jueves, 10 de diciembre de 2015

A 50 años de la resolución 2065

Malvinas, a medio siglo de la Resolución 2065
Tribuna: Alejandro Simonoff





Se cumplen en estos días los 50 años de la aprobación por parte de la Asamblea General de Naciones Unidas de la Resolución 2065, hasta el momento, el instrumento más trascendente en nuestra disputa por la soberanía de las islas Malvinas y archipiélagos adyacentes. Nuestro país, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, buscó resguardar sus intereses ante el nuevo escenario internacional. Las resoluciones 1514 y 1654 fijaron el problema de la descolonización en la ONU y lo regularon bajo dos principios: uno general, el de autodeterminación, y otro limitante de éste, el de integridad territorial.
En los años ‘60 existió la conciencia que se debería avanzar, y así lo entendió el presidente Arturo Illia. La Resolución 2065 reconoció el conflicto como una situación colonial e invitó a las partes a negociar con el objeto de encontrar una solución pacífica. La apertura del diálogo bilateral en el marco de Naciones Unidas fue desaprovechada durante la dictadura de la “Revolución Argentina” al no responder a tiempo los papeles de trabajo elaborados por la comisión conjunta en 1968.
Los mecanismos bilaterales y multilaterales fueron apareciendo. Los primeros privilegiados por las dictaduras -la “Revolución Argentina” y el “Proceso de Reorganización Nacional”-, como así también por el menemismo que tuvieron un acercamiento a la tesis británica con diversas estrategias de seducción. Otras veces de manera exclusiva a la segunda, como en el caso de la administración de Alfonsín, la cual tuvo que enfrentar la decisión británica de no tratar el tema de la soberanía como resultado de la guerra.
A partir de 1999, se combinaron ambas, donde lo multilateral ayudó a compensar las asimetrías, y también existió un paulatino alejamiento del paradigma instaurado en la década de los ‘90: primero durante la Alianza con el abandono de la estrategia de seducción, y luego de 2007, en los años de Kirchner con la impugnación de la declaración para la explotación de hidrocarburos.
En este tema, la Argentina con posterioridad a la crisis de 2001 desarrolló un perfil internacional donde privilegió dos planos: uno geográfico y otro conceptual. El primero fue “conosureño” y luego se fue extendiendo al resto de las naciones periféricas, el otro fue multilateral. Ambos contribuyeron a la comprensión del problema. La regionalización de esta cuestión y un mayor activismo entre los países emergentes tuvo en estas administraciones una consecuente tarea, como así también vincularla a los intereses económicos y estratégicos en juego, pero a pesar de ello, el lugar cada vez más marginal en los discursos presidenciales podría estar marcando cierto estancamiento en el tema.
La Resolución 2065 abrió un campo fértil. Hemos logrado muchos apoyos significativos, pero esta estrategia resulta insuficiente sin un diálogo cara a cara. Es necesario complementarla con una aproximación indirecta que genere confianza entre las partes, como ha ocurrido en otras soluciones a conflictos coloniales. No es corto, ni rápido, ni seguro, pero debemos estar dispuestos a un cambio de mentalidad de nuestra parte, ya que la administración de la Cuestión Malvinas como una urgencia nos llevó a una guerra primero, y tras ella, a una vuelta a foja cero. Nos enfrentamos a un horizonte tan alentador como incierto al mismo tiempo. Porque los cambios que se están operando en el sistema internacional debilitan el poder británico -gracias al cual elude el diálogo exigido por la comunidad internacional-, pero como en un campo minado, la amenaza de la “independencia” de los británicos que habitan en las islas está siempre latente.

Alejandro Simonoff es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP)

Clarín

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