen al frente. Y si no me quieren confiar una aeronave, que me dejen batirme como infante. No quería perder la oportunidad de ofrecer mi vida. Era mucho más fácil aguantarme el dolor en la pierna que la humillación de faltarle a la Patria. No lo hubiera podido soportar”.

Los dolores eran tan fuertes, que los comandos no pudieron menos que notar el sufrimiento que le causaban. Y por eso le cedieron una de sus motos Kawasaki Enduro, que Anaya usaba para moverse cuando no estaba volando.

El helicóptero del teniente Anaya en las islas (foto Guillermo Anaya)

A pesar de su corta edad, el teniente ya había entrenado mucho con las fuerzas especiales, y eso le permitía realizar maniobras dignas de Hollywood. Por ejemplo, tras producirse el golpe de mano británico contra nuestra base en la Isla Borbón, debía llevar hasta allí a un grupo de comandos que se encontraba en San Carlos. Pero no tenía suficiente combustible como para detenerse a recogerlos. Lo que hizo entonces Anaya, fue pasar en vuelo rasante, haciendo deslizamiento con los esquíes, entre dos líneas paralelas de combatientes, que iban lanzándose dentro del helicóptero. Ninguno de los 11 comandos dejó de embarcar…

Había comenzado su carrera en la Escuela Naval Militar, pero advirtió que le daban un trato de privilegio por ser hijo del comandante de la fuerza. “Me di cuenta que si me pasaba eso siendo cadete, toda mi carrera iba a ser ‘el hijo de’, en vez de ser yo mismo; y me fui al Ejército”.

Te metiste –y de motu proprio– en los berenjenales más peligrosos durante la guerra. Pero siempre te fue bien…

—Es que tuve la suerte de llevar de copiloto a Dios. Él me decía lo que debía hacer.

—¿Cómo es eso?

—Hay cosas inexplicables que suceden en una guerra. Me tenían que haber derribado en más de una oportunidad. ¿Porqué no pasó? Hay una sola respuesta: Dios tiene escrito el día y la hora de cada uno. Uno tiene una misión en la Tierra y hasta que no esté cumplida no va a tener el derecho de estar al lado de Él. Dios es quien determina qué, cuándo y cómo. Cuando la lógica era que te derriben, Él te decía: “Aplicá una palancazo a la derecha, ponelo en 90 grados y y mandalo en descenso”. Y la ráfaga de cañón pasaba por detrás. Cuando no hay explicación lógica, como cristiano pienso que Dios todavía tenía algo importante para uno hacia el futuro. Y nosotros orábamos muchísimo. Los oficiales de Aviación de Ejército a menudo nos juntábamos por las noches y rezábamos el Rosario. Era una necesidad que uno tenía de pedirle a Dios que sea generoso. No para que no te maten, sino para que -si debo morir- que sea en gracia de Dios.

—Tu camarada, el teniente primero Buschiazzo, no tenía que salir en la misión de rescate del pesquero Narwal, y fue igual, a sabiendas que era una misión suicida. ¿Cómo se explica esa actitud?

—Eso es ser un buen oficial. Vos no vas a combatir si sabés que ganás. Vas a combatir porque es tu deber. Y en ese caso era una posibilidad de salvar vidas, remota, pero había que aprovecharla. No hay cosa más importante que no pensar en uno mismo, sino en el otro.

Guillermo Anaya junto a sus compañeros (foto Guillermo Anaya)

Pensar en el otro, es lo que Anaya hizo durante toda la guerra. En una oportunidad, cuando le dieron la orden de llevar alimentos a primera línea en los Montes Longdon y Twelve O’clock, descubrió que sólo se trataba de un par de bolsas de porotos y garbanzos. ¡Para dos regimientos! Indignado, el piloto le dijo al subteniente de Intendencia José Luis Parra: ‘¿Usted sabe manejar una MAG? Suba, que va a volar conmigo como artillero de puerta. Y si me derriban, y muero con mi mecánico, ¡también va a morir por lo menos uno de Intendencia! Voy a llevarles comida a mis soldados”.

Cuando despegaron con rumbo norte, vieron a un montón de ovejas en el campo. Estaba terminantemente prohibido tocarlas -el generalato protegía los intereses de los kelpers más que los de sus propios hombres- pero Anaya comenzó a dar vueltas alrededor de los animales para agruparlos y cuando estaban bien juntos, le dijo a Parra: “¡Saque el seguro, fuego libre, mate a todas las ovejas!

