Ejército Argentino, una presencia permanente en la Patagonia. Recordando algunos regimientos
Edificio del antiguo Distrito Militar de Trelew
Regimiento Nº 3:
Creado con fecha 10/06/1823, por Ley de la Honorable Junta de
Representantes, concretó su formación el 29/10/1824. Su primer jefe fue
el entonces coronel Juan Galo de Lavalle.
Antes de llegar a la Patagonia, participó en la Guerra contra el
Imperio del Brasil, se desempeñó en la Guerra contra el Paraguay y en la
campaña del general Rosas.
Este regimiento se asentó en el Fuerte General Roca, en 1891, y
cubría la línea de fortines, a lo largo del camino que corre por la
margen izquierda del río Negro, desde Carmen de Patagones hasta General
Roca.
El 23/09/1896 se designa jefe a Celestino Pérez, y en diciembre de
1897 marcha hacia el valle del lago Lácar, en la ampliación de la línea
de fronteras hasta la cordillera.
Es el mismo regimiento el que explora la zona para la fundación de la
luego localidad de San Martín de los Andes, delineándola y colocando su
piedra fundacional. Le correspondió la fundación de su primera escuela
(Nº 5); levantó el primer censo escolar en agosto de 1898, y atendió el
Registro Civil hasta el 29/07/1905.
Otro de los hechos importantes de este regimiento y en esos años, fue
efectuar el transporte de los postes para la implementación del
telégrafo hacia la cordillera, reduciendo considerablemente los gastos
de la obra. En la construcción de la línea telegráfica de Piedra del
Águila a San Martín de los Andes, cortó 2.000 palos de ciprés para
postes, condujo una parte en jangadas y el resto en los carros del
convoy militar, y construyó la línea con 100 efectivos. La
administración militar duró, legalmente, hasta 1907, en que el
presidente Figueroa Alcorta dispuso que pueblo y colonia pasaran a
jurisdicción civil. No obstante, el regimiento permaneció en su antigua
zona militar, hasta 1911.
En 1930, una compañía de Zapadores del Regimiento No 3 se estableció
en Comodoro Rivadavia, la que luego fue reemplazada por el Regimiento No
8, ambos de Infantería. En la Guerra de Malvinas, dos secciones de
exploración estuvieron presentes en la toma de posiciones combatiendo
contra el enemigo invasor.
Regimiento Nº 5:
Puesto a las órdenes del coronel Francisco Pico, en 1815 lo formaban
las milicias que eran parte integrante de la frontera sur bonaerense. El
07/05/1833, 140 de sus hombres se incorporan a la expedición del
general Rosas, al mando del teniente coronel Narciso del Valle, en Bahía
Blanca. Medio siglo después, estaba integrando la Segunda Brigada del
ejército del general Roca marchando con 6 jefes, 32 oficiales y 512
soldados. Entre sus operaciones estuvo el reconocimiento de los caminos
cordilleranos desde el valle de Pulmari hasta el lago Huechú-Huéhue, y
levantaron un plano general del territorio.
En 1923 se estableció en Bahía Blanca, y en 1931 se construyeron los cuarteles para su instalación.
Regimiento Nº 6:
En 1815, la frontera norte bonaerense estaba a su cargo. Una de las
expediciones punitivas llevadas a cabo por el general Rosas le fue
encomendada al Regimiento N° 6 de Caballería, para castigar al cacique
Huaquen, quien tenía sus toldos en el arroyo del Gualicho.
En junio de 1900 arriban a Trelew los 350 efectivos del Regimiento, y
allí permanecieron hasta enero de 1905, fecha en la que es enviado a
Bahía Blanca.
Regimiento No 7:
La Tercera Brigada del Ejército del general Julio Argentino Roca
estuvo integrada por el Batallón 6 de Infantería de Línea, el Regimiento
7º de Caballería de Línea y un Escuadrón de Indios Auxiliares. El
regimiento ocupó la zona de Las Lajas y Chos Malal. En 1883, en Puerto
Deseado, el teniente coronel Lino O. de Roa apresó por equivocación a la
tribu del cacique Orkeke y los transportó a Buenos Aires.
Regimiento Nº 8:
Soldados del Regimiento 8 en Malvinas. La “Sección Olvidada”, representación del Glorioso Cuerpo de Libertos del 8.
El Regimiento de Infantería Motorizado General O’Higgins es el
primero de los cuerpos de Ejército que tomó contacto con la Patagonia.
Fundado el 13/07/1813 por el general Manuel Belgrano, recibió su bautismo de fuego en la batalla de Vilcapugio el 01/10/1813.
El 03/02/1814 fue creado por segunda vez. El 26/03/1815 se nombró
como jefe al coronel Manuel Dorrego, y el 27/05/1815 se dividió
destacando tropas a Santa Fe y al fuerte de Carmen de Patagones, en
donde permaneció hasta el 25/01/1816, cuando regresó a Buenos Aires. El
12/12/1816 se le dio el nombre de N° 7 al primer Batallón, y de No 8 al
segundo, el 02/01/1817, destinándolo para formar parte del Ejército de
los Andes, y marchar al Perú. Entonces, pasó a ser el regimiento
argentino que llevó más al norte la bandera de la libertad.
Una serie de desaciertos hacen que se lo disuelva.
El 22/12/1856 reaparece convertido en la Legión Militar Extranjera, y
luego es destinado a la guarnición en Bahía Blanca, luchando contra los
aborígenes maloneros, y en 1865 en la guerra contra el Paraguay.
En 1878 participó en la expedición al río Colorado y permaneció en la
margen sur de este río hasta 1879, fecha en que regresó a Buenos Aires.
Con otros cuerpos marchó, en 1895, a Patagones a formar parte de la
División del Sur, y en enero de 1896 llegó a General Roca; ahí
permaneció hasta septiembre, y luego pasó a Tandil y de allí a Buenos
Aires, a mediados de 1898, constituido en Batallón.
