domingo, 31 de mayo de 2026

Operación Rosario: Un análisis ruso

Operación Rosario: Una guerra relámpago al estilo argentino

Georgy Tomin || Top War

Georgia del Sur, el asentamiento más grande en la actualidad. En 1982, esta "megalópolis" ni siquiera existía...


Hoy en día, este lugar tan particular tiene una población llamativamente pequeña: en 2001, Grytviken, la capital de la isla, contaba con apenas 23 habitantes. Eso sí, focas y pingüinos hay de sobra.

La isla también tenía bastante chatarra, ya que durante mucho tiempo los barcos balleneros solían pasar por allí. En ese contexto, un empresario de Buenos Aires llamado Davidov firmó un contrato con la compañía británica Christian Salvesen para desmantelar viejas instalaciones balleneras y venderlas como chatarra.

Mientras tanto, sectores militares argentinos vieron una oportunidad: enviar personal a Georgia del Sur haciéndolo pasar por trabajadores, con la idea de instalar allí una base de manera encubierta.


"Almirante Irizar"

Como la zona es muy remota, los argentinos no se preocuparon demasiado por cumplir con todas las formalidades diplomáticas al visitar la isla, algo que, por otra parte, ya habían hecho varias veces antes. Cuando un grupo de “trabajadores” desembarcó allí el 19 de marzo de 1982, a bordo del rompehielos militar argentino Almirante Irizar, una de sus primeras acciones fue izar la bandera argentina sobre un conjunto de rocas y chatarra.

Los habitantes británicos de Grytviken observaron la escena —seguramente con cierta sorpresa— y la informaron a las autoridades correspondientes. El Ministerio de Asuntos Exteriores británico presentó una protesta formal ante Buenos Aires y envió el rompehielos Endurance, con 22 infantes de marina, para retirar al grupo argentino.

El buque británico partió rumbo a la isla, pero en el camino se encontró con dos corbetas argentinas, la Drummond y la Granville, desplegadas entre las Malvinas y Georgia del Sur. Desde las corbetas explicaron que estaban evacuando a personal argentino. Cuando el Endurance llegó a la bahía Lee, avistó al buque argentino Bahía Paraíso, del cual ya habían desembarcado 10 comandos navales.

Ante la posibilidad de que la situación escalara, el Ministerio de Relaciones Exteriores británico propuso una salida intermedia: otorgar permisos de residencia temporal a los “trabajadores”. La respuesta argentina fue que no necesitaban esos documentos, ya que, según su interpretación, tenían derecho a permanecer allí en virtud de un tratado de comunicaciones de 1971. Para los británicos, esa lectura no correspondía, porque entendían que el acuerdo se aplicaba únicamente a las Islas Malvinas.

Mientras en Georgia del Sur se mantenía la tensión entre el Endurance, con infantes de marina británicos, y el Bahía Paraíso, con comandos argentinos, el 2 de abril de 1982 comenzó la Operación Rosario. Hay indicios de que, en un principio, el plan habría recibido el nombre de “Azul”. Más allá de ese detalle, el esquema de desembarco fue elaborado por el vicealmirante Juan Lombardo, bajo la dirección del almirante Jorge Anaya, comandante en jefe de la Armada Argentina.

La fuerza principal de la operación fue el 2.º Batallón de Infantería de Marina, compuesto por unos 600 efectivos y equipado con vehículos blindados anfibios de transporte de personal. El desembarco estuvo a cargo del buque Cabo de San Antonio y del destructor Santísima Trinidad. A su vez, la Fuerza de Tareas 20 —integrada por el portaaviones 25 de Mayo, los destructores Comodoro Py, Hipólito Bouchard, Piedra Buena y Seguí, además del buque cisterna Punta Médanos— brindó cobertura a la operación.

El plan apuntaba a ser rápido y, sobre todo, sin derramamiento de sangre. La junta argentina calculaba que el Reino Unido no respondería militarmente y que limitaría su reacción al terreno diplomático.

