martes, 10 de junio de 2014

Esquivando los radares de la OTAN para llegar a Libia

Malvinas: cuatro exóticos viajes a Libia, esquivando radares de la OTAN 
POR GONZALO SÁNCHEZ 
La última etapa de la Operación Aerolíneas fue la más arriesgada. Los pilotos ocultaban información, pero eran controlados por otros países en pleno vuelo. Kadafi entregó armamento a pedido de Galtieri. 

POSTALES INÉDITAS. EL COMANDANTE JORGE PRELOOKER POSA JUNTO A OTROS TRIPULANTES DE AEROLÍNEAS EN 1982 

21/02/12 - 02:19 
Los vuelos a Libia fueron la etapa crucial de la serie de viajes a Medio Oriente en aviones comerciales de Aerolíneas Argentinas, para conseguir armamento durante el conflicto por las Islas Malvinas. La guerra avanzaba con toda crudeza, y por presión de los Estados Unidos y Gran Bretaña a la dictadura se le volvía imposible conseguir material bélico en el mercado occidental. Las gestiones para adquirir los valiosos misiles Exocet en Francia habían fracasado. Era momento de mirar hacia el lado Este del mundo. 
El régimen de Muammar Kadafi y la Junta Militar cerraron un acuerdo armamentístico el 14 de mayo de 1982, y de inmediato un grupo de agentes argentinos se instaló en Trípoli para recibir los aviones de Aerolíneas y comenzar con los despachos de misiles y minas terrestres, entre otros elementos. A la cabeza, como enlance, se hallaba un teólogo tucumano especialista en el Corán llamado Eduardo Sarme. Se presentaba como el “Doctor Alberto” y era el nexo con los libios por la sencilla razón de que hablaba árabe a la perfección. Algunos años después, en democracia, el canciller radical Dante Caputo lo señalaría, llanamente, como un traficante de armas. 
El primer vuelo a Libia partió de Ezeiza a las 22.50 del 27 de mayo. Luis Cuniberti, el comandante a cargo, recuerda que no supo a dónde viajaba hasta que el Boeing 707 estuvo en el aire. “Antes de salir –cuenta–, un hombre se presenta como agente de inteligencia de la Fuerza Aérea. ‘Vuelo con ustedes’, me dice. Le pregunto a dónde. ‘Usted despegue’, me dice. Despego, estabilizo el avión y le pido directivas. Como quien dice vamos a Quilmes, suelta: ‘A Trípoli’.” 
Hicieron escala en Recife. Cargaron combustible. Siguieron viaje. Empezaron los problemas. 
“Íbamos callados, cuando nos empezó a llamar el control de Canarias. Insistían, pero la orden era no hablar. Despierto al agente y le cuento lo que pasa. Me dice que avance sin contestar. Pero insistían. Tomamos contacto y nos dicen que Marruecos no da autorización para atravesar su espacio aéreo. Que nos van a interceptar. El de inteligencia pide que sigamos. Pasamos Canarias y, antes de entrar a Marruecos, veo estelar dos cazas marroquíes. Chau, se complicó todo. Ahora el de inteligencia tenía más ganas de volver que nosotros. Me dice que volvamos a Recife. Una locura. Ya habíamos pasado el punto de no retorno. Le digo: ‘A partir de este momento, yo asumo la operación total del vuelo’. Aterricé en Canarias. Dos tripulantes pidieron no seguir participando de la operación. Seis horas y media después, consigo las autorizaciones para volar a Trípoli.” 
El vuelo AR 1410 aterrizó en la capital libia a las 20.15 del 28 de mayo. El avión fue remolcado hasta un hangar inmenso donde había cargueros soviéticos de todo tipo y luego a los tripulantes los trasladaron hasta una base militar subterránea. En ese lugar, Cuniberti “vio” Malvinas. “Era una sala de operaciones que recibía, a través de antenas parabólicas información de todo lo que pasaba, especialmente desde Rusia”, relata el comandante. 
En un comedor los esperaba la elite militar local. Cuniberti siempre tuvo vocación católica. Durante sus años de piloto, en su maleta de vuelo nunca faltó un brevario con oraciones. Hoy es diácono. “En el comedor –sigue– me sientan a la derecha del comandante en jefe. El militar pide permiso, a través del doctor Alberto, que era el intérprete, para bendecir la mesa por el rito musulmán. Cuando termina le digo si me permite bendecirla según el rito católico. Casi me cagan a patadas por hacer algo que estaba fuera de protocolo. Terminó la cena y nos fuimos a dormir.” 
El 29 de mayo estaba todo listo para partir. El avión había sido cargado con misiles soviéticos Sam 6 y 7 y no quedaba espacio libre. Antes de subir, los libios hicieron formar a la tripulación y les tomaron fotos. Cuniberti voló a Canarias y luego se lanzó a cruzar el Atlántico con siete toneladas de exceso. Previa escala en Recife, arribó a la Brigada Aérea de Palomar a las 12.55 del 29 de mayo, donde fue recibido con bombos y platillos. 
Ahora el mecanismo parecía aceitado. Ese mismo día, los comandantes Leopoldo Arias, de 48 años, y Juan Carlos Ardalla, de 42, partieron a Trípoli. La particularidad de este vuelo es que la estadía en Libia sería más larga. Había un problema: les decían que Kadafi estaba en el desierto y que para que las armas salieran sólo él podía dar el OK. “El doctor Alberto era el nexo en Trípoli y estaba muy conectado con un obispo de Tucumán, con el cual Galtieri tenía mucha afinidad”, agrega Arias. 
Arias recuerda otra vez un banquete. Una mesa grande, militares a cada lado, el sopor del aire. La bendición de los alimentos, la falta de información. “Nos daban unos libros de color verde, que después supimos que era el Libro Verde de Kadafi, en árabe y en inglés. Y estábamos ahí, en nuestras habitaciones, mirando televisión. De a ratos venía Sarme y nos decía que la cosa iba bien.” Pasaban las horas, se iban a dormir, se levantaban, no sucedía nada. “Un día viene Sarme, casi llorando de emoción, me agarra y me dice: ‘Comandante, comandante, lo conseguimos, tenemos las armas, salimos esta noche.’ No pregunté nada y comencé a prepararme.” 
Una de las fotos que ilustran esta seria de notas muestra al comandante Juan Carlos Ardalla acomodando cajas de explosivos en el fuselaje del avión, antes de dejar Trípoli. “Cuando comenzó la carga –recuerda Ardalla– nosotros ayudamos a distribuirla para que la nave quede balanceada. Estos tipos traían los cajones y nadie pesaba nada. Así que un poco metimos mano para que el avión no se cayera de cola”. Arias recuerda un chiste: “Nunca trajimos tantas minas en un avión”. Después, más serio, agrega: “Volamos por fuera de la aerovía. O sea, declarábamos una posición, pero estábamos en otra para no ser detectados, y así pudimos llegar a Brasil”. El vuelo AR 1440 aterrizó cargado de misiles esa misma mañana en la base aérea de El Palomar. No había tiempo que perder. Allí esperaba Jorge Prelooker para tomar la posta y llevar el mismo avión hasta el Sur del país. 
El quinto y el sexto vuelo se cruzaron en el aire. Ahora volaba hacia Trípoli el comandante Gezio Bresciani y el operativo funcionaba, a pesar de que la rendición argentina estaba cerca. Esta vez, Bresciani no partió con el avión vacío: tuvo que llevar regalos especiales de Galtieri para Kadafi (ver Las manzanas...). Al llegar, se encontró con una sorprendente recepción. “En una de esas aparecen dos autos, con gente de civil en saco y corbata. Venía, además de un coronel libio, el embajador argentino en Libia, Sarme y dos tipos más. Nos dicen que podemos bajar del avión con nuestro equipaje. Bajamos las escaleras, viene el coronel y nos pide que nos quitemos todo lo que fuera aspecto de aviador. Hacía calor”. 