A partir de 1930, se instaló en Comodoro Rivadavia y ocupó los
cuarteles que se levantaron en jurisdicción de YPF en 1935, como medida
de previsión para asegurar la defensa del área.
Los diarios de la época resaltaron la importancia para la zona, no
sólo porque la presencia de tropas en el sur de nuestra patria era un
acto de soberanía, sino también por la acción que podría llevar a cabo
en lo social, asistencial, económico y cultural.
Durante dos décadas, el regimiento aunó esfuerzos con YPF en cuanto
al desarrollo del deporte en la juventud, impartiendo clases de
ejercicios físicos a los escolares. En numerosas ocasiones apoyó a las
víctimas de las inundaciones, bloqueo de caminos y en el incendio de los
almacenes que YPF disponía en Km 3, en 1941.
El 20/10/1942, por resolución publicada en el Boletín Militar Nº
3.835, pasó a denominarse Regimiento de Infantería 8 General O’Higgins.
En 1946, al celebrarse el 133 aniversario de su fundación, fue
trasladado al Km 11 de la misma ciudad. En 1982, en la Guerra de
Malvinas, el regimiento ocupó la zona de Bahía Fox.
La conmovedora historia de la madre de un soldado caído en Malvinas: cómo fue el día que visitó su tumba en Darwin
Nélida murió dos días antes de finalizar el 2024. Antes, pudo identificar el cuerpo de Horacio Echave y visitar las islas. El relato de la despedida del soldado que viajó a las islas desde Mercedes. El abrazo final y la angustia por la falta de información
Por Adrián Pignatelli || Infobae
Nélida
Montoya, mamá del soldado Echave, cerrado un capítulo frente a la tumba
de su hijo, cuyos restos fueron identificados en 2017 (Familia Echave)
A los Echave, Malvinas los golpeó de la peor forma.
Las hermanas de Horacio recuerdan perfectamente aquella noche cuando a
punto de cenar asado al horno con papas paró un jeep del ejército en la
puerta de la casa y dos militares les comunicaron que Horacio estaba desaparecido.
Quedaron grabados los gritos de desesperación de Nélida, que no
entendía lo que pasaba y no concebía cómo no podían darle precisiones de
lo que había pasado en Malvinas con su Horacito, su hijo mayor, que
ella no pretendía ningún reconocimiento ni medalla, que solo lo quería
de vuelta con ella.
El ritual se repetía cada vez que Horacio debía regresar al regimiento de infantería 6,
donde hacía el servicio militar. Los padres y hermanos lo acompañaban
caminando hasta la parada del ómnibus, y lo que recuerda su hermana
Analía, que entonces tenía siete años, es que siempre iba sonriente y
que antes de subir al micro, se daba un abrazo fuerte con su papá Horacio Dámaso.
(Comisión de familiares de caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur)
Siempre
de buen humor y de tener muchos amigos, era bromista con sus hermanas
Liliana, Marcela, Susana, Analía y Vanesa (la siguiente María Julieta
nació en 1981 y falleció a los tres días) y le gustaba disfrazarse para
hacerlas asustar. Ya más grande, cuando ellas iban a bailar, las
acompañaba de regreso a casa y luego se volvía al boliche. Para su madre
Nélida, era un chico dulce, cariñoso, que bailaba a las maravillas el
rock, que le gustaba ir a pescar y “todas esas cosas” y que soñaba con convertirse en maquinista.
Había
nacido en Bolívar el 22 de junio de 1962 y desde muy chico la familia
se radicó en Lobos por el trabajo del papá. Hizo la primaria en la N° 1
Pilar Beltrán, la más antigua de esa localidad. El primer año de
secundaria en el Nacional de esa ciudad, un par de años en la técnica
industrial y luego, como el estudio no era lo suyo, abandonó para
trabajar con un vecino en la colocación de antenas. En Lobos todos lo conocían como “el topo”, por sus orejas.
Cuando
entró al servicio militar, bromeaba que se engancharía en el ejército.
Cuando la familia supo que el regimiento sería movilizado a las islas,
tomaron el tren a Mercedes, porque aprovechaban el viaje gratis ya que
el papá era ferroviario. Ese soleado lunes 12 de abril de 1982 llegaron
casi corriendo junto a otras familias porque el tren se había atrasado, y vieron a Horacio colgado de la reja, esperándolos para despedirse.
Rodeado de sus hermanas: Liliana, Marcela, Susana y Analía (Analía Echave)
El último abrazo, interminable, fue con su papá.
Ambos lloraban, y la mamá amagó a retarlos, que no iba a pasar nada,
que así como iban volverían, quiso tranquilizar, aunque la procesión iba
por dentro.
Era apuntador de FAL de la compañía B. Estaba en la tercera sección al mando del subteniente Esteban Vilgré Lamadrid.
Escribió cuatro cartas desde las islas y cada vez que llegaba una, la
madre se aliviaba, porque sabía que estaba bien, a pesar de su angustia
al saber que sólo comían una vez al día. Cuando la mamá supo que estaba
por el monte Dos Hermanas, se tranquilizó, porque pensó que la guerra se concentraría en Puerto Argentino. El les escribía que estaba defendiendo a la Patria, que se quedasen tranquilos.
En
una oportunidad, Echave le pidió al corresponsal Rotondo que junto a su
compañero Benítez les tomasen una fotografía así sus familias se
quedarían tranquilas.
Echave
y Benítez fotografiados en Puerto Argentino. Los soldados pensaron que,
cuando se publicara, sus familias se tranquilizarían (Eduardo Rotondo)
En las primeras horas del 14 de junio, el último día de la guerra,
fue cuando se produjeron la mayoría de las bajas del regimiento donde
estaba Horacio, quien cayó junto a Horacio Balvidares por el fuego de la
artillería inglesa, cuando ya estaban replegados sobre Puerto
Argentino.