El desembarco debía realizarse de manera simultánea en varios puntos. Distintos grupos de comandos tomarían los objetivos principales en la Isla Soledad siguiendo un orden previamente establecido. Entre los últimos blancos previstos estaban los cuarteles de la Infantería de Marina británica y el aeropuerto.



"Buzos tácticos" hoy

Según el plan, los primeros en desembarcar en las islas fueron los Buzos Tácticos: un grupo de 13 hombres al mando del capitán de corbeta Alfredo Cufré, transportados por el submarino Santa Fe. Llegaron a la costa en tres botes neumáticos, realizaron tareas de reconocimiento y marcaron los puntos previstos para el desembarco.

Uno de esos puntos era Playa Rojo, donde debía desembarcar el 2.º Batallón de Infantería de Marina. Su objetivo era tomar la península de Camber, por donde corría el ferrocarril local de trocha angosta, de unos 5,6 kilómetros, conocido como el Falkland Express. Ese tren unía el depósito naval de la península —donde, durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos habían construido un muelle y una instalación de abastecimiento de combustible— con Puerto Stanley.

Luego, el batallón debía avanzar sobre la capital de las islas y ocupar también el aeropuerto, donde estaba previsto que aterrizaran aviones con más tropas.

El principal problema del mando argentino fue la premura. La operación estaba originalmente prevista para el 15 de mayo, pero el 26 de marzo llegó la orden de adelantarla 45 días. Esa decisión dejó varias capacidades sin terminar de incorporar. Argentina había comprado diez Mirage 5P a Francia a través de Perú, pero para el final del conflicto los pilotos argentinos todavía no habían llegado a dominar plenamente esos aviones.

Además, al inicio de la guerra aún no habían llegado dos bombarderos Canberra adquiridos al Reino Unido, ni los sistemas de misiles antiaéreos Tigercat y Blowpipe. También había una limitación importante en la aviación naval: de los catorce Super Étendard comprados, solo habían llegado cinco, junto con apenas cinco de los veintiocho misiles Exocet encargados.


Leopoldo Galtieri se dirige a su pueblo amado (nótese el sarcasmo).

El operativo se preparó con mucho secretismo, aunque en la práctica ese secreto tenía sus límites: en la región ya circulaban señales bastante claras de que el desembarco era inminente. De hecho, el 1 de abril, el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, se comunicó con Leopoldo Galtieri para pedirle que cancelara la operación, lo que mostraba que Washington estaba al tanto de lo que estaba por ocurrir.

Galtieri demoró alrededor de una hora y media antes de atender la llamada. Según algunas versiones, buscaba ganar tiempo para que la comunicación con la fuerza de tareas ya estuviera cortada o para que resultara imposible dar marcha atrás.

Durante la conversación, Reagan le recordó que el Reino Unido era un “aliado muy especial” de Estados Unidos. Sin embargo, el líder argentino no pareció mostrarse demasiado impresionado por el argumento y mantuvo su postura.


"¡Inglaterra es un aliado muy especial!"

Aunque Galtieri esperaba una postura más comprensiva por parte de Estados Unidos, lo cierto es que la relación entre Washington y la junta militar argentina venía siendo bastante cercana en varios aspectos.

En 1976, Henry Kissinger había facilitado un préstamo de 50 millones de dólares para la Argentina. Entre 1977 y 1978, además, Estados Unidos vendió repuestos militares por unos 120 millones de dólares y destinó alrededor de 700.000 dólares al entrenamiento de 217 militares argentinos en territorio estadounidense.

Durante la presidencia de Jimmy Carter, la relación atravesó momentos de tensión. La administración demócrata cuestionaba con mayor énfasis las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la llamada “guerra sucia” y otras prácticas represivas del régimen argentino. Sin embargo, con la llegada de Ronald Reagan, el clima político cambió. Su gobierno priorizaba la lucha anticomunista en América Latina y veía a la Argentina como un socio útil dentro de esa estrategia regional.

La colaboración también se dio en tareas vinculadas a la inteligencia y la seguridad. Por ejemplo, miembros del Batallón de Inteligencia 601 participaron en el entrenamiento de los Contras nicaragüenses en la base de Lepaterique, en Honduras, utilizada por Estados Unidos.

