Un debut con errores como toda fuerza primeriza
Extracto basado en el libro de mierda con titulo "Comandos en Malvinas -La otra historia", capítulo "Análisis de las operaciones". Libro disponible en papel y e-book en Amazon.

En la foto comandos del EA por las calles de la capital malvinense.
..Una vez en la cima del monte Simon, los comandos argentinos observaron
helicópteros británicos al norte de su posición e intentaron transmitir
esa información a Puerto Argentino mediante una radio Thompson TRC 300
de HF, equipo comparable, en términos generales, a las Clansman PRC 320
utilizadas por las fuerzas británicas. Emplearon el modo SSB —Single
Side Band, o Banda Lateral Única—, un procedimiento normal de
comunicación por voz en la red de HF. Lograron establecer contacto, pero
la comunicación se cortó casi de inmediato. A partir de allí probaron
cambios de posición, modificaciones en la antena y otros recursos
disponibles en campaña, aunque no pudieron restablecer un enlace estable
con la capital...
Conviene detenerse en este punto porque muchas críticas posteriores juzgan la actuación argentina como si aquellas patrullas hubieran operado en igualdad material, doctrinaria y logística con fuerzas de la OTAN. No fue así. La Argentina no tenía acceso directo, fluido ni permanente al mejor equipamiento de comunicaciones, guerra electrónica, navegación, supervivencia y apoyo aéreo disponible para las fuerzas occidentales de primera línea. Tampoco contaba con una estructura logística comparable a la británica, ni con la experiencia operacional acumulada de unidades como el SAS, el SBS o los Rangers estadounidenses. Las tropas comando argentinas estaban debutando en combate moderno, en una guerra real, aisladas en el terreno, con reaprovisionamiento incierto y bajo la amenaza constante de detección, interdicción y superioridad tecnológica enemiga.
Es cierto que, desde una mirada estrictamente técnica, ante la imposibilidad de sostener la comunicación en SSB hubiera sido deseable intentar el empleo de CW —Continuous Wave, u Onda Continua—, es decir, transmisión por código Morse en HF. La CW posee ventajas conocidas: ocupa poco ancho de banda, tiene una excelente relación señal/ruido y puede permitir comunicaciones a mayor distancia en condiciones de interferencia, baja potencia o propagación ionosférica desfavorable. También es cierto que las patrullas británicas recurrieron con frecuencia a este modo, precisamente porque conocían las dificultades propias de la HF y porque su doctrina, su adiestramiento y su equipamiento estaban mejor integrados para ese tipo de operación.
Pero convertir esa diferencia en una acusación moral contra los comandos argentinos es una lectura injusta y cómoda. Una cosa es señalar una deficiencia doctrinaria o de adiestramiento; otra muy distinta es descargar sobre la patrulla la responsabilidad completa de un sistema que no la había preparado, equipado ni sostenido con los mismos estándares que su adversario. La ausencia del manipulador Morse en las patrullas argentinas, el escaso empleo de la CW por parte de otras unidades y los problemas generalizados de comunicación durante la campaña no describen la negligencia individual de unos pocos hombres, sino una limitación estructural más amplia. Los comandos no fallaron en el vacío: actuaron dentro de las posibilidades reales de una fuerza que estaba aprendiendo bajo fuego.
También debe recordarse que los problemas de HF no fueron exclusivos de los argentinos. Las comunicaciones en esa banda dependen de la propagación ionosférica, de las condiciones atmosféricas, del terreno, de la orientación y calidad de las antenas, de la potencia disponible, de la disciplina de transmisión y, en un teatro de operaciones, de la posible acción de guerra electrónica enemiga. Vercesi y sus hombres no podían saber con certeza si sufrían un problema técnico propio, una mala ventana de propagación, interferencias naturales o jamming británico. En ese contexto, insistir en que “debieron” haber operado con la misma flexibilidad técnica que patrullas británicas altamente entrenadas y sostenidas por una maquinaria militar de nivel OTAN es, como mínimo, una exigencia desproporcionada.
La doctrina de operaciones especiales, tanto entonces como ahora, considera a la radio como una de las piezas centrales de una patrulla de reconocimiento. Sin comunicaciones, una patrulla infiltrada pierde buena parte de su razón operacional: no puede transmitir inteligencia, pedir apoyo, coordinar exfiltración ni actualizar su situación. Eso es indiscutible. Pero precisamente por eso la responsabilidad no puede reducirse al operador de radio o a los hombres en el monte. La responsabilidad es institucional: entrenamiento previo, protocolos alternativos, disponibilidad de accesorios, práctica realista, compatibilidad de equipos, apoyo logístico y experiencia acumulada. Si ese sistema era incompleto, no corresponde usar a la patrulla como chivo expiatorio.
Los comandos argentinos hicieron lo que pudieron con los medios que tenían. En condiciones muy adversas, lograron infiltrarse, observar, detectar actividad enemiga y buscaron transmitirla por los canales disponibles. Cuando la radio principal no respondió como se esperaba, intentaron soluciones de campaña y finalmente consiguieron pasar parte de la información mediante helicópteros propios. Eso no borra las deficiencias técnicas, pero cambia por completo la interpretación. No estamos ante una patrulla inepta, sino ante una fuerza de operaciones especiales en su primera gran prueba de combate moderno, operando lejos de su base, sin reaprovisionamiento regular y frente a un enemigo profesional, experimentado y mucho mejor integrado tecnológicamente.
Criticar desde el escritorio es fácil. Exigir que tropas que debutaban en combate actuaran con la misma solvencia de unidades británicas con décadas de cultura expedicionaria, entrenamiento OTAN, experiencia operativa y medios superiores es directamente una estupidez. Solo un sorete mal cagado podría pretender que una patrulla argentina aislada en Malvinas, con comunicaciones problemáticas, logística precaria y bajo presión enemiga, rindiera como el SAS o los Rangers desde el primer día. Lo correcto es aprender de esos errores, no convertirlos en una condena injusta contra quienes estuvieron allí y operaron, con mayor o menor fortuna, en una guerra real.

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