Nélida Esther Montoya, su mamá, nació el 6 de junio de 1943 en Hale, un pueblo del partido de Bolívar. De joven trabajaba en el campo. A su esposo Horacio Dámaso Echave lo conoció porque era ferroviario y alternaba destinos de trabajo en el interior bonaerense.
En Bolívar nació Horacio y al año y medio les gustó Lobos, se quedaron a vivir allí y formaron una familia.
Nélida en la inauguración de una plaza en Bolívar, con el nombre de su hijo
Apenas terminó la guerra Nélida -que escuchaba todo el día Radio Colonia en busca de noticias-
trató de indagar y de saber qué había pasado con su hijo. Los Echave
iban a la ruta por donde llegaban los camiones del Ejército con los
soldados, preguntaban por Horacio. Al principio tenían la esperanza de que se hubiera bajado antes y que tal vez fuera camino a casa.
Fue
un duro impacto cuando semanas después de finalizada la guerra, un par
de militares fueron a su casa, a la hora de la cena -un asado al horno
con papas terminó quemado porque nadie le prestó atención- a comunicarle
que su hijo estaba desaparecido. Solo recibieron gritos de
desesperación y de muchos por qué sin respuesta. A su lado, su marido
permanecía inmutable, mientras medio pueblo de Lobos se había agolpado
en la puerta de la casa.
Allí sus hijos se enteraron de que su mamá estaba embarazada de Juan Pablo,
noticia que había ocultado por vergüenza. “Esperemos que a tu mamá esta
noticia no le afecte el embarazo”, comentaban los vecinos. Cuando su
hija Andrea le preguntó si estaba encinta, respondió que sí y luego se
largó a llorar.
Fue
Nélida que decidió donar la placa que por años señaló la tumba de su
hijo como "soldado argentino solo conocido por Dios", al pueblo de
Lobos, como un agradecimiento a los vecinos por tantos años de ayuda y
contención
Juan Pablo nació en octubre. Ella pensaba que si tenía otro varón fuera a tener que hacer el servicio militar, y eso la aterraba.
Horacio nunca supo que iba a tener un hermano. La familia había conocido ya el dolor: en 1981 había fallecido María Julieta, una hija de tres días y recuerdan que Horacio pidió permiso en el cuartel, ya que estaba haciendo el servicio militar, para estar con su familia.
Nélida se involucró y
participó activamente de la inauguración de lo que los hijos aseguran
es la primera y única biblioteca manejada por veteranos de Malvinas, que
se levantó hace 25 años en el predio del ferrocarril en Lobos.
Al padre de Horacio, Malvinas le dolía mucho, no hablaba del tema. Y
el día en que una comisión integrada por representantes del Equipo
Argentino de Antropología Forense, la Cruz Roja, el escribano general de
la Nación y no recuerdan qué otros funcionarios más fueron el 15 de
diciembre de 2017 a notificar la identificación de su hijo, estaba en
cama y no quiso levantarse. “¿Encontraron a Horacito? ¿Está muerto?” atinó a preguntar. Falleció a consecuencia de un Epoc el 1 de julio de 2018. Nunca quiso viajar a las islas, decía que se encontraría con su hijo en el cielo.
Cuando se identificaron los restos, fue cuando la familia admitió que “no lo esperaría más”. Su mamá dijo que ya no era un soldado sólo conocido por Dios, “sino por nosotros también”.
"Madres de Malvinas", un título que bien define a Nélida y a tantas mujeres durante los últimos cuarenta años
Para
Nélida, la identificación fue una pequeña victoria, porque había sido
una de las primeras mamás en insistir en que se hicieran los análisis de
ADN. Siempre le pedía a su hija Analía que estuviese con ella en las tantísimas notas periodísticas que brindó, porque su misión siempre fue la de encontrar a su hijo.
En esas entrevistas, los hijos descubrieron a “una mamá nueva”, desprovista de esa rígida coraza que nunca se quitaba. En la vida cotidiana era una persona cerrada en sí misma,
que no manifestaba sus sentimientos y que si la habían visto llorar
tres veces, era mucho. Intuían que lo hacía cuando estaba sola. En la
familia entendieron que todo lo hacía por Horacio. Caso contrario de su
marido, más emocional y sentimetal.
En
marzo de 2018 su hija Analía la acompañó en el viaje de familiares de
caídos al cementerio de Darwin. Para ella Malvinas le había quitado su
hijo, pero también sabía que era el último lugar que había pisado.
Ella ya había ido tres veces antes, y como ignoraba en qué tumba estaba enterrado su hijo, besaba todas las cruces. Siempre llevaba flores y rosarios.
Su último viaje a Darwin fue distinto porque pudo visitar la tumba con el nombre. Fue un esfuerzo muy grande,
ya estaba muy cansada, usaba bastón para movilizarse y por nada del
mundo quiso llegar al cementerio en silla de ruedas, tal como se lo
ofrecieron. Que ella llegaría caminando, que si su hijo se había
sacrificado, ella también lo haría. Ayudada por una asistente de la Cruz
Roja traspuso la puerta del cementerio. Confesó su temor de no
encontrar la sepultura.
Estuvo dos horas sentada frente a la sepultura y lo más doloroso fue la despedida, porque no quería dejar solo a Horacio.
Cuando
fue el último viaje el 5 de diciembre pasado, sus hijas no le
comentaron nada, ya que estaba internada en la ciudad de La Plata.
Cuando se enteró, días después, lloró mucho. La consolaron diciéndole
que debía recuperarse, así podría ir en el viaje programado para marzo
de este año.
Cuando la enfermedad comenzó a hacerse sentir, sus hijas Analía y Vanesa la representaban en actos.
A Analía le quedó grabado la emoción que sintieron en el homenaje
celebrado en la Escuela N° 1 Pilar Beltrán cuando recibieron diplomas
los que habían egresado de la primaria hace 50 años, que era la
promoción de su hermano Horacio.
Cuando le tocaron nombrarlo, estalló una cerrada ovación, gritos de “héroe” y de vivas a la Patria,
y sus viejos compañeros las sorprendieron entregándole un diploma,
firmado por todos, “en reconocimiento al héroe de Malvinas Horacio
Echave”.