A todo eso se sumaban dos elementos de peso: por un lado, la Doctrina Monroe, con su vieja idea de mantener la influencia europea fuera del continente americano; por otro, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947, conocido como Pacto de Río. Este acuerdo establecía que un ataque contra un país firmante podía considerarse un ataque contra todos, incluidos los Estados Unidos.

Con ese contexto, Galtieri podía suponer que Washington mantendría, como mínimo, una neutralidad benevolente frente a la recuperación argentina de las Islas Malvinas.


TDC "Cabo de San Antonio"

El 28 de marzo de 1982, la Fuerza de Tareas 20 zarpó desde Puerto Belgrano, la principal base de la Armada Argentina. Iba organizada en dos grupos de tarea, la FT-40 y la FT-20.

La formación avanzaba a unos 14 nudos, dispuesta en círculo para proteger al buque de desembarco de tanques Cabo San Antonio, que llevaba a bordo a la fuerza de desembarco. En medio de la travesía también se sumó el rompehielos Almirante Irízar.

Pero el clima empezó a complicar las cosas. Un viento del sudoeste se intensificó rápidamente y obligó a la FT-40 a reducir la velocidad a apenas 6 nudos. Finalmente, las malas condiciones meteorológicas en la zona de Malvinas impidieron cumplir con el cronograma original: los desembarcos recién pudieron comenzar el 2 de abril.

El reconocimiento aéreo estuvo a cargo de aviones Grumman S-2 Tracker, operados desde el portaaviones ARA 25 de Mayo.


Juego de rol "Carl Gustav": un héroe de la Guerra de las Malvinas.

¿Y del lado británico qué pasaba? El 30 de mayo, el destructor británico Antrim, junto con otros buques y submarinos, partió rumbo a Georgia del Sur para reforzar al Endurance y meter algo de presión sobre los argentinos. Con ese panorama, el desembarco en Malvinas terminó siendo relativamente sencillo.

En Puerto Stanley solía haber unos 85 infantes de marina, pero 22 habían salido con el Endurance. Así, en las islas quedaban alrededor de 57 infantes de marina, más unos 25 milicianos locales. Las cifras exactas varían bastante según las fuentes, pero esos números suelen considerarse entre los más confiables.

Los milicianos tenían asignadas tareas puntuales: custodiar la central telefónica, la estación de radio y la usina eléctrica. Además, Jack Sollis, capitán del buque costero Forrest, se ofreció a usar su embarcación como una especie de radar improvisado.

Los infantes de marina contaban con algunas ametralladoras Bren, lanzagranadas Carl Gustav y fusiles automáticos. El gobernador de las islas, Rex Hunt, por su parte, tenía una pistola Browning de 9 mm.

Entre las medidas defensivas también estuvo la detención de unos 30 ciudadanos argentinos, incluidos algunos isleños casados con mujeres argentinas. Fueron llevados al comedor del ayuntamiento, cerca de la comisaría, y el teniente de la Marina Real Richard Ball quedó a cargo de vigilarlos.

Además, se apagó el faro y la pista del aeródromo local fue bloqueada con camiones y tractores.



"Buzos Tácticos" en Malvinas

El 31 de marzo, a las 22:00, el submarino Santa Fe detectó por periscopio al vapor costero Forrest, que estaba haciendo maniobras de radar. Con eso quedó bastante claro que el factor sorpresa ya se había perdido, así que el plan operativo tuvo que ajustarse sobre la marcha.

A la 1:40, catorce buzos tácticos salieron del submarino en botes neumáticos Zodiac y pusieron rumbo a la península de Pembroke. Desde allí, a las 4:30 del 2 de abril, cruzaron hacia la bahía York.

Una vez en la zona, instalaron luces de señalización para orientar a la fuerza principal de desembarco y se prepararon para tomar el faro y el aeródromo. No encontraron resistencia.


Teniente Comandante Pedro Edgardo Giachino

Mientras tanto, el destructor Santísima Trinidad fondeó a unos 500 metros de la desembocadura del río Mullet Creek. Desde allí lanzó 21 botes neumáticos Gemini con 84 comandos argentinos del Grupo de Comandos Anfibios, al mando de los capitanes de corbeta Guillermo Sánchez-Sabarots y Pedro Edgardo Giachino.