Antes de subir a los autos, Sarme los saludó: 
–Yo soy Alberto –les dijo– vayan tranquilos, después hablamos. 
La tripulación salió de la base en dos autos por una ruta que atravesaba una zona semidesértica. Las casas eran todas iguales: cubos de dos niveles, alguna ventana. Llegaron a la periferia de una ciudad y fueron conducidos hasta una fortaleza de paredes altas. “Era un aguantadero militar, con una residencia importante dentro. Fuimos llevados por un pasillo, donde había dormitorios a cada lado. Nos dijeron a tal hora se come, a tal hora se desayuna, a tal hora se reza. Bajamos a comer. Había un living grande, donde nos encontramos con el doctor Alberto. Venían mozos, te servían. Buen servicio, buena vajilla. Nada de alcohol. Un jugo de frutos intomable. Antes de comenzar, Sarme bendijo la mesa en árabe y luego dijo: ‘Por favor comandante, bendígala usted’. Me negué cortésmente a hacerlo y todo siguió adelante con normalidad. Pero no se hablaba de la carga. Al lado de donde estábamos había una mezquita y esta gente se juntaba rezar dos o tres veces por día a todo volumen. La primera vez que lo escuchamos estábamos durmiendo y salimos de las habitaciones exaltados. No estábamos relajados. No nos decían nada sobre la misión.” 
Sarme les dijo que la operación se estaba demorando porque no llegaban las armas. Dos días completos en ese lugar. La primera noche les dieron el libro verde de Kadafi. Había también un televisor pequeño en cada habitación, pero la programación no ofrecía variantes: sólo pasaban desfiles militares. Un traductor, en los ratos libres, les enseñaba algo de árabe y a ellos les resultaba entretenido aprender a escribir su nombre. 
Esa misma noche, el embajador argentino en Libia los invitó a cenar en su casa. Los mandaron a buscar en dos autos y conocieron Trípoli. La impresión de Bresciani era que lo fastuoso en aquel lugar estaba relacionado con las construcciones militares o religiosas y que todo lo demás tenía un aspecto precario. Presenciaron un desfile militar, al parecer, algo habitual en las calles de aquella ciudad. Llegaron a destino. “La casa del embajador era una casa de clase media como si te dijera de Villa Martelli. Nos recibió junto a su esposa y a un militar argentino. La mujer había preparado arroz con arvejas y había vino porque los diplomáticos iban dos veces por semana a Roma y les permitían tenerlo en su casa. Nos explicó una serie de cosas sobre la identidad cultural y nada más. Volvimos al cuartel a dormir, sin saber todavía nada sobre la carga”. 
Al día siguiente, el doctor Alberto les comunicó que el avión partiría por la tarde. “Cuando llegamos al aeropuerto, estaba en la mitad de su capacidad porque no habían llegado todas las armas que se esperaban. La operación no había salido del todo bien. Pero tenía como novedad dos pasajeros argentinos, un coronel de apellido Caridi y un mayor de la Fuerza Aérea, el que había llevado Cuniberti en el primer viaje”, cuenta. 
El vuelo AR 1416 despegó desde Trípoli a las 19.35 del 6 de junio de 1982. El avión sobrevoló el Mediterráneo y cortó a través de Casablanca. “Seguí volando, pero tuve que mentir posiciones porque la ruta estaba cargada de tráfico y porque sabíamos que en el Atlántico la cosa estaba pesada. Luces apagadas, silencio de radio. En la frecuencia escuchábamos mucha conversación en inglés británico. Llegamos a Recife y ahí quisieron subir al avión unos militares. Pero no dejamos entrar a nadie. Llegamos a Palomar a las 11.05 y enseguida supimos que en las islas la mano venía mal”. Otro cruce aéreo: el mismo 6 de junio, el vuelo AR 1440 con destino final Trípoli partió de Ezeiza a Recife. “Fue un vuelo perfecto, llegamos a Libia sin problemas”, recuerda Mario Bernard, el comandante. 
En el aeropuerto local los esperaba Sarme. “Nos recibió –sigue– junto a hombres de Kadafi. Nos dijo que las armas que Bresciani no había recibido ya habían llegado y nos pidió que un técnico de vuelo y el comisario se quedaran para controlar la carga. Nos metieron en unas limusinas negras con vidrios polarizados. El traductor iba sentado adelante. Y recuerdo que pasamos frente al Palacio de Kadafi y se detuvieron para mostrárnoslo. El traductor en buen inglés me dijo que Kadafi estaba orando en el desierto. Recuerdo que era descomunal, todo amurallado. A lo largo de toda esa muralla había tanques semienterrados en fosas de las que sólo sobresalían la torreta y el cañón.” 
Llegaron a la residencia donde estarían alojados y fueron recibidos por el embajador argentino en Libia. “Ese día nos acompañó todo el tiempo. Primero nos llevaron a almorzar. Una mesa fantástica, donde se comió un cordero y hubo discursos. En el medio de la mesa, habían diseñado con flores celestes y blancas una bandera argentina. Sarme decía que Dios y Alá nos habían enviado a pelear contra el demonio y hablaba de Inglaterra como si fuera Satanás y también me acuerdo que había copitas de distintos colores y yo pensaba que era vino, pero no: eran como jugos de frutas, bebidas como esas que venden ahora. Pasamos una tarde tranquila, conversando con el embajador, que nos hablaba de lo difícil que era estar ahí, por las diferencias culturales y esas cosas”. 
El embajador fue claro. Lo miró fijo a Bernard y al resto y les advirtió que no podían salir ni siquiera al jardín. “Nosotros estábamos alojados en una casa militar, con jardines muy lindos y un palacio llamativo en el centro. Pasamos la noche y al otro día nos vinieron a buscar y nos encontramos con una sorpresa: el comisario de nuestro avión estaba detenido porque lo habían agarrado sacando fotos. No le pegaron, pero le destrozaron la cámara y la película. Y lo llevaron a un alojamiento normal, con un centinela en la puerta. El avión estaba cargado. Pero el espacio que había entre la carga y el techo te permitía llegar hasta el fondo solo arrastrándote. Partimos con la indicación de volar bajo, tirándonos hacia Marruecos, para evitar los radares de la OTAN”. 
Los inconvenientes, en el aire. Habla Bernard: “Viene el comisario de a bordo y me dice: ‘No quiero alarmarlos, pero siento explosiones en la cola del avión’. Bueno, se armó una discusión, quién va, quién no. Yo era el comandante así que me saqué el cinturón y fui, acompañado por el comisario. Fuimos arrastrándonos. Y se escuchaban explosiones bastante fuertes. Cuando llegué, confirmé lo que pasaba. Las cajas de madera que contenían las minas, al tomar altura el avión, por la presión, empezaron a reventar. Me calmé. Pero no tanto. La nave estaba llena de espoletas” 
Recife fue un trámite. Palomar, última escala, fin de la operación. Sin pompas ni aplausos. El horizonte no era bueno. “Fue el último vuelo porque ya la cosa estaba mal para nosotros en las islas –recuerda Bernard–. El material llegó al Sur, pero la mayor parte no viajó a las islas porque ya estaba todo bombardeado.” Lo que empezaba, entonces, era el fin de la guerra, la derrota. Y para los siete pilotos de Aerolíneas Argentinas se iniciaba un período de silencio, de 30 años de silencio, con una historia que los enorgullece y que hoy, por fin, decidieron compartir. 