El
4 de julio del año pasado, la placa de “Soldado sólo conocido por Dios”
que cubría su tumba sin nombre en Darwin, identificada como B.1.4, se
colocó en la Plaza 1810 de Lobos, y Nélida pudo estar presente. En junio del 2019 en el barrio 181 de la ciudad de Bolívar, donde Horacio nació, se inauguró una plaza con su nombre.
Sostenía que la muerte de su hijo le había provocado una herida que se cerraría con su propia muerte. En
los días finales, con su cama ortopédica acondicionada en la cocina
porque no entraba en la habitación, se preocupó de que hubiera una vela encendida en un altarcito que ella había armado con las fotos de su hijo y de su marido.
El domingo 29 de diciembre, en su agonía, llamó mucho a su hijo.
Dos minutos antes de la medianoche, falleció rodeada de toda su
familia. Tenía 81 años, y 35 batalló para lograr el reconocimiento de
aquellos soldados que eran conocidos solo por Dios, pero que ahora eran
conocidos por todos.
Fuentes: Analía, Andrea Susana, Vanesa y Juan Pablo Echave
Corría el día 12 de Junio. Hubo una batalla despiadada y cruel durante la noche anterior y esa madrugada. Tan intensa que se llegó a combatir cuerpo a cuerpo . Muchos con las bayonetas acopladas o caladas por la típica orden dada por los jefes que le dan a los infantes cuando se inician los ataques. Duró más de 10 horas en las que ya no alcanzaban los dientes apretados, la mirada en el objetivo , el valor que sobraba por doquier. No, ya no era suficiente. Las posiciones no pudieron seguir siendo defendidas porque la superioridad tecnológica y numérica era tan grande que se decidió el repliegue. -Nosotros, me cuenta Alfredo Arley, los soldados de Sanidad empezamos a bajar desde el monte.En mi camino de descenso me encuentro con el Sargento Primero Rolando Spizuoco, mi jefe, quien estaba herido en el cuello y en un brazo, producto de los disparos de un francotirador que le tiraba constantemente sin dejar moverlo... -Él intentó protegerse entre dos piedras impidiendo que el francotirador pudiera verlo bien quien optó por tirarle igual y con los rebotes en las piedras de los proyectiles logró herirlo. -El Sargento Primero López le puso una bufanda blanca alrededor del cuello para evitar que siguiera sangrando y la bufanda cambió de color. - No le importó, nuestro jefe no quiso ser evacuado y esperó hasta que baje el último de los hombres. Eran SUS HOMBRES y no los iba a abandonar. -Por supuesto que la guerra continuaba de modo que el bombardeo y las metrallas seguían presentes. -Uno de los soldados le advierte al Sargento Primero Spizuoco que había quedado un soldado herido en el lugar que ya estaba tomado por el enemigo. Sin dudarlo nos preguntó quien lo acompañaría a buscarlo.Regresé con él al infierno. -La adrenalina a pleno. -Luego de caminar un trecho nos encontramos con el Cabo Principal Lamas y sus soldados de Infantería de Marina quien nos informó que no quedaba nadie atrás. -Tuvimos alrededor de 100 heridos que fueron traídos por sus propios compañeros hasta un camino por donde estaba el Subteniente Jesús Martín quien con un Jeep los iba llevando al hospital, ya que nosotros no teníamos para más. El resto de los soldados se reagruparon y volvieron al combate. -Por momentos me parecía estar viviendo en un sueño o viendo una película en las que el hambre, (pasamos dos días sin comer nada) sólo con algún mate cocido, dominaba la situación. Llevábamos mucho tiempo sin dormir y cada vez más mojados por la llovizna o la nevisca o ambas. Sólo como dato curioso Alfredo me cuenta que uno de sus soldados tenía una maquinita de fotos en la mano y mirando al grupo les preguntó si querían que les sacara una . Lo hizo y sólo pudo verla después de muchos años. Lo increíble es que detrás de ellos había enfermeros atendiendo a un soldado herido por una esquirla. Alfredo Arley es el primero a la izquierda arrodillado. La guerra..., increíble las cosas que sucedieron.
Las últimas horas de la Guerra de Malvinas: la resistencia argentina y el caso del subteniente que murió aferrado a su fusil
Resulta imposible resumir en una nota todos los combates que se comprimieron en las últimas horas de resistencia en Malvinas. El recuerdo del testimonio del entonces subteniente Marcelo Llambías y la figura de su compañero Oscar Silva, quien cayó para cubrir el repliegue de sus soldados
Marcelo Llambías en las islas. Era un subteniente de 21 años
Las últimas horas de la guerra, tanto argentinos como británicos vivieron un infierno.
A partir de la noche del 11 de junio, los combates se generalizaron en
las laderas de los montes que rodean a Puerto Argentino, la capital de
las islas.
El común denominador, ante los ataques ingleses a las posiciones argentinas fue la proporción de fuerzas: por lo general, una compañía argentina de unos 120 hombres debía hacer frente a un batallón de 600 soldados. Infobae entrevistó al entonces subteniente Marcelo Llambías, uno de los tantos protagonistas de esas frenéticas horas finales.
Con
dos meses de cuarto año en el Colegio Militar Llambías, de 21 años,
estaba a cargo de la tercera sección de tiradores de la compañía C del
Regimiento 4, unidad destinada originalmente en Monte Well. Luego del
combate de Pradera del Ganso, este regimiento -que formaba parte de la
III Brigada de Infantería- pasó a depender de la Agrupación Ejército
Puerto Argentino. Su misión era la de defender la capital, distante unos 17 kilómetros.
Oscar Silva fue abatido horas antes de decretarse el alto el fuego
En los días previos al 14 de junio, Llambías estaba con sus hombres en el pico sur del cerro Dos Hermanas.