El contralmirante Pedro Allara se comunicó por radio con el gobernador de las Malvinas, Rex Hunt, para ofrecerle la posibilidad de rendirse. Hunt rechazó la propuesta.

Luego, las fuerzas encabezadas por Giachino avanzaron con el objetivo de tomar el cuartel de los Royal Marines en Moody Brook.


El emplazamiento del cuartel de Mundy Brook es hoy

El teniente comandante Sánchez Sabarots describió la marcha nocturna hacia el cuartel de la siguiente manera:

La noche era hermosa, la luna brillaba, pero estaba casi completamente oculta por las nubes. Cargar con objetos pesados ​​era difícil... Finalmente, nos dividimos en tres grupos. Solo teníamos una visión nocturna: la de uno de los comandantes de los grupos, el teniente Arias. Un grupo se separó cuando un vehículo pasó por la carretera que debíamos cruzar. Pensamos que era una patrulla militar. El segundo grupo perdió el contacto, y el tercero se separó porque alguien se movía demasiado rápido. Debido a esto, mi segundo al mando, el teniente Bardi, se cayó, sufrió una microfractura en el tobillo y tuvo que quedarse con la persona que debía ayudarlo. Llegamos a Moody Brook a las 5:30 a. m., justo a tiempo, pero sin tiempo para el reconocimiento de una hora que habíamos planeado.

El cuartel estaba en silencio, aunque había una luz encendida en la oficina del comandante. No se escuchaba nada que indicara que el desembarco principal ya hubiera empezado, y el jefe de la Infantería de Marina argentina no vio centinelas en el lugar. Aun así, decidió avanzar con el asalto.

Según la versión argentina, uno de los objetivos centrales era tomar las islas sin provocar bajas. La conducción militar suponía que, si la operación se realizaba de manera rápida y con el menor nivel de violencia posible, el Reino Unido quizá no reaccionaría con demasiada fuerza ante la ocupación de un territorio en disputa.

De acuerdo con ese relato, los comandos rodearon el cuartel con ametralladoras y lanzaron granadas de gas lacrimógeno por las ventanas. Pero el operativo no tuvo el efecto esperado: el edificio estaba vacío.

Las explosiones, sin embargo, alertaron al comandante de los Royal Marines, el mayor Michael Norman, de que las fuerzas argentinas ya estaban en las islas. Entonces ordenó que todos los efectivos disponibles se concentraran en la Casa de Gobierno. Al mismo tiempo, el gobernador Rex Hunt indicó a la milicia local que no ofreciera resistencia bajo ninguna circunstancia y que se rindiera de inmediato.

Hay un detalle interesante sobre este episodio. La versión argentina describe el asalto al cuartel de Moody Brook más o menos en esos términos. Los británicos, por razones comprensibles, no suelen detenerse demasiado en ese momento. Sin embargo, tras recuperar las islas, describieron los barracones como llenos de impactos de bala y afirmaron que las granadas arrojadas no eran de gas lacrimógeno, sino de fósforo blanco.

La versión argentina sostiene que los agujeros de bala fueron provocados más tarde por aviones Harrier, que habrían ametrallado los barracones durante la recuperación británica de las islas. Sobre la supuesta presencia de fósforo blanco, en cambio, no hubo una explicación argentina tan clara.


Vehículos blindados anfibios argentinos de transporte de personal en las calles de Puerto Stanley.

Mientras tanto, a las 6:00 de la mañana, se apagaron las luces del Cabo San Antonio, se encendieron los extractores y se abrieron las rampas de proa. A las 6:22 llegó la orden: “¡Primera ola, al agua!”. Así comenzó el desembarco de la fuerza principal, bajo el mando del capitán de fragata Alfredo Raúl Weinstabl.

Desde el Cabo San Antonio desembarcaron en la bahía York veinte vehículos blindados anfibios LVTP-7A1, al mando del capitán de corbeta Carlos Alberto Cazzaniga. A bordo iban efectivos de las compañías D y E del 2.º Batallón de Infantería de Marina.