Clarín

lunes, 9 de junio de 2014

Pilotos convertidos en infantes

Pilotos infantes

Pilotos de helicóptero Puma, Villagra y Leguizamón, quienes una vez que fuese abatido el aparato pidieron incorporarse como infantes
Eso es tener amor a la Patria...


domingo, 8 de junio de 2014

El combate del Monte Dos Hermanas


Combate del Monte Dos Hermanas

Así pensaba rápidamente el soldado que, con buen estilo, abría fuego por batir al ingles que se cubría detrás de la metralla rompiendo con su cadencia de fuego las rocas del risco en que se ocultaba en pleno ataque.
Bajo la noche clara era necesario aumentar el volumen de fuego aunque se perdiera un poco de eficacia del tiro y así a velocidad continua, la trayectoria del plomo que es munición trazadora, buscaba el cuerpo mortal del adversario.
EI combate era letal. Los ingleses que continuamente se in­filtraban en las posiciones Argentinas, habían llegado hasta ese lugar, llamado Dos Hermanas por ser dos riscos gemelos. Pero la patrulla de Comandos Argentinos que había caído en la con­traemboscada sabía que "Dos Hermanas" no tenía frontera y que había que salir de la sorpresa de sentirse atacados furiosamente por la fusilería inglesa.
Superada la sorpresa y ante el escozor de la batalla, en los primeros embates, cayó mortalmente herido, e1 Sargento Cisnero.
Este valiente soldado, la noche anterior, había escrito en su libreta de comando: si no vuelvo al continente es porque no se rendirme; perola fuerza superior de la tierra malvinera abrazo al Sargento Cisnero que, masticando turba, murió abriendo fuego como podía contra el ingles, el clásico invasor de nuestro país.
EI SAS (Special Air Service) alertó a la metralla que lanzo la granada y quebró la fervorosa vida del Sargento. "Perro" Cisnero, ametrallador de Mag, comando.
A su lada estaba el teniente primero Vizoso Posse (apodada el yanqui, por sus campaneros) que recibió la onda expansiva mientras, aprovechando el desconcierto, el SAS escalaba las ro­cas queriendo hacer una Abra y Shantia en Malvinas.