Cuando habían caído todas, aterrizaron y las cargaron, llenando la aeronave hasta el techo. Tras lo cual volaron directamente hasta las posiciones argentinas y comenzaron a pasar sobre ellas tirando ovejas. Como maná del cielo para los soldados.

Apenas volvieron, un jeep estaba esperando a Anaya para llevarlo en presencia del general Jofre.

—Anaya, ¿usted estaba volando recién?

—Si, mi general.

—¿Usted estuvo matando ovejas?

—No, mi general.

—Sin embargo, un kelper ha denunciado que le mataron todas las ovejas, y el único helicóptero que había en vuelo era el suyo.

—¡No me diga, mi general! ¿Eran ovejas? Yo divisé tropas británicas con uniforme de invierno y ordené hacer fuego, pero no corroboré las bajas.

—¡Ahora retírese, Anaya! Pero cuando volvamos al continente, lo espera un tribunal militar.

La amenaza no hizo mella alguna en el espíritu del joven oficial. Siguió incumpliendo órdenes, cada vez que las consideraba erróneas. Y su preocupación principal siempre fueron los soldados rasos.

“Primero me matan a mí, antes de que me toquen un subalterno”, decía Anaya, a quien habían apodado “el Principito”

Durante el repliegue del Regimiento 4, el teniente advirtió que una patrulla de correntinos estaba abandonada a su suerte, los Ava Ñaró, “Indios Bravos”, como se hacían llamar, comandados por un cabo, que habían estado en calidad de observadores adelantados y los habían dejado como apoyo de fuego durante la retirada. “¡Los van a matar a todos!”, pensó Anaya y puso en marcha las turbinas, cosa que tenía prohibido hacer. Al encontrarlos en el Monte Low, vio que no entrarían en el UH1H Bell, ya que eran quince. Abnegadamente, el cabo ofreció que se quedaría. “¡Salimos todos o no sale nadie!”, tronó Anaya. “Tiren todos los equipos, métanse en la máquina, y los que no entren, párense arriba de los esquíes. A esos de afuera, los de adentro agárrenlos de las chaquetillas, para que no se me caigan.” Así, asemejándose a un panal de abejas volador, el helicóptero regresó sano y salvo a Puerto Argentino.

“Primero me matan a mí, antes de que me toquen un subalterno”, me decía Anaya, a quien habían apodado “el Principito”. Y lo probó literalmente, estando prisionero. El teniente observó que uno de los guardias estaba agarrando del pelo a su mecánico Carlos Corsini, irritado porque el suboficial argentino no entendía sus órdenes en inglés. “No toleré ese maltrato, esa humillación, fue más fuerte que yo y agarré a trompadas al brit”, cuenta Anaya.


El capitán Guillermo Anaya, el coronel Geoffrey Cardoso, el general de Brigada Sergio Fernández -también Presidente de la Asociación de Veteranos de la Guerra de Malvinas-, el comodoro Luis Puga, el Comodoro Héctor Sánchez -piloto del II Escuadrón del Grupo 5 de Caza en Malvinas- y su esposa Inés en una reunión de veteranos ingleses y argentinos que se hizo en marzo de 2022 (Foto: Franco Fafasuli)

De más está decir que inmediatamente le cayeron encima todos los ingleses presentes. Y no sólo le rompieron tres costillas, sino que después lo metieron en una jaula durante cuatro días, sin comida ni agua. El teniente caminaba en círculos durante toda la noche para no morir de hipotermia y se echaba a dormir, cuando llegaba la luz. Trasladado luego a las cámaras frigoríficas de San Carlos junto a los demás prisioneros, su estado era tan calamitoso, que la Cruz Roja estaba dispuesta a evacuarlo al continente sin mayor demora. Pero Anaya se negó tajantemente: no se iría, si no evacuaban también a sus cinco suboficiales. “No los iba a dejar solos. Fui educado en códigos de honor”, me explica, como si ello no fuera harto evidente.

“Y el honor no tiene precio”, subrayó. A tal punto, que después de la guerra, teniendo el grado de capitán, pidió el retiro para no tener que cohonestar los chanchullos de ciertos superiores.

Estas son sólo algunas de las aventuras corridas por el Top Gun de los helicopteristas argentinos en la Gesta de Malvinas. Para reflejarlas todas probablemente haría menester un libro.