Como todavía estaba oscuro, los vehículos avanzaron guiándose únicamente por las luces que habían colocado previamente los buzos tácticos. Desde tierra, un destacamento de Royal Marines al mando del teniente William Trollope observaba el movimiento.

Una vez completado el desembarco, los blindados argentinos se organizaron en columna y comenzaron a avanzar hacia Puerto Stanley, con tres transportes anfibios Amtrac encabezando la marcha.


Trenes Amtrak en las Malvinas

El primer enfrentamiento entre los argentinos y los defensores de la isla tuvo lugar a las 7:15 a. m. cerca de la estación de investigación ionosférica. El informe oficial del teniente comandante Hugo Santillán lo describe de la siguiente manera:

Estábamos en el último tramo de carretera hacia Stanley. Una ametralladora disparó desde una de las tres casas blancas, a unos 500 metros de distancia, alcanzando al Amtrac de la derecha. El fuego fue muy preciso. Luego oímos disparos de lanzagranadas, pero fueron imprecisos, los proyectiles cayeron lejos de nosotros. Seguimos el procedimiento estándar y tomamos una maniobra evasiva. El primer Amtrac respondió al fuego y se cubrió en una pequeña depresión. Una vez fuera de peligro, ordené a los tres vehículos que desembarcaran. Ordené a la dotación del cañón sin retroceso (los paracaidistas estaban armados con cañones sin retroceso de 75 mm – G.T.) que disparara un proyectil HEAT a la cumbrera del tejado de la casa donde estaba la ametralladora, provocando una explosión pero no un estallido. Seguimos la orden de no causar bajas. El primer proyectil falló por unos 100 metros, pero el segundo dio en el tejado. Entonces las tropas británicas lanzaron una granada de humo púrpura; pensé que era su señal de retirada. Dejaron de disparar, así que el capitán de segunda clase Weinstabl comenzó a avanzar con dos compañías alrededor de la posición. Varios fusileros abrieron fuego desde una de las casas; fue bastante desagradable. No pude localizar el lugar, pero uno de mis vehículos blindados sí lo hizo y pidió permiso para abrir fuego con el mortero que llevaba. Le concedí el permiso, pero solo con dos morteros y únicamente contra los tejados. Dos disparos fallaron, pero el tercero dio justo en el centro del tejado; fue increíble. Después de eso, los británicos cesaron el fuego.

Los británicos creían que el vehículo blindado de transporte de personal se había estrellado contra el terreno bajo. Los argentinos afirman que recibió 97 impactos de bala, y el segundo vehículo blindado de transporte de personal perdió el control. El teniente Trollope de la Infantería de Marina Real describe la batalla de la siguiente manera:

Seis vehículos blindados de transporte de personal comenzaron a avanzar rápidamente por la carretera hacia el aeropuerto. El primer vehículo fue atacado desde una distancia de 200 a 250 metros. Los tres primeros disparos, dos de 84 mm y uno de 66 mm (de un lanzagranadas Carl Gustav), fallaron. Luego, un proyectil de 66 mm, disparado por el infante de marina Mark Gibbs, impactó en el compartimento de pasajeros, y un proyectil de 84 mm, disparado por los infantes de marina George Brown y Danny Betts, impactó en la parte delantera. Ambos proyectiles detonaron y no se escuchó más fuego proveniente de ese vehículo. Los cinco vehículos blindados restantes, a unos 600-700 metros de distancia, desembarcaron a sus soldados y abrieron fuego. Les disparamos con una ametralladora, un fusil automático y un rifle de francotirador (el sargento Ernie Shepherd) durante aproximadamente un minuto, luego lanzamos una granada de humo de fósforo blanco y nos retiramos a la cobertura del jardín. El fuego fue intenso, pero en su mayoría impreciso.

En síntesis, según la versión británica, en el primer enfrentamiento lograron dejar fuera de combate un transporte blindado argentino usando un lanzagranadas Carl Gustav.