El teniente primero Vizoso Posse sintiendo la muerte muy de cerca, creyó que se le dislocaba el cuerpo, el plomo que atravesó el cuello parecía que a la vez lo abría y lo desangraba y en otros momentos parecía que le acariciaba el cuello porque una cuenta del Rosario que llevaba persistía en el metal letal, carne a carne, en la herida abierta. Pero el valiente soldado. Vizoso Posse, sin amedrentarse en la lid, tomo el fusil en sus manos y cuando. Los ingleses descendían replegándose por las rocas, convencidos de la abra consumada, espero la oportunidad y entonces, el argentino, disparo su fusil al león y a su corana logrando que el enemigo sufriera de esta manera, sus primeras bajas.
El jefe de la patrulla de Comandas Argentinas, sabiendo que la victoria es del que más se atreve, actuó al primer impulso de la contraemboscada, en la que el fuego enemigo buscaba desbastar todo lo que encontrara a su paso. Con energía y decisión calculo que de esa situación difícil, solo se podía salir con un volumen de fuego más agresivo; por lo que ordeno al teniente primero Vizaozo Posse, que se replegara porque iba a ser apoyado en ese momento.
EI oficial, obediente, escalo las rocas, sintiendo, como un fue­go que le ardía fuerte en el cuerpo, la herida donde la adrenalina parecía que dejaba de hacer su efecto. Pero con esfuerzo y coraje llego a donde estaban las suyos. En ese tenso momento ninguna de las partes cedía posiciones. El volumen de fuego de las dos subunidades de tropas especiales era impresionante: tales es así que ambos contendientes creyeron que se las estaban viendo en un combate encarnizado contra un regimiento completo de la línea enemiga.
Ambas contendientes, por un lado, los comandos argentinos, famosos por hacer honor a su agresividad y portando la empu­ñadura roja que ostentan con su insignia en la boina y por el otro lado, el Special Air Service los afamados y auténticos comandos británicos estaban convencidos que el enemigo con que se en­frentaban era la vanguardia de una fuerza mayor.
AI jefe de la patrulla de Comandos Argentinas le gustaba recordar esa frase que dice elige hambres y guerra y con esa consigna había elegido. Los hombres y el momento. A ellos les pidió que entregaran el máximo de su rendimiento como com­batientes, para lograr quebrar el brazo armada del adversario. Mientras tanto el médico militar de la Campania de Comandas revisaba la herida que recibiera el oficial Vizoso Posse, hacienda lo posible para que vuelva rápido al combate con el fusil en alto. Esta impartición era lo que esperaba el soldada para recuperar el ánimo y poder continuar en la lucha.
EI jefe de la patrulla de Comandos Argentinos rumiaba el combate, parecía que hacia un auto examen en el mismo fragor de la lucha y se decía para si mismo: nuestra misión no es fo­guearnos, hacer instrucción, sino. Localizar; fijar al enemigo y aniquilarlo en toda oportunidad que entremos a combatir. Se decía, que sería error no empeñarse del todo por preservar a la gente y mientras pensaba combatía, rumiaba, daba animo a su tropa, y sin necesidad le dio más tiempo al adversario, no logran­do aferrarlo y sintió fracasada la operación de dejarse sobrepasar en las alturas del risco en disputa.



Pero sin embargo procedió como si fuera la ultima ocasión para convertirse en héroes, observo que en esos niveles no hay li­mitaciones para el combate y el SAS también con su agresividad había hecho lo suyo sobre la moral de su tropa.
EI combate fue desgastante, había que pelear permanente­mente como si la batalla final dependiera de ese momento. El segundo Jefe de la Compañía de Comandos argentinos, que par­ticipaba observando el combate con mucho detalle, veía como reaccionaba nuestra gente y como atacaba el enemigo, teniendo en cuenta que era una contraemboscada.
Estaba convencido de las agallas del Jefe de la Patrulla que con ejemplo personal, arrojo y la precisión necesaria supo guiar el fuego de la artillería propia, contra el enemigo ingles que se retiraba abandonado la escena del sangriento combate.
En ese momento, el capitán medico de la patrulla de Coman­dos argentinos, con voz tensa y firme grito a viva voz el lema de las tropas especialmente adiestradas: Dios y Patria o muerte.
EI resto de la patrulla sumisa, valerosa y resignada grito la pelea, triunfa y muere, respondiendo al lema de los comandos argentinos.
Para evitar que el enemigo pudiera replegarse con éxito, la artillería argentina con precisión matemática, persiguió a la fuerza británica durante cuatrocientos metros hasta que se hizo un silencio total, silencio mezclado con euforia. En las fuerzas argentinas se respiraba por la sensación de haberse impuesto a un adversario tan fuerte y afloraba el tremendo y agotador cansancio de la ardua jornada de combate.
Mientras tanto el jefe de la patrulla de comandos argentinos, hacia su evaluación critica diciendo: "el que conduce un elemento tendría que ir desarmado, porque el combate nos atrae y se deja de conducir y es necesario situarse bien y reaccionar, dándose cuenta de lo que debe hacerse”­