Allí,
durante tres horas, resistieron un ataque del 45 Comando de los Royal
Marines, combatiendo a una distancia de unos cincuenta o setenta metros.
Para Llambías no había sido su bautismo de fuego, sino que desde el 3
de junio ya había entrado en contacto con patrullas inglesas.
A raíz de la superioridad numérica, debieron replegarse a la base del cerro. Llambías fue el último en hacerlo a fin de cubrir a sus soldados.
Cuando bajaron, permanecieron en un pozo natural del terreno, amparados
en la oscuridad de la noche, mientras los británicos se hacían dueños
de la cima.
Llambías y su sección combatieron desde los primeros días de junio
El
joven subteniente estuvo a nada de ordenar abrir fuego a un grupo de
hombres que se aproximaba, pero un suboficial le advirtió que eran
argentinos.
Lideraba el grupo el subteniente Oscar Augusto Silva,
un sanjuanino a quien todos les decían “el sapo”, apodo que había
heredado de su padre. El 11 de junio por la noche lo habían mandado a
patrullar entre el Dos Hermanas sur y el Harriet. Estaba a cargo de una
sección de tiradores de la Compañía A del Regimiento 4.
Llambías y Silva discutieron qué hacer.
Podían dar un largo rodeo y atacar a los británicos por la retaguardia.
Evaluaron que tendrían un éxito inicial, pero carecían de municiones
para sostener un combate. Decidieron replegarse hacia Tumbledown.
Había que atravesar una llanura, donde no había nada para resguardarse y serían blanco seguro del enemigo.
Algunos descansaban y otros rezaban el Rosario. La providencia actuó de
su lado: de pronto, invadió la zona una espesa bruma y comenzó a nevar.
Aprovecharon para iniciar la marcha.
Silva con su equipo de paracaidista. Fue uno de los tantos que quisieron resistir hasta último momento
Había
otro obstáculo. Debían atravesar un campo minado. Llambías y Silva se
turnaron para ir adelante, guiándose por los ríos de piedra. Advirtieron
a sus soldados, unos treinta, que si alguno de ellos dos pisaban una
mina, que no los rescatasen, porque corrían el riesgo de pisar ellos también una.
Aún amparados por la oscuridad y la nieve, soportaron un nutrido fuego de artillería enemiga.
En
ese punto en Tumbledown estaba la cuarta sección de la compañía Nácar
del BIM 5. Mientras sus hombres, agotados y hambrientos descansaban,
Llambías aprovechó para conseguir un pantalón, ya que el suyo estaba
roto.
El jefe de la compañía le ordenó ir en dirección donde se suponía estaba la sección del subteniente Lautaro Jiménez Corvalán,
que había sido seriamente herido por una mina antipersonal. Cruzó con
su radiooperador y cuando llegaron al punto en cuestión no encontraron a
nadie.
Pintura sobre la batalla de Tumbledown, librada el 13 de junio 1982, realizada por el artista Steve Noon
En el momento en que se llegaba a la primera línea del BIM 5, los ingleses volvieron a atacar, pero fueron rechazados.
Llambías recuerda que estaban exultantes, creyendo que no volverían.
Cuando amaneció, tomaron conciencia del panorama que tenían frente a sus
ojos: las posiciones argentinas ya habían caído.
Exhausto. Esa fue la impresión que tuvo el teniente de corbeta Carlos Vázquez,
del Batallón de Infantería de Marina 5, cuando vio venir, desde su
posición en Tumbledown, a Silva, acompañado por los pocos soldados de su
sección que aún lo seguían. Maltrechos, agotados, se les notaba en sus
uniformes las huellas del combate y bastaba un simple vistazo para darse
cuenta que tampoco habían comido decentemente. La pregunta del
subteniente lo descolocó:
-¿Necesitás una mano? ¿Querés que me quede? Podemos seguir peleando.
Ante
la respuesta afirmativa del marino, con un puñado de soldados que se
podían contar con los dedos de una mano, de los 45 originales de su
sección, ocupó pozos de zorros vacíos que hasta hacía poco habían estado
efectivos de la cuarta sección de Vázquez. Era el 12 de junio.
Mientras
el grueso de la tropa continuó con la orden de aproximarse a Puerto
Argentino, Silva y sus soldados, acoplados a los infantes de marina, esperarían el ataque inglés. Junto con un pelotón de cinco soldados le encomendaron cubrir el repliegue de la cuarta sección de la Compañía Nácar.
Venían sufriendo, hacía días, de un violento fuego de artillería, tanto de campaña como naval.
Una
de las últimas fotos de Llambías en Puerto Argentino. Ya se había
reaprovisionado con todas las municiones que podía cargar. Pero la
guerra había terminado
Sería
imposible comprimir en un solo relato el combate de Tumbledown. En la
noche del 13, en las trincheras junto a los infantes del BIM 5 de
Vázquez, 44 hombres vivieron unn violenta arremetida desatada por la
tercera brigada de los Royal Marines, el segundo batallón de la Guardia
Escocesa y algunos gurkas.
Fueron encarnizados enfrentamientos con disparos de fusil, ametralladora, morteros, bayonetas y hasta lucha cuerpo a cuerpo.
A
las 18 horas de ese día, según refiere el propio Vázquez en un informe
que elaboró tres años después, tuvo una última reunión con sus
oficiales, de la que participó Silva. Coordinaron los detalles finales
ante el inminente ataque británico.
El 13 de junio, Silva decidió en un solo instante si vivir o morir luchando. Tuvo que repetir la orden a sus soldados para que se replegasen. No lo querían dejar. Sólo pidió una ametralladora y un FAL. Y los cubrió mientras los ingleses avanzaban.
Los
argentinos veían cómo, luego de rechazar un ataque enemigo, otra oleada
de soldados aparecía. Era una sucesión interminable, en el que eran superados 6 a 1, pero aún así se continuaba luchando.
Vázquez había pedido refuerzos, y en cada llamado le respondían que los mismos estaban por salir. A las 23 horas, el bombardeo provocó el corte de las líneas telefónicas.