Del lado argentino no se confirmó la destrucción del vehículo. Sin embargo, sí se reconoce que en ese combate se produjo la única baja fatal propia de toda la operación: la muerte del infante de marina Horacio Tello.

Por eso, lo más probable es que el disparo británico haya impactado en el compartimiento de tropa del blindado, causando esa pérdida.



El payaso gobernador de las Malvinas, Rex Hunt, en 1985.

Mientras tanto, los Royal Marines se replegaron hacia la Casa de Gobierno. Pero no todos consiguieron llegar. Un grupo de 16 hombres, encabezado por los cabos Lou Armour y David Carr, avanzaba por las afueras de Puerto Stanley cuando fue atacado y quedó separado del resto.

Ambos cabos decidieron intentar encontrar al grupo de Trollope. Para eso tuvieron que cruzar una cancha de fútbol y arrastrarse por un cerco vivo que daba hacia unos jardines. Allí se toparon con un problema inesperado: recibieron fuego amigo. En medio del ataque argentino a la Casa de Gobierno, fueron confundidos con otra unidad enemiga.

Finalmente lograron entrar al edificio por la ventana de la cocina, gritando “¡Royal Marines!” para que los identificaran.

Antes de eso, el cabo Stephen York y su escuadra habían ocupado una posición defensiva en el sector oeste de Navy Point. Al ver que los blindados argentinos se acercaban al puerto de Stanley, el infante de marina Rick Overhall disparó un cañón sin retroceso Carl Gustav. Según su versión, el proyectil impactó en una lancha de desembarco y mató a todos los que iban a bordo.

Ahora bien, como suele pasar en la guerra, los relatos no siempre encajan del todo. La famosa frase atribuida a Bismarck —que nunca se miente tanto como después de una cacería y durante una guerra— viene bastante al caso. Lo más probable es que aquel supuesto “bote de desembarco” dañado fuera, en realidad, el transporte blindado argentino que había perdido las orugas.


Prestando primeros auxilios al teniente comandante Jaquino, que resultó herido.

Los combates más intensos se dieron en la Casa de Gobierno. El capitán de corbeta Pedro Giachino, que encabezó el asalto, contaba con apenas 16 infantes de marina y, además, no tenía comunicación por radio. Dividió a sus hombres y ubicó un grupo frente a cada pared del edificio.

Lo que Giachino no sabía era que adentro se encontraba concentrada casi toda la guarnición británica de Royal Marines, que superaba a su destacamento en una proporción cercana a tres a uno.

El primer ataque argentino comenzó a las 6:30 de la mañana, una hora antes de que llegara la fuerza principal de desembarco. Mientras el grupo del teniente Gustavo Adolfo Lugo mantenía un intercambio de fuego con los defensores del edificio, Giachino avanzó con cuatro comandos hacia el anexo de servicio, creyendo que se trataba de la entrada trasera de la residencia del gobernador.

Allí fueron recibidos por fuego británico. En el anexo estaban los cabos Mick Sellen y Colin Jones, junto con los soldados Harry Dorey y Murray Paterson.

Giachino fue herido de gravedad casi de inmediato. El teniente Diego García Quiroga también recibió un disparo en el brazo. Luego, el cabo enfermero Ernesto Urbina intentó acercarse para asistir a Giachino, pero resultó herido por una granada de mano.

Según algunas versiones, Giachino llegó a quitarle la anilla a una granada y amenazó con hacerla detonar junto con los Royal Marines si se acercaban. Los británicos intentaron convencerlo de que soltara la granada para poder atenderlo, pero él se negó. Tres horas después, tras la rendición de la Casa de Gobierno, fue trasladado al hospital de Puerto Stanley, donde murió desangrado.

Un detalle llamativo es cómo se contabilizaron las bajas: Giachino muchas veces no aparece como muerto durante el desembarco propiamente dicho, porque falleció más tarde en el hospital.

Mientras tanto, desde la península de Camber, el cabo York informó al mayor Norman sobre la posible entrada de buques argentinos en el puerto de Stanley. Como su grupo tenía un lanzacohetes Carl Gustav, preguntó a qué barco debían disparar.