Si bien la gloria consiste en vencer con el menor sacrificio po­sible, los comandos argentinos habían sido pródigos en su ardor y valor generoso. El combate había sido a sangre y fuego y esos soldados podían ser acreedores a la consideración y estimación de su Ejército.
Pero a pesar que el cerro pareció estallar con sus explosiones y en la emergencia se complicaba todo, porque el golpe de fuego inicial lo tuvieron los ingleses, las tropas argentinas supieron dar impulso al combate y salir de la sorpresa. Los comandos argentinos recordaban que el encuentro fue sumamente duro y que quizás se diera únicamente en una isla: el choque de dos patrullas de Comandos.
La fuerza de la tierra que abraza a sus hijos es más fuerte que todos ellos.
Por eso dicen que en pleno territorio dominado por el enemi­go hay un bastión argentino. Al pie de un monte de dos crestas de Malvinas. Y es el tenaz espíritu de los que pelearon en el Monte Dos Hermanas.



Reflexiones al regreso del Monte dos Hermanas

La noche con sus ilusiones inconclusas cayó sobre Malvinas y los comandos argentinos marcharon hacia el brumoso Puerto Argentino, que los esperaba a ocho kilómetros de distancia del lugar donde se produjo el sangriento combate por el Cerro Dos Hermanas.
Los combatientes tomaban conciencia del peligro que en estas circunstancias se corría  recuerdo de los camaradas caídos en acción dejaba una profunda huella en el ánimo de los todos. Algunos de ellos recordaba las palabras del jefe de opera­ciones de la Compañía, expresadas en el continente, en vísperas a partir hacia Malvinas, cuando los preparaba diciéndoles que mientras más nos conociéramos, mayor seria el espíritu de cuerpo a formarse entre los nuestros y a la vez menor serio el número de bajas en los combates y par lo tanto, mayor seria la cantidad de comandos al volver del duro desafío de la guerra en la que estaban enfrentados y empeñados.
Los comandos argentinos aprendieron ,a partir de ese comba­te en el monte Dos Hermanas, que los comandos ingleses, si bien se comportaron como maquinas recién aceitadas para la pelea, estaban lejos de la precisión, valor y agresividad que se necesita para salir victorioso en el combate; sobre todo en estos niveles, en los que no se da ni se pide tregua , al esfuerzo impuesto por la lucha y que, dadas las circunstancias extremas, se puede dar lugar al combate con la bayoneta o a la esgrima de fusil, en un combate cuerpo a cuerpo donde la rapidez de concepción y reacción hubieran sido decisivas para imponerse al adversario.
Los comandos argentinos habían aprendido en el fragor del combate y en esa lucha no simulada, la distancia entre, el mapa de la Argentina de sus manuales de estudio, y la realidad de la sangre de los que fueron protagonistas del enfrentamiento con el Special Air Service británico; ese que había sido una ame­naza terrible en esa hora de la prueba, tan lejos de la mesa de arena y los juegos de simulación, utilizados en las técnicas de planeamiento que fueron tan comunes en su previa preparación y entrenamiento.
También los comandos argentinos reconocían el descanso psicológico tremendo que significo, para las tropas convencio­nales, la aparición oportuna de la compañía especial en el cerro Dos Hermanas; la tranquilidad de saber que adelante había gru­pos con entrenamiento superior realizando incursiones en las
cercanías y que ellos no eran la primera línea de defensa hizo que aflojaran, un tanto, las tensiones
En definitiva en este combate los comandos argentinos habían pasado por la gran prueba en la vigilia y en la lucha, lejos de las lecciones librescas y los datos útiles tan vigentes en los Estados Mayores que controlan la máquina de guerra.
Siempre será resaltado el valor del tiempo en la guerra.
Para saber cuántas bajas sufrieron las secciones del Special Air Service a manos de la compañía de comandos 602, nos re­mitimos a la información del Doctor Isidoro Ruiz Moreno en su libro "Comandos en acción".
Hasta que no se posean datos fehacientes será difícil determi­narlo con precisión, pero sin duda su número debió ser elevado, dada la violencia del enfrentamiento entre comandos, y el fuego de la artillería Argentina. El teniente primero Horacio Lauria refirió haber visto una película de la BBC (British Broadcasting Corporation) compaginada inmediatamente después de conclui­do el conflicto, sin retacear informes, y que en la misma se hacía alusión al combate diciendo que las bajas inglesas sumaban treinta y tres, cifra que comprendería muertos y heridos.
Más detallada es la versión transmitida por uno de los propios actores, según relato que efectuara el capitán Andrés Ferrero:
"Cuando yo estuve prisionero en el Saint Edmond, un día vino un oficial de Caballería y me dijo. Mi capitán venga, acá hay un ingles que está contando la operación que usted nos re­lato el otro día"
Yo me acerque a escucharlo. EI ingles contaba que intervino en el Special Air Service que, habían muerto dieciocho en esa operación, unos en el combate y otros como consecuencia de las heridas; que había sido un combate encarnizadisimo y pensaron