Cuando Llambías regresó a la capital de las islas, vio cascos tirados por todos lados. No sabía que había un alto el fuego
Los
británicos habían sobrepasado las posiciones argentinas, y soldados de
ambos bandos se mezclaban, muchas veces sin distinguirse.
Cada tanto, Silva abandonaba su trinchera para saber cómo estaban sus soldados. “Nos alentaba para que no perdiéramos nuestro valor,
coraje y la confianza en nosotros mismos, al recordarnos que Dios nos
protegía para obtener nuestra noble meta”, reseñaría unos años más tarde
en una carta el soldado Pablo Vicente Córdoba.
Además,
el subteniente se ocupaba de conseguir relevos para el fusil FAP, dado
que al menos tres soldados que lo operaban habían muerto.
Cuando quiso asistir a uno de ellos, que había sido gravemente herido, recibió un tiro en el hombro derecho.
Silva
comprendió que nada podía hacerse. De lejos vieron cómo, sacando
fuerzas de quién sabe dónde, se incorporó y comenzó a disparar hacia las
posiciones enemigas, al grito de “¡viva la Patria, carajo!”. Fueron sus últimas palabras, antes de ser acribillado en el pecho por el fuego inglés.
Eran las 3 de la mañana del 14 de junio. Horas más tarde el general Mario Benjamín Menéndez firmaría la capitulación frente al general Jeremy Moore.
Cuando Vázquez fue tomado prisionero por tres ingleses, pidió llamar a sus hombres. Sólo seis se acercaron. El resto había muerto o había sido herido.
Mientras
tanto, una vez que los ingleses se apoderaron de Tumbledown, lanzaron
un ataque a Monte William con un batallón de gurkas. Llambías y la gente
con la que combatía se dieron cuenta que habían quedado aislados del
camino para llegar a Puerto Argentino, donde pensaban ir a
reaprovisionarse de municiones. Porque querían regresar a pelear con su
unidad.
En
Supper Hill se enteró por el soldado Dos Santos que a Silva lo habían
matado. Cuando comenzó un ataque helitransportado, les tiraron con lo
que les quedaba. Llambías recuerda que a una de las máquinas le disparó sesenta tiros, que no le hicieron mella. Los helicópteros se alejaron, aterrizaron y bajaron tropas.
Se
produjo un nuevo combate, donde los argentinos sufrieron bajas.
Decidieron replegarse, combatiendo, llevando además a los heridos. En un
momento Llambías se dio cuenta que al soldado que ayudaba estaba
muerto.
De
Supper Hill lograron llegar a Puerto Argentino. Les llamó la atención
ver cascos tirados por todas partes. Fueron a la halconera, lugar donde
paraban los comandos, porque estaban seguros que ellos no se habían
rendido. No encontraron a nadie, pero como estaba lleno de municiones, llenaron sus cargadores y sus bolsillos con proyectiles, con la idea de regresar al campo de batalla.
Un suboficial mayor los vio sumamente exaltados y le dijo a Llambías: “No pibe, no pueden hacer la guerra por su cuenta”.
Ese día 14 y el 15 permanecieron encerrados en una celda, para que no
cometiesen locuras, cuando ya se había firmado el alto el fuego.
Es que a Llambías no le entraba en la cabeza rendirse.
En
la requisa, le descubrieron una Kodak con un rollo para 24 fotos. Le
faltaba tomar una. El inglés que se apropió de la cámara tomó la que
faltaba, sacó el rollo y tiró la cámara.
De
los seis oficiales que combatieron del 4, hubo dos muertos, el teniente
Luis Carlos Martella y Silva y cuatro gravemente heridos: los
subtenientes Jorge Pérez Grandi, Miguel Mosquera y Juan Nazer.
Al
amanecer del 15, el propio Carlos Robacio –jefe del BIM 5 y quien tuvo a
su cargo a 700 efectivos de la Marina y a 200 soldados del Ejército en
Monte Tumledown, Sapper Hill y Monte William- y un oficial inglés,
recorrieron el campo de batalla, donde horas antes se había peleado con
coraje. Ya los cuerpos de los 9 británicos muertos y los 52 heridos habían sido retirados.
El teniente Osvaldo Papa,
jefe de la sección apoyo de la Compañía C del Regimiento 3, quien
afirmaba que Malvinas le había cambiado la vida, siempre contaba la
siguiente historia: que había llamado la atención al jefe inglés el
cuerpo de un argentino que, de cara al cielo con los ojos abiertos, aferraba obstinadamente su fusil,
y su dedo aún presionaba el gatillo. Quisieron quitarle el arma, pero
fue imposible por la rigidez cadavérica. El inglés ordenó que fuera
sepultado así y le hizo la venia, en señal de respeto.
Robacio
le cerró los ojos y buscó la chapa identificatoria, porque el uniforme
no se correspondía con el de un infante de marina. Era Oscar Silva.
Vázquez
se lamentaría no haber podido identificar a otros soldados de Ejército
que habían combatido junto a los infantes de marina en Tumbledown.
Recomendó condecorar a Silva por “su heroico desempeño en combate”.
Afirmó
que “la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio la cuarta sección
no hubiera podido sostener la posición sino hubiera estado Silva”.
Silva, de 26 años, sería la única baja de la promoción 112.
Su regimiento tuvo 22 muertos y 121 heridos. Recibiría la condecoración
“La Nación Argentina al valor en combate (post mortem)”.
Años después Llambías vio las fotos que había tomado en Malvinas en el libro Pictures for far away, de Nick Taylor.
Lo contactó por mail y cuando se cumplían 30 años de la guerra, Taylor
le propuso encontrarse en las islas. Allí, donde habían peleado a
muerte, el inglés se las devolvió.
Ambos
recorrieron las posiciones que ocuparon, y la casualidad hizo que haya
sido Taylor quien durante los combates fue quien le había disparado un
cohete que le pasó por arriba de su cabeza.