La respuesta fue bien británica: “El objetivo número uno es el portaaviones; el objetivo número dos, el crucero”. Claro que dispararle con un Carl Gustav a un portaaviones o a un crucero no tenía demasiado sentido práctico. Pero el humor británico suele ser bastante seco.

Finalmente, los Royal Marines permanecieron ocultos en su lancha neumática a motor, a la sombra del costado de un pesquero polaco, y no dispararon el lanzacohetes contra ningún buque.



Tropas argentinas y población local

Mientras tanto, los argentinos siguieron con el asalto a la Casa de Gobierno. Los británicos no tenían claro cuántos hombres participaban del ataque: los comandos cambiaban de posición todo el tiempo, y además el uso de granadas aturdidoras fue confundido con granadas de fusil o incluso con proyectiles de mortero.

Después de que Giachino quedara herido, su segundo, el teniente Lugo, quedó al mando de alrededor de una docena de comandos. Y lo cierto es que el efecto psicológico del ataque fue considerable. El gobernador Hunt llamó a Radio Stanley y le dijo al locutor Patrick Watts que una compañía de asalto intentaba tomar la Casa de Gobierno.

Según su relato:

“Seguimos acá, pero estamos atrapados. No podemos movernos... Debe haber unas 200 personas alrededor nuestro. Nos están tirando granadas de fusil; creo que también hay morteros, no lo sé. Llegaron muy rápido y muy cerca, y después se retiraron. Tal vez estén esperando a que lleguen los blindados, pensando que así van a perder menos gente”.

Los francotiradores británicos, los cabos George Gill y Terry Pares, afirmaron haber abatido a varios argentinos durante el asalto, al menos cinco, y también haber herido a otros diecisiete.

El problema es que esas cifras no cierran demasiado: implicarían 22 bajas sobre un grupo que, descontando a Giachino y Quiroga, rondaba apenas los 14 hombres. Una pérdida así habría sido enorme, y claramente la versión británica parece bastante inflada.



¡La bandera argentina sobre Puerto Argentino!

Sin embargo, el intercambio fue lo suficientemente intenso como para que se diera una escena casi absurda: cuando el vecino Henry Halliday llegó a la Casa de Gobierno para trabajar, como si fuera un día cualquiera, el jefe de policía Ronnie Lamb tuvo que enviar a dos agentes para sacarlo de allí y ponerlo a resguardo.

A las 8:30 de la mañana, el mayor Norman le explicó al gobernador Rex Hunt que la defensa podía ser “decidida e implacable, pero relativamente breve”. Con ese diagnóstico, Hunt resolvió abrir negociaciones con los argentinos.

El vicegobernador, acompañado por Héctor Gilobert, representante de la aerolínea argentina LADE, salió con una bandera blanca rumbo al cuartel general argentino. El puesto de mando del contralmirante Carlos Büsser estaba instalado en el Ayuntamiento de Puerto Stanley.

Allí, hacia las 9:30, se alcanzó el acuerdo para la rendición de la guarnición británica. Para Hunt, la decisión no fue fácil:

Con el corazón apesadumbrado, me volví hacia Mike y le dije que diera la orden de deponer las armas. No pude pronunciar la palabra «rendición». El rostro de Mike reflejaba una mezcla de alivio y angustia: la rendición no formaba parte de su entrenamiento, pero el sentido común dictaba que no había otra alternativa. Mientras Gary acompañaba a Busser para atender a los heridos cerca de la Casa de Gobierno, Mike ordenó a su operador de radio que instruyera a todas las unidades a deponer las armas y esperar a ser recogidas.

Junto con los Royal Marines, también fueron tomados prisioneros los integrantes de la fuerza local británica que no habían participado directamente en los combates.

El grupo del cabo York logró esconderse durante varios días en Long Island Farm, pero finalmente tuvo que rendirse ante la posibilidad concreta de quedarse sin comida.

También se registraron algunos enfrentamientos menores en Navy Point, en la península de Camber, y en el aeropuerto de Puerto Stanley. Pero, para entonces, la situación ya estaba definida: Puerto Stanley pasó a llamarse Puerto Argentino, y en las islas se instaló una base naval argentina.