Que se habían enfrentado contra un regimiento completo de la línea nuestra, y que fue impresionante el fuego que recibieron.
Eso corroboraba 1o que yo pensé cuando nos enfrentemos: nosotros imaginamos que ellos eran la vanguardia de una fuerza mayor, y ellos pensaron lo mismo; lo que paso es que éramos dos fuerzas especiales muy duras. Este hombre, un suboficial que estaba de guardia, era uno de los sobrevivientes.
El otro era un oficial que estaba ahí en el barco también, pero yo no lo vi.
Y mas no se pudo obtener, porque cuando yo lo empecé, a interrogar sobre cómo había sido esa anécdota, que nos relatara algo mas, no sé si porque él se dio cuenta o porque realmente ya no le interesaba seguir hablando, dijo "'no, no basta" -Porque contaban cuando querían: no le podíamos imponer nada.
EI tiempo transcurre y mientras la demora, ladrona del tiempo, sea la clave, me pregunto si seguiremos perdiendo una oportunidad tras otra, a medida que se presentan las ocasiones para el contraataque a los británicos. Porque para nosotros, el objetivo es el acto de contraatacar y de esa manera reafirmar definitivamente nuestra identidad nacional.
En estos años de pérdidas y derrotas nos alienta un sen­timiento de ultraje en guerra por las Malvinas; por eso es importante volvernos a empeñar en tiempo.

La Perla Austral

viernes, 6 de junio de 2014

Taylor y Llambías se encuentran 30 años después

Emotivo encuentro de un soldado inglés y otro argentino en Malvinas 

Nick Taylor encontró la cámara de Marcelo Llambías durante la guerra. Tras 30 años, le obsequió un álbum con las imágenes. Y en vez de tirarse balas, jugaron a sacarse fotos 


Crédito foto: Gentileza Diario Crónica

El cadete del Colegio Militar de la Nación Marcelo Llambías fue enviado a la Guerra de Malvinas en 1982. Al frente de una sección de tiradores peleó en el Cerro Dos Hermanas, a 15 kilómetros de Puerto Argentino, donde peleó contra la Unidad Nº 45 de Royals Marines.

Durante ese combate perdió una mochila donde estaban su máquina de fotos Kodak y todas las tomas del día anterior. Pensó que nunca más las iba a ver. Hasta que este año un amigo le avisó que se había publicado en Inglaterra el libro Pictures from far away, donde aparecían aquellas imágenes. El soldado que había encontrado la cámara había entregado las fotos a una editorial inglesa.

A casi treinta años de la Guerra de Malvinas, Llambías se encontró con el soldado inglés, Nick Taylor, en el mismo lugar donde combatieron y donde este último halló la máquina de fotos. La reunión se dio el miércoles pasado en el Cerro Dos Hermanas. El inglés le entregó el álbum con las imágenes que el argentino había tomado durante la guerra. "Fue un momento muy fuerte, congeniamos de entrada", señaló al llegar a Buenos Aires.

El ex combatiente contó que ambos visitaron el cementerio argentino, y que lo más emocionante de todo fue cuando recorrieron el Monte Kent, donde habían entrado en combate los dos y jugaron a que en vez de tirarse balas, sacaban fotos, cada uno en su posición. "Parecíamos dos chicos", confesó.

Cuando Taylor encontró la cámara, faltaba sacar una foto; era un rollo de 24. Entonces sacó la última foto y se guardó el rollo. Este año, el veterano de guerra inglés decidió publicar esas imágenes en un libro, en el que también escribió que quería conocer a ese militar argentino. En el libro se muestra la vida de los dos soldados durante el conflicto bélico, haciendo una especie de paralelismo.

Luego, Nick Taylor consiguió la dirección de correo del argentino, empezaron a hablar vía mail, y le dijo que le quería devolver las fotos.

Fuente: Crédito foto: Gentileza Diario Crónica


Infobae

jueves, 5 de junio de 2014

Guatemala ofrece sus paracaidistas a la Argentina

4 DE JUNIO DE 1982


INTENTO DE INFILTRACIÓN BRITÁNICA 

Durante la noche del 4 a 5 de junio el radar Rasit del Regimiento 7 en Monte Longdon detecta el movimiento de un grupo tiradores especiales (a órdenes del cabo Jerry Phillips) de la Compañía D del 3 PARA, abriéndose el fuego hacia ese personal con morteros y artillería.
Dichos paracaidistas se repliegan como consecuencia del fuego recibido sin cumplir la misión asignada.

SOLIDARIDAD GUATEMALTECA 

Ese mismo día el Teniente General Efrain Ríos Montt, Comandante en Jefe del Ejército de Guatemala
procedió a alistar rápidamente a 350 paracaidistas y sus equipos especiales con orden de partir a las Malvinas, según el General de División guatemalteco Horacio Egberto Schaad .

ONU SIGUE PROPONIENDO UN CESE AL FUEGO 

Un nuevo proyecto de cese del fuego es vetado en las Naciones Unidas por los Estados Unidos e incluso la mismísima Gran Bretaña.Guillermo C. Torrilla

Facebook de Guillermo C. Torrilla

miércoles, 4 de junio de 2014

Rosas quiso pagar a los ingleses con las Malvinas

El día que Rosas quiso pagar a los bonistas con las Malvinas 

La Fragata Libertad,retenida ilegalmente en Ghana gracias a las gestiones de los llamados "fondos buitres" que reclaman el repago de los bonos de la República en su poder en los tribunales de Nueva York, ya está en el país. Se trata de un capítulo más en una larga historia de conflictos con acreedores externos que comenzó en los albores de nuestra independencia. 

En 1824, las Provincias Unidas emitieron un empréstito que fue colocado en Londres por el banco Baring Brothers & Co. luego de una negociación rodeada de irregularidades. En ese momento, el mercado de Londres se abría a las repúblicas sudamericanas y casi todas emitieron bonos. Y casi todas, incluida Buenos Aires, pronto entraron en cesación de pagos. Como consecuencia, en 1826 se produjo la primera crisis de deuda latinoamericana, que a su vez contribuyó a generar una profunda crisis en el sistema financiero inglés. 