Este
veterano inglés le confesó que en un momento ellos estaban dominados
por el fuego argentino y que su superior los pateaba para que salieran a
pelear. Taylor le aseguró que, de todos los sitios en que le tocó
luchar, el soldado argentino fue el que le había hecho sentir miedo. Es que en las últimas horas de la guerra, sin importar el uniforme, se había vivido un verdadero infierno.
El adiós a Raimundo Viltes, el veterano de Malvinas que había sido rescatado en medio del fuego enemigo en Monte Kent
Fue a las islas con la Compañía Comando 602. En la primera incursión, fue herido de gravedad. Los detalles de esa acción y cómo salvaron su vida Adrián Pignatelli || Infobae
Raimundo Viltes fue herido en el combate de Monte Kent y fue cargado por Lauría por 14 horas hasta alcanzar las líneas argentinas
“¡Ayúdeme, ayúdeme!”, escuchó el teniente primero Horacio Lauría, en medio de un feroz tiroteo. El oficial de la Compañía Comando 602, estaba con una sección en las inmediaciones de Monte Kent con la misión de establecer una base de patrulla y operar detrás de las líneas enemigas.
El que pedía ayuda era el sargento primero Raimundo Viltes. “Me hirieron, me hirieron”, repetía esa noche del sábado 29 de mayo de 1982.
Según confirmó el propio Lauría a Infobae, Viltes falleció el pasado 11 de junio, producto de una neumonía. Se había retirado como suboficial mayor y vivía en San Miguel de Tucumán. Con Lauría los unía un vínculo especial, a partir de un hecho dramático que ambos vivieron en la guerra de Malvinas.
"Una de las pocas fotos que conservo de la época de la guerra", se lamenta Horacio Lauría, uno de los protagonistas de esta historia
La Compañía Comando 602, armada rápidamente para la guerra de 1982 con oficiales y suboficiales comandos, llegó a Malvinas el 27 de mayo, después de un intento frustrado de cruzar desde el continente.
El viaje fue accidentado. El piloto del Hércules estuvo por dar la vuelta por la pérdida de líquido hidráulico, pero el Mayor Aldo Rico, jefe de la compañía comando, se negó a regresar -ya se había frustrado un vuelo- y encomendó a los capitanes Mauricio Fernández Funes y Andrés Ferrero a turnarse para reponer el líquido y así llegaron a Puerto Argentino.
Las dos compañías se reunieron en un galpón en Puerto Argentino y se planificaron las operaciones. Para el 29 tuvieron la primera misión: ir a Monte Kent, establecer una base de patrulla y operar detrás de las líneas enemigas. El jefe de la sección de Lauría era el capitán Andrés Ferrero que con el capitán Mauricio Fernández Funes, y los tenientes primero Enrique Rivas y Francisco Maqueda eran grandes amigos.
Parado, el segundo desde la derecha, Viltes posa junto a los suboficiales de la Compañía Comando 602
La primera acción
Fueron llevados al lugar en helicópteros. Mientras Ferrero se adelantaba con el teniente primero Francisco Maqueda y el sargento primero Arturo Oviedo, le ordenó a Lauría que avanzase en cuanto viera la señal que le haría con su linterna. Luego de minutos interminables vieron la señal y comenzaron a subir la cuesta del monte.
Fueron sorprendidos por fuego de ametralladora de tres puntos distintos. Los británicos habían esperado que se fueran los helicópteros. Lauría recuerda que era una intensa e incesante lluvia de fuego que venía de todos lados. En un primer momento, creyó que se trataban de argentinos que los habían confundido, pero cuando escuchó órdenes en inglés, comprendió que estaba en su primer combate.
Recibieron fuego de frente y de los flancos. Viltes fue herido mientras disparaba rodilla en tierra. El proyectil entró justo abajo del talón. Solo había sentido un ardor pero cuando se quiso incorporar, se desplomó. Ahí tomó conciencia de su herida. “¿Puede arrastrarse a mi posición?”, le preguntó Lauría.
Cuando estuvieron juntos, dejaron sus fusiles y mochila. Y entre un fuego incesante fueron retrocediendo y tirándose cuerpo a tierra cuando los ingleses arrojaban una bengala.
Horacio Puchi Lauria-. comando. Monte Kent
Eran las 11 de la noche y Lauría no sabía dónde estaba. La brújula la había dejado en su mochila. De pronto el cielo, poblado de nubarrones se despejó y pudo fijar un punto de referencia, y así se orientó para llegar hasta Puerto Argentino.
Bajo una intensa nevada, Lauría cargaba a Viltes, un tucumano corpulento de 80 kilos. El próximo escollo fue un río de piedras, muchas de ellas filosas. Providencialmente se encontraron con el sargento primero José Núñez y entre los dos cruzaron al herido, mientras los ingleses les disparaban. Milagrosamente, ninguno fue alcanzado por las balas enemigas.
Viltes, que perdía sangre, nunca se quejó. “Si usted tiene fe, rece a todos y al Puchi Lauría, que de acá lo saco”, lo alentaba.
Lo cargaron durante 14 horas. Al llegar a un reparo, Lauría salió a recorrer la zona. Ignoraba donde se encontraba. Cuando volvieron a salir divisaron una patrulla de una docena de hombres. Y se prepararon para un enfrentamiento. El sería el primero en abrir fuego, sabía que eran hombres muertos. Antes de disparar gritó “¡Viva la Patria!” y le respondieron “¡Argentina!”. Era una sección de comandos.
Había sido una jornada trágica. Esa noche habían muerto el teniente primero Rubén Márquez y el sargento primero Oscar Blas, que estaban en otra patrulla. Y también había caído la patrulla completa del capitán José Vercesi en Top Malo House.
La Compañía Comando 602 que combatió en Malvinas en distintos puntos de las islas
En Monte Estancia, Lauría y otros comandos pasaron la noche, “mi peor noche”, confesó. No podía quitarse de la cabeza el haber sido emboscados. Compartió la bolsa de dormir con alguien que no recuerda.