El contralmirante Carlos Büsser, quien comandó la invasión

¿Y qué pasaba en Georgia del Sur, donde los “trabajadores” argentinos habían izado la bandera el 18 de marzo? Los Royal Marines del rompehielos Endurance, al mando del teniente Keith Mills, reforzaron sus posiciones cerca de los edificios de la Estación Antártica Británica y colocaron minas alrededor del sector defensivo. Tras la caída de Puerto Stanley, recibieron la orden de resistir mientras no corrieran riesgo sus vidas.

El 3 de abril llegaron a la isla la corbeta argentina Guerrico y el buque de apoyo antártico Bahía Paraíso. Se decidió tomar la posición mediante un desembarco en helicóptero: la Guerrico envió un Alouette para reconocimiento, mientras que desde el Bahía Paraíso despegaría un Puma con el grupo de asalto.

A las 5:00 de la mañana, se pidió la rendición del personal británico. La respuesta fue negativa. Los marines, después de poner a resguardo al personal de la estación en una iglesia, se prepararon para defenderse.

Los argentinos no sabían que había Royal Marines en la isla, por lo que enviaron un helicóptero Puma con 15 comandos y una ametralladora, en principio para asegurar el lugar y organizar el izamiento de la bandera. Pero el helicóptero empezó a aterrizar prácticamente a la vista de los británicos, que abrieron fuego con armas automáticas. El piloto intentó llevar la aeronave hacia otro sector, pero dos comandos murieron, cuatro resultaron heridos y el helicóptero quedó perdido.

Entonces la corbeta Guerrico recibió la misión de desalojar a los marines británicos de sus posiciones. Según la versión argentina, el cañón de 100 mm se trabó después del primer disparo, los cañones de 20 mm tuvieron problemas similares, y el Bofors de 40 mm apenas había disparado unas seis veces cuando el buque fue alcanzado por un proyectil de 84 mm lanzado con un Carl Gustav.

El impacto mató al cabo primero Patricio Guanca, hirió a otros cuatro marineros y dañó cableado, un cañón antiaéreo de 40 mm, el sistema Exocet y el cañón de 100 mm.

La Guerrico viró para alejarse y, mientras se retiraba, recibió fuego de fusiles automáticos. Según los argentinos, más de 200 proyectiles impactaron en el buque.

Poco después, el Super Puma trasladó a diez infantes de marina argentinos a la isla. La corbeta, por su parte, logró volver a poner en servicio el Bofors de 40 mm y comenzó a bombardear las posiciones británicas. Ante esa situación, el teniente Keith Mills decidió rendirse.

Así, la batalla de Georgia del Sur terminó provocando más bajas argentinas que el propio desembarco en Malvinas.


Helicóptero argentino derribado sobre Georgia del Sur.

¿Fue una victoria? En lo inmediato, sí. Pero ahí los argentinos cometieron un error político enorme, de esos que a primera vista pueden parecer menores y después terminan pesando muchísimo.

Tras capturar en Puerto Stanley a 175 prisioneros británicos, entre ellos 85 Royal Marines, los hicieron acostarse boca abajo sobre el asfalto frente a las cámaras. Desde el punto de vista práctico, no hacía falta. Pero la intención era clara: mostrar que la operación había sido exitosa y exhibir la rendición británica.

El problema fue el efecto internacional. Cuando esas imágenes aparecieron en diarios de todo el mundo, el costo político para Londres cambió por completo. A partir de ese momento, para Margaret Thatcher resultaba casi imposible mirar para otro lado. La recuperación británica de las islas pasó a ser, en términos políticos, una respuesta prácticamente inevitable.

Esa es, al menos, la lectura más conocida. En paralelo, la maquinaria militar británica ya empezaba a moverse para responder a lo que Londres veía como una afrenta directa a su autoridad imperial. Y aunque Thatcher no necesariamente buscaba una guerra desde el primer minuto, después de esas imágenes el margen para una salida discreta se achicó muchísimo.



Una fotografía icónica. Sin ella, ¿la historia podría haber sido diferente?. O quizás no...


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