Los bonistas de entonces no tardaron en iniciar sus reclamos contra el gobierno argentino. La saga del empréstito Barings es bastante conocida. Lo que no es tan conocido es que Juan Manuel de Rosas ofreció pagarles a esos bonistas entregándoles las Islas Malvinas. Hace varios años Rodolfo Terragno escribió un artículo sobre el tema. Pero las circunstancias actuales y una consulta de los documentos originales en los archivos de Barings en Londres permiten proyectar una nueva mirada sobre esta inusual propuesta. 

En 1842, Barings envió a Buenos Aires a François Falconnet con la misión de negociar el repago de la deuda. A fines de ese año Falconnet se reunió con el Restaurador, quien en una carta que dirigió a Barings se comprometió a buscar una solución. En febrero de 1843, el ministro de Hacienda, Manuel Insiarte, se dirigió a Falconnet para manifestarle que "animado de las mejores disposiciones, deseando vivamente pagar la deuda", Rosas había autorizado a su embajador en Londres a proponer la cesión de las islas Malvinas "en pago del empréstito a los acreedores". 

Aclaraba que el gobernador le hacía esta propuesta con "la plena confianza en los derechos afianzados en títulos auténticos y esclarecidos en notas oficiales y publicaciones por la prensa", y que esperaba "fundadamente" que el gobierno inglés reconociera "en el de la Confederación la justicia de sus reclamos y sobre esta persuasión se lisonjea haber encontrado un arbitrio suficiente y expedito para pagar a los acreedores que de otro modo no lo serían sino lentamente atenta la imposibilidad de distraer las rentas de los objetos vitales y exigentes a que están destinadas". 

A principios de 1844, Insiarte nuevamente insistió con la propuesta, pero Falconnet la rechazó "por no prometer la cuestión que este gobierno sostiene con el de Su Majestad Británica un pronto y feliz resultado" y por lo tanto no se ofrecía a los acreedores "mas que una reclamación pendiente." Sin embargo, aclaró que "si la cuestión de las Islas Malvinas estuviese tan adelantada, que faltare mas que arreglar el monto de las indemnizaciones, en tal caso sus representados aceptarían la oferta que se le ha hecho". Insiarte contestó que esperaba una pronta resolución del diferendo con Gran Bretaña y que "la cesión de dichas Islas ofrecía a los propietarios del empréstito" el medio más "pronto y eficaz de satisfacer" sus intereses. 

Aparentemente no hubo mas negociaciones sobre esta propuesta en Buenos Aires. Además, en agosto de 1845 comenzó el bloqueo anglo-francés del Río de la Plata. 

La correspondencia de Insiarte, guardada en los archivos de Barings, echa luz sobre Rosas y su actitud respecto a las Malvinas y al repago de la deuda externa. Resumiendo, en cuanto a las islas, fue consistente en insistir diplomáticamente sobre la soberanía argentina a través de sus embajadores en Londres y en Washington. Pero era evidente, ya en 1842, que el gobierno inglés no tenía interés alguno en devolver las Malvinas, estratégicamente ubicadas cerca de la unión de dos océanos. Su ocupación era esencial para mantener la supremacía marítima inglesa, especialmente con la apertura de los mercados de China luego de la Guerra del Opio. 

También era obvio que Rosas no contaba con los recursos financieros como para repagar el empréstito. Su propuesta -y nada hace pensar que no fuera bona fide , ya que la hizo tanto al gobierno inglés como a Barings- revela cierto pragmatismo. 

Rosas quería mejorar sus relaciones con Inglaterra y los dos escollos más grandes para lograrlo eran las Malvinas y el empréstito de 1824. Al ofrecer las primeras en repago del segundo resolvía ambas cuestiones. 

Rosas no era ningún ingenuo. Hizo una propuesta audaz que -sabía- difícilmente sería aceptada. Quizá la hizo para demostrar buena fe y voluntad de pago a los bonistas. Ahora, si la propuesta hubiese sido hecha por Rivadavia, los rosistas nunca le habrían perdonado su presunta traición. Sea como fuere, si la Barings la hubiese aceptado, la historia argentina habría sido muy distinta. 

por Emilio Ocampo 
Fuente: 
Diario La Nación 9/1/2013 

Dias de Historia

martes, 3 de junio de 2014

Los regalos de Galtieri a Kadafi

Las manzanas y un rebenque de oro de Galtieri para Kadafi 
POR GONZALO SÁNCHEZ 
El vuelo que partió desde Ezeiza cargado con regalos para el dictador libio. 