A la mañana Ferrero ordenó continuar camino a Puerto Argentino. Viltes estaba muy débil, un enfermero le había hecho las primeras curaciones y quedaría al cuidado del sargento Aguirre. Lauría protestó: “No lo podés dejar, lo traje cargado 14 horas. Me quedo yo si es necesario”. Y así fue como el teniente primero Lauría vio alejarse a la patrulla. Prometieron volver por ellos. Además Ferrero debía cumplir el pedido de la esposa de Lauría: “Traemelo vivo”.
Lauría y Viltes emprendieron la marcha y encontraron refugio en una cueva. Nevaba y el sargento primero seguía perdiendo sangre. Lauría le ajustaba y aflojaba el torniquete. El herido consumió el agua de su cantimplora y la del oficial. Este, sin que los ingleses lo vieran porque estaban por todos lados, derretía la nieve en un jarro, y le daba de tomar. “Agüita, agüita…” pedía.
Pasó esa primera noche y no fueron a buscarlos. En la segunda noche, con sus anteojos de campaña ubicaba otro posible refugio y hasta allí iban. El único alimento que tenían, un arroz con leche, lo comió Viltes.
Luego de dos días sin probar bocado, Lauría ya no tenía fuerzas para cargarlo. Tendría que ir gateando a su lado. Con el forro de su chaquetilla improvisó rodilleras y le dio a Viltes sus guantes y le aplicó una dosis de morfina. Así ambos fueron desplazándose, mientras veían a helicópteros enemigos transportando armamento y municiones en redes. Desde Monte Kent los ingleses los observaban pero no les dispararon.
Una media hora después, cuando ya no e quedaban fuerzas, llegaron a rescatarlos. En una moto llevaron a Viltes a Puerto Argentino. El sargento pensó que lo curarían rápidamente y que volvería a la acción. Entró al hospital el 1 de junio por la tarde y al primero que vio fue a su hermano enfermero. Este, también herido por la onda expansiva de una bomba, se había negado a que lo evacuaran cuando se enteró de que había un comando herido.
Viltes estaba lleno de barro y su hermano no lo reconoció. Lo primero que le dijo fue “hola, hermano, vine para que me cures”. Lo enyesaron y lo mandaron al Bahía Paraíso.
Ahí esperó hasta el momento de la operación. El 3 de junio entró al quirófano y los médicos tuvieron mucho trabajo en poder quitarle los restos de munición que tenía incrustado en el hueso. De la fecha no se olvida, ya que el 4 su hija María Inés cumplía tres años.
Lauría participaría de otras acciones, como la emboscada que montaron en el Monte Dos Hermanas, donde se tomó revancha de lo ocurrido en Monte Kent. O cuando lograron hacer replegar a los ingleses, capturando sus equipos. Luego de una inexplicable orden de custodiar la casa del gobernador, tuvieron que cruzar la bahía en Puerto Argentino y evitar que un regimiento inglés tomase una altura.
Una vez en posición, vieron cómo los ingleses los envolvían y, si bien la artillería empezó a tirarles, sorpresivamente cambiaron de blanco y concentraron su fuego sobre Puerto Argentino. Fueron cinco minutos de un nutrido fuego terrestre y naval. Y luego el silencio.
En la noche del 14 de junio, ocuparon una casa vacía en Puerto Argentino y al día siguiente los mandaron prisioneros al aeropuerto. Debió desprenderse de su pistola que tenía desde que había egresado. La desarmó y tiró las piezas por cualquier lado. Los interrogaban y algunos eran enviados a San Carlos. Ya era de noche cuando lo embarcaron en el Canberra. Ahí consumió la primera ración de los últimos siete días: sopa de tomate servida en un vaso de plástico.
En la base naval de Punta Alta, a Viltes debieron amputarlo a la altura del tobillo, pero el muñón lo lastimaba y dolía. Con los años convenció a los médicos de que le efectuaran una nueva amputación de unos cincuenta centímetros. “Quiero caminar y si puedo correr, mejor”, les pidió.
Había sido internado por insuficiencia pulmonar y a la semana, cuando se había repuesto, se contagió de Gripe A, al parecer una enfermedad que tiene a maltraer a Tucumán. Lo trataron con antibióticos y se recuperó, al punto tal que un kinesiólogo le hacia ejercicios para rehabilitarlo y darle el alta. Sin embargo, contrajo un virus intrahospitalario. Sufrió un infarto y ya no pudo recuperarse. Tenía 82 años.
Viltes, a 43 años de haber sido herido, dio su último combate, aquel inexorable combate que la vida nos tiene preparados a todos.
El Telegraph
informa que el Museo del Ejército Nacional Británico ha publicado su
lista de las mayores batallas de la historia británica. El público
votará, ya sea en línea o en el museo, cuál es la más importante.
Las batallas, en orden cronológico:
Batalla de Blenheim , 13 de agosto de 1704, en Blenheim, Baviera (Guerra de Sucesión Española)
Batalla de Culloden , 16 de abril de 1746, en Drumossie Moor, Escocia (rebelión jacobita)
Batalla de Plassey , 23 de junio de 1757, en Plassey , Bengala Occidental, India (Guerra de los Siete Años)
Batalla de Quebec , 13 de junio de 1759, en las afueras de la ciudad de Quebec, Canadá (Guerra de los Siete Años)
Batalla de Lexington , 19 de abril de 1775, en Lexington, Massachusetts (Revolución estadounidense)
Batalla de Salamanca , 22 de julio de 1812, en Salamanca, España (Guerra Peninsular/Guerras Napoleónicas)
Batalla de Waterloo , 18 de junio de 1815, en Waterloo, Bélgica (Guerras Napoleónicas)
Batalla de Aliwal , 28 de enero de 1846, en Aliwai , Punjab, India (Primera Guerra Sikh)
Batalla de Balaklava , 25 de octubre de 1854, en Balaklava , Ucrania (Guerra de Crimea)