Los pilotos sabían más o menos qué les esperaba. Pero quedaba margen para sorpresas. A Gezio Bresciani, por ejemplo, antes de volar a Libia le comunicaron que el avión no partía vacío. 
–¿Qué llevo?– quiso saber el comandante. 
– Manzanas, 26 toneladas – le respondieron. 
“El jefe de base me dice: ‘Parece que allá no tienen manzanas y le mandan de regalo’. Era como un reconocimiento para lo que estaba enviando este señor Kadafi”, dice el comandante. (ver “El incidente...”)Había más novedades. “Seguíamos en Ezeiza, y aparece un militar con una caja muy linda, de madera, que en la tapa tenía incrustado el escudo argentino. Me dice que venía de parte de Galtieri y que yo tenía que entregarle en mano la caja a Kadafi. Uno no puede volar sin saber lo que lleva. Le dije: ‘Disculpe, pero si quiere que la lleve la va a tener que abrir’. Se armó…” 
El militar le mostraba una tarjeta firmada por el mismo Galtieri. Bresciani le decía que eso no le importaba y que no iba a poner en marcha el avión sin saber lo que había adentro. Gestiones telefónicas. Al cabo de un rato regresó con autorización para abrirla. “Adentro –dice Bresciani– había un rebenque con cabo de plata y en cuero crudo, y una carta de Galtieri”. 
Sigue Bresciani: “Llegamos a Trípoli y nos mandan a una plataforma llena de aviones rusos. Nosotros estábamos en el avión, y por ahí aparece un jeep con un coronel y otros hombres. El tipo sube, nos saluda y en un momento mira para atrás. Cuando ve las manzanas, pregunta qué era. Y yo, tratando de ser cortés, le digo: ‘Esto se lo manda mi gobierno a su país en agradecimiento por lo ayuda que nos están dando’”. 
El coronel montó en cólera y empezó a insultar. Gritaba y nadie comprendía. Bajó del avión, fue hasta el jeep y se marchó. Silencio. Pasaron 40 minutos. Bresciani empezó a especular. Si el problema eran las manzanas, podían irse a Roma, descargarlas y regresar con el avión vacío. La otra posibilidad era irse como sea. Le habían dado 40 mil dólares de viáticos. Dividían el dinero, sacaban pasajes y que el avión de Aerolíneas quedara ahí. Pero apareció el Doctor Alberto y destrabó el asunto. Llegó en un auto hasta el avión y les dijo: “Bajen, ahora pueden hacerlo”. Después les explicó las razones del enojo del coronel por las manzanas. Según el Corán, cuando alguien ofrece ayuda no debe recibir nada a cambio. “Es violar una ley divina”, les dijo. 
Los regalos no parecían ser un asunto de importancia en ese viaje. Tampoco el rebenque de oro pudo ser entregado en mano Kadafi. Treinta años después, Bresciani lo explica: “Kadafi no aparecía nunca. Nos decían que estaba en su carpa, retirado, orando en el desierto”. 

Clarín

lunes, 2 de junio de 2014

La ayuda militar libia a Argentina

Gadaffi y su ayuda a la Argentina durante la Guerra de Malvinas: 

El acuerdo se firmó el 27 de mayo de 1982 entre el presidente Galtieri y el brigadier Mustafá Muhammad Al Jarrubí. La “odiosa agresión imperialista británica”, frase incluida en el acuerdo, motivaron la entrega de estas armas al régimen de Galtieri: 

15 misiles aire-aire 530 IR 
5 misiles aire-aire 530 Radar 
20 misiles aire-aire 550 
20 motores de misiles aire-aire 550 
80 RPG 7 o similar 
10 morteros de 60 mm 
10 morteros de 81 mm 
492 proyectiles de mortero de 60 mm 
498 proyectiles de 81 mm 
198 proyectiles de iluminación de morteros de 81 mm 
1000 bombas iluminación de 26,5 mm 
50 ametralladores calibre 50 
49.500 proyectiles calibre 50 
4000 minas antitanque 
5000 minas antipersonales 

En carta del 14 de junio de 1982, Galtieri agradeció al líder libio Khadafi (ó Gaddafi, Kadafi, Khadafi, Gadafi, مُعَمَرْ القِذَافِي) la ayuda de las autoridades de Trípoli. Galtieri reconoció la ayuda en una entrevista que le realizara Juan Bautista Yofre el 29 de julio de 1982 para Clarín.Lo anterior es lo basado en informes periodísticos, lo que sigue es lo visto:Durante la Guerra de Malvinas la I Brigada Aérea de El Palomar recibía aviones de carga peruanos, ecuatorianos y de otros países amigos trayendo material bélico. De Perú llegaban los misiles tierra-aire soviéticos SAM 7 en su Hércules L-100. Los venezolanos suspendían la compra de los aviones Bae Hawk a Gran Bretaña en solidaridad con Argentina.Para esos días el Boeing 707 TC-91, el avión presidencial comprado por Isabel y afectado a transporte militar, realizó varios vuelos a Libia en busca de armamento. Se decía que iban con caballos. En la carga, no al timón, claro. 

 

La descarga a su regreso se producía en la plataforma de la base y allí se alineaban los contenedores verdes de los misiles 550 y 530 franceses de los aviones Mirage. En cada uno de ellos colgaba una etiqueta amarilla. En ellas estaba preimpresa la firma de Khadafi. Luego se embarcaban en aviones de Aerolíneas Argentinas y Austral rumbo al sur.Mientras desembarcaban los ingleses en San Carlos, en esos días tan extraños que fueron, los de Clase 1963, no podíamos dejar de sentir profunda simpatía y agradecimiento hacia ese africano. 

 

Fuente:Che Genetic.

domingo, 1 de junio de 2014

Dos voluntarios para el 30 de Mayo

La misión de Ureta y Vázquez


Un 30 de Mayo de 1982, La foto del dia.

Cuando el Comandante finalizó su exposición, hizo un breve silencio: pausadamente, sin poder ocultar la emoción propia por el momento que estaba viviendo, preguntó quienes deseaban, voluntariamente, tomar parte en el ataque.
Un nuevo silencio envolvió a los presentes.
-" Señor, solicito autorización para participar."
El Primer Teniente Ernesto Rubén Ureta se había puesto de pie.
Casi al mismo tiempo se levantó el Primer Teniente José Vázquez
- "Señor yo también quiero ir."
-" Bien "- respondió el Comandante - "Ustedes designarán a los otros dos pilotos."

Así lo hicieron. Entre los restantes oficiales del escuadrón, eligieron al Primer Teniente Omar Jesús Castillo y al Alférez Gerardo Guillermo Isaac.



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